Capítulo III — Vhaelor
Capítulo III
Vhaelor
«Le habían dado un nombre, una historia y un enemigo. Ahora solo faltaba conseguir que creyera que todos le pertenecían.»
MÁS ALLÁ DEL VELO
VHAELOR — REFUGIO DE LOS DESTERRADOS
Saekir llevaba cuatro días midiendo la distancia entre la cama y la puerta como si fuera un territorio enemigo.
Aquella mañana llegó hasta ella sola.
No hubo nada glorioso en conseguirlo. Tampoco elegante.
Tuvo que detenerse dos veces. Apoyarse contra la pared una tercera.
Cuando por fin alcanzó el marco de piedra, el pecho le ardía y las piernas apenas obedecían. La camisa de lino prestada se le pegaba a la espalda y el cordón de unos pantalones demasiado grandes amenazaba con ceder cada vez que respiraba.
Pero estaba allí. De pie.
Saekir sonrió.
—Te dije que podía hacerlo.
Aeron permanecía al otro lado de la habitación.
Brazos cruzados. Expresión tranquila. Demasiado tranquila.
—Estás apoyada contra la pared.
Saekir apartó la mano de la pared antes de que Aeron pudiera disfrutar demasiado de haber tenido razón.
Su cuerpo se inclinó.
Volvió a apoyarla.
Aeron arqueó una ceja.
—Eso pensé.
—No significa nada.
—Significa que si la pared desaparece, tú vas detrás.
Saekir lo fulminó con la mirada.
—Empiezo a comprender por qué tengo tantas ganas de golpearte.
—Excelente.
—¿Excelente?
—Necesitarás motivación.
Saekir entrecerró los ojos.
—¿Eso significa que vas a entrenarme?
—Significa que todavía no puedes llegar hasta la puerta sin negociar con una pared.
—Pero llegué.
—Heroico.
Ella soltó aire por la nariz.
—Eres insoportable.
—También sobrevivirás a eso.
Saekir sonrió.
Ahí estaba.
Ese pequeño destello detrás de los ojos.
Aeron tenía una manera peculiar de provocarla.
No era exactamente frío.
Podía ser divertido. Atrevido. Incluso irritantemente arrogante.
Pero cada vez que ella intentaba acercarse más de lo necesario, algo cambiaba.
Una puerta se cerraba.
—Quiero salir.
—No.
—Aeron.
—Saekir.
—Llevo cuatro días mirando estas paredes.
—Llevas cuatro días recuperándote de una espada que te atravesó el corazón.
Saekir bajó los ojos hacia su pecho.
Aeron también.
El silencio apareció demasiado rápido.
—¿Quién lo hizo?
Aeron dejó de moverse.
Saekir levantó la mirada.
—Nunca me lo has dicho.
—No necesitas saberlo ahora.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Tú decidiendo qué necesito saber.
Aeron se separó de la pared.
—Porque hay cosas que no estás preparada para recordar.
—¿Y tú sí sabes lo que recuerdo?
—No.
—Entonces…
—Saekir.
La voz cambió.
No fue más fuerte.
Pero ella se detuvo.
Había aprendido algo de él.
Podía bromear con Aeron. Podía provocarlo. Podía discutir durante media hora si quería.
Pero cuando utilizaba aquel tono… escuchaba.
No sabía por qué.
Simplemente confiaba.
Saekir respiró.
—Bien.
Aeron pareció sorprendido.
—¿Bien?
—No pongas esa cara. Sé obedecer.
—Eso todavía está por comprobarse.
—Qué poca fe.
—Experiencia.
Ella sonrió.
—Eso ha sonado personal.
Aeron guardó silencio.
Otra frase para guardar.
Saekir se separó nuevamente de la pared.
Dio dos pasos.
El tercero dolió.
Lo ocultó.
—Dijiste que empezaríamos cuando pudiera caminar.
—Dije que empezaríamos cuando pudieras golpearme sin caerte.
Saekir arqueó una ceja.
—Puedo intentarlo ahora mismo.
—Te romperías la mano.
—Entonces me enseñarás a no hacerlo.
Aeron soltó una pequeña risa.
Saekir lo señaló.
—Eso.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Te reíste.
—No.
—Sí.
