Capítulo VI — Lo que el cuerpo recuerda
Capítulo VI
Lo que el cuerpo recuerda
La reacción llegó casi una hora después. Sin advertencia.
Aeron estaba corrigiendo su postura.
—Estás girando demasiado el hombro.
—Estoy cómoda así.
—No necesitas estar cómoda.
—Qué filosofía tan encantadora.
—Necesitas estar estable.
Saekir volvió a intentarlo.
—No.
—¿Qué ahora?
Aeron se acercó.
—El brazo.
Tomó su muñeca.
La levantó ligeramente.
Después apoyó la otra mano en su cintura.
Solo para hacerla girar.
Nada más.
Pero su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Calor.
El pulso se le aceleró.
La respiración de Aeron, demasiado cerca.
La mano firme en su cintura.
Una certeza sin forma.
Aquello ya había ocurrido.
No sabía dónde.
Ni cuándo.
No era una imagen.
No era una voz.
Era una intimidad alojada en el cuerpo.
Su propio cuerpo respondiendo.
Acercándose antes de que pudiera impedirlo.
Queriéndolo más cerca.
Saekir abrió los ojos.
Empujó a Aeron.
La magia reaccionó antes que ella.
Una descarga atravesó el espacio.
Aeron levantó una barrera.
El impacto hizo vibrar el aire.
—¡Saekir!
Ella retrocedió.
Respiraba demasiado rápido.
Aeron bajó lentamente la mano.
—¿Qué ocurrió?
Saekir guardó silencio.
Intentó comprender la reacción.
El calor.
La familiaridad.
La certeza física de algo compartido.
Abrió los ojos.
Miró a Aeron.
Volvió a cerrar los ojos.
No.
Algo estaba mal.
—Mi cuerpo te reconoció.
Aeron se quedó quieto.
—¿Qué?
—Pero no entiendo cómo.
Saekir lo miró fijamente.
—Es como si ya hubiera ocurrido.
Silencio.
Algo cruzó el rostro de Aeron.
Reconocimiento.
—Porque ya había ocurrido. Estábamos encubiertos.
Saekir frunció el ceño.
—¿Encubiertos?
—Del otro lado del Velo.
—¿Cambiaste tu apariencia?
—Sí.
—¿Con magia?
—Sí.
Saekir intentó encajar la explicación.
Aeron había sido otro para quienes lo miraban.
Pero su cuerpo había respondido al hombre que seguía bajo aquella apariencia.
La forma de sostenerle la muñeca.
La mano en su cintura.
La tensión entre ambos.
—Entonces eras tú.
—Sí.
—¿Yo sabía quién eras?
Aeron tardó apenas un instante.
—Para entonces, sí.
Saekir guardó silencio.
La siguiente pregunta era evidente.
No encontraba una manera especialmente digna de formularla.
Decidió que la dignidad podía esperar.
—¿Tuvimos sexo?
Aeron sostuvo su mirada.
—Sí.
Saekir parpadeó.
—Ah.
Una ceja de Aeron se levantó.
—¿Ah?
—Estoy procesándolo.
—Procésalo.
La tranquilidad con que lo dijo la irritó.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—No lo sé. Mi cuerpo acaba de reaccionar como si esto ya hubiera ocurrido.
—Ya había ocurrido.
Saekir entrecerró los ojos.
—¿Quieres explicarme los detalles?
—No particularmente.
—Entonces no empieces.
Aeron soltó aire por la nariz.
Saekir lo estudió.
—¿Qué éramos?
—Nada.
Ella se quedó quieta.
—¿Nada?
—Fue solo sexo, Saekir.
La respuesta fue seca.
Directa.
—Nada más.
Aquellas palabras le dejaron una molestia desagradable bajo las costillas, aunque no habría sabido explicar por qué.
No debería importarle.
Aeron continuó:
—Estábamos en guerra. Del otro lado del Velo. Los dos teníamos bastante claro lo que estaba ocurriendo.
—¿Y qué estaba ocurriendo?
—Un choque. Una fuga. Llámalo como quieras.
—¿Y no significó nada?
—No.
Demasiado rápido.
Saekir ladeó la cabeza.
Aeron la señaló.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Esa expresión.
—Esta es mi cara.
—Estás buscando algo.
—Estoy intentando comprender.
—No hay nada que comprender.
Saekir cruzó los brazos.
Aeron suspiró.
—Ya habrás notado que para los Fae el sexo no tiene necesariamente sentimentalismo.
Ella pensó en algunas conversaciones con Oriana.
Las fiestas.
La facilidad con que los Fae hablaban de sus cuerpos.
