Capítulo IV — Lo que no debió despertar
Capítulo IV
Lo que no debió despertar
ARCADIA
CRIPTAS REALES
Oscuridad.
No había dolor.
Eso fue lo primero.
Después llegó el frío.
Un frío espantoso.
No el de una habitación durante el invierno ni el de las mañanas en que Arcadia despertaba cubierta por escarcha.
Era distinto.
Estaba debajo de ella.
Sobre ella.
Dentro de sus huesos.
Astrid intentó respirar.
Nada ocurrió.
Su pecho se contrajo.
Otra vez.
Nada.
El miedo llegó antes que el pensamiento.
Su cuerpo recordó antes que ella.
Inhaló.
El aire entró violentamente en sus pulmones.
Astrid abrió los ojos.
Oscuridad.
Absoluta.
Intentó incorporarse.
Su frente golpeó algo.
—¡Ah!
El sonido regresó hacia ella de inmediato.
Demasiado cerca.
Astrid llevó las manos hacia arriba.
Sus dedos encontraron una superficie lisa.
Madera.
Parpadeó.
No veía nada.
Volvió a tocarla.
Madera.
Apenas había espacio entre su rostro y aquella tapa.
El aire empezó a entrar demasiado rápido y a no alcanzar nunca.
—¿Qué…?
Empujó.
Nada.
Astrid tragó saliva.
Movió las piernas.
Chocaron contra algo.
Intentó girarse.
No pudo.
El miedo se transformó.
Ya no era una sensación.
Era algo vivo, trepándole por el pecho.
—¿Hola?
Golpeó arriba.
—¡¿Hay alguien?!
Nada.
Volvió a golpear.
—¡Ayuda!
Silencio.
Astrid intentó contener la respiración y solo consiguió volverla más corta.
No.
Tenía que pensar.
Siempre pensaba.
Cuando todo alrededor se derrumbaba, ella pensaba.
Cuando Agatha actuaba antes de medir las consecuencias, Astrid pensaba.
Cuando Ian se enfurecía, cuando su padre levantaba la voz, cuando los consejeros discutían durante horas…
Astrid encontraba orden.
Lógica.
Explicaciones.
Tenía que haber una explicación.
Cerró los ojos.
No hizo ninguna diferencia.
Oscuridad.
Intentó recordar.
Lo último que había visto…
Una habitación.
Agatha.
No.
Gritos.
Agatha gritaba.
Había algo alrededor de ella.
Luz.
Magia.
Demasiada.
Después…
Aeron.
Una espada.
Astrid abrió los ojos.
Su corazón pareció detenerse.
Aeron.
Recordó su rostro.
Recordó perfectamente sus ojos.
El instante en que lo miró y comprendió que no iba a detenerse.
La hoja entrando.
El dolor.
Su cuerpo cayendo.
Agatha gritando su nombre.
Después…
nada.
Astrid levantó lentamente las manos.
Volvió a tocar la madera.
Su respiración se quebró.
—No.
Golpeó.
—No.
Otra vez.
—¡NO!
El féretro retumbó.
Astrid comenzó a golpear con ambas manos.
—¡SÁQUENME!
Nada.
—¡IAN!
Golpe.
—¡PAPÁ!
Golpe.
—¡AGATHA!
El nombre salió convertido en un grito.
Su garganta ardió.
Nadie respondió.
Astrid sintió que el espacio comenzaba a cerrarse alrededor de ella.
Sabía que era imposible.
Sabía que la madera no se estaba moviendo.
Pero su cuerpo no entendía de lógica.
Su pecho dolía.
Las manos temblaban.
Las lágrimas empezaron a correr hacia sus sienes.
—Por favor…
Golpeó de nuevo.
Más débil.
—Por favor…
Silencio.
Entonces algo respondió.
No una persona.
Las velas de la cripta se encendieron al mismo tiempo.
Astrid no podía verlas.
Pero lo sintió.
Una vibración recorrió la madera.
Calor.
El mismo calor apareció dentro de su pecho.
Bajó por sus hombros.
Sus brazos.
Hasta sus dedos.
Una pequeña luz púrpura apareció sobre su palma.
Astrid quedó inmóvil.
La contempló sin comprender.
—¿Qué…?
