LA MÉDIUM II Capítulo X — Los que quedaron
44%

Capítulo X — Los que quedaron

Capítulo X

Los que quedaron

LA CORONA

El grupo estaba en casa de Lysara cuando sonó el tercer golpe, más fuerte que los anteriores.

—Por orden de la Corte.

Nadie respondió.

Astrid observó a Rae.

El cambio en él era sutil, pero empezaba a aprender a reconocerlo.

Rae hacía bromas cuando estaba tranquilo. También hacía bromas cuando estaba incómodo. Y, aparentemente, cuando estaba verdaderamente enfadado sonreía. Como ahora.

—¿Cuántos? —preguntó Snow.

Lysara bajó la voz.

—Tres.

—¿Solamente?

—Tres que vi.

Rae negó.

—Entonces son más.

Astrid miró hacia la ventana.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hasta la Corona sabe contar.

Otro golpe.

—Abran.

Las dos crías se levantaron.

La mayor permaneció cerca de Astrid.

La pequeña avanzó hacia la puerta.

Rae la señaló.

—Recoge eso.

Astrid lo miró.

—No es una cosa.

—Entonces dile a tu adorable criatura que deje de prepararse para asesinar funcionarios.

Astrid tomó a la pequeña.

Esta protestó.

—No vas a asesinar a nadie.

Rae levantó una ceja.

—Excelente. Ya empezamos con la educación.

—Cállate.

El golpe siguiente hizo temblar la puerta.

Lysara dio un paso.

—Si no abro, entrarán.

—Lo sé.

—Rae…

—Abre.

Astrid lo miró.

—¿Estás seguro?

—No.

—Qué tranquilizador.

Rae se colocó a un lado de la entrada.

—Pero si derriban la puerta, Lysara tendrá que pagar otra.

Astrid lo contempló.

—¿Esa es tu preocupación?

—Me gusta esta puerta.

Lysara cerró los ojos.

—No has cambiado nada.

Rae la miró.

La sonrisa se suavizó apenas.

—Eso intento.

Lysara abrió.

Tres Fae estaban frente a la casa.

Dos hombres. Una mujer. Armaduras oscuras, ligeras, demasiado elegantes para ser simples soldados. Las placas se superponían como hojas negras y estaban unidas por cuero gris, sin una sola pieza capaz de sonar al moverse.

Astrid reparó en las insignias.

Una rama plateada atravesada por una línea negra.

No la conocía.

La mujer dio un paso.

Sus ojos recorrieron la habitación.

Snow. Astrid. Los Nharim.

Se detuvieron un segundo más sobre ellos.

Después encontraron a Rae.

—Raevan Aevrath.

Rae suspiró.

—Hoy todo el mundo insiste con el nombre completo.

—Debes acompañarnos.

—No.

Astrid parpadeó.

La mujer tampoco parecía haber esperado aquella respuesta.

—No era una solicitud.

—La respuesta sigue funcionando.

Uno de los hombres llevó una mano hacia su arma.

Rae ni siquiera lo miró.

—No hagas eso.

El soldado frunció el ceño.

—¿Qué?

—Tocar la espada.

Ahora sí lo miró.

—Porque si la sacas, Snow sacará la suya. Astrid hará algo mágico que ninguno de nosotros comprende todavía. Esos dos pequeños horrores probablemente decidirán que tus tobillos son comida y yo tendré que intervenir.

Astrid lo miró.

—¿Pequeños horrores?

—Estoy intentando evitar una pelea.

—Insultándolos.

—No creo que comprendan el idioma.

La pequeña gruñó.

Rae la señaló.

—Retiro lo dicho.

La mujer perdió la paciencia.

—Aevrath.

Rae volvió hacia ella.

—¿Quién me quiere?

—Eso no te corresponde saberlo.

—Entonces no me corresponde acompañarlos.

—La orden proviene de la Corte.

Algo desapareció de su expresión.

—Eso ya lo escuché.

La mujer sostuvo su mirada.

—Entonces sabes lo que significa.

—Sí.

Rae dio un paso hacia ella.

—Significa que alguien se puso una corona y decidió que eso convertía sus deseos en obligaciones para todos los demás.

Silencio.

Astrid lo observó.