—Estás recuperándote de una herida grave. Quizá también tengas problemas de audición.
Saekir abrió mucho los ojos.
—Definitivamente te reíste.
Aeron caminó hacia la puerta.
—Vístete.
Ella parpadeó.
—¿Qué?
Él abrió.
—Querías salir.
Saekir sonrió.
—¿Hablas en serio?
—Estoy empezando a arrepentirme.
—Demasiado tarde.
MÁS ALLÁ DEL VELO
VHAELOR — REFUGIO DE LOS DESTERRADOS
Saekir esperaba una aldea.
No estaba preparada para Vhaelor.
Se detuvo apenas cruzó la puerta.
El refugio se extendía dentro de una garganta inmensa entre montañas.
No parecía construido.
Parecía haber crecido allí.
Las viviendas emergían directamente de la roca. Puentes de madera oscura y piedra atravesaban el vacío entre las paredes de la garganta. Raíces enormes abrazaban algunas construcciones antes de volver a desaparecer dentro de la montaña.
Había escaleras. Terrazas. Pasadizos elevados. Pequeñas plazas.
Y luces. Cientos. Pequeñas esferas flotaban entre las construcciones como estrellas atrapadas demasiado cerca del suelo.
Saekir levantó la cabeza.
Los árboles eran enormes.
Sus troncos se perdían entre las construcciones y sus ramas formaban un techo vivo sobre el refugio.
Destellos azulados aparecían entre las hojas.
Saekir olvidó por un momento el dolor.
—Vhaelor.
Aeron estaba a su lado.
Ella giró.
—¿Qué?
—Así se llama.
Saekir volvió hacia el paisaje.
—Vhaelor.
Le gustó.
—¿Este es nuestro hogar?
Aeron tardó un instante.
—Nuestro refugio.
Saekir notó la diferencia.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Entonces dónde está nuestro hogar?
Aeron levantó la mirada hacia las montañas.
—Aetheryn.
Saekir siguió sus ojos.
Solo había picos cubiertos por neblina plateada.
—¿Es una ciudad?
—Un reino.
Ella giró.
—¿Tenemos un reino?
—Los Fae tienen uno.
—Somos Fae.
—Sí.
—Entonces tenemos un reino.
—No funciona así.
Saekir suspiró.
—Contigo nada funciona de manera sencilla.
Él empezó a caminar.
—Te acostumbrarás.
Saekir lo siguió.
—¿Por qué no vivimos en Aetheryn?
—Porque fuimos expulsados.
Saekir se detuvo.
Aeron también.
—Los Desterrados.
—Sí.
—Entonces nos echaron.
—A quienes eligieron este lado.
Saekir frunció el ceño.
—Eso no responde realmente.
Aeron siguió caminando.
Ella fue detrás.
—Haces eso mucho.
—¿Qué cosa?
—Responder lo suficiente para que parezca que respondiste.
—Quizá haces demasiadas preguntas.
—Quizá tú contestas demasiado poco.
Aeron dejó pasar la pregunta sin defenderse.
Saekir sonrió.
Eso también empezaba a resultarle familiar.
Continuaron descendiendo.
Había Fae por todas partes. Las ropas no revelaban rangos con la claridad de una corte humana: túnicas bordadas convivían con chaquetas reparadas, brazales de cuero, faldas superpuestas y botas cubiertas de polvo. La riqueza y la necesidad parecían haber aprendido a caminar juntas.
Un Fae de cabello completamente blanco transportaba varias cajas como si no pesaran nada.
Dos Fae discutían junto a un puesto lleno de frascos.
Más adelante varios niños corrían persiguiendo pequeñas luces.
Uno de ellos pasó frente a Saekir.
Se detuvo.
La miró.
Saekir levantó una mano.
—Hola.
El niño palideció.
Una Fae acudió.
Lo tomó del brazo.
—Ven.
—Pero…
—Ahora.
La Fae miró a Saekir.
Miedo.
Saekir dejó de sonreír.
Aeron también se había detenido.
—¿Por qué hizo eso?
—No importa.
Saekir lo miró.
—Aeron.
—Continúa.
Ella volvió a mirar.
Entonces empezó a notarlo.
Las miradas.
Todos sabían quién era.
Algunos inclinaban la cabeza.
