LA MÉDIUM II Capítulo IX — Donde termina el mundo #2
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Capítulo IX — Donde termina el mundo #2

—Mierda.

Astrid parpadeó.

—¿Qué?

—Me gustaba esta camisa.

Snow soltó el aire.

Astrid lo miró incrédula.

—Acabas de subirte encima de esa cosa.

—Funcionó.

—Podría haberte arrancado la cabeza.

—Pero no lo hizo.

—Estás completamente loco.

La sonrisa regresó.

—Sabía que te impresionaría.

—No me impresionaste.

Rae arqueó una ceja.

Astrid sostuvo su mirada.

—En absoluto.

—Naturalmente.

· · ·

Estaban a punto de marcharse cuando Astrid escuchó algo.

Pequeño.

Casi un quejido.

Se detuvo.

—Esperen.

Rae estaba limpiando el cuchillo.

—Si quieres un recuerdo, recomiendo un colmillo. La cabeza ocupará demasiado espacio.

—Cállate.

Otra vez.

Un sonido entre unas raíces.

Snow llevó una mano hacia la espada.

—¿Otro?

Rae miró hacia el cadáver.

Después hacia los arbustos.

Su expresión cambió.

—Mierda.

Astrid lo siguió.

—¿Qué?

—Quédate ahí.

—Algún día comprenderás que esa frase no funciona conmigo.

Apartaron unas ramas.

Astrid se quedó inmóvil.

Cuatro pequeños ojos blanquecinos los observaban desde una cavidad entre las raíces.

Después aparecieron otros cuatro.

Dos crías.

Una ligeramente mayor.

La otra más pequeña.

Su pelaje todavía era suave y las vetas plateadas apenas empezaban a formarse. En la mayor, una línea clara nacía en el pecho; la pequeña tenía una media luna plateada sobre uno de los ojos superiores.

Astrid miró hacia atrás.

Al cadáver.

Después a Rae.

—Son suyas.

—Sí.

La mayor siseó.

El resultado habría sido más intimidante si no hubiera terminado con un pequeño chillido.

Astrid se agachó.

Rae negó con la cabeza.

—No.

—No podemos dejarlas.

—Sí podemos.

—Su madre está muerta.

—Lo sé. La conversación entre ella y yo terminó hace aproximadamente dos minutos.

Astrid lo miró.

—Tú la mataste.

Rae parpadeó.

—¿Acabas de convertirme en responsable legal de sus hijos?

—¿Sobrevivirán?

Rae guardó silencio.

Astrid estrechó los ojos.

—Rae.

—Probablemente.

—¿Sobrevivirán?

Suspiró.

—No.

Astrid extendió una mano.

—No hagas eso.

—¿Por qué?

—Porque son depredadores.

—Son bebés.

—Esas dos cosas pueden coexistir.

La mayor olfateó sus dedos.

Sus ojos superiores se abrieron.

Rae dejó de hablar.

La magia púrpura brilló tenuemente bajo la piel de Astrid.

La cría se acercó.

Apoyó el hocico contra su palma.

Astrid contuvo la respiración.

La segunda salió lentamente.

También abrió los ojos superiores.

Después se acomodó junto a su hermana.

Astrid sonrió.

Rae dejó caer los párpados.

—No.

—No he dicho nada.

—Tu cara acaba de adoptar dos Nharim.

Snow soltó una carcajada.

Astrid levantó cuidadosamente a la primera.

—No podemos abandonarlas.

—Astrid.

Tomó la segunda.

—Son pequeñas.

—Van a crecer.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Podrán defenderse.

Rae miró a Snow.

—Ayúdame.

Snow observó a Astrid con los dos pequeños depredadores en brazos.

—No.

—Traición.

Astrid pasó junto a él.

—Vamos.

Rae permaneció inmóvil.

—¡No puedes adoptar dos Nharim!

Astrid continuó caminando.

—Acabo de hacerlo.

—¡Son animales salvajes!

—También tú.

Snow volvió a reír.

Rae se llevó una mano al pecho.

—Eso fue innecesariamente personal.

· · ·

Una hora después, Rae seguía protestando.

Astrid seguía ignorándolo.

Y las crías seguían con ella.

Fue entonces cuando apareció el siguiente problema.

—No pienso alimentarlas con eso.

Rae miró el pedazo de carne que había conservado del Nharim.

Después a Astrid.

—Son carnívoras.

—Es su madre.

Silencio.

Snow dejó de preparar el fuego.

Rae volvió a mirar la carne.

Después el lugar donde habían dejado el cadáver.

—Bueno.

Guardó lentamente el cuchillo.

—Cuando lo dices así…

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Preferiblemente nunca.

Astrid abrazó un poco más a las crías.

Rae suspiró.

—Buscaré otra cosa.

—Gracias.

Él empezó a caminar.

Se detuvo.

La miró.

—¿Acabas de agradecerme algo?

—No arruines el momento.

—Quiero conservarlo.

—Vete.

Rae sonrió. Astrid empezaba a sospechar que algunas de sus bromas aparecían justo cuando menos quería responder en serio.

—Ahí está.

· · ·

Cuando regresó, las crías comieron.

Una lo hizo con sorprendente tranquilidad.

La más pequeña colocó ambas patas delanteras sobre la comida y gruñó cada vez que su hermana se acercaba.

Rae señaló.

—Esa va a darte problemas.

Astrid la observó.

—Es pequeña.

—Deja de utilizar eso como argumento.

—Funciona.

—Funcionará menos cuando pese más que tú.

Astrid levantó la cabeza.

—¿Cuánto llegan a pesar?

Rae sonrió.

—¿En qué momento pensaste preguntar eso?

