Capítulo XI — Las cosas que elegimos
Capítulo XI
Las cosas que elegimos
AETHERYN
Oriana había mentido.
No fue una bebida. Tampoco dos. A la tercera, Saekir había dejado de preguntar cuántas pensaba servirle y había aceptado que, aparentemente, aquella mujer consideraba las cantidades una sugerencia.
—Esta es la última.
Saekir observó la copa que Oriana acababa de colocar frente a ella.
—Dijiste eso de la anterior.
—Aquella era la última de esa botella.
Saekir la miró.
—Eres una persona horrible.
—Fae.
—Eso no mejora nada.
Oriana sonrió y levantó su propia copa.
El lugar estaba lleno.
No era exactamente una taberna. Al menos no como Saekir imaginaba que debía ser una.
Parte del techo estaba abierto y las ramas de un árbol enorme atravesaban el edificio.
Pequeñas luces flotaban entre ellas. La madera rezumaba un aroma resinoso que se mezclaba con fruta fermentada, humo dulce y lluvia reciente.
Había mesas. Música. Demasiada bebida. Y una cantidad sorprendente de personas que parecían haber olvidado el concepto de espacio personal.
Saekir había decidido hacía aproximadamente veinte minutos dejar de mirar.
No estaba funcionando.
Una Fae besaba a otra junto a una de las columnas.
Un hombre pasó detrás de ambas, dijo algo que Saekir no alcanzó a escuchar y recibió una sonrisa antes de que una de ellas lo tomara de la camisa y lo acercara.
Saekir se volvió hacia Oriana.
Oriana estaba sonriendo.
—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí.
—¿Qué dice mi cara?
—Que estás esperando que pregunte.
—¿Vas a hacerlo?
Saekir bebió.
—No.
—Qué decepción.
Saekir volvió a mirar.
Solo un instante.
—¿Eso es normal?
Oriana soltó una carcajada.
—Ahí está.
—Solo pregunté si es normal.
—Para ellos, probablemente.
Saekir frunció el ceño.
—¿Para ellos?
—No existe una sola manera de ser Fae, Saekir.
Aquello le resultó familiar.
Oriana había intentado explicárselo durante el paseo.
—¿Depende de qué tipo de Fae seas?
—A veces de la cultura. A veces de dónde creciste. A veces de absolutamente nada excepto de lo que te gusta.
Saekir miró nuevamente hacia la pareja.
Ahora eran tres.
—Los humanos no hacen eso.
Oriana arqueó una ceja.
—Estoy bastante segura de que algunos humanos sí.
Saekir abrió la boca.
La cerró.
—No tengo suficientes recuerdos para discutirlo.
—Ventaja mía.
—Eso fue cruel.
—Un poco.
Saekir le lanzó una fruta seca.
Oriana la atrapó con la boca.
—Presumida.
—Talentosa.
Saekir rió.
Y entonces alguien dejó una copa sobre la mesa.
—Pensé que habías dicho que no bebías tanto.
Saekir reconoció la voz.
Levantó la mirada.
Kael.
—No bebo tanto.
Él observó las tres copas vacías.
—Naturalmente.
—Son de Oriana.
Oriana levantó ambas manos.
—No pienso participar en esta mentira.
—Traidora.
Kael tomó una silla.
No se sentó.
—¿Puedo?
Saekir miró la silla.
Después a él.
—Ya la tienes en la mano.
—Estoy intentando ser educado.
—Eso es nuevo —dijo Oriana.
Kael la ignoró.
Saekir señaló la silla.
—Siéntate.
Lo hizo.
—Entonces —dijo Kael—, ¿qué te pareció Aetheryn?
Saekir miró alrededor.
Pensó en las calles. La fruta. Las astas. El libro. La música. La pulsera. Aeron haciendo aquella cara.
Sonrió.
—Extraña.
Kael rió.
—Eso no es necesariamente malo.
—No dije que lo fuera.
—¿Volverías?
Saekir miró a Oriana.
—Aparentemente vivo aquí.
—Eso no responde.
—Sí.
La respuesta salió fácil.
Saekir lo notó.
Oriana también.
Kael sonrió.
—Entonces quizá tenga oportunidad de cumplir mi oferta.
—¿Qué oferta?