El deseo sin vergüenza.
Sí.
Eso ya lo había notado.
—Podemos acostarnos con alguien porque lo deseamos —continuó Aeron—. Disfrutarlo. Y seguir adelante.
—Comprendo el concepto.
—Perfecto.
Aeron tomó una de las armas de entrenamiento y se la lanzó.
Saekir la atrapó.
—Entonces no te ilusiones y concéntrate en entrenar.
Silencio.
Saekir bajó lentamente el arma.
—¿Perdón?
Aeron cerró los ojos un instante.
—Sabes a qué me refiero.
—No. Explícamelo.
—Saekir.
—¿Tú crees que me estoy ilusionando contigo?
—No dije eso.
—Acabas de decir literalmente «no te ilusiones».
—Fue una manera de hablar.
Saekir lo contempló.
—He perdido la memoria, Aeron.
Una pausa.
—No el criterio.
La esquina de la boca de Aeron se movió.
Saekir lo señaló con un dedo.
—No te rías.
—No estoy riéndome.
—Lo estás intentando.
—Continúa.
—No he terminado.
—Eso me preocupa.
Saekir levantó el mentón.
—Que aparentemente haya considerado aceptable acostarme contigo en otra vida no significa que tenga intención de repetir semejante decisión.
Aeron arqueó una ceja.
—No parecías arrepentida entonces.
Saekir abrió la boca.
Se detuvo.
Y sonrió.
—Tenías otra cara.
La expresión de Aeron cambió.
Victoria.
—Quizá eso ayudaba.
—Eso fue bajo.
—Estoy aprendiendo.
—Claramente no suficiente.
Aeron señaló el objetivo.
—Posición.
Saekir obedeció.
—Otra vez.
—Algún día esa palabra será la causa de tu muerte.
—Concéntrate.
Ella reunió magia.
El primer lanzamiento acertó.
El segundo también.
El tercero partió el objetivo.
Ambos contemplaron los restos.
Aeron cruzó los brazos.
—Demasiado poder.
—Pero acerté.
—Destruiste el objetivo.
—Eso suele ser bastante efectivo contra enemigos.
—Control, Saekir.
—Siempre encuentras algo.
—Porque siempre haces algo.
Saekir sonrió.
—¿Seguimos?
Aeron la observó unos segundos.
—Seguimos.
Y siguieron.
No volvieron a mencionar aquella reacción.
Pero Saekir pensó en ella.
No porque estuviera ilusionada.
La sola idea resultaba ofensiva.
Ni porque descubrir que había tenido sexo con Aeron cambiara algo.
No recordaba haberlo deseado. No recordaba aquella guerra. No recordaba qué había sentido después.
Pero sí había algo extraño.
Aeron había respondido todas sus preguntas con una facilidad casi ensayada.
Hasta que ella preguntó si había significado algo.
Ahí había aparecido algo.
Una pausa. Una rigidez. Una necesidad demasiado evidente de cerrar la conversación.
Saekir lanzó otra esfera.
Centro.
Aeron asintió.
—Mejor.
Ella sonrió.
—Eso sí fue un cumplido.
—No exageres.
Saekir volvió a concentrarse.
No sabía qué estaba escondiendo.
Y tampoco tenía intención de preguntárselo de nuevo.
Por ahora.
· · ·
Aeron terminó el entrenamiento cuando Saekir ya no podía levantar correctamente el brazo izquierdo.
—Mañana empezamos antes.
Ella lo miró horrorizada.
—No.
—Sí.
—¿Pretendes matarme?
—Si quisiera matarte elegiría un método más rápido.
Saekir recogió sus cosas.
—Qué tranquilizador.
Aeron hizo lo mismo.
Por un momento ella creyó que diría algo más.
Sobre lo ocurrido. Sobre el pasado. Sobre cualquier cosa.
No lo hizo.
—Descansa.
Y se marchó.
Saekir lo observó alejarse.
Eso era lo que hacía siempre.
Entrenamiento. Órdenes. Alguna discusión. Y después desaparecía al otro extremo del refugio con cualquier excusa que pudiera encontrar.
Fue solo sexo.
Bien.
Perfecto.
No tenía ninguna razón para importarle.
El único inconveniente era que Aeron parecía necesitar demasiado que ella lo creyera.
—Idiota —murmuró.
—¿Aeron?
Saekir dio un salto.
Oriana estaba detrás.
—¿De dónde saliste?
—De allí.
—¿Cuánto escuchaste?
—Solo «idiota».
Oriana miró en la dirección en que Aeron había desaparecido.
—Parecía una deducción sencilla.