Astrid guardó silencio.

Snow empezó a reír.

—No es divertido.

—Un poco.

Astrid volvió a mirar las crías.

—Encontraremos una solución.

—Naturalmente.

La mayor terminó de comer.

Se acercó a Astrid.

Los ojos superiores se abrieron.

Después los de la pequeña.

La magia volvió a aparecer bajo la piel de Astrid.

Ninguna retrocedió.

Se acomodaron contra sus piernas.

Rae dejó de sonreír.

—Eso es extraño.

Astrid levantó la mirada.

—¿Qué?

—Deberían mantener distancia de una magia que no conocen.

—Quizá les agrado.

—Eso sería todavía más inexplicable.

Astrid puso los ojos en blanco.

Pero Rae seguía observándolas.

—¿Qué ocurre?

—No lo sé.

Astrid levantó una ceja.

—¿Tú no sabes algo?

—Disfruta el momento.

Ella miró las criaturas.

—¿Es peligroso?

Rae tardó en responder.

—No necesariamente.

—Eso no ha sido convincente.

—Porque todavía no entiendo qué están percibiendo.

Astrid acarició el lomo de una.

—Pensé que esos ojos veían magia.

—Eso hacen.

Rae hizo una pausa.

—Entre otras cosas.

Astrid miró a Rae.

—¿Qué otras cosas?

Rae se puso de pie.

—Algún día aprenderás que no todas las preguntas necesitan respuesta en el mismo momento.

—Y algún día tú aprenderás que eso no funciona conmigo.

Rae sonrió.

—Eso empieza a preocuparme.

Astrid no lo sabía todavía.

Pero Rae sí conocía historias antiguas sobre criaturas capaces de percibir cosas que los ojos normales no veían.

Historias que no pertenecían a las Cortes. Ni a los libros. Historias de un pueblo que casi nadie recordaba.

Y llevaba muchísimo tiempo intentando no pensar en ellas.

· · ·

El primer asentamiento apareció al día siguiente.

No había murallas. Eso desconcertó a Astrid. Tampoco guardias visibles.

Había casas construidas entre árboles, puestos de comida, telas suspendidas, música y niños corriendo por caminos de tierra.

Vida.

Astrid se detuvo en lo alto de la pendiente.

—¿Fae?

Rae se colocó a su lado.

—Sí.

La respuesta hizo que algo se tensara dentro de ella.

Hasta entonces Rae había sido uno. Una excepción.

Allá abajo había decenas. Quizá cientos.

Astrid recordó fuego. Eleonora. Su muerte. La pérdida de Arcadia.

Una de las crías se removió entre sus brazos.

Astrid bajó la mirada.

Cuatro pequeños ojos la observaban.

Rae permaneció en silencio.

Ella lo miró.

—¿No vas a decir nada?

—Pensé que necesitabas un minuto.

Astrid estuvo a punto de responder que no.

Miró nuevamente el asentamiento.

—Quizá.

Rae asintió.

No hubo burla.

Eso hizo que Astrid respirara con mayor facilidad.

Un minuto después empezó a bajar.

—¿Ya?

—Ya.

Rae sonrió.

—Ahí está mi…

Astrid giró.

—Termina esa frase y te lanzo colina abajo.

—…compañera de viaje.

—Cobarde.

—Superviviente.

· · ·

Astrid esperaba miradas.

No esperaba tantas.

Al principio creyó que era por ella.

Después comprendió.

Eran las crías.

Un vendedor dejó de hablar a mitad de una frase. Una mujer se apartó. Dos niños señalaron. Un anciano simplemente la contempló.

Astrid se acercó a Rae.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Todos están mirando.

—Sí.

—¿Por qué?

Rae observó los dos Nharim.

—Quizá omití un pequeño detalle.

Astrid dejó caer los párpados.

—Empiezo a odiar esa frase.

—Nadie tiene Nharim.

—¿Como mascotas?

—Como nada.

Astrid miró a las crías.

—¿Por qué?

—Porque la mayoría de la gente aprecia conservar sus extremidades.

—Son pequeñas.

Rae suspiró.

—Otra vez.

La cría más pequeña gruñó hacia él.

Astrid sonrió.

—Le caes mal.

—Eso es porque todavía no ha desarrollado buen gusto.

Astrid siguió caminando.

Y entonces empezó a observar.

Una mujer discutía con un comerciante. Un hombre cargaba cajas. Una anciana dormía frente a una casa. Una pareja se besaba junto a un puesto sin preocuparse por quién los miraba. Dos niños perseguían una criatura luminosa. Alguien cocinaba. Alguien cantaba. Alguien regañaba a otro niño.

Astrid redujo el paso.

Había esperado encontrar el mundo de Eleonora.

En cambio, había encontrado gente.

Eso no borraba nada. No perdonaba nada. Pero introducía una incomodidad nueva.

Quizá había confundido durante demasiado tiempo una raza entera con aquellos que la habían destruido.

Un niño pasó corriendo.

Tropezó.

Astrid lo sostuvo antes de que cayera.

El pequeño levantó la mirada.

Orejas ligeramente puntiagudas. Ojos verdes.

—Gracias.

Se soltó.

Continuó corriendo.

Astrid lo observó.

—No digas nada —murmuró.

Rae estaba detrás.

—No iba a hacerlo.

—Eso sí que no te lo creo.

—Estoy creciendo como persona.

Astrid resopló.

—Lentamente.

—No tengo prisa.

· · ·

—Aevrath.

Rae dejó de caminar.

Fue inmediato.

Astrid lo sintió antes de comprenderlo.

La sonrisa desapareció.

Los hombros se tensaron.

Giró.