Capítulo V — Las cosas pequeñas
Capítulo V
Las cosas pequeñas
VHAELOR
REFUGIO DE LOS DESTERRADOS
Saekir despertó antes de que alguien golpeara su puerta. Llevaba una túnica oscura que Oriana había dejado doblada sobre la silla la noche anterior y tenía los pies desnudos sobre la piedra helada.
Permaneció inmóvil unos segundos, mirando el techo.
Sin darse cuenta, aquello se había convertido en una costumbre.
Había una pequeña grieta sobre la viga más cercana a la ventana. Comenzaba fina, casi imperceptible, y se dividía en dos justo antes de llegar a la pared.
La había recorrido con la mirada cuatro mañanas seguidas.
También sabía que la luz entraba primero por la esquina izquierda de la ventana.
Que poco después comenzaría a escuchar movimiento en el corredor.
Que alguien arrastraría algo pesado dos habitaciones más allá.
Que el olor de las cocinas llegaría antes que Oriana.
Y que Oriana aparecería de todas formas.
Saekir sonrió.
Después intentó incorporarse.
La sonrisa desapareció.
—Maldito seas, Aeron.
Le dolían músculos que hasta entonces no sabía que existían.
Los hombros. La espalda. Las piernas.
Hasta cerrar una mano despertaba una protesta que le recorría el antebrazo.
Aeron llevaba varios días entrenándola como si cada músculo dolorido de Saekir le debiera algo.
Saekir había llegado a una conclusión: probablemente le debía algo.
Se sentó al borde de la cama.
Esperó.
Respiró.
Después se puso de pie.
—Hoy voy a matarlo.
Su propia voz sonó extraña dentro de aquella habitación.
Pero ya no tanto.
Eso también había cambiado.
Al principio todo había sido ajeno.
Las paredes. La cama. Su ropa. Su rostro. Especialmente su rostro.
Saekir caminó hasta el recipiente con agua y observó su reflejo.
La Fae que devolvía la mirada seguía pareciéndole alguien a quien estaba aprendiendo a reconocer.
Se tocó una mejilla.
No tenía recuerdos de infancia asociados a aquellos ojos.
No recordaba haber visto cambiar ese rostro con los años.
No sabía qué expresión había puesto la primera vez que alguien la besó. Ni cómo se había visto llorando. Ni quién había elegido la forma en que llevaba el cabello antes.
Todos parecían saber algo de aquella mujer.
Ella no.
—¿Quién era yo?
Se hizo la pregunta en voz baja.
Nada.
Ni un escalofrío. Ni una imagen. Ni siquiera aquella sensación extraña que algunas palabras conseguían despertar.
Solo una pregunta. La misma a la que nadie quería responder.
Saekir apartó la mirada.
Después se quitó la túnica con dificultad y comenzó a prepararse.
Aquella mañana no quería buscar a la mujer que había sido.
Tenía problemas más inmediatos.
Como conseguir levantar los brazos antes de que Aeron decidiera destruirlos nuevamente.
· · ·
Oriana ya estaba desayunando cuando Saekir llegó.
Tenía un pie sobre otra silla y una copa entre los dedos.
Saekir se detuvo.
—¿Eso tiene alcohol?
Oriana miró el contenido.
—Probablemente.
—Es temprano.
—Para ti.
Saekir observó alrededor.
—Para todos.
—Qué concepto tan humano.
Saekir se sentó frente a ella.
—¿Los Fae tienen algún momento del día en el que consideren inapropiado beber?
Oriana pensó.
—Durante una batalla.
—Eso parece sensato.
—Aunque depende de la batalla.
Saekir tomó pan.
—Retiro lo dicho.
Oriana sonrió.
Aquello también empezaba a resultar familiar.
Había aprendido algunas cosas sobre Oriana.
Que jamás debía hacerle una pregunta si no estaba preparada para recibir una respuesta que probablemente la incomodaría.
Que podía convertir prácticamente cualquier conversación en algo sexual.
Que tenía una habilidad extraordinaria para aparecer exactamente cuando Saekir quería estar sola.
Y que, pese a todo aquello… le gustaba tenerla cerca.