Saekir empezó a caminar.
—Tengo hambre.
Oriana la siguió.
—Siempre tienes hambre después de entrenar.
—Eso ocurre cuando alguien intenta matarte durante horas.
—¿Te lanzó algo?
—No.
—¿Te golpeó?
—No.
—¿Intentó apuñalarte?
—No.
Oriana frunció el ceño.
—Creo que utilizas la palabra matar con demasiada libertad.
Saekir la miró.
—Mis brazos dejaron de funcionar.
—Eso sí es grave.
—Gracias.
—¿Quieres cocinar?
Saekir se detuvo.
La última vez había salido mal. Muy mal.
—Sí.
Oriana sonrió.
—Excelente.
Aquella sonrisa debería haber sido una advertencia.
· · ·
—Está quemándose.
—Lo sé.
—Saekir.
—Lo estoy viendo.
—¿Y no piensas hacer nada?
Saekir observó la olla.
Una pequeña columna de humo empezaba a levantarse.
—Estoy esperando.
Oriana parpadeó.
—¿Qué?
—Que termine.
—¿De quemarse?
—Sí.
Oriana dejó lentamente el cuchillo.
—Después de quemarse viene incendiarse.
Saekir miró la olla.
Después a Oriana.
—Ah.
Las dos volvieron a mirar la olla.
Una pequeña llama apareció.
—Eso parece malo —dijo Saekir.
—Mucho.
—¿Agua?
—¡No!
Demasiado tarde.
Saekir lanzó agua.
La llamarada creció.
Ambas gritaron.
Un Fae al otro lado de la cocina se giró.
—¡¿Qué están haciendo?!
—¡Cocinando! —respondió Saekir.
Oriana empezó a reír.
—¡Eso no es cocinar!
—¡Lo era hace unos minutos!
Alguien apareció con un paño grueso y cubrió la olla.
El fuego finalmente murió.
Silencio.
Cinco Fae las observaban.
Saekir tenía el cabello pegado a una mejilla.
Oriana estaba cubierta de algo que ninguna de las dos identificó.
El Fae que había apagado el fuego miró la olla.
Después a Saekir.
—¿Ibas a comer eso?
Ella contempló el contenido carbonizado.
—Ese era el plan.
—¿Quieres morir?
Saekir lo pensó.
—No nuevamente.
Oriana soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que apoyarse sobre la mesa.
Saekir empezó a reír también.
No pudo evitarlo.
Era absurdo.
Había incendiado una cocina.
No había destruido un reino. No había perdido el control de una fuerza incomprensible. No había muerto nadie.
Simplemente había arruinado una comida.
Y podía reírse.
—Vamos a comer otra cosa —dijo Oriana cuando consiguió respirar.
Saekir miró la olla.
—Creo que puedo salvarla.
Todos gritaron:
—¡NO!
Saekir levantó las manos.
—Está bien.
· · ·
Terminaron comiendo en una de las áreas comunes.
Saekir empezaba a reconocer rostros.
No todos tenían nombre todavía.
Pero algunos sí.
Otros eran simplemente: el Fae que siempre comía demasiado rápido. la Fae que trabajaba con los sanadores. el Fae que había salvado la cocina. dos jóvenes que había visto durante la fiesta.
Una Fae pasó junto a ellas y saludó.
—Saekir.
—Hola.
Nada más.
Saekir la siguió con los ojos.
Oriana lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa respuesta.
Saekir tomó su bebida.
—Me saludó.
—Sí.
—Solo eso.
Oriana frunció el ceño.
—¿Qué debía hacer? ¿Inclinarse?
—No.
—¿Abrazarte?
—No.
—¿Desnudarse?
Saekir la miró.
—¿Por qué esa era la tercera opción?
—Intento comprender el problema.
Saekir sonrió.
—No hay problema.
Y era cierto.
Eso era precisamente lo extraño.
La Fae la había saludado.
No había preguntado por su otro nombre. Ni por Eleonora. Ni por sus recuerdos. Ni por lo que podía hacer.
Simplemente había dicho su nombre. Saekir. Y había continuado con su vida.
Le gustaba.
Mucho más de lo que esperaba.
Dos mesas más allá, una pareja Fae estaba besándose.
Saekir intentó no mirar.
Oriana la vio intentando no mirar.
—Puedes mirar.
—No estoy mirando.
—Precisamente.
Saekir bebió.
La Fae que estaba besando a uno de ellos se separó, le dijo algo al oído y se marchó.
Minutos después, el otro Fae se levantó y se sentó junto a alguien diferente, quien lo recibió con un beso.
Saekir frunció el ceño.
