LA MÉDIUM II Capítulo VIII — La vida que escoges
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Capítulo VIII — La vida que escoges

Capítulo VIII

La vida que escoges

VHAELOR

REFUGIO DE LOS DESTERRADOS

Una semana después, Saekir consiguió destruir tres objetivos al mismo tiempo.

Vestía pantalones color carbón, una camisa clara con las mangas recogidas y brazales de cuero marcados por pequeñas quemaduras; llevaba el cabello castaño sujeto en una trenza de entrenamiento que ya empezaba a deshacerse, atravesada por hebras color perla que atrapaban la luz.

No era lo que Aeron le había pedido.

Ese detalle, según ella, carecía de importancia.

Según Aeron, era precisamente el problema.

Los tres discos de madera permanecieron clavados en la pared del campo de entrenamiento. Uno estaba partido por la mitad. Otro ardía lentamente por uno de los bordes. Del tercero apenas quedaban fragmentos sobre el suelo.

Saekir los contempló. Después miró su mano. Luego a Aeron.

—Funcionó.

Aeron permanecía detrás de ella con los brazos cruzados.

—No.

—Los tres están destruidos.

—Te pedí que alcanzaras uno.

—Alcancé tres.

—Destruiste tres.

—Eso parece incluso mejor.

—Control.

Saekir cerró los ojos.

—Otra vez esa palabra.

—Porque todavía no la entiendes.

Ella giró.

—La entiendo perfectamente.

—Entonces demuéstralo.

—Acabo de hacerlo.

Aeron señaló los restos.

—Eso no es control.

—Eso es eficiencia.

—Eso es exceso.

Saekir volvió a colocarse en posición ante tres objetivos nuevos.

—Uno.

—Uno —repitió Aeron.

—Un único objetivo.

—Sí.

—Sin destruir los otros.

—Ese suele ser el significado de uno.

Saekir lo miró por encima del hombro.

—Podrías intentar enseñar sin ser insoportable.

—Podrías intentar aprender sin discutir cada instrucción.

—Eso parece aburrido.

Respiró.

La magia acudió.

Eso también había cambiado.

Cuatro días atrás necesitaba buscarla. Ahora estaba allí antes incluso de que terminara de extender los dedos: una vibración debajo de la piel, caliente, expectante.

Una esfera apareció sobre su palma.

—Menos —dijo Aeron.

Saekir redujo el tamaño.

—Menos.

—Si sigo quitando no voy a lanzar nada.

—Menos.

Ella obedeció. La esfera quedó del tamaño de una pequeña fruta.

—Ahora.

Saekir lanzó.

El proyectil atravesó el campo e impactó exactamente en el centro. El objetivo se sacudió. No se rompió. Los otros dos permanecieron intactos.

Saekir sonrió.

—Perfecto.

—Aceptable.

La sonrisa desapareció.

—Eres un miserable.

—Otra vez.

—No.

Aeron arqueó una ceja.

—Llevamos tres horas.

—Dos horas y cuarenta minutos.

—¿Estás contando?

—Tú me contagiaste.

Saekir tuvo que contener una sonrisa.

—Me niego.

—No era una pregunta.

—Entonces me niego con mayor convicción.

Aeron la observó en uno de esos silencios que ella empezaba a distinguir.

—¿Qué?

—Nada.

—No. Oriana hace exactamente lo mismo. Me mira, piensa algo y después dice nada. Empiezo a detestar la palabra.

Aeron se acercó a los objetivos.

—Estás aprendiendo demasiado rápido.

Saekir parpadeó.

—¿Eso es malo?

—No lo sé todavía.

—Qué manera tan extraordinaria de arruinar un cumplido.

—No era un cumplido.

—Naturalmente.

Aeron arrancó el objetivo de la pared.

—La mayoría de los Fae pasan semanas antes de conseguir reducir una descarga sin perder estabilidad.

Saekir observó su mano.

—¿Cuántas?

—Depende.

—Aeron.

—Varias.

—¿Y yo?

—Cuatro días.

Esta vez no hubo satisfacción. Curiosidad.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Eso empieza a ser preocupantemente frecuente.

—Tu magia no se comporta como debería.

