LA MÉDIUM II Capítulo VII — La princesa que murió #3
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Capítulo VII — La princesa que murió #3

—Bueno.

Todos lo miraron.

El Fae sonrió.

—Esto acaba de complicarse muchísimo.

Snow desenvainó parcialmente la espada.

—Puedo simplificarlo.

—Y vuelve a ser hostil.

Astrid sonrió. Desde el féretro, casi había olvidado cómo se sentía hacerlo. Muy poco.

Pero Snow lo vio.

Y no dijo nada.

ARCADIA

CIUDADELA REAL

Astrid había imaginado muchas veces cómo sería abandonar Arcadia.

De niña, lo había pensado como una aventura.

Después, cuando comprendió lo que significaba ser princesa, lo imaginó como un viaje diplomático: carruajes, escoltas, vestidos perfectamente escogidos, criados preocupándose por equipajes que ella probablemente consideraría excesivos.

Más adelante lo había imaginado de otra manera.

Junto a Ian.

Nunca se lo había dicho.

Naturalmente.

Había cosas que una mujer sensata conservaba para sí misma.

En ninguna de aquellas fantasías había contemplado la posibilidad de abandonar su reino pocas horas después de salir de su propio féretro.

Y mucho menos acompañada por Snow y un prisionero Fae.

—No.

Astrid contempló la ropa que Snow acababa de arrojar sobre la cama.

—¿No qué?

—Eso.

Snow miró los pantalones.

—Son pantalones.

—Puedo verlo.

—Entonces estamos progresando.

Astrid levantó la mirada.

—No voy a usarlos.

Snow continuó revisando el pequeño equipaje como si la conversación hubiese terminado.

—Sí vas a hacerlo.

—Soy perfectamente capaz de viajar con vestido.

—También eras perfectamente capaz de morir con uno y mira cómo terminó.

Silencio. Snow dejó de moverse. Astrid también.

—Eso ha sido…

—Horrible.

—Sí.

Snow dejó caer los párpados.

—Lo siento.

Astrid contempló el vestido blanco que todavía llevaba.

Roto. Sucio. Polvo adherido a la tela. La ropa con la que la habían enterrado.

Por extraño que resultara, no quería quitársela.

No porque le gustara.

La detestaba.

Pero hacerlo significaba aceptar que aquello realmente había ocurrido.

Que alguien había escogido ese vestido para su cadáver. Que alguien había peinado su cabello. Que su padre había tenido que verla así.

Que Ian…

Astrid apartó el pensamiento.

—Dame los pantalones.

Snow la observó.

Astrid extendió la mano.

—Antes de que cambie de opinión.

Snow se los entregó sin sonreír.

Eso Astrid se lo agradeció.

—Sal.

—Astrid…

—Puedo vestirme sola.

—No sabemos si…

—Snow.

La otra mujer cerró la boca.

Astrid sostuvo su mirada.

—Necesito cinco minutos en los que nadie me observe como si pudiera caer muerta otra vez.

Algo se quebró en el rostro de Snow.

—Bien.

Caminó hacia la puerta.

Antes de salir se detuvo.

—Cinco minutos.

—Diez.

—Siete.

Astrid levantó una ceja.

—¿Estás negociando conmigo el tiempo que puedo permanecer sola?

—Sí.

—Ocho.

Snow pensó.

—Hecho.

La puerta se cerró.

Astrid quedó sola por primera vez desde que había despertado.

Silencio.

Su habitación seguía exactamente igual.

Los libros. Los mapas. La pequeña mesa junto a la ventana. Un vestido que había dejado sobre una silla. Una copa con agua que alguien había olvidado retirar.

Todo estaba allí.

Ella era lo único que no pertenecía.

Astrid caminó lentamente hacia el espejo.

Se detuvo.

La mujer que la observaba parecía ella. Y no.

Demasiado pálida. Más delgada. Los ojos parecían enormes sobre el rostro.

Había una pequeña herida en la sien.

Astrid se acercó.

Tocó el espejo.

—Estás viva.

La mujer hizo lo mismo.

Astrid bajó la mirada hacia sus manos.

