Capítulo III — Vhaelor #2
Ella soltó una risa.
Aeron tomó una espada de entrenamiento.
La lanzó.
Saekir apenas consiguió atraparla.
—Posición.
Ella intentó imitar a los Fae que había observado.
—Eso es terrible.
—Llevo cinco segundos.
—Fueron cinco segundos muy malos.
—Qué alentador.
Aeron se acercó.
Le corrigió los pies con la punta de su bota.
—Más separados.
Saekir obedeció.
—Dobla las rodillas.
Lo hizo.
—La espada no es una extensión de tu ego.
—Qué pena. El mío parece bastante grande.
Aeron soltó aire por la nariz.
Saekir sonrió.
—Eso fue otra.
—No llevo ninguna cuenta.
—Yo sí.
Aeron levantó su espada.
—Ataca.
Saekir lo hizo.
Un movimiento.
Él desvió el golpe.
Otro.
Aeron giró la muñeca.
La espada de Saekir salió volando.
Ella la observó caer.
Después lo miró.
Aeron parecía demasiado satisfecho.
—Te odio.
—No.
Saekir levantó una ceja.
—¿Perdón?
Él fue a buscar el arma.
—Si me odiaras habrías intentado golpearme antes de avisarme.
Le devolvió la espada.
Saekir la tomó.
—Quizá estoy aprendiendo modales.
—Eso sí sería preocupante.
Ella rió.
—Dame cinco minutos.
—Te doy diez.
—¿Porque estoy herida?
—Porque eres optimista.
Saekir volvió a atacar.
Esta vez Aeron tuvo que dar un paso atrás.
Solo uno.
Pero ella lo vio.
—¡Te moví!
Aeron miró sus pies.
—Impresionante.
—Admítelo.
—Estoy conteniendo las lágrimas.
—Idiota.
—Otra vez.
Saekir levantó la espada.
Y obedeció.
Porque podía desafiarlo. Podía provocarlo. Podía intentar arrancarle una sonrisa.
Pero cuando Aeron le decía cómo colocar los pies… escuchaba.
Cuando decía que se detuviera… se detenía.
Cuando corregía su posición… ella confiaba.
No tenía recuerdos que justificaran esa confianza.
Pero estaba allí.
Y Saekir empezaba a creer que algunas cosas quizá sobrevivían incluso cuando la memoria no lo hacía.
MÁS ALLÁ DEL VELO
VHAELOR — SECTOR ORIENTAL
Después del entrenamiento, Aeron la condujo hasta una pequeña vivienda.
Nada extravagante. Piedra. Madera.
Una habitación principal. Una mesa. Dos sillas. Una cocina pequeña. Una habitación al fondo.
Una ventana daba hacia los árboles.
Saekir recorrió el lugar.
—¿Era mía?
—No.
Ella giró.
—Entonces, ¿dónde vivía antes?
Aeron dejó una bolsa sobre la mesa.
—En otra zona.
—¿Dónde?
—No importa.
Saekir suspiró.
—Otra puerta cerrada.
Aeron señaló la bolsa.
—Ropa.
Saekir la abrió.
—¿Quién la eligió?
—Saevryn.
—Gracias a los dioses.
—¿Qué significa eso?
Saekir señaló su ropa negra.
—Que si la hubieras elegido tú tendría seis camisas exactamente iguales.
Aeron bajó los ojos hacia sí mismo.
Ella sonrió.
—¿Ves?
—El negro es práctico.
—El negro es aburrido.
—Hace unos días no recordabas tu nombre y ya estás criticando mi ropa.
—Perdí la memoria. No el gusto.
Aeron esbozó una sonrisa. Pequeña. Saekir la guardó.
No lo señaló.
Había aprendido que si lo hacía, él se cerraba.
Aeron caminó hacia la puerta.
—Tengo que irme.
—¿A dónde?
—Asuntos relacionados con la guerra.
—Siempre tienes asuntos relacionados con la guerra.
—Porque seguimos teniendo una.
Saekir bajó la mirada.
—¿Dónde vives tú?
—Sector occidental.
Ella miró hacia la ventana.
—Eso está literalmente al otro lado de Vhaelor.
—Buena orientación.
—Aeron.
—Saekir.
Ella cruzó los brazos.
—¿Por qué tan lejos?
—Porque allí está mi vivienda.