Era extraño.
Saekir no recordaba haber tenido una amiga.
Quizá antes había tenido muchas.
Quizá ninguna.
No lo sabía.
Pero ella tenía a Oriana.
Aquella certeza era pequeña. Y suya.
—¿Puedes levantar los brazos? —preguntó Oriana.
Saekir tomó otra pieza de pan.
—No.
—¿Caminar?
—Con dificultad.
—¿Sentarte?
Saekir la miró.
—Ya estoy sentada.
—Entonces Aeron está perdiendo facultades.
Saekir soltó una risa.
—Estoy considerando asesinarlo.
—Ponte en la fila.
—¿Hay una?
—Muy larga.
Saekir sonrió.
Oriana bebió.
—Aunque la mayoría quiere matarlo por razones políticas. Me agrada que la tuya sea personal.
—Me hace entrenar durante horas.
—Qué monstruo.
—Ayer me hizo repetir el mismo ejercicio treinta y siete veces.
Oriana levantó una ceja.
—¿Las contaste?
—Naturalmente.
—Eso explica muchas cosas sobre ti.
Saekir mordió el pan.
—No sé si sentirme insultada.
—Era un cumplido.
—Contigo nunca estoy segura.
—Eso mantiene viva nuestra amistad.
Saekir se detuvo apenas.
Nuestra amistad.
Oriana había continuado comiendo como si no hubiera dicho nada importante.
Quizá para ella no lo era.
Para Saekir sí.
No comentó nada.
Simplemente tomó otra fruta.
Oriana la observó.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Tú siempre me miras raro.
—Porque tú eres rara.
—Qué bonito.
Saekir sonrió.
—Gracias.
Oriana frunció el ceño.
—Eso tampoco era un cumplido.
—Empiezo a adaptarme.
· · ·
Aeron estaba esperando cuando llegó.
Por supuesto.
Saekir empezó a sospechar que aquel hombre dormía en el campo de entrenamiento únicamente para poder acusarla de llegar tarde.
Él la miró.
Después miró hacia el cielo.
—Tarde.
Saekir continuó caminando.
—Buenos días.
—Llegas tarde.
—No.
—Sí.
—Estoy aquí exactamente cuando dijiste.
—Yo llevo veinte minutos esperando.
Saekir se detuvo frente a él.
—Eso significa que tú llegaste temprano.
—Significa que podrías haber llegado antes.
—Esa lógica es profundamente irritante.
—Posición.
Ni siquiera un saludo.
Saekir dejó lo que llevaba y ocupó su lugar.
—Algún día voy a despertar antes que tú.
—Lo dudo.
—Y estaré aquí esperándote.
—Qué emocionante.
—Y cuando llegues voy a decirte que llegas tarde.
Aeron arqueó una ceja.
—¿Terminaste?
—Por ahora.
—Posición.
Saekir respiró.
Extendió una mano.
Había aprendido que la magia estaba siempre allí.
Ese había sido el primer descubrimiento verdaderamente importante.
No aparecía cuando la llamaba. No venía de algún lugar exterior. Existía dentro de ella constantemente.
El problema era que parecía tener la disciplina de una criatura salvaje.
Aeron quería que aprendiera a reconocerla antes de liberarla.
Saekir quería que Aeron aprendiera a explicar las cosas de una manera que no resultara insoportable.
Ninguno estaba consiguiendo exactamente lo que quería.
—No pienses —dijo Aeron.
Saekir abrió un ojo.
—Esa sigue siendo una instrucción absurda.
—Para ti especialmente.
—¿Eso fue un insulto?
—Una observación.
—Pensar es precisamente lo que permite controlar algo.
—No esto.
—Todo puede comprenderse.
—La magia no necesita que la comprendas.
Saekir abrió ambos ojos.
—Eso es ridículo.
—La estás perdiendo.
Miró su mano.
La pequeña concentración de energía que había conseguido formar desapareció.
Saekir maldijo.
Aeron cruzó los brazos.
—Otra vez.
Ella lo fulminó.
—Empiezo a odiar esa palabra.
—Otra vez.
Saekir respiró.
