LA MÉDIUM II Capítulo X — Los que quedaron #2
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Capítulo X — Los que quedaron #2

Encontró piedras. Cientos. Algunas enormes. Otras pequeñas. Dispuestas entre árboles antiquísimos formando círculos irregulares.

No había oro. No había tronos. No había símbolos de reyes.

Había nombres. Miles. Tallados sobre las piedras.

Astrid desmontó.

Rae permaneció sobre el caballo.

—¿Este era el santuario?

—Uno de ellos.

—¿Qué hacían aquí?

—Cosas Aevaryn.

Astrid lo miró.

—Esa explicación es pésima.

—Es deliberada.

Ella avanzó.

Había hilos.

Al principio creyó que eran raíces.

Después vio que estaban atados entre algunas piedras.

Cuerdas antiguas. Descoloridas. La mayoría rotas. Algunas prácticamente convertidas en polvo.

—¿Qué son?

Rae había desmontado finalmente.

—No los toques.

Astrid retiró la mano.

—¿Por qué?

Él se acercó.

Miró uno de los hilos.

—Representaban conexiones.

Astrid esperó.

Rae no continuó.

—¿Entre quiénes?

—Personas.

—¿Familias?

—A veces.

—¿Matrimonios?

Rae soltó una pequeña risa.

—Los Aevaryn no necesitaban que una institución les explicara a quién amar.

Astrid arqueó una ceja.

—Naturalmente.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La princesa.

—No empieces.

Rae se agachó junto a una piedra.

—Podían ser hermanos. Padres. Hijos. Amigos. Amantes.

Astrid observó los hilos.

—¿Todos iguales?

—No.

—¿Por qué?

Rae tardó en responder.

—Porque no todas las conexiones lo son.

Astrid miró uno particularmente grueso.

Estaba compuesto por varios hilos entrelazados.

—¿Y ese?

Rae se quedó inmóvil.

Solo un instante.

Suficiente.

—Viejo.

—Eso lo veo.

—Entonces estamos haciendo progresos.

Astrid no insistió.

Todavía.

Sacó el cuaderno.

Rae la miró.

—No.

—¿Qué?

—No vas a catalogar un santuario Aevaryn.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Excelente argumento.

Astrid empezó a escribir.

Rae le quitó el lápiz.

Ella lo miró.

—Devuélvemelo.

—No.

—Raevan.

—Astrid.

—¿Por qué no quieres que escriba?

Él miró las piedras.

—Porque algunas cosas no pertenecen a los libros.

Astrid dejó de intentar recuperar el lápiz.

—¿Por qué?

Rae tardó.

—Porque cuando escribes algo, alguien puede encontrarlo.

La ligereza desapareció.

—Y cuando alguien encuentra algo, puede decidir que le pertenece.

Astrid miró alrededor.

De pronto entendió un poco.

—La Corona.

Rae guardó silencio.

No hacía falta.

Astrid cerró el cuaderno.

—Está bien.

Rae la miró.

—¿Está bien?

—No escribiré nada aquí.

Le tendió la mano.

—Pero devuélveme el lápiz.

Rae lo hizo.

Astrid lo guardó.

—Puedo recordar sin apropiarme de ello.

Algo pasó por los ojos de Rae.

—Sí.

Astrid señaló una piedra.

—Pero puedes explicármelo.

Rae casi sonrió.

—Eres agotadora.

—Eso me han dicho.

Caminaron.

Astrid no volvió a abrir el cuaderno.

Y Rae empezó a hablar. Poco. Fragmentos.

Los Aevaryn creían que una vida podía tocar otra de maneras que la magia convencional no conseguía explicar.

Que algunas conexiones desaparecían. Otras permanecían. Que amar a alguien dejaba algo.

—¿Como un alma gemela? —preguntó Astrid.

Rae se detuvo.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces, ¿qué?

—Una elección.

Astrid frunció el ceño.

—No entiendo.

Rae observó los hilos.

—Las historias humanas suelen hablar de dos personas destinadas a encontrarse.

—Algunas.

—Los Aevaryn desconfiaban del destino.

Astrid sonrió apenas.

—Empiezo a entender por qué eras uno de ellos.

Rae ignoró el comentario.

—No creían que una fuerza invisible decidiera a quién debías amar.

Tocó una de las piedras.

—Creían que dos almas podían elegirse tantas veces que terminaban dejando una marca.

Astrid guardó silencio.

Aquello… sí lo entendía.

—¿Cómo lo llamaban?

Rae la miró.

Dudó.

—Vael. El vínculo entre almas, no la celebración que lleva el mismo nombre.

Astrid repitió lentamente:

—Vael.

Rae bajó los ojos.

Ella no sabía por qué aquella palabra parecía dolerle.