—Claro.
Aeron abrió la puerta.
Saekir intentó bromear.
—Estoy empezando a pensar que realmente no me soportas.
Él se quedó quieto.
Durante un instante pareció que iba a responder algo.
—Tengo responsabilidades.
La guerra.
Otra vez.
Saekir asintió.
—Ve.
Aeron la observó.
—Saekir.
—Estoy bien.
Y él se marchó.
La puerta se cerró.
Saekir quedó sola.
Miró hacia el oeste.
—Definitivamente hice algo.
No encontró otra explicación.
Quizá verla le recordaba muertos.
Quizá había sido tan imprudente que Aeron todavía no podía perdonarla.
No podía obligarlo.
Así que aprendería.
Entrenaría.
Se convertiría en alguien en quien los Desterrados pudieran confiar.
Quizá entonces Aeron dejaría de necesitar vivir al otro lado de Vhaelor para mantenerse lejos de ella.
MÁS ALLÁ DEL VELO
VHAELOR — SECTOR ORIENTAL
Tres horas después, Saekir descubrió que no sabía cocinar.
Contempló la olla.
La olla pareció contemplarla de vuelta.
Una burbuja negra explotó.
Saekir retrocedió.
—Eso ha sido innecesario.
—Yo utilizaría otra palabra.
Saekir gritó.
La cuchara salió volando.
Una Fae esbelta y atlética la atrapó antes de que tocara el suelo. Llevaba una túnica verde de capas ligeras, ceñida por un cinturón lleno de pequeñas bolsas; las mangas estaban recogidas y una mancha de harina cruzaba uno de sus antebrazos.
Cabello cobrizo, corto y muy ondulado. Ojos verdes, vivos y atentos. Orejas puntiagudas.
Era muy hermosa y parecía aproximadamente de su edad, aunque Saekir empezaba a sospechar que aquello significaba muy poco entre Fae.
La desconocida observó la cuchara.
Después la olla.
—¿Eso está vivo?
—Se supone que es comida.
La Fae volvió a mirar.
—Entonces lo siento mucho.
Saekir intentó no reír.
Falló.
—¿Quién eres?
—Oriana.
—Saekir.
Algo cambió en la expresión de Oriana.
Solo un instante.
—Lo sé.
Saekir hizo una mueca.
—Claro. Todo Vhaelor sabe quién soy menos yo.
Oriana se acercó a la olla.
—Esto no puede salvarse.
—Eso es ofensivo.
—Esto es misericordia.
Saekir empezó a reír.
Y así conoció a la primera Fae que parecía dispuesta a tratarla como una persona normal.
Durante las horas siguientes Oriana le enseñó qué podía comer. Qué plantas no debía tocar. Cómo encender algunas piedras de luz. Y qué utensilios jamás debía colocar directamente sobre una llama.
—¿Puedes enseñarme más?
Oriana levantó una ceja.
—¿A cocinar?
—A todo.
La sonrisa desapareció un poco.
Saekir señaló alrededor.
—No sé hacer nada.
—Eso no es cierto.
—Sé caminar.
Contó con un dedo.
—Más o menos.
Otro.
—Sé usar una espada.
Pensó.
—También más o menos.
Oriana sonrió.
—No sé qué comen los Fae.
—Eres Fae.
—Eso dicen.
—Lo eres.
Saekir se sentó.
—Entonces enséñame qué significa.
Oriana la observó.
—¿Nos conocíamos?
La pregunta la sorprendió.
Oriana dudó.
—Sí.
—¿Éramos amigas?
—No.
—¿Enemigas?
—Tampoco.
—¿Entonces?
—Nos conocíamos.
Saekir esperó.
Nada más.
—Aeron te dijo que no me contaras cosas.
Silencio.
Respuesta suficiente.
Saekir suspiró.
—Está bien.
Oriana parpadeó.
—¿No vas a insistir?
—Quiero.
Muchísimo.
—Pero confío en él.
Aquello pareció sorprenderla.
—¿Aunque no recuerdes por qué?
Saekir miró sus manos.
—Sí.
Una pausa.
—Cuando estoy cerca de Aeron hay cosas que mi cabeza no reconoce y mi cuerpo sí.
El corazón. La seguridad. La manera en que podía sentirlo incluso cuando no lo miraba.
—Si dice que todavía no estoy preparada…
Saekir hizo una mueca.
