LA MÉDIUM II Capítulo VII — La princesa que murió #5
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Capítulo VII — La princesa que murió #5

—A tu nombre.

—La gente suele hacerlo.

—No de esa manera.

La sonrisa se redujo.

Astrid sintió algo.

No exactamente miedo. Tensión. Cautela.

Interesante.

—Tayrus —repitió.

Nada.

Pero ahora sabía qué buscar.

—No es tu nombre.

Snow llevó una mano hacia la espada.

El Fae la miró.

—Eso parece excesivo.

—Contesta.

Él suspiró.

—No.

Astrid entrecerró los ojos.

—¿No qué?

—No es mi nombre.

Snow desenvainó parcialmente la espada.

—Hijo de…

—Un momento.

Astrid levantó una mano.

Miraba al Fae.

—¿Nos diste un nombre falso?

—Estaba encadenado en un calabozo.

—Eso no responde.

—Sí responde. Simplemente no te gusta.

Astrid avanzó.

—¿Quién eres?

—La misma persona que hace cinco minutos.

—Tu nombre.

Él miró hacia Snow.

Después hacia Astrid.

—¿Es realmente necesario?

—Sí.

—Podríamos mantener un poco de misterio.

—Tu nombre.

El Fae suspiró.

La ligereza desapareció de su rostro. Desde que habían abandonado Arcadia, Astrid no lo había visto tan serio.

—Raevan.

Astrid no habló.

—Raevan Aevrath.

Snow frunció el ceño.

—Aevrath era verdadero.

Él sonrió.

—Mentir más de lo necesario requiere demasiado esfuerzo.

Astrid lo contempló.

—Qué código moral tan admirable.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Eso empiezo a comprenderlo.

Astrid repitió el nombre mentalmente.

Raevan.

Raevan Aevrath.

Algo en él encajaba mejor.

La irritó que fuera así.

—¿Por qué Tayrus?

Raevan se encogió de hombros.

—Necesitaba un nombre.

—¿Y simplemente escogiste uno?

—¿Preferías que les diera el verdadero mientras decidían si ejecutarme?

Snow soltó lentamente la empuñadura.

—Tiene cierto sentido.

Astrid giró hacia ella.

—No lo ayudes.

—Solo digo que yo tampoco habría dado mi verdadero nombre.

—Tú eres soldado.

—Precisamente.

Astrid volvió hacia él.

—¿Qué más es mentira?

Raevan pensó.

Astrid abrió mucho los ojos.

—¿Necesitas pensarlo?

—Quiero ofrecerte una respuesta precisa.

—Voy a empujarte por un barranco.

Él miró alrededor.

—No hay ninguno cerca.

—Encontraré uno.

Raevan sonrió.

—Eso sí te lo creo.

Astrid cruzó los brazos.

—¿Qué más?

—Nada importante.

—Define importante.

—Eso podría llevarnos toda la tarde.

—Raevan.

Él quedó quieto.

Después sonrió de una forma diferente.

—Otra vez.

Astrid frunció el ceño.

—¿Qué?

—Mi nombre.

—¿Qué ocurre con él?

—Dilo otra vez.

—No.

—Suena bien cuando lo dices.

Snow soltó una carcajada.

Astrid la miró horrorizada.

—¿De qué te ríes?

—De nada.

—Claramente fue de algo.

Snow empezó a caminar.

—Tenemos un Velo que encontrar.

Astrid volvió hacia el Fae.

Él seguía sonriendo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Esa cara.

—Es mi cara.

—Pues modifícala.

Raevan comenzó a caminar.

—Puedes llamarme Rae.

—No.

—Es más corto.

—Raevan funciona perfectamente.

—Ya lo harás.

—No cuentes con ello.

—Me gustan los desafíos.

Astrid pasó junto a él.

—Entonces intenta permanecer callado durante diez minutos.

Raevan la siguió.

—Eso parece innecesariamente difícil.

—Cinco.

—Negociable.

—Tres.

—Puedo intentarlo.

Astrid miró a Snow.

—¿Por qué siento que liberarlo fue un error?

Snow sonrió.

—Porque probablemente lo fue.

—Las escucho —dijo Raevan.

Astrid giró.

—No han pasado ni diez segundos.

—No acepté formalmente.

—Te detesto.

—Eso es mucha emoción para nuestro primer día juntos.

Astrid puso los ojos en blanco.

Snow siguió adelante.

Raevan caminó detrás de ella.

Astrid quedó unos pasos rezagada.

Miró hacia atrás.

Arcadia apenas podía verse. Una pequeña silueta de torres en el horizonte.

Su hogar. Su padre. Ian. La tumba vacía. Todo quedaba allí.

Delante estaba un mundo del que solo conocía historias.

Un mundo Fae. Agatha. Respuestas. Quizá.

Astrid respiró.

La magia se movió suavemente debajo de su piel.

Esta vez no luchó contra ella.

Todavía no la comprendía.

Pero aprendería.

Siempre aprendía.

—¿Vienes, princesa? —gritó Raevan.

Astrid levantó la cabeza.

—¡No me llames princesa!

—¡Entonces Rae!

—¡Eso no tiene ningún sentido!

Snow se rió a lo lejos.

Raevan también.

Astrid negó con la cabeza.

Y caminó hacia ellos.

La princesa Astrid de Arcadia había muerto.

La habían llorado. Vestido. Enterrado. Habían escrito su nombre sobre una tumba.

La mujer que avanzaba ahora hacia el Velo todavía no sabía exactamente qué había regresado con ella. Ni por qué la magia parecía reconocerla. Ni por qué podía sentir cosas que nunca había sentido. Ni por qué la muerte, después de reclamarla, la había devuelto.

Pero descubriría cada respuesta. Encontraría a su hermana. Dominaría aquello que había despertado dentro de ella. Y después regresaría a Arcadia.

Astrid levantó el mentón y aceleró el paso.

Raevan la esperaba unos metros más adelante con aquella sonrisa irritante.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Tengo una cara naturalmente agradable.

Astrid pasó junto a él.

—Eso está por demostrarse.

Raevan soltó una carcajada y la siguió.

Snow los esperaba más adelante.

Tres figuras continuaron por el camino mientras las torres de Arcadia desaparecían finalmente detrás de los árboles.

Ninguno de ellos miró atrás otra vez.

Y ninguno sabía todavía que encontrar el Velo sería la parte sencilla.