La luz palpitó.
Era hermosa.
Y aquello la aterrorizó todavía más.
La energía recorrió sus dedos.
Astrid intentó sacudirla.
No desapareció.
Subió por su muñeca.
—No.
Recordó a Agatha.
Sus ojos.
La magia saliendo de ella.
La destrucción.
El miedo se convirtió en terror.
—No.
La luz avanzó por sus brazos.
—¡NO!
Astrid golpeó el féretro.
Esta vez la madera crujió.
Se quedó quieta.
Su respiración se detuvo.
Miró hacia arriba.
Empujó.
Nada.
Volvió a hacerlo.
La madera crujió de nuevo.
Astrid abrió mucho los ojos.
Empujó con ambas manos.
Una grieta atravesó la tapa.
Polvo cayó sobre su rostro.
Astrid tosió.
Volvió a empujar.
La madera cedió.
Durante un segundo creyó que lo había conseguido.
Entonces sus manos encontraron algo más.
Piedra.
Astrid dejó de moverse.
No.
No solamente estaba dentro de una caja.
Había piedra encima.
Su cuerpo comenzó a temblar.
—No…
Las lágrimas regresaron.
La habían enterrado.
Realmente la habían enterrado.
Porque no estaba herida.
No estaba inconsciente.
No había estado dormida.
La habían vestido.
La habían colocado allí.
Habían cerrado el féretro.
Porque…
Astrid llevó una mano hacia su vientre.
No había herida.
Pero recordaba perfectamente la espada.
—Yo morí.
La frase apenas fue un susurro.
Y al pronunciarla sintió una grieta abrirse bajo las costillas.
Astrid había pasado su vida convencida de que podía comprender cualquier cosa si tenía suficiente información.
Aquello no.
No existía razonamiento capaz de explicar por qué podía recordar su propia muerte y, al mismo tiempo, escuchar el latido descontrolado de su corazón.
La luz púrpura regresó.
Más intensa.
Astrid la contempló.
—Yo no hago magia.
La energía palpitó.
—No sé hacer magia.
Otra pulsación.
Astrid respiró.
Intentó recuperar algo de control.
Cualquier cosa.
—Bien.
Miró hacia arriba.
—Entonces haz algo útil.
Apoyó ambas manos contra la tapa destrozada.
La luz salió de sus dedos.
La piedra tembló.
Astrid abrió mucho los ojos.
—Oh.
Una grieta apareció sobre ella.
Después otra.
Entre el miedo se abrió paso algo que se parecía demasiado a la esperanza.
—Eso sirve.
Empujó.
La piedra estalló.
ARCADIA
PATIO DE ARMAS
—¡OTRA VEZ!
La voz de Ian atravesó el patio.
Treinta y siete hombres. Doce mujeres. Ninguno vestía igual: corazas prestadas sobre camisas de trabajo, botas reparadas con cordel, chaquetas de la Guardia junto a ropa que todavía olía a campo y establo.
Cuarenta y nueve personas tratando de convertirse en lo que Arcadia necesitaba desesperadamente.
Soldados.
Demasiado pocos. Muchos demasiado jóvenes. Algunos demasiado viejos.
Uno todavía tenía manos acostumbradas al campo.
Otra no conseguía mantener correctamente el peso de la espada.
Era lo que quedaba.
Ian caminó entre las filas.
—¡LEVANTEN LAS ESPADAS!
Las armas subieron.
Una demasiado lenta.
Ian golpeó la hoja con la suya.
—Muerto.
El muchacho parpadeó.
—General…
—Estás muerto.
—Pero…
Ian se acercó.
—Tu enemigo no va a detenerse porque tengas diecisiete años.
El muchacho tragó saliva.
Ian lo vio.
Miedo.
Bien.
El miedo mantenía viva a la gente si aprendía a utilizarlo.
—Otra vez.
El joven levantó el arma.
Ian continuó.
—¡PIES!
Corrigió una posición con la punta de su bota.
—¡NO MIREN EL ARMA!
Otra recluta siguió con los ojos la espada de su compañero.
Ian golpeó la hoja.
Salió despedida.
—Muerta.
La muchacha quedó inmóvil.
—General…
—Mientras mirabas el arma dejaste de mirar a quien intentaba matarte.