Aquello no era provocación.

Lo creía.

La Fae endureció el rostro.

—Sigues siendo súbdito de esta tierra.

Rae rió.

Una sola vez.

—No soy súbdito de nadie.

El soldado sacó la espada.

Rae se movió.

Astrid apenas alcanzó a verlo.

Una mano atrapó la muñeca del hombre.

La otra golpeó el codo.

La espada cayó.

Rae la recogió antes de que tocara el suelo.

Y un instante después la punta estaba contra la garganta de su propietario.

Todo ocurrió sin magia.

La mujer dio un paso.

Snow desenvainó.

Astrid sintió calor en las manos.

Los ojos superiores de ambos Nharim se abrieron.

—No —dijo Rae.

Astrid no supo a quién se lo decía.

Probablemente a todos.

Rae retiró lentamente la espada de la garganta del hombre.

Giró el arma.

Se la ofreció por la empuñadura.

—La próxima vez que alguien te advierta que no saques una espada, considera que quizá intenta ayudarte.

El soldado la tomó.

Furioso.

La mujer lo detuvo antes de que pudiera hacer otra estupidez.

—No venimos a detenerte.

Rae levantó una ceja.

—Han mejorado muchísimo los métodos de invitación.

—Venimos a confirmar un rumor.

Silencio.

—¿Cuál?

La mujer miró directamente a Astrid.

—Que un Aevrath había cruzado las rutas antiguas acompañado por una humana que utiliza magia.

Ahora nadie bromeó.

Astrid sintió que Snow se acercaba.

—No soy humana —dijo.

La mujer la estudió.

—No completamente.

Astrid se tensó.

Rae se interpuso.

—Ya confirmaron que estoy vivo. Felicitaciones. Pueden marcharse.

—La orden incluye verla.

—Ya la viste.

—De cerca.

Rae sonrió, aunque la ligereza duró poco.

—No.

—Aevrath…

—No vuelvas a llamarme así como si ese nombre les perteneciera.

La voz de Rae había bajado.

La mujer calló.

Astrid sintió algo distinto en la habitación.

No miedo. Historia. Algo que todos parecían entender excepto ella.

La Fae sostuvo la mirada de Rae unos segundos.

Después retrocedió.

—No podrás esconderla.

Rae respondió:

—No estoy intentándolo.

La mujer miró a Astrid una última vez.

—Entonces espero que sepas qué estás haciendo.

Rae sonrió.

—Jamás.

Cerró la puerta.

Esperó.

Uno. Dos. Tres segundos.

Después dejó escapar el aire.

Astrid cruzó los brazos.

—¿«Algo mágico que ninguno de nosotros comprende todavía»?

Rae giró.

—Funcionó.

—Podías haber dicho que sé defenderme.

—Eso habría sido menos amenazante.

—Puedo ser muy amenazante.

Rae la miró de arriba abajo.

Astrid levantó un dedo.

—Piensa cuidadosamente lo que vas a decir.

Rae cerró la boca.

Snow soltó una pequeña risa.

—Está aprendiendo.

—A una velocidad extraordinaria —dijo Rae.

Lysara no rió.

—Tenemos que sacarlos de aquí.

La habitación volvió a ponerse seria.

LO QUE QUEDA DE UN PUEBLO

Partieron antes del amanecer.

Lysara consiguió provisiones. Rae consiguió caballos. Astrid consiguió una discusión.

—No.

—Son animales de monta.

—Y ellos son animales.

Rae señaló a las crías.

Astrid miró a los Nharim.

—No van dentro de una bolsa.

—No dije una bolsa.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando en una cesta.

Astrid lo fulminó.

—Eso es peor.

Snow ya estaba montando.

—Podrían ir con nosotros.

Astrid la miró.

—¿Cómo?

Una hora después, la mayor de las crías estaba acomodada delante de Astrid sobre la silla.

La pequeña viajaba con Snow.

Rae contempló aquello.

—Esto es absurdo.

Astrid acarició la cabeza del Nharim.

—Está cómoda.

—No sabe lo que es una silla.

—Está aprendiendo.

—Tú tampoco sabías lo que era el Velo hace tres días y no te até a un caballo.

Astrid lo miró.

