Capítulo XI — Las cosas que elegimos #2
—Eso es una sola persona.
—Exactamente.
Kael bebió.
—No le gusta cómo vivo.
—¿Cómo vives?
—Bien.
—Kael.
—Sin complicaciones.
Saekir entendió.
—Sexo.
—Entre otras cosas.
—Sin vínculos.
—Cuando todos saben lo que quieren, nadie tiene por qué salir herido.
La frase se pareció demasiado a otra.
Saekir miró el agua.
Kael la observó.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
Saekir lo señaló.
—No utilices esa palabra conmigo.
Kael rió.
—Hay alguien.
—No.
—Eso ha sido demasiado rápido.
—No hay nadie.
—Perfecto.
Kael levantó las manos.
—Entonces no hay nadie.
Saekir bebió.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Nunca te enamoraste?
Kael pensó.
—Una vez.
Aquello la sorprendió.
—¿Qué ocurrió?
—Nos dimos cuenta de que nos gustábamos mucho más cuando no intentábamos construir una vida juntos.
Saekir soltó una risa.
—Eso es horrible.
—Fue bastante civilizado.
—¿Siguen hablando?
—Nos acostamos de vez en cuando.
Saekir casi derramó la bebida.
Kael sonrió.
—Definitivamente eres nueva.
—Estoy aprendiendo.
—¿Te escandaliza?
Saekir pensó.
—No.
Y era verdad.
Le sorprendía.
Pero no le parecía incorrecto.
Kael se encogió de hombros.
—La vida es demasiado larga para fingir que todos queremos las mismas cosas.
Saekir observó a la gente.
Parejas. Amigos. Amantes. Personas que quizá eran las tres cosas.
—¿Y si alguien quiere algo diferente?
—Entonces se habla.
—¿Así de fácil?
—No.
Kael sonrió.
—Pero debería serlo.
Saekir pensó en Aeron.
Eso la irritó.
—Voy a necesitar otra bebida.
—Ahora sí estamos progresando.
· · ·
No se acostó con Kael. Ni lo besó. Y aquello fue enteramente decisión suya.
Cuando él la acompañó de regreso, se detuvo frente al camino que llevaba al refugio.
—Lo pasé bien.
—Yo también.
Kael sonrió.
—¿Eso significa que habrá otra?
Saekir fingió pensarlo.
—Tal vez.
—Eres cruel.
—Estoy aprendiendo de los mejores.
—No sé si sentirme halagado.
—No deberías.
Kael se inclinó.
Saekir supo que iba a besarla.
Y podría haberlo permitido.
Era atractivo.
Divertido.
No le debía nada a nadie.
Pero justo antes de que ocurriera, Saekir colocó una mano sobre su pecho.
Kael se detuvo.
Sin molestarse.
Sin insistir.
—No.
Él asintió.
—No.
Saekir lo estudió.
—¿Eso es todo?
Kael arqueó una ceja.
—¿Esperabas una negociación?
—No.
—Bien.
Retrocedió.
—Mañana seguirás siendo atractiva.
Saekir soltó una carcajada.
—Qué romántico.
—Me esfuerzo.
Se marchó.
Saekir lo observó alejarse.
Después miró hacia el refugio.
No había rechazado a Kael por Aeron.
Se dijo aquello una vez. Después otra. Y una tercera. A la cuarta decidió dejar de mentirse.
No sabía por qué lo había hecho.
Eso era diferente.
Y quizá peor.
· · ·
Aeron no estaba esperando cuando regresó.
Saekir se sintió aliviada. Y extrañamente decepcionada. Aquello la irritó todavía más.
Llegó a su habitación.
Abrió la puerta.
Se detuvo.
Había algo sobre su cama.
Una manta. Saekir frunció el ceño. La reconoció. La esquina estaba quemada. Su manta. La que había utilizado para apagar el pequeño incendio durante su práctica.
Pero estaba reparada.
Saekir la tomó.
La parte quemada había sido cortada y reemplazada cuidadosamente.
Debajo había un papel. Tres palabras. No practiques sola.
Saekir cerró los ojos.
—Idiota.
Pero sonrió.
Solo un poco.
Después guardó el papel dentro del libro que había comprado la tarde anterior.
No sabía por qué.
No quiso preguntárselo.
Todavía.
