Capítulo VII — La princesa que murió #2
—¿Qué significa eso?
—Que aquí todos están intentando ponerle un nombre a algo que ocurrió hace menos de una hora.
Miró las manos de Astrid.
—Ellos tienen miedo.
Después señaló hacia sí mismo.
—Yo también.
Ella lo observó.
—¿Tú?
Una pequeña sonrisa apareció.
—Estoy encerrado en una cripta con una princesa muerta que hace explotar paredes sin querer. Considero bastante razonable estar nervioso.
Astrid sintió una punzada.
Él lo vio.
La sonrisa se borró.
—Mala elección.
—Sí.
—Lo siento.
No intentó bromear otra vez.
Astrid guardó aquel detalle.
—Pero hay algo que sí sé —continuó—. Este reino no tiene respuestas para ti.
Astrid miró a su padre. A Ian. A Snow.
Ninguno pudo contradecirlo.
—Y tú sí.
—No.
Otra vez aquella sinceridad.
—Yo conozco el mundo que podría tenerlas.
Silencio.
Astrid sintió que algo comenzaba a tomar forma.
—El Velo.
Tayrus asintió.
—Sí.
Y entonces apareció la única pregunta que realmente importaba.
—Agatha.
El Fae levantó ligeramente la cabeza.
—¿Qué ocurre con ella?
—Cruzó el Velo.
—Sí.
Astrid dio un paso hacia él.
—¿Sabes dónde está?
—No.
—¿Puedes averiguarlo?
—Quizá.
Astrid dejó caer los párpados.
—Detesto esa palabra.
—Es una palabra bastante útil cuando no quiero mentirte.
Los abrió.
—¿Conoces a Aeron?
Silencio.
El Fae la miró.
—Sé quién es.
Astrid sintió que su estómago se cerraba.
Aeron.
La espada.
—¿Sabes adónde llevaría a mi hermana?
—Tengo ideas.
Eso era más de lo que nadie en aquella cripta podía ofrecerle.
Alaric comprendió lo que estaba ocurriendo.
—No.
Astrid giró.
—Papá…
—No. Acabo de recuperarte.
Aquello la destruyó un poco.
Alaric se acercó.
—No voy a verte desaparecer detrás de ese maldito Velo.
—Agatha está allí.
—No sabemos si…
Se detuvo.
Demasiado tarde.
Astrid palideció.
—Termina.
—Astrid…
—Termina la frase.
Alaric cerró los ojos.
No podía decirlo.
No sabemos si sigue viva.
—No vimos su cuerpo —dijo Snow.
Todos giraron.
Snow miraba a Astrid.
Después al féretro destrozado.
—No vimos el cuerpo de Agatha.
Alaric endureció la mandíbula.
—Yo la atravesé.
—Y nosotros enterramos a Astrid.
Silencio.
Snow señaló el sarcófago abierto.
—La vimos muerta.
Alaric no respondió.
—Y está aquí.
Astrid sintió que el corazón volvía a golpearle.
Snow la miró.
—Hasta que vea el cadáver de tu hermana, no volveré a decir que está muerta.
Esperanza. Pequeña. Peligrosa. Suficiente.
Astrid miró hacia Tayrus.
—Si voy contigo, ¿puedes llevarme hacia quienes conocen el Velo?
—Sí.
—¿Y hacia alguien que pueda explicarme esto?
Miró sus manos.
—Puedo intentarlo.
—¿Y hacia Agatha?
Tayrus sostuvo su mirada.
Esta vez no hubo sonrisa.
—Puedo ayudarte a buscarla.
No prometió encontrarla.
No mintió.
Astrid respiró.
Alaric dio un paso hacia ella.
—No hagas esto.
Astrid lo miró.
Y entonces sintió algo peor que miedo.
Culpa.
—Papá…
—Quédate.
La palabra no fue una orden.
Fue una súplica.
Astrid casi cedió.
Entonces la magia volvió a pulsar.
Si se quedaba, su padre dedicaría cada segundo a protegerla. Ian también. Snow intentaría comprenderla. El Consejo la estudiaría. Armand la convertiría en argumento. Arcadia la convertiría en símbolo.
Otra vez.
Toda su vida había sido un símbolo.
No.
Necesitaba respuestas antes de permitir que alguien decidiera qué significaba su regreso.