—Intentaré respetarlo.
Oriana sonrió.
—¿Intentarás?
—Tampoco voy a convertirme en santa de repente.
Aquello hizo reír a Oriana.
Y Saekir terminó riendo con ella.
MÁS ALLÁ DEL VELO
VHAELOR — VAEL
Saekir estaba segura de que el entrenamiento había destruido músculos que ni siquiera sabía que tenía.
Por eso, cuando Oriana apareció anunciando una celebración, su respuesta fue inmediata.
—No.
—Necesitas descansar.
—Precisamente. En una cama.
—Eso es aburrido.
—Estoy herida.
—Estás sanando.
—Me duelen hasta las pestañas.
Oriana sonrió.
—Dentro de dos días se celebra Vael. Te hará bien.
Saekir levantó una ceja.
—¿Qué es Vael?
—Una celebración.
—¿Qué celebran?
—Que seguimos vivos.
Saekir quedó en silencio.
Eso le gustó.
Oriana aprovechó.
—Además, Aeron no te prohibió ir.
Saekir entrecerró los ojos.
—Eso es manipulación.
—Es precisión.
—Y si pregunta…
—Estabas descansando emocionalmente.
Saekir empezó a reír.
—Eres una influencia horrible.
—Gracias.
Oriana levantó una prenda morada.
Saekir dejó de reír.
—No.
—Sí.
—Eso no es un vestido.
—Claro que sí.
—¿Dónde está el resto?
Oriana la miró.
—Puesto.
· · ·
Media hora después, Saekir llevaba un vestido morado oscuro que, según ella, dejaba demasiado poco a la imaginación. El tejido era tan ligero que parecía agua sobre la piel; finos hilos plateados recorrían los costados y se encendían cada vez que se movía.
La falda era corta.
La espalda estaba casi completamente descubierta.
El escote descendía más de lo que su cuerpo consideraba prudente.
Saekir volvió a tirar de la falda.
Oriana le golpeó la mano.
—¡Deja de hacer eso!
—¡Se sube!
—Porque caminas.
—Entonces fue diseñado incorrectamente.
—Fue diseñado exactamente para eso.
—Se me ve media pierna.
Oriana miró.
—Tienes dos. Sobrevivirás.
Saekir abrió mucho los ojos.
—¡No mires!
Oriana se dobló de la risa.
—Los Fae son horribles.
—Somos Fae.
Saekir volvió a bajar la falda.
Oriana volvió a golpearla.
—¡Saekir!
—Estoy reconsiderando mi especie.
· · ·
Dos días después, Vael no se parecía a ninguna fiesta que Saekir pudiera imaginar. El aire estaba cargado de fruta especiada, resina quemada y bebidas dulces; telas de colores profundos se movían entre las luces como si la celebración entera respirara.
La música nacía de instrumentos extraños.
Algunos de cuerda. Otros flotaban.
Una Fae movía las manos y utilizaba el viento como si también fuera un instrumento.
Las luces cambiaban de color siguiendo el ritmo.
No había mesas organizadas. Ni lugares asignados.
Los Fae comían, bebían, bailaban y se movían entre grupos con una naturalidad que desorientó completamente a Saekir.
Y se tocaban. Muchísimo.
Manos en cinturas. Cabezas sobre hombros. Besos. Abrazos. Fae sentados sobre otros Fae mientras conversaban como si aquello no tuviera ningún significado particular.
Saekir miraba todo.
Oriana la observó.
—Deja de estudiar a todos como si fueran criaturas extrañas.
—Lo son.
—Eres una de ellas.
—Todavía estoy procesándolo.
Oriana apareció con tres bebidas.
—Primera lección.
Saekir las miró.
—Eso nunca termina bien cuando lo dices.
—Bebidas Fae.
Le entregó la primera.
—Lágrima de luna.
Saekir olió.
No olía a nada.
Bebió.
Dos segundos después sintió que la garganta se incendiaba.
—¡¿QUÉ DEMONIOS?!
Oriana estalló en carcajadas.
—¡Eso no es una bebida!
—Es suave.
—¡¿SUAVE?!
Varios Fae rieron alrededor.
Saekir los señaló.
—¡Nadie les preguntó!
La siguiente bebida era azulada.
Dulce.
Mucho mejor.
La tercera, morada.