LA MÉDIUM II Capítulo XII — Lo que dejamos en otros
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Capítulo XII — Lo que dejamos en otros

Capítulo XII

Lo que dejamos en otros

VHAELOR

Aeron cumplió su palabra.

Saekir descubrió que eso era una virtud particularmente irritante cuando sus promesas implicaban despertarla antes del amanecer.

Abrió la puerta y lo encontró apoyado contra la pared. Aeron llevaba el abrigo negro húmedo de rocío, protectores de cuero mate en los antebrazos y dos dagas sujetas a la cintura. La niebla del amanecer perlaba sus rizos negros y hacía brillar aún más el gris acerado de sus ojos.

—No.

Aeron levantó una ceja.

—Buenos días.

—Todavía es de noche.

—Técnicamente está amaneciendo.

Saekir miró hacia una ventana.

—El sol no está.

—Está haciendo un esfuerzo.

—Yo no.

Intentó cerrar.

Aeron colocó una mano contra la puerta.

—Dijiste que querías aprender.

—Ayer.

—El conocimiento sigue existiendo hoy.

Saekir lo miró con profundo resentimiento.

—Empiezo a comprender por qué tanta gente quiere matarte.

—Vístete.

—Eso sonó peor de lo que pretendías.

Aeron sonrió.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Siete.

—Ocho.

—Hecho.

Saekir cerró la puerta.

La abrió nuevamente.

—¿Hay comida?

—Sí.

—Podías haber empezado por ahí.

Volvió a cerrar.

Escuchó la risa de Aeron al otro lado.

Y sonrió.

· · ·

No fueron al campo de entrenamiento.

Aeron la llevó hacia una zona de los alrededores de Vhaelor que Saekir apenas conocía.

El bosque.

—Pensé que ibas a enseñarme magia.

—Eso estoy haciendo.

—Aquí hay árboles.

—Excelente observación.

Saekir mordió el pan que él le había llevado.

—No sé cómo sobreviviste tanto tiempo siendo tan desagradable.

—Encanto natural.

—No tienes.

—Y aun así sigues aquí.

Saekir dejó de masticar durante una fracción de segundo.

Aeron siguió caminando.

Probablemente no había querido decir nada con aquello.

Probablemente.

Saekir lo alcanzó.

—¿Qué estamos buscando?

—Nada.

—Magnífico.

—Todavía.

Llegaron a un pequeño claro.

Aeron se detuvo.

—Cierra los ojos.

Saekir lo miró.

—No.

—¿Por qué?

—La última vez que obedecí una instrucción que empezaba así terminé cubierta de barro.

—Eso fue entrenamiento.

—Esto también.

—Entonces existe una posibilidad razonable de barro.

Saekir suspiró.

Cerró los ojos.

—Si me empujas…

—No voy a empujarte.

—Te mataré.

—Anotado.

Silencio.

Saekir esperó.

Nada.

—¿Y ahora?

—Dime qué sientes.

—Sueño.

—Saekir.

—Frío.

—Además de eso.

Ella frunció el ceño.

—No sé qué quieres que diga.

—No quiero que digas nada específico.

Aeron comenzó a caminar alrededor de ella.

Saekir escuchó sus pasos.

—La magia deja rastros.

—Eso dijiste.

—En todas partes.

—¿Incluso aquí?

—Especialmente aquí.

Saekir abrió un ojo.

—¿Por qué?

—Cierra.

Lo hizo.

—Los árboles tienen magia. La tierra. Algunos animales. Tú. Yo.

—Entonces debería sentir demasiadas cosas.

—Exactamente.

Saekir abrió los ojos.

—Eso no tiene sentido.

Aeron estaba frente a ella.

—Cuando entraste por primera vez a Aetheryn, ¿qué escuchabas?

—Gente.

—¿Toda a la vez?

—Sí.

—¿Y ahora?

Saekir miró hacia la ciudad detrás de ellos.

—Distingo voces.

Aeron asintió.

—Porque aprendiste cuáles importan.

Saekir comprendió.

—Quieres que haga lo mismo con la magia.

—Quiero que aprendas a escuchar antes de intentar controlarla.

Ella lo observó.

—Eso ha sido sorprendentemente sabio.

—Puedo golpearte con una rama si ayuda.

—Ahí estás.

Aeron sonrió.

—Otra vez.

Saekir cerró los ojos.

Esta vez dejó de buscar.

Escuchó.

El viento. Hojas. Un pájaro. Aeron respirando cerca.

Nada mágico. Nada extraordinario.

Hasta que…

Calor.

Saekir frunció el ceño.

No venía del sol.

Todavía apenas atravesaba los árboles.

