Capítulo IX — Donde termina el mundo #3
Un Fae estaba al otro lado del camino.
Mayor. Cabello casi completamente blanco.
El hombre no miraba a Astrid. Ni a Snow. Ni siquiera a los Nharim. Miraba a Rae.
—No puede ser.
Rae sostuvo su mirada.
—Normalmente la gente empieza con un saludo.
El Fae dio un paso.
—Los Aevrath murieron.
Algo cambió en los ojos de Rae.
Pequeño.
Suficiente.
—Casi todos.
El hombre lo contempló durante un largo momento.
—Raevan.
Rae guardó silencio.
—Pensé que tú también…
—Mucha gente lo piensa. Resulta bastante cómodo.
El anciano no sonrió.
Sus ojos descendieron hacia la espada de Rae.
—Escuché que te uniste a los Desterrados.
—La gente habla demasiado.
—Aeron.
La mandíbula de Rae se tensó.
—¿Qué pasa con él?
—Dicen que ahora sigues sus órdenes.
Rae soltó una risa breve.
—Entonces definitivamente están contando mal la historia.
Astrid observó.
Había algo allí que no comprendía.
El anciano bajó la voz.
—Si la Corona descubre que un Aevrath sigue vivo…
Rae sonrió.
Pero Astrid ya conocía varias de sus sonrisas.
Aquella no tenía absolutamente nada de divertido.
—¿Qué hará?
El anciano guardó silencio.
Rae inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Matarme?
Nada.
—Tendría cierta falta de originalidad.
Astrid sintió que el aire cambiaba.
—Rae…
Él no la miró.
El anciano sí.
Sus ojos se detuvieron sobre Astrid.
Después en las crías.
Y por último en la tenue luz púrpura que había comenzado a aparecer nuevamente bajo la piel de sus manos.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué has traído aquí?
Rae dio un paso.
Se colocó entre ambos.
La reacción fue tan rápida que Astrid apenas tuvo tiempo de irritarse.
—Cuidado.
El anciano levantó los ojos.
—Raevan…
—No.
Una sola palabra. Sin humor.
El Fae miró nuevamente a Astrid.
—No sabes lo que llevas contigo.
Rae sostuvo su mirada.
—Y tú sigues hablando demasiado.
El anciano pareció debatirse consigo mismo.
Finalmente retrocedió.
—Hay cosas que deberían permanecer enterradas.
Rae respondió sin apartar los ojos de él.
—Eso mismo decía la Corona de mi pueblo.
El anciano se marchó.
Astrid esperó exactamente tres segundos.
—¿Qué demonios acaba de ocurrir?
Rae comenzó a caminar.
—Nada.
Astrid lo siguió.
—No.
—¿No qué?
—No vas a hacer eso.
—¿Hacer qué?
—Responder «nada» y esperar que continúe caminando.
—Normalmente funciona.
—Conmigo no.
Snow los siguió.
Astrid aceleró.
—¿Qué es Aevrath?
Rae no encontró una broma detrás de la cual esconderse.
—¿Tu familia?
Silencio.
—¿Quiénes murieron?
Nada.
—¿Por qué la Corona querría matarte?
Rae continuó caminando.
Astrid lo agarró del brazo.
Él se detuvo.
La miró.
—Rae.
Esta vez no había irritación en la voz de Astrid.
Solo una pregunta.
—¿Qué ocurrió con tu gente?
La expresión de Rae cambió.
Durante un instante desapareció todo.
Las bromas. La provocación. La sonrisa. Quedó algo muchísimo más viejo.
—Creyeron que podían seguir viviendo como habían vivido siempre.
Astrid frunció ligeramente el ceño.
—No entiendo.
—Lo sé.
—Entonces explícame.
Rae miró alrededor.
La aldea. Los Fae. Los puestos. Las personas que seguían caminando como si aquella conversación no existiera.
—Algún día.
Astrid negó.
—Siempre dices eso.
—Porque algunas historias necesitan más que cinco minutos en mitad de un mercado.
—¿Y cuándo será ese día?
Rae volvió a mirarla.
—Cuando encuentre suficiente alcohol.
Astrid soltó su brazo.
—Eres insoportable.
La sonrisa regresó.
Pequeña.
—Y, sin embargo, sigues aquí.
—Porque necesito que me guíes.
—Naturalmente.
Astrid comenzó a caminar.
—Y porque aparentemente ahora eres responsable de enseñarme a criar dos Nharim.
Rae quedó inmóvil.
—No.
Astrid siguió.
—Tú mataste a su madre.
—¡Otra vez con eso!
Snow comenzó a reír.
—¡No existe ninguna ley Fae que me convierta en padre de dos depredadores porque maté a su madre!
Astrid giró caminando hacia atrás.
—Entonces considéralo una nueva institución.
Rae la señaló.
—Eso.
Astrid frunció el ceño.
—¿Qué?
—Exactamente eso es lo que les pasa a ustedes. Crean una norma y cinco minutos después ya quieren convertirla en una institución.
Astrid abrió la boca.
—¿Ustedes?
—Princesas. Reinos. Coronas.
La ligereza había vuelto a su voz.
Pero había algo debajo.
Astrid lo notó.
—¿Tienes algún problema con las Coronas?
Rae soltó una carcajada.
—Princesa…
Se acercó.
—No tenemos suficiente alcohol para esa conversación.
Pasó junto a ella.
Astrid lo observó alejarse.
Miró después hacia el lugar donde había desaparecido el anciano.
Aevrath.
Los Aevrath murieron.
La Corona.
Había demasiadas preguntas.
Y Rae estaba decidido a no responder ninguna.
Por ahora.
Astrid acomodó a la cría que llevaba en brazos.
La pequeña abrió sus cuatro ojos.
—No lo mires así —murmuró Astrid—. Yo tampoco lo entiendo.
El Nharim bostezó.
Astrid siguió caminando.
No sabía todavía quiénes habían sido los Aevaryn. No conocía el Vael. No sabía qué había perdido Rae. Ni por qué un hombre que se reía de prácticamente todo había dejado de hacerlo al escuchar una sola palabra.
Aevrath.
Pero iba a averiguarlo.
Porque Astrid podía tolerar muchas cosas.
Un misterio delante de ella no era una de ellas.