—Espera.
Oriana sonrió.
—Aquí viene.
—¿No estaba con la otra?
—Sí.
—Ahora está besando a otro.
—También.
Saekir giró hacia ella.
—¿Y eso está bien?
—Supongo. No conozco sus acuerdos.
—¿Acuerdos?
Oriana dejó la copa.
—Los vínculos Fae no funcionan como los humanos.
—Eso estoy empezando a comprender.
—Podemos compartir cama con alguien sin compartir la vida.
Las palabras llevaron a Saekir hasta Aeron.
Fue solo sexo.
Apartó el pensamiento.
—¿Y cuando existe una relación?
—Depende de la relación.
—Eso no responde nada.
—Porque no existe una sola respuesta.
Oriana señaló discretamente hacia las otras mesas.
—Algunos eligen exclusividad. Otros no. Algunos tienen vínculos con más de una persona. Otros pasan décadas sin querer ninguno.
Saekir apoyó el mentón sobre la mano.
—Entonces, ¿qué consideran infidelidad?
—Romper el acuerdo.
La respuesta llegó sin titubeos.
—No importa cuál sea.
—Exactamente.
Saekir pensó.
—Eso tiene más sentido de lo que esperaba.
Oriana fingió ofensa.
—Somos una civilización sorprendentemente avanzada.
—No exageremos.
Oriana rió.
Saekir miró nuevamente alrededor.
Había tantas cosas que no entendía.
Pero esta vez aquello no le produjo miedo.
Le producía curiosidad.
Quería saber qué bebían. Qué celebraban. Por qué algunos llevaban marcas en la piel. Qué significaban ciertas palabras. Por qué unos utilizaban magia para las tareas más absurdas mientras otros parecían evitarla.
Cómo elegían sus nombres. Cómo funcionaban sus familias. Qué consideraban sagrado. Qué consideraban ridículo. Qué había más allá del refugio.
Una vida completa existía alrededor de ella.
Y Saekir quería conocerla.
No porque alguien le hubiera dicho que pertenecía allí. Sino porque empezaba a decidir que quería hacerlo.
· · ·
Esa noche regresó caminando sola a su habitación.
Le dolían los brazos.
Tenía una pequeña quemadura en dos dedos.
Oriana le había dado una especie de dulce que Saekir había guardado para después.
También llevaba una cinta que una Fae de las cocinas le había regalado después de reírse durante varios minutos de su intento de preparar comida.
Cosas insignificantes.
Abrió la puerta.
Ya no tuvo que buscar dónde estaba la lámpara.
Sabía.
Encendió la pequeña luz.
Dejó la cinta sobre la mesa. El dulce junto a ella.
Se quitó las botas.
Se dejó caer sobre la cama.
Y miró el techo.
La grieta.
Sonrió.
Sabía que por la mañana la luz entraría primero por la izquierda.
Sabía dónde encontrar algo para desayunar.
Sabía qué camino tomar hasta el campo de entrenamiento.
Sabía dónde encontrar a Oriana. Sabía qué bebida no debía aceptar si pretendía conservar la capacidad de caminar en línea recta.
Sabía que Aeron diría de nuevo hasta conseguir que quisiera golpearlo.
Y sabía que, pese a todo, estaba mejorando.
Eran cosas pequeñas. Ridículamente pequeñas.
Pero nadie se las había contado.
No pertenecían a una historia sobre una mujer que no recordaba.
No eran recuerdos prestados. No eran fragmentos recuperados de otra vida. Eran suyos.
Saekir levantó una mano.
Una pequeña esfera de energía apareció sobre la palma.
Tembló.
Ella respiró.
No pensó.
La esfera se estabilizó.
Saekir sonrió.
Después cerró los dedos y la dejó desaparecer.
—Mejor.
La palabra sonó exactamente como la había dicho Aeron.
Puso los ojos en blanco.
Incluso sola conseguía irritarla.
Se acomodó.
Entonces su cuerpo reprodujo fugazmente la reacción del entrenamiento.
El calor.
La presión de aquellas manos.
La urgencia.
Saekir abrió los ojos.
Fue solo sexo.
Quizá.
No necesitaba resolverlo esa noche. Tampoco necesitaba saber quién había sido antes. Ni recuperar una vida entera antes de poder empezar la siguiente.
Miró una última vez la cinta sobre la mesa. El dulce. Sus botas abandonadas junto a la puerta. Pequeñas pruebas de un día que sí recordaría mañana.
Cerró los ojos.
Saekir dejó de buscar, al menos por esa noche, a la mujer que había sido.
Mañana podía continuar descubriendo quién quería ser.