Era algo debajo.

Una vibración pequeña. Constante.

Extendió una mano.

—Hay algo.

Aeron tardó en responder.

—¿Dónde?

Saekir señaló.

—Allí.

Abrió los ojos.

Había señalado un árbol.

—¿Qué tiene?

—Tócalo.

Saekir apoyó la palma contra la corteza.

La sensación aumentó.

Vida.

No sabía describirla de otra manera.

No pensamientos. No recuerdos. Simplemente… vida.

Retiró la mano.

—Está vivo.

Aeron levantó una ceja.

—Espero que esa no sea toda tu conclusión.

Saekir lo golpeó en el brazo.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Ella volvió a tocarlo.

—Es diferente a nosotros.

—Todo lo es.

Saekir miró alrededor.

De pronto el bosque parecía distinto.

No porque pudiera verlo. Porque empezaba a sentirlo.

—¿Siempre puedes hacer esto?

—Hasta cierto punto.

—¿Oriana?

—Sí.

—¿Todos los Fae?

—La mayoría aprende de niños.

Saekir lo miró.

—Entonces estoy aprendiendo cosas de niños.

Aeron negó.

—Estás aprendiendo cosas que nadie tuvo oportunidad de enseñarte.

La respuesta fue sencilla. Sin lástima.

Saekir agradeció eso.

—Otra.

Aeron sonrió.

—Sabía que dirías eso.

· · ·

Dos horas después Saekir podía distinguir un árbol de una piedra encantada.

Aeron parecía considerar aquello un triunfo.

Saekir tenía estándares más altos.

—Quiero probar contigo.

Él la miró.

—Ya lo hicimos.

—No así.

—Eso nunca anuncia nada bueno.

Saekir se acercó.

—Quiero intentar reconocer tu magia sin tocarte.

Aeron consideró la idea.

—Bien.

Saekir parpadeó.

—¿Bien?

—¿Preferías una discusión?

—Me estaba preparando para una.

—Puedes tenerla contigo misma mientras practicas.

Saekir cerró los ojos antes de que pudiera verle sonreír.

Respiró.

Bosque. Tierra. Árboles. Aeron.

Intentó separarlo del resto.

No fue difícil.

Eso la molestó.

Abrió los ojos.

—Muévete.

—¿Por qué?

—Porque eres demasiado fácil.

Aeron levantó ambas cejas.

Saekir dejó caer los párpados.

—No digas nada.

—No pensaba…

—Sí pensabas.

Escuchó su risa.

Después pasos.

Aeron se alejó.

Saekir esperó.

Buscó.

Allí.

Giró hacia la izquierda.

—Estás junto al árbol caído.

Silencio.

Abrió los ojos.

Aeron estaba exactamente allí.

—Otra vez.

Él se movió.

Saekir volvió a cerrar los ojos.

Esta vez tardó más.

—A mi derecha.

—Otra.

Repitieron.

Una vez. Cinco. Diez.

Hasta que Aeron dejó de ser simplemente una presencia.

Saekir empezó a reconocer particularidades.

Su magia era… extraña.

—Espera.

Aeron se detuvo.

Saekir mantuvo los ojos cerrados.

—¿Qué?

—La tuya cambia.

Silencio.

—¿Cómo?

—No sé.

Saekir se concentró.

—Cuando estás lejos es distinta.

—Eso es normal.

—No.

Negó.

—Cuando te acercas a mí.

Aeron guardó silencio.

Saekir abrió los ojos.

Estaba a pocos pasos.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Mentira.

Saekir lo sintió.

No necesitó entrar en su mente.

—Sí sabes.

Aeron sostuvo su mirada.

—Tengo una teoría.

—¿Cuál?

—Que tu magia responde a otras formas de magia.

—Eso no explica por qué la tuya cambia.

—Quizá es la mía la que responde.

Saekir se quedó quieta.

—¿A mí?

—Quizá.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Saekir dio un paso.

Aeron no retrocedió.

—Quiero probar algo.

—Esa frase contigo empieza a preocuparme.

Ella extendió una mano.

No lo tocó.

La dejó a pocos centímetros de su pecho.

La magia de Aeron reaccionó.

Saekir inhaló.

Una vibración recorrió sus dedos.

Púrpura.

La luz apareció.

Aeron bajó la mirada.

—No la estás llamando.

—No.

—¿La estás controlando?

—No.

La luz se extendió lentamente por su mano.

Pero no explotó.

No quemó.

Simplemente buscó.

Aeron levantó una mano.

Se detuvo antes de tocarla.

—¿Puedo?

Saekir lo miró.

La pregunta importó.