Porque Aetheryn le estaba enseñando muchas cosas.
Sobre los Fae. Sobre la magia. Sobre la libertad. Sobre las cosas que podían compartirse sin promesas. Y sobre aquellas que, por mucho que uno intentara fingir lo contrario, empezaban a importar.
· · ·
Saekir despertó con gritos.
No eran gritos de miedo.
Eso fue lo primero que comprendió.
Eran órdenes.
Pasos apresurados recorriendo los corredores. Puertas abriéndose. Metal.
Saekir abrió los ojos.
Durante un instante permaneció completamente quieta.
Después se levantó.
Tomó el cuchillo que todavía guardaba junto a la cama y abrió la puerta.
Dos Fae pasaron corriendo.
—¿Qué ocurrió?
Uno de ellos giró apenas.
—Llegaron heridos.
Saekir salió al corredor.
El refugio estaba despierto. Demasiado despierto.
Fae que normalmente habría encontrado medio dormidos cargaban mantas, recipientes con agua, cajas con suministros. Algunos seguían con túnicas de dormir y botas sin atar; otros se ajustaban piezas de armadura mientras corrían.
Otros llevaban armas.
Saekir buscó dos rostros.
Oriana.
Aeron.
No encontró ninguno.
Eso le gustó todavía menos.
Siguió el movimiento hasta una de las entradas inferiores.
Y encontró sangre.
Mucha.
Un hombre estaba tendido sobre una mesa improvisada mientras una Fae presionaba ambas manos contra su abdomen.
Otro tenía la mitad del rostro cubierto de sangre seca.
Una mujer lloraba en silencio.
Y había niños.
Saekir se detuvo.
Una pequeña sostenía un bulto envuelto en una manta contra el pecho.
Un bebé.
—Muévete.
Saekir se apartó.
Oriana pasó junto a ella ayudando a cargar a un Fae herido.
—Oriana.
—Ahora no.
Saekir la siguió.
—¿Qué ocurrió?
—Los atacaron.
—¿Quién?
—No sabemos.
Oriana dejó al herido sobre otra mesa.
—¿Dónde está Aeron?
—Fuera.
Saekir sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Dónde fuera?
Oriana la miró.
—Buscando al resto.
—¿Qué resto?
Silencio.
—Oriana.
—La caravana tenía treinta y dos personas.
Saekir miró alrededor.
No necesitó contarlas todas.
—Aquí no hay treinta y dos.
—No.
—¿Cuántos llegaron?
Oriana tragó saliva.
—Once.
Saekir quedó inmóvil.
Veintiuno.
Miró nuevamente a los supervivientes.
—¿Quiénes eran?
—Familias de varios asentamientos del este.
—¿Desterrados?
—Algunos.
Oriana tomó un rollo de vendas.
—Otros no pertenecían a ninguna Corte y eso era suficiente para convertirlos en incómodos para ciertas personas.
Saekir frunció el ceño.
—¿Venían aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
Oriana la miró.
—Porque creían que estarían seguros.
Aquello se quedó dentro.
· · ·
Saekir descubrió rápidamente que odiaba sentirse inútil.
—Dime qué hago.
La Fae frente a ella ni siquiera levantó la mirada.
—¿Sabes cerrar una herida profunda?
—No.
—¿Preparar un ungüento de draven?
—No.
—¿Reconocer corrupción mágica?
Saekir apretó la mandíbula.
—No.
La Fae levantó finalmente los ojos.
—Entonces busca algo que sí sepas hacer.
Eso dolió bastante menos que un no estorbes.
Saekir examinó el campamento.
Algo que sí supiera hacer.
La niña del bebé seguía sentada contra una pared.
Nadie había conseguido separarlos.
Saekir caminó hacia ella.
Se agachó.
—Hola.
La niña levantó unos ojos enormes.
No respondió.
—¿Él está bien?
Apretó la manta.
—Es mi hermano.
—Lo imaginé.
—No puedes llevártelo.
Saekir se sentó en el suelo frente a ella.
—No pensaba hacerlo.
—Todos quieren quitármelo.
—Entonces tendremos un problema.
La niña frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tampoco me gusta que me quiten cosas sin preguntarme.
Eso consiguió que la mirara.
—¿Cómo te llamas?
Nada.
—Yo soy Saekir.
—Sé quién eres.