—No entiendo cómo esas dos cosas se relacionan.

—Yo tampoco. Estoy cansado.

Lysara apareció con una pequeña bolsa.

Se la entregó a Rae.

—Por el camino antiguo.

Él la miró.

—No.

—Es más seguro.

—También pasa demasiado cerca.

—Precisamente.

Astrid observó.

Rae sostuvo la bolsa sin abrirla.

—No voy allí.

Lysara bajó la voz.

—Necesitas hacerlo.

—No necesito nada de ese lugar.

—Quizá tú no.

Sus ojos fueron hacia Astrid.

Rae se endureció.

—No.

Astrid intervino.

—Estoy aquí.

Ambos la miraron.

—Si van a discutir sobre mí, agradecería participar.

Rae guardó la bolsa.

—No estamos discutiendo sobre ti.

Lysara lo contradijo sin vacilar.

—Sí.

Rae cerró los ojos.

—Gracias.

Astrid desmontó.

—¿Qué lugar?

Lysara respondió antes de que Rae pudiera impedirlo.

—Un antiguo santuario.

—No.

Astrid ignoró a Rae.

—¿De quién?

Lysara miró hacia él.

—De los Aevaryn.

Silencio.

Astrid dejó de preguntar.

Rae no parecía enfadado.

Eso habría sido más sencillo.

Parecía… cerrado.

—Está abandonado —dijo Lysara—. Nadie de la Corte se acerca.

—Por superstición.

—Por miedo.

—Lo mismo con mejor publicidad.

—Hay marcas todavía.

Rae la miró.

—No significan nada.

—Para ti quizá.

Algo en la frase lo hirió.

Astrid lo vio.

Lysara también.

—No quise…

—Sí quisiste.

Rae montó.

—Vamos por el norte.

Lysara agarró las riendas.

—Raevan.

Él la miró.

—Mírala.

Rae no lo hizo.

—Mira a la muchacha.

Astrid empezaba a irritarse profundamente con la costumbre de discutir su existencia delante de ella.

Rae finalmente volvió los ojos.

La magia púrpura había aparecido alrededor de sus dedos.

Astrid ni siquiera lo había notado.

La cría frente a ella sí.

Los ojos superiores estaban completamente abiertos.

—No sabemos qué es —dijo Lysara—. Tú mismo lo dijiste.

Rae guardó silencio.

—Pero conoces a quienes podrían saberlo.

Astrid observó su rostro.

Ahí estaba. No una respuesta. Una posibilidad.

—¿Conoces a alguien? —preguntó.

Rae apretó la mandíbula.

—Conozco demasiada gente.

—Alguien que pueda explicarme esto.

—Quizá.

—Entonces vamos.

—No.

—¿Por qué?

Rae miró hacia el camino.

—Porque las respuestas tienen consecuencias.

Astrid sintió subir la irritación.

—Estoy empezando a cansarme de que todo el mundo decida qué información puedo soportar.

Eso consiguió su atención.

—No estoy decidiendo por ti.

—Acabas de hacerlo.

—Estoy intentando mantenerte viva.

—No son cosas incompatibles.

Rae guardó silencio.

Astrid se acercó con el caballo.

—Morí sin entender qué estaba ocurriendo.

Aquello lo detuvo.

Snow bajó la mirada.

Astrid continuó:

—Desperté sin comprender qué soy. Mi magia aparece cuando quiere. Dos criaturas que deberían temerla se comportan como si vieran algo que ninguno de nosotros puede ver. Y ahora una Corte que no conozco sabe que existo.

Señaló el camino.

—Así que si conoces a alguien capaz de responder una sola de esas preguntas, iremos.

Rae la observó durante mucho tiempo.

—Realmente naciste para dar órdenes.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Los mejores suelen empezar así contigo.

Rae parpadeó.

Astrid sonrió.

Había utilizado su propia frase.

Snow rió.

Incluso Lysara sonrió.

Rae negó lentamente.

—Esto es lo peor que me ha ocurrido en muchísimo tiempo.

—¿Vamos?

Él suspiró.

—Vamos.

LAS PIEDRAS AEVARYN

No era un templo.

Astrid había imaginado columnas. Altares. Estatuas.