LA MÉDIUM II Capítulo VII — La princesa que murió
31%

Capítulo VII — La princesa que murió

Capítulo VII

La princesa que murió

ARCADIA

CRIPTAS REALES

Las velas se apagaron.

Todas.

A la vez.

La oscuridad cayó sobre la cripta con tanta violencia que brevemente Astrid volvió a estar dentro del féretro. El olor de la cera, la piedra húmeda y las flores que comenzaban a marchitarse desapareció bajo el recuerdo de la madera sobre el rostro.

Madera sobre el rostro.

Nada de aire.

Nada de espacio.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Retrocedió.

—¡Astrid!

La voz de su padre atravesó la oscuridad.

Astrid abrió la boca, pero no consiguió responder.

Algo acababa de cambiar.

Podía sentirlo.

No ver.

Sentir.

Su padre estaba delante. Ian, a su izquierda. Snow unos pasos más atrás. Los guardias. Y el Fae.

Presencias.

No eran siluetas ni sonidos. Era algo mucho más íntimo y mucho más aterrador.

Pulsaciones.

Calor.

Miedo.

Astrid llevó una mano al pecho.

—¿Qué…?

—¡Nadie se mueva! —ordenó Ian.

Metal abandonando vainas. Botas contra piedra. Un guardia chocó contra algo. Otro maldijo.

—¡Luz!

Nada.

Astrid dejó caer los párpados. No hubo diferencia, pero aquello que sentía se hizo más fuerte.

Podía reconocerlos.

Su padre era una presencia pesada, quebrada, violenta. Ian estaba tenso como una cuerda. Snow tenía miedo. Los guardias también.

Muchísimo.

—Puedo sentirlos —susurró.

—¡Astrid! —volvió a gritar Alaric.

—Estoy aquí.

Su padre avanzó hacia su voz.

Astrid sintió el miedo dentro de él antes de que sus manos la encontraran.

Su cuerpo reaccionó antes que su pensamiento.

Las paredes vibraron.

Alaric se detuvo.

—¿Qué fue eso?

—No lo sé.

Una pequeña luz púrpura apareció entre los dedos de Astrid.

No iluminaba lo suficiente, pero bastó para mostrarle el rostro de su padre.

Alaric la miraba.

No a ella.

A la luz.

Fue apenas un segundo.

Pero Astrid lo vio.

Miedo.

No terror hacia su hija. Algo mucho más complejo. Amor y miedo ocupando el mismo rostro.

La luz tembló.

—Astrid —susurró Alaric.

Ella cerró el puño.

La luz desapareció.

—Papá…

—Ven conmigo.

Alaric extendió la mano.

Astrid iba a tomarla.

—No.

Ian giró.

—¿Tayrus?

Astrid apenas alcanzó a distinguir al Fae unos metros más allá.

—No vuelvas a dar una orden —gruñó Ian.

—No era para ti.

Alaric avanzó.

—¿Qué quieres?

—Que no la toquen.

La cripta quedó inmóvil.

—¿Perdón? —dijo Alaric.

—Tayrus —advirtió Snow.

El Fae no retrocedió.

—Cada vez que alguien alrededor de ella siente miedo, esa magia responde.

Astrid lo miró.

—¿Qué?

—Lo acabas de hacer.

—Yo no hice nada.

—Exactamente.

Aquello resultó considerablemente menos tranquilizador.

Ian se interpuso.

—Ya dijiste que no sabes qué le ocurre.

—No lo sé.

—Entonces deja de hablar como si lo supieras.

—No necesito saber qué es para reconocer un patrón.

Astrid observó sus manos.

Su padre había sentido miedo.

Las paredes habían vibrado.

—Eso es absurdo.

El Fae la miró.

—Probablemente.

—No parece una explicación particularmente sólida.

—No intento impresionarte.

—Eso resulta evidente.

Durante una fracción de segundo apareció algo parecido a una sonrisa en el rostro del Fae.

Ian lo vio.

—¿Te resulta gracioso?

La sonrisa desapareció.

—Nada de esto me resulta gracioso.

Astrid le creyó antes de encontrar una razón para hacerlo.

Un guardia consiguió encender una antorcha.

La llama apenas apareció cuando la luz púrpura alrededor de Astrid reaccionó.

La antorcha se apagó.