Lo intentó.
Nada.
—Otra vez.
Una chispa.
Desapareció.
—Otra vez.
—Voy a lanzarte algo.
—Cuando consigas mantenerlo estable.
Saekir tensó la mandíbula.
Calor.
Lo sentía debajo de la piel.
Intentó no analizarlo.
Eso era casi doloroso.
¿Cómo se suponía que debía controlar algo sin comprenderlo?
Dejó de pensar.
O intentó hacerlo.
El calor avanzó por su brazo.
Extendió los dedos.
Una esfera pequeña apareció sobre su palma.
Saekir abrió los ojos.
—Lo hice.
—No hables.
—Pero…
La esfera explotó.
Aeron se apartó antes de recibir el impacto.
Saekir dejó caer los párpados.
—No digas nada.
—No iba a hacerlo.
—Tu cara está diciendo suficiente.
—Otra vez.
—Te odio.
—Concéntrate.
Lo intentó nuevamente.
Una vez. Dos. Cinco.
A la sexta consiguió mantener la esfera durante casi un minuto.
A la séptima la desplazó de una mano a otra.
A la octava intentó hacerlo demasiado rápido y terminó quemándose los dedos.
—Mierda.
Aeron tomó su mano.
—Déjame ver.
—Estoy bien.
—Saekir.
Ella dejó que examinara los dedos.
No era grave.
Aeron pasó el pulgar cerca de la pequeña marca.
—Te estás adelantando.
—Estaba funcionando.
—Por eso te adelantaste.
—Quería saber hasta dónde podía llegar.
—Ese es exactamente tu problema.
Saekir levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Siempre quieres saber qué hay después antes de dominar lo que tienes delante.
Ella retiró la mano.
—Quizá porque nadie parece dispuesto a contarme qué hay después.
La frase quedó entre ambos.
Aeron la observó.
Saekir no apartó los ojos.
Había cosas que quería preguntarle. Muchas.
Pero cada vez que intentaba acercarse a cualquier parte de su pasado, encontraba la misma respuesta.
Después. Todavía no. No estás preparada. Concéntrate en entrenar.
Aeron señaló nuevamente su posición.
—Otra vez.
Saekir soltó una risa sin humor.
—Naturalmente.
Pero obedeció.
Esta vez duró más.
Y la siguiente también.
Aeron dejó de corregirla durante algunos minutos.
Saekir descubrió que eso era casi peor.
Quería saber si lo estaba haciendo bien.
No iba a preguntarle.
Finalmente lanzó la esfera hacia uno de los objetivos.
Falló.
—Otra vez.
El segundo lanzamiento golpeó el borde.
El tercero acertó.
Saekir sonrió.
Aeron no.
—Otra vez.
—¿Nada?
—¿Qué quieres?
—No sé. Una felicitación. Una pequeña celebración. Podrías incluso sonreír si recuerdas cómo hacerlo.
—Acertaste una vez.
—Después de fallar dos.
—Precisamente.
—Eres imposible.
Aeron señaló el objetivo.
—Otra vez.
Saekir reunió energía.
Esta vez estaba irritada.
La esfera apareció al primer intento.
Más estable.
La lanzó.
Centro.
Aeron levantó ligeramente las cejas.
Saekir sonrió.
—Ah.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Qué cosa?
—Te impresioné.
—No.
—Lo vi.
—Estás imaginando cosas.
—Tus cejas.
Aeron la miró.
—¿Mis cejas?
—Se movieron.
—Extraordinario.
—Fue un cumplido.
—Fue una reacción involuntaria.
—Me sirve.
Aeron sonrió.
Muy poco.
Pero Saekir lo vio.
Y algo extraño ocurrió dentro de ella.
Una sensación diminuta. Familiar. Como si hubiera conseguido aquello antes. Hacerlo sonreír.
La sensación desapareció tan rápido que no pudo atraparla.
Saekir frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó Aeron.
—Nada.
—¿Te mareaste?
—No.
—Entonces otra vez.
Ella levantó la mano.
—Realmente sabes arruinar un momento.
—Es uno de mis talentos.
—Empiezo a creerlo.