LA MÉDIUM II Capítulo IV — Lo que no debió despertar #3
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Capítulo IV — Lo que no debió despertar #3

Después miró hacia el suelo.

Por primera vez desde que había regresado a Arcadia… parecía asustado.

ARCADIA

CRIPTAS REALES

La puerta estaba abierta.

Alaric se detuvo.

Ian casi chocó contra él.

—Majestad.

Alaric no respondió.

Las velas estaban encendidas.

Todas.

Nadie las había encendido.

Snow llegó detrás.

Tayrus apareció acompañado por los guardias.

Se detuvo apenas cruzó la entrada.

La magia le golpeó el cuerpo como una corriente invisible.

—Está aquí —susurró.

Ian lo miró.

—Cállate.

Bajaron.

Un escalón.

Otro.

Otro.

Alaric no sentía sus piernas.

No respiraba correctamente.

Cada paso lo acercaba a algo que su mente se negaba a imaginar.

No.

No podía permitírselo.

Esperanza no.

Ya había enterrado a su hija una vez.

No sobreviviría a hacerlo de nuevo.

Llegaron al corredor donde descansaban los miembros de la familia real.

La tumba de Astrid estaba al fondo.

Alaric se detuvo.

La cinta que había dejado sobre ella estaba en el suelo.

La reconoció.

Sus dedos habían temblado cuando la colocó allí.

—No.

Ian vio la piedra.

Rota.

—Guardias.

Las espadas salieron.

Snow tomó una antorcha.

—Astrid…

Pronunciar el nombre fue casi una plegaria.

Alaric avanzó.

Ian lo agarró.

—No.

El rey giró.

—Suéltame.

—No sabemos qué hay ahí.

—Es la tumba de mi hija.

—Precisamente.

Alaric apartó su mano.

—Suéltame.

Ian obedeció.

Avanzaron.

Piedras cubrían el suelo.

El féretro estaba abierto.

Vacío.

Alaric dejó de respirar.

No sintió miedo.

Durante un segundo no sintió absolutamente nada.

—No.

Snow miró alrededor.

—¿Dónde está?

Un sonido.

Detrás.

Todos giraron.

Las espadas se levantaron.

Una figura estaba al final del corredor.

Descalza.

Vestida de blanco.

La ropa con la que la habían enterrado estaba cubierta de polvo y rota en varios lugares.

Cabello dorado, largo y completamente desordenado, con mechones apelmazados por el polvo de la cripta.

Piel demasiado pálida.

Astrid.

Ian dejó caer la espada.

El metal golpeó la piedra.

El sonido atravesó toda la cripta.

Pero Ian apenas lo escuchó.

Porque estaba mirando un cadáver respirar.

La había visto muerta.

La había tocado.

Había sentido el frío de su piel.

Había acompañado su cuerpo.

Había estado presente cuando cerraron aquel féretro.

Sabía lo que era la muerte.

Había visto demasiada durante su vida.

Astrid había estado muerta.

Y estaba delante de él.

—Ian…

La voz.

Su voz.

Ian dio un paso.

Se detuvo.

—No.

Astrid frunció el ceño.

—¿Qué?

Ian negó.

Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.

—No.

No podía acercarse.

Si lo hacía y ella desaparecía…

si aquello era magia…

una ilusión…

alguna crueldad…

No.

Astrid miró hacia el vestido.

Después hacia la tumba abierta.

—Creo…

Su voz se quebró.

—Creo que estaba muerta.

Alaric hizo un sonido.

No fue una palabra.

Fue algo roto saliendo de un hombre que ya no tenía espacio dentro para perder nada más.

Astrid levantó los ojos.

—Papá.

Eso terminó con él.

Alaric cruzó la distancia.

La abrazó.

Con fuerza.

Demasiada.

Astrid soltó el aire.

—Papá…

Alaric sintió calor.

Su cuerpo estaba caliente.

Había respiración contra su cuello.

Un corazón golpeando.

No una ilusión.

No podía serlo.

Cayó de rodillas abrazándola.

—No.

Enterró el rostro contra ella.