—Enseñarte lugares donde Oriana no te estafe.
Oriana se llevó una mano al pecho.
—Yo no la estafé.
—Permitiste que comprara esa pulsera.
—Fue educativo.
Saekir levantó la muñeca.
—Me sigue gustando.
Kael la observó.
—Entonces valió la pena.
—¿Ves? —dijo Saekir.
—No lo alientes —respondió Oriana.
Kael sonrió.
—Mañana.
Saekir recordó.
—Mañana.
—Después de tu entrenamiento.
—Después de mi entrenamiento.
—Si sobrevives.
Saekir entrecerró los ojos.
—¿Por qué todo el mundo habla de entrenar con Aeron como si fuera una enfermedad?
Kael y Oriana se miraron.
—Porque lo conocemos —respondieron a la vez.
Saekir soltó una carcajada.
· · ·
Aeron estaba despierto cuando regresaron.
Por supuesto.
Saekir lo encontró sentado frente a una mesa en una de las salas comunes, revisando varios documentos.
No levantó la cabeza cuando entraron.
—Llegan tarde.
Oriana siguió caminando.
—Buenas noches, Aeron.
—Oriana.
—Que descanses.
—Oriana.
Ella desapareció por el corredor.
Saekir la miró marcharse.
—Cobarde.
—Te escuché —gritó Oriana desde algún lugar.
Saekir suspiró.
Después miró a Aeron.
Él continuaba leyendo.
—¿Hay una hora para regresar?
—No.
—Entonces no llegué tarde.
Aeron pasó una página.
—Bien.
Saekir esperó.
Nada.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—No sé. Estabas sentado aquí como un padre esperando a que su hija regresara.
Aeron levantó lentamente la mirada.
—No vuelvas a compararme con tu padre.
Saekir sonrió.
—¿Te molesta?
—Profundamente.
—Perfecto.
Empezó a caminar.
—¿Bebiste?
Saekir se detuvo.
Giró.
—Sí.
—¿Cuánto?
—¿También vas a preguntarme con quién?
Aeron dejó los documentos.
—No.
—Qué progreso.
—Saekir.
—Aeron.
Él la observó.
Ella conocía ya aquella mirada.
—¿Qué?
—Nada.
Saekir soltó una carcajada.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué cosa?
—Nada.
Se acercó a la mesa.
—Te comportaste de manera extraña con Kael.
—No.
—Sí.
—Te advertí sobre él.
—Sin decirme absolutamente nada.
—No necesito darte detalles sobre la vida sexual de Kael.
Saekir parpadeó.
—Entonces esa es su reputación.
Aeron cerró los ojos.
—No era…
—Interesante.
—Saekir.
Ella sonrió.
—¿Cuántas?
—No voy a responder eso.
—¿Muchas?
—No lo sé.
—Mentira.
Aeron apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Por qué te interesa tanto?
Saekir se encogió de hombros.
—Quizá estoy considerando acostarme con él.
Silencio.
Fue magnífico.
Saekir tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír.
Aeron no se movió.
—¿Qué?
—Nada.
—No. Esa cara definitivamente significa algo.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Estás haciendo exactamente la cara que Oriana dijo que estabas haciendo esta tarde.
—Voy a matar a Oriana.
Saekir rió.
Aeron la miró.
—¿Hablas en serio?
La diversión disminuyó un poco.
—¿Importa?
—No.
Demasiado rápido.
Saekir inclinó la cabeza.
—Entonces deja de preguntarme.
Aeron guardó silencio.
Ella dio media vuelta.
—Saekir.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Kael no quiere nada serio.
Saekir giró.
Lo contempló brevemente.
Después soltó una pequeña risa.
—Tú tampoco.
Aeron quedó inmóvil.
La frase cayó entre ambos.
Saekir no había planeado decirla.
Pero ya estaba allí.
Fue solo sexo. Nada más. No te ilusiones.
Recordaba perfectamente cada palabra.
Aeron también.
—Exactamente —dijo finalmente.
Aquello dolió más de lo que debería.
Saekir sonrió.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Saekir…
—Buenas noches, Aeron.
Se marchó.
Esta vez él no intentó detenerla.
· · ·
Saekir llegó exactamente a tiempo al entrenamiento.
Aeron ya estaba allí.
