Capítulo IX — Donde termina el mundo
Capítulo IX
Donde termina el mundo
Astrid descubrió durante el segundo día de viaje, con el cabello dorado recogido en una trenza y la chaqueta de cuero prestada ya salpicada de barro, que Raevan Aevrath tenía una capacidad extraordinaria para hablar.
No era particularmente sorprendente que un hombre hablara.
Lo sorprendente era que pudiera hacerlo durante horas sin necesidad aparente de recibir respuesta.
Rae hablaba caminando, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta verde oscura que había conocido mejores años. Varias correas le cruzaban el pecho, pero solo una sostenía un arma; las demás cargaban mapas, frascos y objetos cuyo propósito Astrid aún no había conseguido averiguar.
Hablaba comiendo. Hablaba mientras revisaba el camino. Hablaba cuando Snow intentaba dormir. Y, para absoluta desgracia de Astrid, hablaba incluso cuando nadie parecía escucharlo.
—¿Siempre eres así?
Rae giró hacia ella sin dejar de caminar.
—¿Atractivo?
—Agotador.
—También.
Astrid siguió adelante.
—Era una pregunta seria.
—La mía también.
Snow soltó una risa unos pasos más atrás.
Astrid la miró.
—No lo alientes.
—No estoy haciendo nada.
—Te reíste.
—Todavía no está prohibido.
—Estoy considerando seriamente establecer nuevas normas para este viaje.
Rae levantó una mano.
—Me opongo.
Astrid lo miró.
—Nadie solicitó tu opinión.
—Entonces me opongo también al procedimiento.
—¿Puedes guardar silencio durante cinco minutos?
—Sí.
Astrid esperó.
Rae continuó caminando.
Diez segundos. Quince. Veinte.
—¿Quieres que empiece ahora?
Astrid cerró los ojos.
Snow volvió a reír.
—Voy a matarlo.
—Ponte en la fila —respondió Snow.
—¿Hay una fila? —preguntó Rae—. Eso resulta extrañamente halagador.
Astrid aceleró.
La risa de Snow la siguió.
Y aunque jamás lo habría admitido, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Desapareció antes de que Rae pudiera verla.
· · ·
El camino había cambiado.
Astrid lo había notado esa mañana.
Los bosques de Arcadia eran conocidos para ella, aunque no hubiera recorrido personalmente todos sus caminos. Había estudiado mapas, informes militares, tratados de geografía y documentos de frontera.
Sabía dónde debían encontrarse los ríos. Sabía qué rutas comerciales atravesaban aquellas tierras. Sabía reconocer los cambios del terreno.
Pero desde hacía varias horas el mapa que llevaba guardado entre sus pertenencias había dejado de coincidir con el mundo.
Primero había sido un arroyo donde no debía existir ninguno. Después, una formación rocosa. Más tarde, el camino se dividió en dos cuando el mapa mostraba claramente uno solo.
Astrid se detuvo.
—Estamos perdidos.
Rae continuó caminando.
—No.
—El camino no aparece en el mapa.
—Entonces el mapa está perdido.
Astrid lo miró.
—Los mapas no pueden perderse.
—Ese parece bastante confundido.
Sacó el pergamino.
—Según esto, deberíamos estar aproximadamente a ocho kilómetros del río Varen.
Rae regresó unos pasos y miró el mapa.
—Según eso, el Velo también es una línea.
—Es una frontera.
—No exactamente.
Astrid levantó la mirada.
—¿Qué significa «no exactamente»?
Rae señaló alrededor.
—Que probablemente llevamos horas dentro.
Snow dejó de caminar.
Astrid también.
—¿Dentro de qué?
Rae sonrió, pero esta vez la sonrisa no terminó de alcanzarle los ojos.
—Del Velo.
Astrid miró alrededor.
Nada parecía diferente.
Árboles. Tierra. Luz.
—No ocurrió nada.
—Precisamente.
—Eso no explica absolutamente nada.
—El Velo no es una puerta, princesa.
—Astrid.
—Astrid.
Rae señaló el camino.
