Capítulo IV — Lo que no debió despertar #2
Y también había aprendido a reconocer los residuos mágicos que todavía parecían adheridos a Arcadia.
Cicatrices. Eso era lo que eran. Restos de la magia que había atravesado aquel reino como una tormenta.
Esto no. Esto estaba creciendo.
Tayrus se acercó a los barrotes.
—¡Guardia!
Nada.
—¡Guardia!
Un hombre apareció al fondo.
—Cállate.
—Necesito hablar con el general.
—El general no necesita hablar contigo.
—Hay magia dentro del palacio.
El guardia soltó una risa.
—Sí. Tú.
Tayrus negó.
—No.
El hombre siguió caminando.
Tayrus agarró los barrotes.
—¡No soy yo!
El guardia se detuvo.
Giró.
—Entonces, ¿quién?
Tayrus sintió otra pulsación.
Más fuerte.
Sus ojos descendieron hacia el suelo.
La expresión despreocupada que había sostenido desde su captura desapareció por completo.
—No lo sé.
El guardia bufó.
—Entonces cállate.
—Pero está debajo de nosotros.
El hombre se quedó quieto.
Tayrus levantó la mirada.
—Y está despertando.
ARCADIA
SALA DEL CONSEJO
—El rey no está en condiciones de gobernar.
Ian ni siquiera había terminado de entrar.
Se detuvo en la puerta.
Armand estaba de pie frente al Consejo Real. Llevaba un abrigo de duelo impecable, entallado hasta la rodilla, con botones de plata y guantes negros que no mostraban una sola arruga.
Exactamente igual que lo recordaba.
Elegante. Erguido. Perfectamente vestido.
Como si Arcadia no estuviera medio destruida. Como si no hubieran enterrado a una princesa. Como si otra no hubiera desaparecido. Como si el mundo no acabara de demostrarles que prácticamente todo lo que creían saber era una mentira.
Ian cerró la puerta.
—Qué agradable volver a escucharte, Armand.
Todas las miradas giraron.
Armand sonrió.
—General.
Ian odiaba cómo sonaba el título en su boca.
—Pensaba que las ratas abandonaban los lugares antes de que se incendiaran.
—Y yo pensaba que los soldados aprendían modales cuando ascendían.
—Ambos estamos decepcionados.
Ian tomó asiento.
—Continúa.
Armand lo miró.
—No necesito tu autorización.
—Entonces, ¿por qué esperaste a que llegara?
Silencio.
Ian sonrió sin humor.
—Continúa.
Armand respiró.
—Arcadia necesita estabilidad.
—Qué descubrimiento.
—Necesita liderazgo.
—Tiene rey.
Armand abrió ligeramente los brazos.
—¿Dónde está?
Ian dejó de sonreír.
Uno de los consejeros bajó la mirada.
Otro acomodó nerviosamente unos documentos.
—Exactamente —continuó Armand—. Alaric no ha presidido una reunión completa desde el ataque.
—Enterró a una hija.
—Es rey.
—También es padre.
—Primero es rey.
Ian se levantó.
—Ten cuidado.
Armand no retrocedió.
—Eso es precisamente lo que intento hacer. Tener cuidado con Arcadia.
—Arcadia sobrevivirá.
—¿Con quién?
Armand señaló hacia las ventanas.
—Nuestro ejército fue destruido.
—Lo estoy reconstruyendo.
—Nuestra ciudad fue atacada por seres cuya existencia desconocíamos.
—Estamos aprendiendo.
—La religión que sostuvo este reino durante generaciones resultó ser una manipulación.
Ian endureció la mandíbula.
—Lo sabemos.
Armand continuó:
—Una princesa está muerta.
Silencio.
Ian sintió el golpe.
Sabía perfectamente que Armand lo había hecho deliberadamente.
—La otra desapareció después de convertirse en algo que ninguno de nosotros comprende.
Ian se volvió hacia él.
—No vuelvas a hablar de Agatha como una cosa.
Armand sostuvo su mirada.
—¿Qué era entonces?
La puerta se abrió violentamente.
Snow entró.
—El problema con los cobardes…
Todos giraron.
Ella caminó hacia la mesa.