Saekir levantó la vista.

—¿Y cómo debería comportarse?

Aeron tardó unos segundos.

—Con más resistencia.

—¿Mía?

—De ella.

Saekir frunció el ceño.

—Hablas de mi magia como si tuviera voluntad.

—A veces parece tenerla.

Ella volvió a observar su mano.

—Entonces tendremos que enseñarle quién manda.

Aeron soltó aire por la nariz.

—Ese es exactamente el tipo de frase que me preocupa.

Saekir sonrió.

—A mí me tranquiliza bastante.

Recogió su chaqueta.

—No hemos terminado.

—Yo sí.

—Saekir.

—Mañana. Me duelen lugares que no sabía que podían doler y ayer casi prendí fuego a mi propia cama intentando practicar.

Aeron se quedó quieto.

—¿Hiciste qué?

Saekir comprendió demasiado tarde que quizá no debía haber compartido aquello.

—Nada.

—¿Practicaste sola?

—Tal vez.

—Te dije que no lo hicieras.

—Me dices muchas cosas.

—Podrías perder el control.

—No lo perdí.

—Casi incendiaste tu habitación.

—Una esquina.

Aeron dejó caer los párpados.

—Una esquina sigue siendo una habitación.

—La apagué.

—¿Cómo?

Saekir guardó silencio.

—¿Cómo?

—Con una manta.

Aeron se pasó una mano por el rostro.

—No vuelvas a practicar sola.

Saekir dejó de sonreír.

—No vuelvas a darme órdenes fuera del entrenamiento.

—Esto no es un juego.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces compórtate como si lo entendieras.

La frase bastó para irritarla.

—Lo entiendo bastante bien.

—No. No lo entiendes.

—¿Y de quién es la culpa?

Silencio.

—Me dices que tengo un poder que nadie comprende. Que tengo que aprender a controlarlo porque puede ser peligroso. Pero cada vez que pregunto algo que no quieres responder, decides que todavía no estoy preparada.

Aeron endureció la mandíbula.

—Hay cosas que…

—Después.

Saekir asintió.

—Sí. Ya conozco esa palabra también.

Tomó sus cosas.

—Descansa —dijo Aeron.

—Eso pienso hacer.

Y se marchó antes de permitirle responder.

· · ·

Oriana estaba sentada sobre la mesa de su habitación cuando Saekir entró.

Saekir se detuvo.

—¿Cómo entraste?

—Por la puerta.

—Estaba cerrada.

—Sí.

—Oriana.

La Fae mordió una fruta.

—Tienes una cerradura terrible.

—Voy a cambiarla.

—Aprenderé la nueva.

—Eso no es tranquilizador.

Oriana sonrió.

—Vamos a salir.

—No.

—Sí.

—Acabo de pasar tres horas con Aeron.

—Mis condolencias.

—Me duelen las piernas.

—Caminaremos.

—Eso no ayuda.

—Precisamente.

Saekir dejó caer una protección sobre la cama.

—¿Adónde?

—Fuera.

—Eso tampoco responde.

—Fuera del refugio.

Saekir se detuvo.

Había aprendido los corredores, las cocinas, las habitaciones comunes y el campo donde Aeron la torturaba diariamente. Pero Aetheryn seguía siendo algo que contemplaba desde ventanas y caminos cercanos.

—¿Quieres conocer Aetheryn? —preguntó Oriana.

La respuesta apareció antes que cualquier pensamiento.

—Sí.

Oriana sonrió.

—Entonces cámbiate.

Saekir miró su ropa.

—¿Qué tiene esto?

—Hueles a entrenamiento.

—Eres ofensiva.

—Y tú necesitas agua.

Saekir caminó hacia donde guardaba su ropa.

—¿Qué me pongo?

—Lo que quieras.

—Eso es demasiada libertad.

—Puedo elegir yo.

Saekir giró.

—No.

Oriana sonrió.

—Entonces ya sabes qué ponerte.

AETHERYN

Antes de entrar, Oriana le había advertido que en Aetheryn ocultaban quiénes eran: los Desterrados solo podían cruzar como espías. Saekir sabía qué era una calle, una plaza, un mercado, un puente. Sabía que una ciudad debía tener un orden incluso cuando parecía caótica.