—Sí.

Aeron cerró los dedos alrededor de su muñeca.

La magia cambió.

Saekir jadeó.

No dolor.

Algo completamente distinto.

Calor.

Una corriente atravesó su brazo.

El bosque desapareció por un momento.

No porque hubiera una visión.

Porque sintió demasiado.

Aeron.

Su magia.

Su respiración.

El latido bajo la mano que ella había apoyado sin darse cuenta sobre su pecho.

Abrió los ojos.

Estaban demasiado cerca.

—Esto no parece entrenamiento —susurró.

Aeron la miró.

—No.

Ninguno se movió.

Saekir sintió aquella conocida necesidad de romper el momento con una broma.

No lo hizo.

Aeron tampoco.

Su pulgar se movió apenas sobre la muñeca de ella.

Saekir bajó la mirada hacia su boca.

Otra vez.

Esta vez no se obligó a apartarla.

—Aeron.

Él cerró los ojos un instante.

Después la soltó.

Saekir sintió la ausencia del contacto como algo físico.

Retrocedió.

—¿Qué fue eso?

—No sé.

—Estás mintiendo otra vez.

—No sobre esto.

Ella lo estudió.

Era verdad.

Aquello resultaba incluso peor.

Aeron respiró.

—Otra vez.

Saekir parpadeó.

—¿Qué?

—Tenemos que entenderlo.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Esa es tu solución?

—¿Tienes una mejor?

Saekir lo miró.

Después extendió nuevamente la mano.

—No.

Aeron sonrió.

—Entonces otra vez.

· · ·

Oriana los encontró al mediodía.

—No quiero saber.

Saekir retiró la mano de Aeron.

—Estamos entrenando.

Oriana observó la distancia entre ambos.

—Naturalmente.

Aeron recogió su espada.

—¿Qué quieres?

—Interrumpir lo que sea que esto sea.

—Misión cumplida.

—Excelente.

Oriana miró a Saekir.

—Te necesitan.

—¿Quién?

—El consejo.

Saekir frunció el ceño.

—¿Otra vez?

—Llegaron respuestas de los exploradores.

Aeron ya caminaba.

Saekir fue detrás.

Oriana la agarró del brazo.

—Tú espera.

Aeron siguió.

Saekir miró a Oriana.

—¿Qué?

Oriana esperó hasta que él estuviera suficientemente lejos.

—¿Qué demonios estaban haciendo?

—Entrenando.

—Saekir.

—Magia.

—Ajá.

Saekir intentó marcharse.

Oriana no la soltó.

—¿Pasó algo?

—No.

Oriana la miró.

Saekir suspiró.

—Casi.

Los ojos de Oriana se iluminaron.

—¿Casi qué?

—No sé.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tienes.

Se soltó.

Oriana caminó detrás.

—¿Lo besaste?

—No.

—¿Él te besó?

—No.

—¿Querías?

Saekir siguió caminando.

—Oriana.

—Eso es un sí.

—Eso es un cállate.

—También.

Saekir intentó mantener el rostro serio.

No funcionó.

· · ·

Sobre la mesa del consejo había tres objetos.

Una insignia. Una pieza de tela. Y una pequeña piedra negra.

Saekir tomó asiento junto a Aeron sin que nadie cuestionara esta vez su presencia.

Lo notó.

No dijo nada.

El anciano que había discutido con ella el día anterior empujó la insignia hacia el centro.

—Vaerith niega cualquier movimiento en la zona.

Saekir levantó una ceja.

—¿Les preguntaron?

—Sí.

—¿Y esperamos que admitan haber asesinado una caravana?

El anciano la miró.

—No.

—Bien. Por un momento pensé que la política Fae era todavía más absurda de lo que parecía.

Aeron tosió.

Saekir lo miró.

—¿Te estás riendo?

—No.

Mentira.

El anciano ignoró a ambos.

—La insignia es auténtica.

Aeron dejó de sonreír.

—¿Robada?

—Posible.

—Entonces alguien quiere que pensemos que fue Vaerith —dijo Saekir.

Varias miradas se dirigieron hacia ella.

—O Vaerith quiere que pensemos que alguien quiere que pensemos que fue Vaerith —añadió Oriana.

Saekir la miró.

—Eso fue horrible.

—Pero posible.

—Desafortunadamente.

Aeron tomó la piedra negra.

—¿Esto?

—Estaba junto al segundo grupo.

Saekir observó cómo la giraba.

—¿Magia?

—Ninguna —respondió el anciano.

Saekir frunció el ceño.

—¿Nada?

—Nada.

Aeron se la entregó.

Saekir la tomó.