Señaló sus propios hombros.
—El cuerpo avisa antes que la espada.
La muchacha miró su arma en el suelo.
—Recógela.
Obedeció.
Ian continuó caminando.
General.
Todavía no terminaba de acostumbrarse.
Había sido capitán durante años.
Conocía a sus hombres.
Sabía quién bebía demasiado. Quién escribía a su esposa antes de cada batalla. Quién temía a los caballos aunque jamás lo admitiría.
Muchos de ellos estaban muertos.
Y él era general de lo que quedaba.
Ian tensó la mandíbula.
No había tiempo para llorarlos.
Eso se repetía cada mañana.
No había tiempo.
Por Astrid tampoco.
Especialmente por Astrid.
Una recluta cayó.
Ian ni siquiera disminuyó el paso.
—Levántate.
La muchacha intentó hacerlo.
Cayó otra vez.
—General…
—Levántate.
—No puedo.
Ian se detuvo.
Aquellas dos palabras atravesaron algo.
No puedo.
Por un segundo ya no vio a la recluta.
Vio a Astrid.
Su sonrisa.
La manera en que podía decirle que algo era imposible y, cinco minutos después, encontrar una forma perfectamente razonada de demostrarle que estaba equivocado.
Astrid.
Ian sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.
No.
Ahora no.
Extendió una mano.
—Sí puedes.
La muchacha levantó los ojos.
—No necesito que seas la mejor.
Ella tomó su mano.
Ian tiró de ella.
—Necesito que cuando llegue algo que no entiendas y quiera matar a la persona que tienes al lado…
La puso de pie.
—…no corras.
La recluta respiró.
Asintió.
Ian soltó su mano.
—Otra vez.
—¡GENERAL!
Ian giró.
Un soldado corría desde la entrada.
—¿Qué ocurre?
—El Consejo Real solicita vuestra presencia.
La mandíbula de Ian volvió a tensarse.
—Estoy ocupado.
—Dicen que es urgente.
Ian miró las filas.
—Todo es urgente.
El soldado dudó.
—Lord Armand ha regresado.
Ian quedó inmóvil.
Claro.
Porque Arcadia aparentemente todavía no había sufrido suficiente.
—Snow.
Ella observaba desde una plataforma. Bajó de la plataforma.
—¿Qué?
Ian le entregó su espada.
—Continúa.
Snow miró a los reclutas.
Después a él.
—¿Seguro?
—Llévalos hasta el límite.
—Eso ya lo haces tú.
Ian empezó a caminar.
—Ian.
Se detuvo.
Snow sostuvo su mirada.
—No los rompas.
Él miró hacia los reclutas.
—Necesitamos soldados.
Snow asintió.
—Precisamente.
Una pausa.
—No cadáveres.
La palabra quedó entre ambos.
Ian apartó la mirada.
Snow comprendió lo que había hecho.
No se disculpó.
Él tampoco se lo habría permitido.
—Dos horas más —dijo Ian.
—Una.
—Dos.
—Una y media.
Ian siguió caminando.
—Te odio.
Snow sonrió apenas.
—Eso significa que tenemos un acuerdo.
ARCADIA
CALABOZOS DEL PALACIO
Tayrus Aevrath abrió los ojos. La túnica oscura que llevaba desde su captura estaba arrugada y gastada en los puños; una mancha seca oscurecía el cuello, pero todavía conservaba la espalda recta de alguien que se negaba a parecer prisionero.
No lo había despertado un ruido.
Lo había despertado magia.
Permaneció inmóvil sobre el pequeño camastro.
Esperó.
Nada.
Por un instante pensó que había sido otra de aquellas sensaciones fantasma que recorrían Arcadia desde la ruptura del Velo.
Entonces llegó de nuevo.
Una pulsación. Débil. Lejana. Pero inequívoca.
Tayrus se incorporó.
—No.
Apoyó los pies en el suelo.
Otra pulsación.
Debajo.
Bajó lentamente la mirada hacia las piedras.
Aquello no tenía sentido.
Llevaba días encerrado allí.
Había aprendido los sonidos de aquel lugar.
Las pisadas de cada guardia. El cambio de turno. Las conversaciones. Las ratas.