—¿Tuviste uno?

Silencio.

Rae levantó la cabeza.

Astrid supo que había ido demasiado lejos.

—No tienes que responder.

Él la observó.

—Eso ha sido sorprendentemente considerado.

—Puedo retirar la consideración.

La sonrisa apareció. Pequeña.

—Ahí estás.

Siguieron caminando.

Astrid no volvió a preguntar.

Pero ahora conocía una palabra más.

Vael.

Y esta vez no la escribió.

· · ·

La cría pequeña fue la primera en reaccionar.

Se detuvo.

Gruñó.

La mayor levantó la cabeza.

Los cuatro ojos se abrieron.

Rae dejó de caminar.

—Astrid.

—No estoy haciendo nada.

—Lo sé.

La luz apareció.

No solamente sobre sus manos.

Una línea púrpura atravesó brevemente sus brazos.

Después el cuello.

Astrid inhaló.

—Rae.

Él se acercó.

—No te muevas.

—Hace cinco minutos dijiste que no recibiera órdenes.

—Nunca dije eso.

—Lo pensé yo.

—Excelente. Entonces por una vez ignórate.

La luz aumentó.

Los hilos antiguos comenzaron a moverse.

No había viento.

Astrid miró alrededor.

Uno.

Después otro.

Las cuerdas rotas se levantaban ligeramente del suelo.

Rae perdió el color.

—No.

Astrid lo miró.

—¿Qué?

Él retrocedió.

—No deberías poder hacer eso.

—No estoy haciendo nada.

—Lo sé.

Y esa era precisamente la parte que lo aterraba.

Los Nharim se acercaron a Astrid.

No gruñían.

No parecían asustados.

Se sentaron a ambos lados de ella.

Los ojos superiores completamente abiertos.

Un hilo se levantó.

Después otro.

Cientos de pequeñas fibras antiguas comenzaron a vibrar.

Astrid sintió algo.

No voces.

No pensamientos.

Presencias.

Demasiadas.

Amor.

Dolor.

Pérdida.

Durante un instante dejó de ver piedras.

Vio manos.

Una madre colocando un hilo.

Dos hermanos riendo.

Una mujer llorando.

Un hombre arrodillado.

Un niño.

Una anciana.

Miles de fragmentos.

Astrid jadeó.

—¡Astrid!

Rae la sujetó.

Todo desapareció.

Las piedras volvieron.

Los hilos cayeron.

Astrid respiraba demasiado rápido.

Rae sostenía su rostro entre las manos.

—Mírame.

Ella lo hizo.

—¿Qué viste?

Astrid intentó responder.

—Personas.

Rae quedó inmóvil.

—¿Qué personas?

—No sé.

—Astrid.

—No sé.

Cerró los ojos.

—Sentí…

Se detuvo.

No encontraba palabras.

—Los vínculos.

Rae soltó su rostro.

Retrocedió.

Astrid lo miró.

Algo había cambiado.

—¿Qué?

Él negó.

—Rae.

—Tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Ahora.

—¿Qué ocurrió?

Rae recogió sus cosas.

—Conozco a alguien.

Astrid se quedó quieta.

—¿Alguien que sabe qué fue eso?

Rae dejó morir la respuesta antes de pronunciarla.

—Rae.

Él finalmente la miró.

Ya no había humor.

—Alguien que conocía estas piedras antes de que yo naciera.

Astrid sintió un escalofrío.

—¿Un Aevaryn?

Rae negó lentamente.

—Más antiguo.

Snow se acercó.

—¿Dónde?

Rae miró hacia las montañas. Muy lejos. Hacia una parte del mundo que ni siquiera aparecía en los mapas humanos.

—Si sigue vivo…

Astrid levantó una ceja.

—Eso no ha sonado prometedor.

—No lo es.

—¿Quién es?

Rae guardó silencio unos segundos.

Después ajustó la espada a su espalda.

—Alguien que odia visitas.

Astrid esperó.

—¿Y?

—Y particularmente me odia a mí.

Astrid cerró los ojos.

—Naturalmente.

Rae sonrió apenas.

—Te va a encantar.

Astrid miró una última vez las piedras.

Los hilos habían vuelto a quedar inmóviles.

Pero ahora sabía que algo permanecía allí.

Algo que había sentido.

Algo que Rae reconocía.

Desde que cruzó el Velo había buscado respuestas como si alguien las hubiera dejado esperando por ella. Quizá no estaban en ninguna Corte. Ni en un palacio. Ni siquiera entre los Desterrados.

Estaban enterradas en un mundo mucho más antiguo. Un mundo que las Coronas no habían creado. Y que, pese a todo lo que habían destruido, todavía no habían conseguido borrar.