Saekir parpadeó.
—Eso es preocupante.
La niña miró sus manos.
—Dicen que haces magia.
—La gente habla demasiado.
—¿Es verdad?
Saekir hizo aparecer una pequeña luz sobre uno de sus dedos.
La niña abrió los ojos.
Saekir la apagó.
—A veces.
—Mi mamá también hacía magia.
El tono bastó.
Saekir no preguntó dónde estaba su madre.
—¿Y él?
Señaló al bebé.
—Eren.
—¿Y tú?
—Mira.
Saekir asintió.
—Muy bien, Mira. Necesitamos que alguien revise a Eren.
La niña negó con la cabeza.
—No.
—Puedes sostenerlo todo el tiempo.
Mira dejó de negar.
—No van a quitármelo.
—No.
—¿Lo prometes?
Saekir vaciló.
Solo un instante.
—Sí.
Mira extendió una mano.
Saekir la tomó.
Y el mundo desapareció.
Miedo.
Oscuridad.
Árboles.
Gritos.
Una mujer empujando a Mira hacia delante.
Corre.
Una luz blanca atravesando la noche.
Sangre.
Una figura cayendo.
Una insignia plateada.
Un árbol.
Sus ramas apuntaban hacia abajo.
Saekir soltó la mano.
Volvió a respirar.
Mira la miraba asustada.
—¿Qué pasa?
Saekir observó sus propios dedos.
—Nada.
Mentira.
Oriana estaba al otro lado de la sala.
Había visto algo en su cara.
Se acercó.
—¿Saekir?
Ella bajó la voz.
—Necesito que alguien revise al bebé sin separarlo de ella.
Oriana miró a Mira.
—Claro.
—Yo voy con ellas.
Oriana estudió su rostro.
—¿Qué ocurrió?
Saekir miró su mano.
—No lo sé.
Y esta vez era verdad.
· · ·
Aeron regresó cerca del mediodía.
Saekir supo que había malas noticias antes de que cruzara la entrada.
Las conversaciones fueron muriendo una por una.
Seis Fae regresaron con él.
Ninguno llevaba supervivientes.
Aeron tenía sangre sobre la camisa.
Saekir caminó hacia él.
—¿Estás herido?
Él bajó la mirada hacia la sangre.
—No es mía.
Aquello no fue precisamente reconfortante.
—¿Encontraron al resto?
Aeron la miró.
No hizo falta respuesta.
Saekir cerró los ojos.
Veintiuno.
Cuando volvió a abrirlos, Aeron estaba observándola.
—¿Qué ocurrió aquí?
—La niña.
—¿Qué niña?
—Mira.
Aeron miró hacia las habitaciones donde atendían a los heridos.
—¿Está bien?
—Sí. Su hermano también.
—Bien.
Saekir negó.
—No. No me refiero a eso.
Aeron volvió hacia ella.
—Cuando la toqué vi algo.
Toda su atención cambió.
—¿Qué viste?
—No estoy segura de que fuera una visión.
—Dime exactamente qué ocurrió.
No había incredulidad en su voz. Ni miedo. Solo atención.
Saekir agradeció eso.
—Tomé su mano. Sentí miedo. Después vi fragmentos.
—¿Recuerdos?
—Quizá.
—¿Qué viste?
Saekir cerró los ojos.
—Árboles. Una mujer diciéndole que corriera. Sangre.
Buscó la imagen.
—Una insignia plateada.
Aeron se tensó.
—¿Forma?
—Un árbol.
—¿Las ramas?
Saekir abrió los ojos.
—Hacia abajo.
Aeron dejó de moverse.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Quiénes son?
Él miró alrededor.
—Vamos a hablar con los demás.
Saekir arqueó una ceja.
—¿Los demás?
—Consejo.
—¿Quieres que vaya?
Aeron ya estaba caminando.
—Tú viste la insignia.
Saekir sonrió apenas.
—Eso sonó peligrosamente parecido a que quieres mi opinión.
Aeron miró por encima del hombro.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Oriana apareció detrás.
—¿Puedo ir?
Aeron siguió caminando.
—¿Alguna vez te ha detenido que te diga que no?
—Jamás.
—Entonces no entiendo para qué preguntas.
—Educación.
—¿Tú?
Oriana sonrió.
—Siempre.
· · ·