Y Agatha estaba en algún lugar del otro lado.
—Voy a volver.
Alaric negó.
—No.
—Voy a volver. Pero no puedo quedarme aquí sin saber qué soy.
Una lágrima descendió por el rostro de Alaric.
—Y no voy a abandonar a mi hermana.
Silencio.
Ian la miró.
Herido. Furioso. Pero había algo más. Comprensión.
—¿Confías en él? —preguntó.
Astrid miró a Tayrus.
—No.
El Fae arqueó una ceja.
—Qué conmovedor.
—Cállate.
Ian casi sonrió pese a sí mismo.
Astrid continuó:
—No necesito confiar en él. Necesito que conozca el camino.
Tayrus inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso sí puedo hacerlo.
Alaric abrió la boca para ordenar que se detuviera y volvió a cerrarla. Aquello no iba a bastar.
—No voy a entregarte a un Fae que estaba encadenado en mis calabozos hace una hora.
Tayrus levantó un dedo.
—Técnicamente sigo…
Ian lo fulminó.
El Fae bajó el dedo.
—No es el momento. Entendido.
—Entonces iré con ellos —dijo Snow.
Todos giraron.
Ian frunció el ceño.
—No.
Snow ni siquiera lo miró.
Sus ojos permanecieron sobre Alaric.
—Iré con ellos.
El rey tardó unos segundos en reaccionar.
—Snow…
—No como amiga de Agatha.
Algo cambió en su expresión al pronunciar el nombre.
—Voy como representante de la Corona de Arcadia.
Tayrus dejó de sonreír.
Snow se acercó al rey.
—Hasta hace unas semanas no sabíamos que el Velo existía. Ahora sabemos que al otro lado hay reinos, ciudades, pueblos y criaturas que podrían cruzarlo.
—No cuando quisieran —intervino Tayrus.
Snow giró lentamente hacia él.
—¿Quieres que te golpee ahora o después de terminar?
El Fae pareció considerarlo.
—Después parece más organizado.
Snow regresó la mirada hacia Alaric.
—Arcadia necesita saber qué hay allí.
Ian entendió antes que el rey.
—Una expedición.
Snow asintió.
—La primera.
Alaric permaneció callado.
—Si Astrid va a cruzar el Velo buscando a Agatha, la Corona necesita ojos del otro lado. Observaré. Aprenderé sus territorios, sus costumbres, sus gobiernos, sus rutas.
Miró brevemente a Tayrus.
—Sus amenazas.
—Encantador —murmuró Tayrus.
—Y si encontramos a Agatha…
Snow se detuvo.
Su voz perdió parte de la dureza.
—La traeremos a casa.
Astrid bajó la mirada.
Aquello terminó de decidirlo.
Alaric observó a las dos.
—No puedo perderlas a ambas.
Snow se acercó.
—Entonces no nos pierdas.
El rey negó lentamente.
—No sabes qué hay al otro lado.
—Precisamente por eso alguien tiene que ir.
Ian comenzó a caminar.
—Entonces iremos los tres.
—No.
Snow no vaciló.
Ian giró.
—No estabas pidiendo permiso.
—Tú tampoco.
—Soy el general de Arcadia.
—Precisamente. Mira lo que queda de tu ejército.
Ian endureció la mandíbula.
—No utilices eso.
—No estoy utilizándolo. Estoy recordándotelo. Arcadia necesita a su general aquí.
—Y necesita saber qué hay detrás del Velo.
—Para eso voy yo.
Ian soltó una risa seca.
—¿Y desde cuándo eres diplomática?
Snow sonrió.
—Nunca dije que fuera a hacer amigos.
Tayrus inclinó la cabeza.
—Empiezo a apreciar esta expedición.
Snow giró.
—Tú todavía puedes volver al calabozo.
—Y se acabó.
Astrid casi sonrió. Casi.
Alaric caminó lentamente hacia Snow.
—Si haces esto, no vas únicamente como soldado.
—Lo sé.
—Hablarás en nombre de Arcadia.
Snow asintió.
—Lo sé.
—No declararás guerras.
Snow guardó silencio.
Alaric entrecerró los ojos.
—Snow.
—Haré todo lo razonablemente posible.
—Eso no me tranquiliza.
—Es lo mejor que puedo ofrecerte.
Una sombra de la antigua expresión de Alaric regresó a su rostro.