—No, no, no…

Astrid llevó lentamente las manos hacia su espalda.

Durante un segundo permaneció rígida.

Después lo abrazó.

—Estoy aquí.

Alaric cerró los ojos.

Aquellas dos palabras fueron peores que cualquier llanto.

Porque había pasado días intentando aceptar exactamente lo contrario.

Ian se cubrió la boca.

Snow lloraba en silencio.

No intentó ocultarlo.

Había aprendido a sobrevivir a demasiadas cosas.

Aquello no necesitaba sobrevivirlo.

Podía simplemente sentirlo.

Astrid estaba viva.

Tayrus no compartía aquella emoción.

No porque no comprendiera.

Porque estaba mirando otra cosa.

Las manos de Astrid.

Ian lo notó.

—¿Qué?

Tayrus no respondió.

Ian se acercó.

—¿Qué estás viendo?

Astrid levantó una mano.

Una pequeña luz púrpura apareció entre sus dedos.

Todos quedaron inmóviles.

Alaric levantó la cabeza.

La alegría desapareció de su rostro.

No completamente.

Pero apareció algo junto a ella.

Miedo.

Astrid miró la luz.

Después a ellos.

—Eso también es nuevo.

Ian palideció.

Tayrus dio un paso atrás.

—Eso no debería ser posible.

Astrid levantó los ojos hacia él.

Lo reconocía vagamente.

El prisionero.

El Fae.

Nada más.

—¿Qué no debería ser posible?

Tayrus tardó en responder.

Astrid frunció el ceño.

—Eres Fae.

—Sí.

—Entonces explícame qué es esto.

Tayrus abrió la boca, pero la respuesta ingeniosa no llegó.

—No puedo.

Aquello no tranquilizó a nadie.

Astrid se volvió hacia Ian.

Y entonces su rostro cambió.

Un recuerdo.

Una urgencia.

—Ian.

Él se acercó.

—Estoy aquí.

Astrid agarró su brazo.

—Agatha.

Ian quedó inmóvil.

—¿Dónde está Agatha?

Nadie respondió.

Astrid miró a Snow.

Después a su padre.

—¿Dónde está mi hermana?

Alaric cerró los ojos.

Astrid sintió que el aire volvía a faltarle.

—¿Qué pasó?

—Astrid…

—Yo la vi.

Los recuerdos aparecieron demasiado rápido.

—Estaba gritando.

Apretó la mano de Ian.

—Había algo saliendo de ella.

Su respiración se aceleró.

—Aeron me atravesó.

Ian intentó sostenerla.

—Astrid.

—Después Agatha…

Se detuvo.

Recordó.

Sus ojos se abrieron.

—Ella despertó.

Tayrus levantó la cabeza.

Astrid lo miró.

Después observó la luz púrpura flotando sobre su propia palma.

—¿Qué me está pasando?

Nadie respondió.

Ian no sabía.

Snow tampoco.

Alaric únicamente podía mirar aquella magia sobre la mano de la hija que acababa de recuperar y sentir que el universo estaba burlándose de él.

Había jurado que no permitiría más magia en Arcadia.

Había jurado destruir cualquier amenaza.

Y ahora la magia estaba naciendo entre los dedos de Astrid.

Tayrus contempló aquella energía.

Algo había cambiado en su rostro.

Ya no parecía solamente sorprendido.

Parecía preocupado.

Verdaderamente preocupado.

—Cierren las puertas de la cripta.

Ian giró hacia él.

—¿Qué?

Tayrus no apartó los ojos de Astrid.

—Ahora.

Ian avanzó.

—No das órdenes aquí.

—Entonces considéralo una súplica.

Alaric se levantó lentamente sin separarse demasiado de su hija.

—¿Por qué?

Tayrus tragó saliva.

Miró la energía.

Después a Astrid.

—Porque ella no está utilizando magia.

Silencio.

Astrid observó la luz sobre su palma.

—Entonces, ¿qué estoy haciendo?

Tayrus retrocedió otro paso.

—La magia la está utilizando a ella.

Y todas las velas de la cripta se apagaron.

A la vez.