Aetheryn no respetaba ninguna de aquellas certezas.

El camino descendía entre árboles y terminaba abriéndose sobre una ciudad que parecía haber crecido en lugar de haber sido construida.

Saekir se detuvo.

—Oh.

Oriana la miró.

—¿Eso es todo?

Saekir guardó silencio.

Edificios de piedra oscura se mezclaban con estructuras levantadas alrededor de troncos gigantescos.

Puentes estrechos conectaban terrazas a distintas alturas.

Pequeñas esferas doradas flotaban sobre las calles aunque todavía no había anochecido.

Más abajo, una corriente de agua atravesaba la ciudad y desaparecía bajo varios edificios antes de volver a surgir.

El aire olía a pan con especias, corteza mojada y una resina dulce que Saekir no conocía.

Y había Fae. Cientos. Quizá miles.

Algunos tenían orejas mucho más largas que las de Oriana. Otros presentaban marcas luminosas sobre la piel. Una Fae pasó junto a Saekir con pequeñas astas naciendo entre su cabello.

Saekir giró la cabeza.

Oriana la agarró del brazo antes de que chocara con alguien.

—Disimula.

—Tiene cuernos.

—Lo sabe.

—¿Eso es normal?

—Para ella, imagino que sí.

—¿Todos son Fae?

—Sí.

—No se parecen.

Oriana sonrió.

—Los humanos tampoco.

—No de esta manera.

—Porque sigues pensando en Fae como una sola cosa.

—¿Cuántos tipos hay?

—¿Quieres la respuesta corta?

—No.

—Sabía que dirías eso.

Llegaron a la primera calle. El ruido la envolvió: voces, música, metal, agua, risas. Un vendedor sostenía una fruta abierta cuyo interior emitía una tenue luz azul.

Saekir se acercó.

—¿Qué es eso?

—Comida.

—Eso puedo verlo.

—Entonces estamos progresando.

Saekir la miró.

—Pasas demasiado tiempo con Aeron.

—Retira eso.

El vendedor le ofreció un trozo. Saekir lo tomó y lo probó. Primero dulce, después ácido, y luego una oleada de calor le recorrió la lengua.

—¿Qué demonios…?

Oriana empezó a reír.

Saekir volvió a probarla.

—Me gusta.

—Claro que sí.

—¿Por qué dices eso?

—Porque aparentemente tienes una relación enfermiza con cualquier cosa que pueda hacerte daño.

Saekir frunció el ceño.

Oriana la observó.

—No dije nombres.

—Cállate.

Continuaron.

Saekir preguntó por todo: frascos que parecían contener niebla, formas de pago, cintas de colores atadas a ciertos árboles y niños que utilizaban pequeñas manifestaciones de magia con la naturalidad de quien aprende a correr.

—¿Los niños pueden usar magia?

—Algunos.

—¿Desde qué edad?

—Depende. Linaje. Tipo de magia. Desarrollo. Temperamento.

—¿Y si pierden el control?

—Les enseñan.

Saekir siguió mirando.

—Quiero entenderlo todo.

Oriana la estudió.

—Lo sé. Pero estás intentando convertir un paseo en una enciclopedia.

—¿Eso es malo?

—No.

Sonrió.

—Es bastante adorable.

—Retíralo.

—Jamás.

Un grupo de músicos tocaba cerca de una fuente. Varias parejas comenzaron a bailar sin que pareciera existir ninguna celebración.

—¿Qué celebran?

—Nada.

—¿Entonces por qué bailan?

—Porque hay música.

Saekir observó a los bailarines, desconcertada.

—Eso parece una razón insuficiente.

Oriana la miró con auténtica preocupación.

—Necesitamos trabajar mucho contigo.

Saekir soltó una risa y siguió caminando.

· · ·

Horas después, Saekir llevaba una bolsa con tres frutas cuyos nombres todavía pronunciaba mal, un pequeño libro escrito en un dialecto antiguo y una pulsera que no necesitaba.

—Te estafaron —dijo Oriana.

Saekir miró la pulsera.