Fría. Muerta. No era la palabra correcta. Pero fue la que apareció.

Cerró los ojos.

Intentó hacer lo que había practicado esa mañana.

Bosque. Tierra. Personas. Magia.

La piedra… Nada. Un hueco.

Saekir abrió los ojos.

—No está vacía.

—¿Qué?

—No sé.

Volvió a cerrar los ojos.

—Una piedra normal no se siente así.

—¿Cómo se siente?

Saekir buscó palabras.

—Como si algo hubiera estado dentro.

Silencio.

—¿Y ahora?

Ella abrió los ojos.

—Como si lo hubieran arrancado.

Aeron y el anciano intercambiaron una mirada.

Saekir la vio.

—¿Qué?

El anciano habló:

—Hay historias.

Aeron dejó la piedra.

—No.

Saekir giró hacia él.

No era una orden dirigida a ella.

Era incredulidad.

—¿Qué historias?

El anciano ignoró a Aeron.

—De una magia capaz de consumir otras formas de magia.

Saekir miró la piedra.

—¿Consumir?

—No absorber.

—¿Diferencia?

Aeron respondió esta vez:

—Cuando absorbes magia, sigue existiendo.

Saekir entendió.

—Y esto…

—La destruye.

Silencio.

Saekir pensó en los cadáveres.

En los cuerpos sin rastro.

—¿Quién puede hacer algo así?

El anciano la miró.

—Nadie vivo que yo conozca.

Saekir soltó aire.

—Empiezo a odiar las frases que terminan así.

Aeron tomó la piedra.

Su expresión había cambiado.

Saekir reconoció aquello.

Estaba pensando. Calculando.

—Necesitamos saber de dónde viene —dijo ella.

Aeron asintió.

—Sí.

—¿Cómo?

Él miró la piedra.

—Preguntándole a alguien que recuerde cuando estas historias no eran historias.

Saekir arqueó una ceja.

—Eso ha sonado inquietantemente específico.

Aeron sonrió apenas.

—Lo es.

· · ·

Esa noche Saekir encontró a Aeron sentado solo.

No había documentos. Ni mapas. Ni espada.

Eso era extraño.

Se sentó junto a él.

—¿Estás preocupado?

—Sí.

La respuesta inmediata la sorprendió.

—Eso también es nuevo.

—Estoy intentando ser más comunicativo.

—No exageres. Podrías hacerte daño.

Aeron sonrió.

Saekir miró hacia Vhaelor.

—¿Crees que vendrán aquí?

—No lo sé.

—Otra respuesta sorprendentemente sincera.

—¿Quieres que mienta?

—No.

Silencio.

—Si vienen —dijo Saekir—, pelearemos.

—Sí.

No: Yo pelearé.

No: Te mantendré a salvo.

Pelearemos.

Saekir sonrió.

—Bien.

Aeron la observó.

—¿Qué?

—Nada.

—No uses esa palabra.

Él rió.

Saekir apoyó las manos detrás de sí.

—Lo de esta mañana.

La risa desapareció.

—¿Qué pasa?

—Tenemos que seguir practicando.

Aeron arqueó una ceja.

—¿Eso es todo?

Saekir lo miró.

—¿Esperabas otra cosa?

—No.

—Mentira.

Aeron sonrió.

—Quizá.

Saekir sintió calor en el rostro.

Lo odió.

—Mañana.

—Mañana.

Ella se levantó.

Dio dos pasos.

—Saekir.

Giró.

Aeron permanecía sentado.

—No necesitas pedirme permiso para hablar en el consejo.

Saekir frunció el ceño.

—No pensaba hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué me lo dices?

Aeron la miró.

—Porque quiero que sepas que cuando te llevo allí no es porque viste algo útil.

Saekir esperó.

—Es porque eres útil.

Ella entrecerró los ojos.

—Eso ha salido fatal.

Aeron cerró los ojos.

—Sabes lo que quiero decir.

Saekir empezó a reír.

—Creo que intentabas decir que valoras mi opinión.

—Retiro todo.

—Demasiado tarde.

—Buenas noches, Saekir.

Ella siguió caminando.

—Buenas noches, Aeron.

—Y mañana temprano.

Saekir se detuvo.

—¿Qué tan temprano?

Aeron sonrió.

—Antes de que salga el sol.

—Te odio.

—No.

Saekir abrió la boca.

Aeron ya se había levantado.

Pasó junto a ella.

No añadió nada.

Saekir lo observó alejarse.

—Arrogante —murmuró.

Pero aquella noche, cuando cerró la puerta de su habitación, seguía sonriendo.

Y eso fue mucho más difícil de explicar que la magia.