Capítulo XI — Las cosas que elegimos #4
Saekir estaba apoyada contra la entrada del campo de entrenamiento.
—¿Qué cosa?
Ella levantó una mano.
—Lo de Mira.
Él dejó la espada que estaba limpiando.
—¿Estás segura?
—Sí.
Aeron no discutió.
—Bien.
Saekir entró.
—¿Con quién?
Él extendió una mano.
—Conmigo.
Saekir la miró.
Después a él.
—Eso parece una decisión cuestionable.
—He tomado peores.
—Puedo confirmarlo.
Aeron sonrió.
Saekir colocó su mano sobre la suya.
—¿Qué hago?
—No lo sé.
—Excelente maestro.
—Es un talento nuevo. Estamos aprendiendo los dos.
Eso le gustó más de lo que quiso admitir.
—Entonces no hagamos nada.
Aeron levantó una ceja.
—Profundo.
—Cállate.
Cerró los ojos.
Al principio solo sintió contacto.
Calor.
Después algo más.
No recuerdos.
Presencia.
Aeron.
Firme.
Extrañamente difícil de alcanzar.
Saekir frunció el ceño.
Intentó profundizar.
Encontró resistencia.
No agresiva.
Una pared.
Abrió los ojos.
—Me estás bloqueando.
Aeron parecía sorprendido.
—No intencionalmente.
—Pero puedes.
—Eso parece.
Saekir soltó su mano.
—Interesante.
—Esa palabra en tu boca empieza a preocuparme.
—Quiero saber por qué.
Aeron asintió.
—Yo también.
No le dijo que se detuviera.
No le dijo que aquello era demasiado peligroso para ella.
Simplemente tomó una silla.
—Otra vez.
Saekir lo miró.
—¿Otra?
—Quiero saber si fui yo o si cualquier persona consciente puede resistirse.
Ella sonrió.
—Ahí está el Aeron que conozco.
—¿Qué significa eso?
—Prefieres meternos directamente dentro del problema.
—Es más eficiente.
—Empiezas a sonar como yo.
—Eso sí es preocupante.
Volvieron a intentarlo.
Una vez. Dos. Tres.
Nada parecido a lo ocurrido con Mira.
Pero Saekir aprendió otra cosa.
Podía sentir dónde terminaba ella. Y dónde comenzaba él.
Aquello parecía evidente.
Hasta que dejó de serlo.
· · ·
Oriana apareció una hora después.
—¿Están tomados de la mano?
Saekir abrió los ojos.
—Estamos experimentando.
Oriana sonrió lentamente.
—Eso suele ser exactamente como empiezan muchas cosas.
Aeron soltó la mano de Saekir como si acabara de quemarse.
—Vete.
—Qué hostilidad.
Saekir empezó a reír.
Oriana se apoyó contra una columna.
—Encontraron algo.
La sonrisa desapareció.
Aeron se levantó.
—¿Dónde?
—Ruta oriental secundaria.
—¿Supervivientes?
Oriana negó.
Saekir sintió que el estómago se endurecía.
—¿Qué encontraron?
Oriana miró hacia Aeron.
—Otro grupo.
—¿Cuántos?
—Ocho.
—¿Vaerith?
—No hay insignias.
Aeron tomó la espada.
Saekir se levantó.
—Voy contigo.
Él la miró.
Solo un segundo.
—Ponte botas.
Saekir parpadeó.
—¿Eso es todo?
—¿Esperabas que discutiera?
Ella sonrió.
—Un poco.
—No tengo tiempo.
Oriana empezó a caminar.
—Yo sí. Puedo discutir contigo mientras te cambias.
Saekir pasó junto a ella.
—Qué generosa.
Aeron las siguió.
· · ·
El bosque olía a lluvia.
Y sangre.
Saekir lo supo antes de ver los cuerpos.
Ocho.
Ninguno parecía haber muerto de la misma manera que los primeros.
No había grandes heridas.
No había señales evidentes de combate.
Simplemente estaban allí.
Tendidos.
Saekir se acercó.
Aeron se agachó junto a uno.
Oriana permaneció varios pasos atrás.
—¿Qué les ocurrió?
Aeron levantó una mano sobre el cuerpo.
No lo tocó.
Su expresión cambió.
—Nada.
Saekir miró al cadáver.
—Están muertos.
—No me refiero a eso.
—Entonces, ¿a qué?
Aeron miró a otro Fae.
—¿Lo sientes?
El hombre negó.
—Nada.
Saekir sintió irritación.
—Necesito una palabra distinta.
Aeron se levantó.
—Todo Fae deja magia.
—¿Después de morir?
—Durante un tiempo.
—¿Cuánto?
—Depende de la persona.
Saekir miró los cuerpos.
—¿Y ellos?
—No tienen nada.
Oriana se acercó.
—¿Drenados?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque un drenaje deja restos.
Aeron miró los cadáveres.
—Aquí no hay absolutamente nada.
Saekir sintió frío.
—¿Es posible?
—No debería serlo.
Ella contempló los ocho cuerpos.
Saekir comprendió algo desagradable.
El mundo que estaba aprendiendo a querer tenía peligros que todavía ni siquiera sabía nombrar.
Y alguien, en algún lugar,
acababa de encontrar una manera de borrar magia de un Fae como si jamás hubiera existido.
· · ·
De regreso a Vhaelor, Saekir caminó junto a Aeron.
—¿Vas a decirme que no investigue?
Él la miró.
—No.
—¿Que deje esto en manos de personas que saben más?
—Tampoco.
Saekir levantó una ceja.
—¿Quién eres y qué hiciste con Aeron?
—Te voy a enseñar a reconocer rastros mágicos mañana.
Ella quedó quieta un instante.
Después lo alcanzó.
—No sé reconocerlos.
—Por eso voy a enseñarte.
—¿Y si mi magia reacciona?
—Lo resolveremos.
—¿Y si exploto algo?
Aeron pensó.
—Intentemos que no sea importante.
Saekir sonrió.
—Eso suena irresponsable.
—Estás aprendiendo de Oriana.
—Qué insulto tan horrible.
Desde adelante:
—¡Los escuché!
Saekir rió.
Aeron también.
Por un momento el bosque dejó de parecer tan oscuro.
Pero Saekir no olvidó los cuerpos. Ni la mano de Mira. Ni aquella insignia. Ni la ausencia absoluta donde debería haber quedado magia.
Algo se estaba moviendo fuera de Vhaelor. Esta vez Saekir no pensó: Espero que Aeron pueda detenerlo.
Pensó: Tenemos que averiguar qué es.
No él.
No ellos.
Nosotros.
Y aquella palabra le resultó extrañamente natural.