Otros se apartaban.
Algunos la observaban con respeto. Otros con miedo.
Y unos pocos… con resentimiento.
Saekir disminuyó el paso.
—Me conocen.
—Vivías aquí.
—Eso no explica cómo me miran.
Aeron permaneció en silencio.
Saekir sintió que una idea empezaba a formarse.
—Murió gente.
Aeron se detuvo.
—En la guerra.
—Sí.
—Gente nuestra.
—Sí.
—¿Cuánta?
—Demasiada.
Saekir miró alrededor.
El refugio dejó de parecer únicamente hermoso.
Aquellas eran personas que habían perdido a alguien.
Y ella había estado allí.
—Yo hice algo.
Aeron frunció el ceño.
—¿Qué?
—Por eso me miran así.
—No.
—Entonces explícame.
Nada.
Saekir respiró.
—Era imprudente.
—Mucho.
Ella abrió los brazos.
—Gracias.
Aeron comprendió demasiado tarde.
—No fue lo que quise decir.
Saekir levantó una ceja.
—¿Acabas de admitir que dijiste algo mal?
—No abuses.
—Esto merece una celebración.
Aeron negó y continuó caminando.
Ella lo alcanzó.
—Yo desobedecía órdenes.
—Constantemente.
—¿Tus órdenes?
—Algunas.
—Entonces eras mi superior.
—En ocasiones.
Saekir pensó.
—¿Murió alguien porque no te obedecí?
Aeron se detuvo.
La respuesta tardó demasiado.
—En una guerra todos cometemos errores.
Saekir sintió que aquello confirmaba exactamente lo que temía.
—Entonces sí.
—No he dicho eso.
—Tampoco dijiste que no.
—No cargues muertos que no recuerdas.
Saekir tragó saliva.
—Eso tampoco es un no.
—Es la respuesta que vas a recibir.
Ella guardó silencio.
Quizá había sido imprudente.
Quizá alguien había muerto.
Quizá Aeron había perdido a alguien por su culpa.
Eso explicaría muchas cosas.
Por qué se quedaba para ayudarla. Por qué la entrenaba. Y por qué parecía necesitar poner una montaña entre ambos cada vez que se acercaban demasiado.
Saekir levantó la cabeza.
—Está bien.
—No, no lo está.
—No necesito que lo esté.
Señaló su cabeza.
—No puedo cambiar algo que ni siquiera recuerdo.
Después miró hacia los Fae.
—Pero puedo evitar volver a hacerlo.
Aeron permaneció inmóvil.
—Por eso necesito que me entrenes.
—No tienes nada que compensar.
—Eso lo decidiré cuando recuerde.
—Puede que nunca recuerdes.
La frase la golpeó.
Aeron pareció arrepentirse.
Saekir bajó los ojos.
—Entonces tendré que decidir quién quiero ser ahora.
Silencio.
Aeron la observó un momento.
—Ven.
—¿Adónde?
—A darte una oportunidad de arrepentirte de haber insistido tanto.
Saekir sonrió.
—Eso sí suena interesante.
MÁS ALLÁ DEL VELO
VHAELOR — CAMPO DE ENTRENAMIENTO
El campo estaba excavado entre dos paredes de roca. El suelo, cubierto de arena oscura, olía a sudor, metal caliente y polvo mágico. Armeros abiertos ocupaban un lateral; en el otro, marcas de quemaduras trepaban por la piedra hasta una altura poco tranquilizadora.
Decenas de Fae entrenaban.
Espadas. Arcos. Lanzas. Magia.
Una Fae extendió una mano y una cinta de luz se enrolló alrededor de las piernas de su adversario.
El Fae cayó.
Saekir sonrió.
—Quiero hacer eso.
—No.
—No sabes qué iba a decir.
—Sí.
—Podía estar hablando de su cabello.
—No estabas hablando de su cabello.
Saekir giró.
—¿También lees pensamientos?
—No hace falta contigo.
—Eso fue grosero.
—Sobrevivirás.
Saekir sonrió.
—¿Tú vas a enseñarme?
—Sí.
—¿Personalmente?
—Por desgracia.
—Puedes fingir un poco de entusiasmo.
—Estoy eufórico.
—No se nota.
—Por dentro estoy celebrándolo.