—No atraviesas una línea y de repente aparece un cartel anunciando que llegaste al mundo Fae. Algunas zonas se mezclan. Otras se desplazan. Hay caminos que hoy existen y mañana prefieren estar en otro lugar.
Astrid lo contempló.
—Los caminos no pueden preferir cosas.
Rae sonrió.
—Vas a divertirte muchísimo aquí.
Astrid guardó el mapa con más fuerza de la necesaria.
—Necesito uno correcto.
—No existe.
Se detuvo.
—¿Cómo que no existe?
—Existen mapas.
—Acabas de decir…
—Dije que no existe uno correcto.
Astrid lo miró horrorizada.
Rae parecía estar disfrutándolo.
—Te molesta muchísimo, ¿verdad?
—¿Qué cosa?
—Que algo exista sin haber pedido permiso para ser organizado.
—Todo puede organizarse.
—Eso ha sonado peligrosamente parecido a una declaración de guerra.
Snow pasó entre ambos.
—Cuando terminen de discutir con la geografía, me gustaría continuar.
Rae señaló a Snow.
—Ella me agrada.
—Ya lo mencionaste.
—Quiero que conste.
Continuaron.
· · ·
Una hora después, Rae dejó de hablar.
Astrid tardó varios segundos en darse cuenta.
Y aquello fue suficiente para preocuparla.
Rae se había detenido.
No fue una pausa normal.
Su cuerpo entero parecía diferente.
Una mano cerca de la espada. La cabeza ligeramente inclinada. Escuchando.
Astrid estuvo a punto de preguntar.
Snow ya llevaba una mano sobre la empuñadura.
Rae levantó dos dedos.
Silencio.
Astrid observó el bosque.
Nada.
—Rae —susurró.
—No corran.
Ella frunció el ceño.
—No pensaba hacerlo.
—Magnífico.
—¿Qué ocurre?
—Nos está siguiendo algo.
Astrid giró lentamente.
—¿Desde cuándo?
—Un rato.
Volvió la cabeza hacia él.
—¿Y no consideraste importante mencionarlo?
—Quería asegurarme.
Un sonido atravesó el bosque.
Grave.
Profundo.
No exactamente un rugido.
Astrid lo sintió en el pecho.
Rae desenvainó.
—Ya estoy seguro.
Snow hizo lo mismo.
Astrid sacó su espada.
—¿Qué es?
—Nharim.
Astrid esperó.
—Eso no significa absolutamente nada para mí.
—Lo sé.
—Entonces explícame.
—Preferiblemente después.
Algo se movió entre los árboles.
Astrid calló.
Su primera impresión fue:
Felino.
La segunda:
No.
Era demasiado grande.
El lomo podía alcanzar fácilmente el pecho de un hombre. Su cuerpo era largo, musculoso, cubierto de un pelaje gris tan oscuro que parecía negro hasta que la luz revelaba vetas plateadas recorriendo sus costados.
Cuatro patas.
Una cola larga.
Una cabeza vagamente felina.
Pero las patas delanteras eran demasiado grandes.
El cuello demasiado grueso.
Las garras demasiado largas.
Y sobre sus dos ojos blanquecinos había otros dos, más pequeños.
Cerrados.
Astrid sintió la magia aparecer en sus manos.
Los ojos superiores del animal se abrieron.
Rae maldijo.
—Apágala.
Astrid miró sus dedos.
La luz púrpura recorría su piel.
—No estoy haciendo nada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo quieres que…?
—Inténtalo.
El Nharim levantó la cabeza.
Sus ojos inferiores permanecieron sobre Rae.
Los superiores se fijaron en Astrid.
—¿Por qué me mira?
—Porque esos ojos perciben magia.
Astrid miró a la criatura.
—¿Y?
—Y tú debes parecerle una antorcha en medio de la noche.
—Qué reconfortante.
Snow se colocó delante de ella.
Rae negó sin vacilar.
—No.
Snow lo miró.
—Es mi deber protegerla.
—Entonces no hagas que tenga que pasar por ti para llegar hasta ella.
Rae estudió rápidamente el terreno.
Árboles.
Distancias.
Raíces.
Pendiente.