El guardia retrocedió.

Astrid sintió su miedo.

Otra vez.

Más fuerte.

La magia se deslizó sobre sus manos.

—No.

Retrocedió.

—No quiero hacer esto.

Alaric se acercó.

—Astrid.

—No.

—Está bien.

—No está bien.

La luz aumentó.

—No sé qué estoy haciendo.

—Lo aprenderemos.

—¿Cómo?

Alaric abrió la boca.

Nada.

Astrid lo vio.

Su padre no sabía. Ian tampoco. Snow tampoco.

Durante toda su vida Astrid había creído que alguien sabía qué hacer. Su padre. El Consejo. Los sacerdotes. Su madre. Siempre había habido reglas, libros, doctrinas, respuestas.

Incluso cuando resultaron ser mentiras, habían existido.

Ahora no había ninguna.

—Yo puedo llevarla con alguien que quizá sí sepa —dijo Tayrus.

Todos giraron.

Ian soltó una carcajada seca.

—Claro.

—No estoy hablando contigo.

Ian dio un paso hacia él.

—Ese es tu segundo error.

—Ian —dijo Snow.

—No. Lleva días jugando con nosotros. Nos cuenta lo suficiente para mantenernos escuchando y calla justo cuando necesitamos respuestas.

—Porque algunas respuestas no les pertenecen.

—Estás encadenado dentro de nuestro reino.

Tayrus levantó ligeramente las muñecas.

—Créeme, lo había notado.

Astrid lo observó.

Tayrus.

Ese era el nombre que habían dicho.

No sabía nada más.

Un Fae prisionero.

Eso era suficiente para mantenerla lejos.

—No pienso ir a ninguna parte contigo.

Él la miró.

—Bien.

Astrid frunció el ceño.

—¿Bien?

—Sí.

—Acabas de decir que puedes llevarme con alguien.

—Y tú dijiste que no.

Se encogió de hombros.

—Conversación concluida.

Astrid lo miró fijamente.

Aquello era irritante.

Y extrañamente menos amenazante.

No intentaba convencerla.

Alaric tomó su mano.

—Nos vamos.

Esta vez Astrid permitió que lo hiciera.

Dos pasos.

La magia volvió a reaccionar.

Una corriente púrpura atravesó las paredes.

Los guardias levantaron las armas.

Astrid sintió el miedo.

El suyo.

El de ellos.

Todo junto.

—¡Bajen las espadas! —ordenó Ian.

Demasiado tarde.

La magia explotó.

No fue una explosión destructiva.

Fue una onda.

Los guardias salieron despedidos. Ian cayó contra una columna. Snow se protegió el rostro. Alaric perdió la mano de Astrid.

Ella gritó.

—¡No!

Oscuridad de nuevo.

Después, gemidos.

Astrid sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué hice?

Durante un instante nadie respondió.

—¿Qué hice?

—Nada irreparable —dijo Tayrus.

Astrid giró hacia su voz.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque puedo escucharlos quejarse.

Un guardia soltó una maldición.

—¿Ves?

—No veo absolutamente nada.

—Buen argumento.

—¡Tayrus! —rugió Ian.

—Está bien. Mal momento.

Astrid habría querido odiarlo.

Pero durante medio segundo la absurda respuesta consiguió arrancarla del pánico.

Solo medio segundo.

Y él pareció notarlo.

—Princesa.

—No me llames así.

—Entonces tendré que seguir utilizando Astrid.

—Tampoco te he dado permiso.

—Esto va a complicar mucho la comunicación.

—Ian —dijo Snow—. Enciende otra luz.

—No —dijo Tayrus.

Su voz cambió.

Seria.

—No lo hagan.

Ian respiró con dificultad.

—¿Por qué?

—Porque reacciona a todo.

Astrid sintió náuseas.

—No soy una cosa.

—No dije que lo fueras.

—Dices «reacciona» como si estuvieras hablando de un animal.

—Hablo de la magia.

Astrid permaneció callada.

—Tú estás asustada —continuó él—. Ellos también. Y cada emoción está alimentando algo que ninguno de nosotros comprende.

—¿Ninguno?

—Incluyéndome.

Aquella admisión volvió a sorprenderla.

—Entonces, ¿de qué serviría llevarme a alguien?