Desapareció enseguida.
Miró a Astrid.
Después a Tayrus.
—¿Cuánto tardarán en llegar al Velo?
—Depende de la ruta.
—Una estimación.
—Dos días si nadie nos sigue.
Ian soltó una risa sin humor.
—Vamos a seguirlos.
Tayrus sonrió.
—Entonces tres.
—No estaba bromeando.
—Yo tampoco.
Alaric levantó una mano antes de que aquello continuara.
—Snow va con ustedes.
Astrid abrió la boca.
—Papá…
—Eso no es negociable.
—No iba a discutirlo.
Snow levantó una ceja.
Astrid la miró.
—Me vendrá bien alguien que pueda golpearlo cuando yo esté cansada.
Tayrus llevó una mano al pecho.
—Princesa, apenas nos conocemos.
—Y ya eres agotador.
—Tengo talento.
Snow negó con la cabeza.
—Dos días.
Miró a Astrid.
—No sé cómo voy a soportarlos.
—¿A nosotros?
—A ambos.
Tayrus sonrió.
—Definitivamente vamos a llevarnos bien.
—No —respondieron las dos.
El Fae las contempló.
—Esto empieza a parecer hostil.
Ian ignoró el intercambio.
—Necesitarán provisiones.
Snow asintió.
—Armas.
—Caballos.
—No hasta atravesar las zonas boscosas —intervino Tayrus—. Nos harán demasiado visibles.
Ian lo miró.
—¿Y por qué debería escucharte?
—Porque yo sí he cruzado el Velo.
Aquello acabó con la discusión.
Snow se volvió hacia él.
—Desde ahora hay algo que debes comprender.
Tayrus levantó una ceja.
—Esto promete.
—Astrid está bajo mi protección.
—No necesita…
—No he terminado.
Él cerró la boca.
—Tú nos llevas hasta el Velo. Nos ayudas a atravesarlo. Después nos llevas hacia alguien que pueda decirnos qué le está ocurriendo. Y nos ayudas a encontrar a Agatha.
Tayrus no apartó la mirada.
—Eso último no puedo prometerlo.
Astrid se tensó.
Pero Snow no.
—Bien.
Aquello sorprendió incluso a Tayrus.
—¿Bien?
—No quiero promesas de un hombre que no sabe si puede cumplirlas. Quiero que lo intentes.
Snow extendió una mano.
Tayrus miró la mano.
Después a ella.
—Eres una humana bastante extraña.
—Y tú hablas demasiado.
—Me lo dicen frecuentemente.
Tomó su mano.
Snow apretó.
Fuerte.
La sonrisa de Tayrus vaciló.
—Eso era innecesario.
—Era una advertencia.
Lo soltó.
—Ah. Mucho más tranquilizador.
Astrid observó al Fae.
Desde que había despertado no recordaba haber sentido el cuerpo aflojarse así, apenas un poco.
No estaría sola con él. Snow estaría allí. Alguien de su mundo. Alguien que conocía a Agatha. Alguien que tampoco aceptaba todavía que estuviera muerta.
Pero Alaric no había terminado.
—Ian.
—Majestad.
—Prepara una segunda expedición.
Snow frunció el ceño.
—Alaric…
—No para seguirlos todavía.
El rey miró hacia Tayrus.
—Todavía no sabemos qué ocurrirá cuando crucen.
Después hacia Ian.
—Reconstruye el ejército. Deja la Ciudadela preparada.
Su mirada se endureció.
—Armand quedará como regente cuando partamos.
Ian comprendió.
—¿Partamos?
—No voy a enviar a mis hijas al otro lado del mundo y permanecer sentado esperando noticias.
—Alaric…
—Primero necesitamos saber que existe un camino seguro.
Miró a Snow.
—Tú lo encontrarás.
Después a Astrid.
—Encontrarás a tu hermana.
Y finalmente a Ian.
—Y cuando Arcadia pueda sostenerse sin nosotros durante unas semanas, cruzaremos nosotros también.
Aquello era más grande que una búsqueda.
Astrid lo comprendió entonces.
El Velo había permanecido durante siglos como frontera entre dos mundos.
Ahora Arcadia iba a atravesarlo.
Primero una princesa muerta. Una soldado de la Corona. Y un Fae prisionero.
Después un rey y su general.
Tayrus soltó aire.