Astrid reconoció aquella mirada.
No estaba buscando una salida.
Estaba preparando una pelea.
—¿Puedes matarlo?
Rae la miró.
—Sí.
No hubo arrogancia.
No hubo broma.
Solo certeza.
El Nharim bajó el cuerpo.
Rae levantó la espada.
—Snow, quédate con Astrid.
—Rae…
—Y tú no uses magia.
Astrid apretó la mandíbula.
—No recibo órdenes tuyas.
—Sobrevivamos primero y discutimos después la estructura jerárquica del grupo.
El Nharim saltó.
Rae corrió hacia él.
—¡Rae!
El animal abrió las fauces.
Rae esperó hasta el último instante.
Después cayó.
Las garras pasaron sobre su cabeza.
La espada abrió el costado del Nharim mientras ambos se cruzaban.
El rugido sacudió el bosque.
Rae rodó.
Se levantó.
El animal también.
Sangre oscura recorría su costado.
—¿Eso era matarlo? —gritó Astrid.
—¡Estoy empezando!
El Nharim cargó.
Rae se movió.
No peleaba como Ian.
Ian era disciplina.
Postura.
Técnica militar.
Rae conocía todo aquello.
Pero parecía haber decidido que las reglas eran opcionales.
Utilizaba árboles.
Pateaba tierra.
Rodaba bajo las garras.
Atacaba cuando debería retroceder.
Retrocedía cuando el animal esperaba que atacara.
No estaba intentando vencerlo por fuerza.
Lo estaba estudiando.
Provocándolo.
Cansándolo.
Una garra alcanzó su brazo.
La tela se abrió.
Sangre.
La magia estalló entre los dedos de Astrid.
—¡Rae!
Él giró.
—¡No!
—Estás herido.
—Lo sé.
—Puedo ayudar.
—No sabes qué puede hacer tu magia.
Aquello la detuvo.
—Si fallas —continuó—, puedes alcanzarnos a nosotros.
Astrid apretó los dientes.
Bajó las manos.
Snow observaba la pelea.
—Mira dónde golpea.
Astrid lo hizo.
Cuello.
Mandíbula.
Parte superior de las patas.
Siempre los mismos lugares.
—Conoce su anatomía.
Snow asintió.
El Nharim volvió a cargar.
Rae esperó.
Astrid comprendió entonces.
No se estaban defendiendo.
Rae estaba cazando.
El Nharim desapareció.
Astrid parpadeó.
No.
No exactamente.
Durante un instante distinguió una deformación entre los árboles.
Como una sombra detrás del agua.
Rae giró antes de que la criatura reapareciera.
Ya estaba preparado.
La espada chocó contra una garra.
Salió despedida.
Rae no fue tras ella.
Sacó un cuchillo.
Astrid lo miró.
—No puede estar hablando en serio.
Snow no respondió.
El Nharim atacó.
Rae corrió hacia una raíz expuesta.
Apoyó un pie.
Se impulsó.
El animal pasó debajo.
Y Rae cayó sobre su espalda.
El Nharim rugió.
Se levantó sobre las patas traseras.
Rae hundió una mano en el pelaje.
La criatura se sacudió.
Él permaneció aferrado.
Una mano alrededor del cuello.
La otra buscando detrás de la mandíbula.
Astrid vio la pequeña separación entre las placas que protegían la zona.
Rae hundió el cuchillo.
Una vez.
El Nharim rugió.
Dos.
La criatura se desplomó.
Rae rodó antes de quedar atrapado debajo.
El animal intentó levantarse.
Rae ya estaba sobre él.
Clavó nuevamente el cuchillo detrás de la mandíbula.
Profundo.
El cuerpo se tensó.
Después quedó inmóvil.
Silencio.
Rae permaneció allí unos segundos.
Esperó.
Solo cuando estuvo seguro retiró el cuchillo.
Se levantó.
Sangre en las manos.
En el rostro.
En la ropa.
Astrid lo contemplaba.
Durante unos segundos no reconoció al hombre que llevaba dos días irritándola.
Había algo salvaje en él.
Antiguo.
Después Rae miró su camisa rasgada.