LA MÉDIUM II Capítulo XI — Las cosas que elegimos #3
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Capítulo XI — Las cosas que elegimos #3

La sala del consejo era mucho menos impresionante de lo que Saekir esperaba.

Una mesa. Doce sillas. Mapas. Demasiadas personas con expresiones serias.

Saekir entró detrás de Aeron.

Uno de los Fae más viejos levantó la mirada.

—¿Ella?

Aeron tomó asiento.

—Ella vio la insignia.

—No pertenece al consejo.

Saekir iba a responder.

Aeron habló primero.

—Tampoco el ataque estaba previsto en la agenda.

El Fae frunció el ceño.

—Esto es un asunto de los Desterrados.

Aeron se recostó.

—Entonces quizá deberíamos definir primero quiénes son los Desterrados.

Saekir lo miró.

Él levantó una ceja.

Adelante.

No necesitó decirlo.

Saekir tomó asiento.

El hombre la observó.

—¿Qué viste?

Ella explicó. Sin exagerar. Sin interpretar. Árbol. Ramas descendentes. Luz. El miedo de Mira.

Cuando terminó, un Fae al otro extremo de la mesa habló:

—Vaerith.

Saekir memorizó el nombre.

—¿Una Corte?

—Una Casa —respondió Aeron.

—¿Diferencia?

El Fae mayor suspiró.

Saekir lo miró.

—Lo pregunto porque no lo sé, no para molestarte.

—Todavía —murmuró Oriana.

Saekir la ignoró.

Aeron señaló el mapa.

—Las Casas son estructuras antiguas de poder dentro de determinados territorios. Algunas responden directamente a una Corte. Otras conservan autonomía. Familias, tierras, ejércitos, riqueza.

Saekir miró el punto que señalaba.

—¿Y Vaerith?

—Lo suficientemente poderosa para hacer cosas que después una Corte puede fingir que nunca ordenó —respondió uno de los ancianos.

Saekir levantó los ojos.

—Eso ha sonado convenientemente político.

Aeron soltó aire por la nariz.

—Lo es.

Otro Fae intervino.

—Cerramos las rutas orientales.

—No —dijo Aeron.

—Si Vaerith está avanzando…

—Tenemos asentamientos afuera.

—No son nuestros.

Silencio.

Aeron levantó lentamente la mirada.

Saekir observó al Fae que había hablado.

—¿Quiénes son los nuestros?

Él la miró con irritación.

—No entiendes la situación.

—Por eso pregunto.

—Los Desterrados.

—¿Los que viven aquí?

—Entre otros.

—¿Los que fueron expulsados de una Corte?

—Sí.

—¿Los que huyeron?

—También.

—¿Los que nacieron aquí aunque nunca hayan sido expulsados de ninguna parte?

El hombre guardó silencio.

Saekir apoyó los brazos sobre la mesa.

—Entonces el término ya significa más que su definición original.

Aeron la observaba.

No dijo nada.

—Esas familias venían hacia Vhaelor porque creían que estarían seguras —continuó Saekir—. Algunos eran Desterrados. Otros no.

—Eso no convierte sus vidas en nuestra responsabilidad.

—No.

Saekir asintió.

El hombre pareció sorprendido.

—Pero sí convierte nuestra respuesta en responsabilidad nuestra.

Silencio.

—Podemos cerrar las puertas y decidir que haber nacido del lado equivocado de una frontera invisible convierte a alguien en prescindible.

Señaló el asentamiento.

—O podemos preguntarnos por qué todos ustedes llevan años diciendo que construyeron algo diferente a las Cortes.

Nadie habló.

Saekir continuó:

—Si la diferencia desaparece en el momento en que ayudar resulta inconveniente, entonces quizá no era una diferencia.

Oriana sonrió apenas.

El Fae mayor apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Hablas como si fuera sencillo.

—No lo es.

—Podrían morir más de los nuestros.

Saekir no apartó la mirada.

—Sí.

Eso cambió algo.

No fingió que no existía el precio.

—Entonces, ¿qué propones?

Saekir miró el mapa.

No esperaba la pregunta.

Se inclinó.

—No cerrar todas las rutas.

—Eso ya lo dijo Aeron.

—Él dijo que tenemos gente afuera.

Miró los caminos.

—Yo digo que si cerramos todo, tampoco sabremos qué está ocurriendo.

Aeron se inclinó ligeramente hacia delante.

Saekir señaló tres rutas.

—Esta es la más directa.

—Sí.

—Entonces es la que Vaerith esperaría que mantuviéramos.

El anciano la observó.

—¿Y?

—Cerrémosla.

Aeron sonrió apenas.

Saekir señaló las otras.

—Mantengan abiertas las rutas secundarias. Pocos grupos. Sin insignias. Personas que conozcan el terreno.

—Exploradores —dijo Aeron.

—Y evacuación.

—Eso requeriría dividir recursos.

—Sí.

Saekir volvió hacia él.

—Pero también evitaría que todo el mundo corra hacia Vhaelor por el mismo camino y nos entregue la ubicación de cada refugio.

Silencio.

Aeron miró a los demás.

—¿Objeciones?

El hombre que antes había cuestionado su presencia observó nuevamente el mapa.

—No.

Saekir levantó una ceja.

Él la vio.

—No te acostumbres.

Ella sonrió.

—Demasiado tarde.

Oriana soltó una carcajada.

· · ·

Cuando terminaron, Aeron salió con ella.

Saekir caminó unos metros antes de hablar.

—Me dejaste ganar.

—¿Qué?

—En el consejo.

Aeron la miró como si hubiera dicho algo absurdo.

—No.

—No discutiste conmigo.

—Porque estabas en lo correcto.

Saekir se detuvo.

—Eso ha sido un cumplido.

—No exageres.

—Voy a anotarlo.

Aeron continuó caminando.

Ella lo alcanzó.

—¿Sabías que iba a decir eso?

—No.

—Entonces, ¿por qué me llevaste?

Aeron tardó un instante.

—Porque viste el ataque.

—Eso explica por qué necesitabas mi información.

—Y porque quería saber qué pensabas.

Saekir lo observó.

No había ironía.

—¿Por qué?

Aeron se detuvo.

—Porque miras los conflictos de una manera extraña.

—Eso tampoco suena a cumplido.

—No lo era.

—Naturalmente.

—Los demás empezaron preguntando cómo proteger Vhaelor.

—Es lógico.

—Tú preguntaste quién tenía derecho a ser protegido.

Saekir guardó silencio.

—No sé si eso es bueno —continuó Aeron—, pero es útil.

—Me conformaré con útil.

Aeron volvió a caminar.

—Además, eres insoportablemente buena discutiendo.

Saekir sonrió.

—Eso sí fue un cumplido.

—Empiezo a arrepentirme de esta conversación.

· · ·

—Quiero probar otra vez.

Aeron levantó la mirada.