Ella dejó su chaqueta.
Tomó la espada.
No hablaron.
Cinco minutos. Diez. Quince.
Saekir atacó.
Aeron bloqueó.
Ella giró.
Él retrocedió.
Otro golpe.
Otro.
—Estás enfadada.
Saekir atacó nuevamente.
—No.
—Estás intentando golpearme en la cara.
—Eso no demuestra nada.
Aeron bloqueó.
—Normalmente apuntas al torso.
—Estoy diversificando.
Atacó.
Aeron atrapó su espada.
Saekir intentó liberarse.
Él no la soltó.
—Basta.
—Suéltame.
—Primero deja de intentar arrancarme la cabeza.
—No seas dramático.
Aeron soltó la espada.
Saekir retrocedió.
—Otra vez.
—No.
—¿No era esa tu palabra favorita?
—Hoy no.
Saekir dejó caer la punta de la espada.
—Perfecto.
Fue a marcharse.
—No tienes que salir con Kael solamente para demostrarme algo.
Se detuvo.
Lentamente. Muy lentamente. Giró.
—¿Perdón?
La reacción de Saekir le confirmó a Aeron que había cometido un error.
—No quise decir…
—Sí quisiste.
—Saekir.
Ella caminó hacia él.
—¿Qué exactamente crees que intento demostrarte?
—Nada.
—No. Vamos. Terminemos la idea.
Aeron apretó la mandíbula.
—Solo digo que no necesitas…
—¿Tu permiso?
—No.
—¿Tu aprobación?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué?
Silencio.
Saekir esperó.
—Eso pensaba.
Se dio la vuelta.
—Me molesta.
Saekir se detuvo.
No giró.
Aeron continuó:
—¿Eso querías escuchar?
Ella permaneció quieta.
—Me molesta que salgas con él.
Saekir volvió lentamente.
—¿Por qué?
Aeron rió sin humor.
—Sabes por qué.
—No.
—Saekir.
—Dímelo.
Aeron la miró.
Durante unos segundos ninguno se movió.
—No.
Saekir sintió que algo se cerraba dentro de ella.
Asintió.
—Entonces no vuelvas a interferir.
—No puedo prometer eso.
—Pues aprende.
—No es tan sencillo.
—Sí lo es.
Saekir dejó la espada en el suelo.
—Tú dejaste perfectamente claro qué ocurrió entre nosotros.
Aeron apartó la mirada.
—Lo sé.
—Fue sexo.
Él no respondió.
—Nada sentimental.
Silencio.
—Así que no tienes derecho a actuar como si yo te debiera algo porque otro hombre me mira.
Aeron volvió hacia ella.
—Nunca dije que me debieras nada.
—Entonces deja de comportarte como si fuera así.
—No es eso.
—¿Qué es?
Aeron abrió la boca.
No salió nada.
Saekir sonrió tristemente.
—Exactamente.
Recogió la chaqueta.
—Entrenaremos mañana.
—No hemos terminado.
Saekir lo miró.
—Yo sí.
Y se marchó.
· · ·
Kael cumplió su palabra.
No intentó llevarla a una cama. No intentó besarla. Ni siquiera la tocó más de lo necesario.
La llevó a comer.
Eso fue casi decepcionante.
—Esperabas otra cosa —dijo Kael.
Saekir levantó la mirada.
—¿Puedes leer pensamientos?
—No.
—Entonces no.
Kael sonrió.
—Tu cara sí.
Saekir cerró los ojos.
—Todo el mundo dice eso.
—Quizá deberías aprender a mentir mejor.
—Soy excelente mintiendo.
—Eso fue terrible.
Saekir rió.
Estaban sentados junto al río que atravesaba Aetheryn. Había puestos pequeños a ambos lados y varias plataformas de madera construidas directamente sobre el agua.
Kael le había enseñado cómo pedir comida sin pagar tres veces su valor.
Eso ya lo convertía en una compañía útil.
—¿Por qué Aeron te odia?
Kael casi se atragantó.
—¿Eso fue sutil para ti?
—Sí.
—Impresionante.
Saekir esperó.
—No me odia.
—Parece hacerlo.
—Aeron parece odiar aproximadamente al setenta por ciento de la población.
—¿Y el otro treinta?
—Oriana.
Saekir rió.