—…es que siempre encuentran valor cuando creen que el rey está demasiado herido para arrancarles la lengua.
Armand sonrió.
—Snow.
—Armand.
—Sigues siendo encantadora.
—Y tú sigues vivo. Ambos tenemos defectos.
Ian casi sonrió. Casi.
Armand miró al Consejo.
—Esto demuestra mi punto.
Snow apoyó las manos sobre la mesa.
—¿Cuál? ¿Que eres insoportable?
—Que Arcadia está siendo gobernada por emociones.
La sonrisa de Snow desapareció.
—Arcadia acaba de descubrir que el mundo es mucho más grande de lo que creyó durante generaciones.
Miró a cada miembro del Consejo.
—No necesitamos reemplazar al rey.
Después volvió hacia Armand.
—Necesitamos tiempo.
—Tiempo es precisamente lo que quizá no tenemos.
—Entonces deja de desperdiciarlo intentando robar una corona.
Armand endureció la expresión.
—No quiero la corona.
—Claro.
—Quiero que el Consejo considere una regencia temporal.
Ian soltó una risa seca.
—Ahí está.
Armand lo ignoró.
—Hasta que Alaric demuestre que puede gobernar.
La puerta volvió a abrirse.
Esta vez nadie habló.
Alaric estaba allí.
Vestido de negro. Sin corona. La barba descuidada. Sombras oscuras debajo de los ojos.
Parecía haber envejecido años en cuestión de días.
Pero no fue aquello lo que hizo callar a la sala.
Fue su mirada.
El hombre bondadoso que había gobernado Arcadia durante tantos años seguía existiendo en alguna parte.
Muy abajo. Enterrado junto a demasiadas cosas.
—Continúa.
La voz del rey fue baja.
Armand palideció ligeramente.
—Majestad.
Alaric entró.
—Estabas explicando por qué deberían quitarme mi reino.
—No he dicho…
—No mientas en mi propia sala.
Alaric llegó a su lugar.
No se sentó.
—Continúa.
Armand respiró.
—Creo que el dolor está interfiriendo con vuestro juicio.
Alaric lo observó.
—Correcto.
Ian giró hacia él.
Snow también.
Armand pareció sorprendido.
Alaric continuó:
—Mi hija está muerta.
No necesitó decir cuál.
La palabra le raspó la garganta.
—La otra desapareció después de que yo mismo le atravesara el corazón.
El Consejo quedó completamente inmóvil.
Alaric podía recordarlo.
Los ojos de Agatha.
La resistencia de su cuerpo cuando la espada entró.
El instante en que tuvo que elegir Arcadia por encima de una hija.
Una hija que quizá no llevaba su sangre, pero a la que había criado como propia.
Nunca dejaría de sentir aquello.
Nunca.
—Descubrí que la religión que protegí durante años era una mentira —continuó—. Que permití que una mujer manipulara mi reino bajo mi propia nariz.
Su voz no se quebró.
Eso era peor.
—Descubrí que criaturas mágicas caminaron entre nosotros mientras yo gobernaba sin saberlo.
Miró a Armand.
—Así que sí.
—Mi juicio está afectado.
Armand abrió la boca.
Alaric levantó una mano.
—Pero no confundas dolor con debilidad.
Silencio.
—Estoy más dispuesto a hacer cosas ahora que antes ni siquiera habría considerado.
Armand cerró la boca.
Alaric sonrió.
No había bondad en aquella sonrisa.
—¿Todavía quieres comprobar si soy incapaz de gobernar?
Nadie respondió.
ARCADIA
CRIPTAS REALES
Astrid había dejado de gritar.
No porque hubiera perdido la esperanza.
Porque estaba escuchando.
Estaba cubierta de polvo. El vestido funerario se había rasgado en los hombros y el encaje blanco estaba gris, atrapado entre astillas y fragmentos de piedra.
Tenía las manos ensangrentadas.
Parte del féretro había cedido.
Pero todavía no conseguía salir.
Y había algo…
al otro lado.
No una persona.
Algo dentro de las paredes.
Astrid podía sentirlo.
La magia recorría la piedra.
Y lo más aterrador era que, de alguna manera, ella sabía exactamente dónde estaba.