—Porque yo no sé qué eres.

Una pausa.

—Pero sé dónde empezar a preguntar.

Alaric se levantó.

—Mi hija no irá contigo.

Astrid sintió algo atravesarla.

Mi hija.

Todavía era eso.

Una parte de ella quiso correr hacia él. Dejar que la abrazara. Subir. Dormir en su habitación. Despertar y descubrir que todo había sido una pesadilla.

Pero entonces sintió el miedo nuevamente.

No solo el de su padre.

Los guardias. Ian. Snow. Ella misma.

Y su magia respondió.

Una pequeña grieta apareció en la pared.

Todos la escucharon.

Tayrus habló muy bajo.

—Tenemos que sacar a todos de aquí.

Ian se rió sin humor.

—Excelente idea. Tú vuelves a tu celda.

—No.

—No era una petición.

—General, si me acercas a veinte hombres aterrados y haces que intenten arrastrarme mientras ella está así, probablemente terminemos enterrados todos en esta cripta.

Ian se quedó callado.

Astrid miró hacia él.

—¿Tiene razón?

Ian tardó.

Demasiado.

—No lo sé.

Aquello dolió más que un no.

Astrid tragó saliva.

—Nadie sabe nada.

Snow se acercó lentamente.

—Astrid…

—No.

Snow se detuvo.

—Por favor.

—No me digan que todo va a estar bien.

La voz de Astrid se quebró.

Lo odió.

—No saben si va a estarlo.

Nadie discutió.

Eso fue peor.

Astrid miró hacia el Fae.

—Dijiste que conoces a alguien.

—Sí.

—¿Quién?

—Alguien que entiende cosas antiguas.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta que tengo.

—¿Fae?

—Sí.

Astrid retrocedió.

No.

Su madre. Aeron. Dos Fae. Dos traiciones. Dos personas a las que había permitido demasiado cerca.

—No.

Tayrus la observó.

—Bien.

Otra vez.

Sin insistir.

Astrid entrecerró los ojos.

—Deja de decir bien.

—¿Preferirías que discutiera?

—Preferiría que fueras menos irritante.

—Eso podría ser imposible.

Ian volvió a levantarse.

—Se acabó. Astrid, vienes con nosotros.

Ella miró a Ian.

El hombre que había estado allí toda su vida. Alguien en quien confiaba. Él nunca la dañaría.

Lo sabía.

Pero también sabía otra cosa.

—¿Qué harán conmigo?

Ian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Arriba.

—Te cuidaremos.

—Eso no pregunté.

Silencio.

Astrid no apartó la mirada.

—¿Qué hará el Consejo cuando sepa que puedo hacer esto? ¿Qué harán los sacerdotes que todavía queden? ¿Qué hará Armand?

Alaric intervino.

—Yo soy el rey.

Astrid giró hacia él.

—Precisamente.

Su padre pareció herido.

—Astrid…

—¿Qué ordenaste después del ataque?

Silencio.

Snow cerró los ojos.

Astrid lo vio.

—¿Qué ordenaste?

Alaric endureció el rostro.

—No es el momento.

—Entonces definitivamente es importante.

—Astrid.

—Papá.

La palabra salió casi suplicante.

—Dímelo.

Alaric no pudo.

Snow sí.

—Cualquier ser mágico encontrado en Arcadia sería considerado enemigo del reino.

Astrid quedó inmóvil.

—Ah.

Alaric se acercó.

—No aplica a ti.

Astrid levantó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque eres mi hija.

—Eso no responde.

—Astrid…

—Si cualquier ser con magia es enemigo… —Miró sus manos—. ¿Qué soy yo?

—Mi hija.

—Y si fuera otra persona…

Alaric calló.

Astrid comprendió.

—Entonces la ley depende de cuánto me amas.

—No voy a discutir esto aquí.

—Claro.

El frío le nació bajo las costillas.

No porque hubiera dejado de amar a su padre.

Todo lo contrario.

Lo amaba tanto que necesitaba que la respuesta fuera distinta.

—Princesa —dijo Tayrus.

Astrid giró.

—No tienes que venir conmigo.

Alaric lo fulminó.

—Cállate.

Tayrus ignoró al rey.

—Pero tampoco tienes que decidir ahora qué eres.

Astrid frunció el ceño.