Nada.

Esperó.

La luz púrpura no apareció.

—Bien.

Una pequeña chispa recorrió su dedo índice.

Astrid cerró los ojos.

—Por supuesto.

La chispa desapareció.

Respiró.

Había una explicación.

Tenía que haberla.

No creía en milagros.

Había dedicado demasiados años a estudiar para conformarse con ellos.

Causa. Consecuencia. Origen. Manifestación.

Todo fenómeno tenía reglas, incluso cuando todavía no se conocían.

Encontraría las de aquello.

Y después aprendería a controlarlo.

No permitiría que la magia decidiera quién era.

Ya demasiada gente había intentado hacerlo.

Eleonora. La religión. La Corona. El destino.

No.

Astrid levantó la barbilla.

Primero encontraría a Agatha.

Después averiguaría qué demonios había regresado con ella de aquella tumba.

· · ·

Cuando salió, Snow la esperaba.

La recorrió con la mirada.

Pantalones oscuros. Botas. Camisa. Una chaqueta de cuero demasiado grande, todavía impregnada con el olor a aceite y lluvia de quien la había usado antes.

Astrid tiró de una manga.

—Una palabra y regreso por un vestido.

Snow apretó los labios.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando que jamás creí vivir para verte vestida así.

—Yo tampoco.

Snow la miró.

Astrid se dio cuenta.

—No.

—No dije…

—Esa expresión.

Snow bajó la mirada.

—Lo siento.

Astrid respiró.

—Necesitamos dejar de hacer eso.

—¿Qué cosa?

—Recordar que morí cada vez que hablamos.

Snow levantó los ojos.

—Va a tomar tiempo.

Astrid asintió.

—Lo sé.

Una pausa.

—A mí también.

Snow tomó el equipaje.

Astrid extendió una mano.

—Puedo cargarlo.

—Lo sé.

—Entonces dámelo.

—No.

—Snow.

—Astrid.

—No soy inválida.

—Hace unas horas eras un cadáver.

Astrid la fulminó.

Snow cerró los ojos.

—Mierda.

Astrid soltó aire por la nariz.

—Realmente vamos a tener que trabajar en eso.

Esta vez Snow sonrió.

—Sí.

Caminaron.

La Ciudadela parecía distinta. Telas de luto cubrían los tapices, las velas ennegrecían las bóvedas y cada paso resonaba sobre el mármol con una claridad que hacía imposible olvidar cuánto silencio había dejado la guerra.

Astrid había recorrido aquellos pasillos miles de veces.

Ahora encontraba miradas.

Sirvientes deteniéndose. Guardias apartándose.

Una doncella dejó caer unas sábanas al verla.

Astrid se detuvo.

La muchacha estaba blanca.

—Princesa…

Astrid sintió algo.

Miedo.

No necesitó ver su rostro.

Lo supo antes.

La sensación le recorrió el pecho como si perteneciera a ella.

Retrocedió.

La doncella también.

Snow se colocó a su lado.

—Continúa.

Astrid no se movió.

—Me tiene miedo.

Snow observó a la muchacha.

—Está confundida.

—No.

Astrid llevó una mano al pecho.

—Tiene miedo.

La doncella abrió los ojos.

Snow la miró.

Astrid también.

—¿Verdad?

La muchacha bajó la cabeza.

—Perdonadme, alteza.

Astrid sintió otra cosa.

Vergüenza. Culpa. Miedo otra vez. Demasiado.

—Vete.

La muchacha huyó.

Astrid permaneció inmóvil.

Snow se acercó.

—¿Qué ocurrió?

—No lo sé.

—Astrid.

—He dicho que no lo sé.

La respuesta salió demasiado brusca.

Snow no reaccionó.

Astrid cerró los ojos.

—Perdón.

—No tienes que…

—Sí.

Abrió los ojos.

—No voy a convertirme en alguien insoportable solamente porque he muerto.

Snow arqueó una ceja.

—Creo que llegaste tarde a eso.

Astrid la miró.

Snow sonrió.

Esa era aquella princesa mimada, heredera de las desgracias.

Aquello debería haberla molestado.