Eso era imposible.
Ella no era Agatha.
Nunca lo había sido.
La Médium…
Agatha era la Médium.
El recuerdo llegó de golpe.
Agatha gritando.
El poder explotando.
Aeron.
La espada.
Astrid bajó la mirada hacia su cuerpo.
No había herida.
Sus dedos temblaron.
—Estoy muerta.
La luz púrpura apareció nuevamente.
Más intensa.
Astrid la contempló.
—Ya sé que no hago magia.
La luz palpitó.
—Ni siquiera sé cómo funciona esto.
Otra pulsación.
Astrid respiró.
Lentamente.
Recuperó algo parecido a control.
—Bien.
Miró hacia arriba.
—Vamos. Una vez más.
Apoyó ambas manos contra la tapa destruida.
La luz salió de sus dedos.
La piedra tembló.
Astrid abrió mucho los ojos.
—Oh.
Una grieta apareció.
Después otra.
Astrid sintió algo parecido a una sonrisa nerviosa.
—Eso sirve.
Empujó.
La piedra estalló.
ARCADIA
SALA DEL CONSEJO
La puerta se abrió por tercera vez.
Un guardia entró sin anunciarse.
Ian giró hacia él.
—¿Qué ocurre?
—General…
El hombre estaba pálido.
—El prisionero.
—¿Tayrus?
—Dice que necesita hablar con usted.
Ian suspiró.
—Estoy ocupado.
—Dice que hay magia dentro del palacio.
La sala quedó en silencio.
Alaric levantó la mirada.
—¿Dónde?
El guardia tragó saliva.
—Debajo.
Snow frunció el ceño.
Ian se levantó.
—¿Debajo dónde?
—No lo sabe.
—Entonces regresen al prisionero a…
—Las criptas.
Todos giraron.
Tayrus estaba en la puerta.
Dos guardias lo sostenían.
Ian se irguió de golpe.
—¿Quién ordenó traerlo aquí?
Tayrus levantó ligeramente las cejas.
—Yo.
Ian caminó hacia él.
—Tú no ordenas nada.
—Lo he descubierto durante mi estadía.
—Tayrus.
La pequeña sonrisa desapareció.
El Fae ni siquiera estaba mirándolo.
Sus ojos estaban puestos en el suelo.
—No soy el único ser mágico en su reino.
Alaric quedó inmóvil.
Snow se acercó.
—¿Qué estás diciendo?
Tayrus dejó caer los párpados.
Otra pulsación.
Mucho más fuerte.
—Hay magia surgiendo desde debajo del palacio.
Ian lo agarró por la ropa.
—Estás intentando manipularnos.
—No.
—¿Entonces qué hay debajo?
Tayrus abrió los ojos.
Miró a Ian.
—Sus muertos.
Ian lo soltó.
—Cuidado.
Toda la ligereza desapareció del rostro del Fae.
—No intento provocarte.
—No vuelvas a hablar de ellos.
—No sé quién está enterrado ahí.
Tayrus respiró.
—Pero puedo sentirlo.
Alaric dio un paso.
—¿Sentir qué?
Tayrus miró al rey.
—Magia.
Una pausa.
—Mucha.
Snow palideció.
Su mirada bajó lentamente hacia el suelo.
—Las criptas de las princesas.
Ian negó.
—No.
Tayrus lo miró.
—Sí.
—Astrid está muerta.
Las palabras le costaron.
Todavía le costaban.
—No he dicho que sea ella.
Ian avanzó.
—Entonces deja de hablar.
Tayrus abrió la boca.
Se detuvo.
Todos lo sintieron esta vez.
Un temblor. Pequeño.
Las copas sobre la mesa vibraron.
Después otro. Más fuerte.
Alaric levantó lentamente la cabeza.
Ian quedó inmóvil.
Snow miró hacia el suelo.
Tayrus palideció.
—Eso.
Otro temblor.
Esta vez vino acompañado por un sonido.
Lejano. Profundo. Piedra rompiéndose.
Alaric salió primero.
Ian fue detrás.
Snow también.
—¡GUARDIAS!
El Consejo quedó abandonado.
Armand observó cómo todos desaparecían por el corredor.