En cambio, le produjo una extraña presión en el pecho.

Princesa mimada heredera.

¿Seguía siendo la misma?

No respondió.

Continuaron caminando.

· · ·

Alaric esperaba en el patio interior.

Ian estaba con él.

También el Fae.

Tayrus llevaba ropa distinta: pantalones oscuros, botas de viaje y una chaqueta verde demasiado gastada para haber salido de los armarios del palacio.

Alguien había decidido que enviarlo hacia territorio Fae vestido como prisionero de Arcadia probablemente no era una gran declaración diplomática.

El cambio resultaba irritante.

Porque ahora Astrid podía verlo correctamente.

Era más joven de lo que había pensado.

Alto. Delgado, aunque no frágil. Cabello castaño lleno de pequeños rizos que parecían incapaces de obedecer ningún tipo de disciplina. Y ojos azul oscuro. Demasiado atentos para alguien que se esforzaba tanto por parecer despreocupado.

Llevaba una espada.

Astrid frunció el ceño.

—¿Por qué él tiene un arma?

Tayrus miró hacia Snow.

—Buenos días para ti también.

—No son buenos días. Estuve muerta.

Silencio.

El Fae abrió la boca.

La cerró.

Astrid arqueó una ceja.

—¿Nada?

—Estoy aprendiendo.

—Milagroso.

Snow soltó una pequeña risa.

Ian no.

—Yo le di la espada.

Astrid giró.

—¿Tú?

Ian miró al Fae.

—Si lo que dice sobre el camino es cierto, necesitaremos que llegue vivo.

Tayrus sonrió.

—General, sabía que terminaríamos desarrollando afecto.

—Todavía puedo quitártela.

—Y se fue.

Astrid observó el intercambio.

Había algo extraño en aquel hombre.

No parecía comportarse como alguien que acababa de pasar días encerrado.

Ni como alguien que iba a adentrarse en territorio desconocido con personas que podían volver a encadenarlo en cualquier momento.

Parecía…

divertido.

Eso era profundamente sospechoso.

—Astrid.

La voz de su padre eliminó todo lo demás.

Lo miró.

Alaric había cambiado de ropa.

Seguía de negro.

Probablemente continuaría haciéndolo.

Por ella.

Astrid sintió culpa.

—Papá.

Él se acercó.

Tardó en hablar.

Le acomodó una parte de la chaqueta.

Un gesto pequeño. Paternal. Terriblemente familiar.

—Nunca te había visto con pantalones.

Astrid sintió que la garganta se cerraba.

—Todos parecen encontrar eso fascinante.

—Tu madre habría sufrido un desmayo.

El silencio cayó entre ambos.

Eleonora.

Astrid endureció el rostro.

—Mi madre hizo cosas bastante peores que usar pantalones.

Alaric bajó la mano.

—Sí.

No había nada más que decir.

Astrid respiró.

—No sé cuánto tardaremos.

—Lo sé.

—Ni siquiera sabemos si conseguiremos atravesar el Velo.

—Lo sé.

—Y…

Se detuvo.

Alaric la observó.

Astrid odiaba aquello.

Las despedidas eran irracionales.

Uno terminaba enumerando peligros que ambas personas ya conocían como si pronunciarlos pudiera impedirlos.

—Voy a encontrarla.

Alaric dejó caer los párpados un instante.

—Lo sé.

—No puedes saberlo.

—No.

Los abrió.

—Pero necesito creerlo.

Astrid tragó saliva.

Su padre extendió una mano.

Ella no la tomó.

Lo abrazó.

Alaric se quedó inmóvil un segundo.

Después la rodeó.

El abrazo de su padre le entregó todo aquello que antes solo había podido imaginar.

Miedo. Dolor. Amor. Una culpa tan profunda que casi la hizo apartarse.

No era suya. Era de él. Pero estaba dentro de ella.

Astrid abrió los ojos.

—Papá…

Alaric la abrazó más fuerte.

—No vuelvas a morirte.

La frase debería haber sido absurda.

No lo fue.

Astrid dejó caer los párpados.

—Intentaré incluirlo entre mis prioridades.