LA MÉDIUM II Capítulo II — Las coronas vacías #5
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Capítulo II — Las coronas vacías #5

—No me compares con ellos.

—Entonces no te conviertas en ellos.

Ian cerró los ojos.

—Basta.

Esta vez ambos callaron.

Snow señaló al prisionero.

—No sabes quién es.

—Es uno de ellos.

—Eso no es un nombre.

Alaric guardó silencio.

—No sabes qué piensa de Eleonora. No sabes qué hizo. No sabes por qué quedó atrapado en Arcadia.

Una pausa.

—No sabes nada.

Snow volvió hacia el rey.

—Y ya estás pensando en cómo destruirlo.

Alaric sostuvo la mirada de Snow.

—Entonces dime qué propones.

Snow respiró.

—Que dejemos de actuar como animales heridos.

Ian arqueó una ceja.

—Podías haber elegido otras palabras.

—Podía.

Snow miró al rey.

—No quise.

Después señaló al prisionero.

—Él es nuestra única puerta al otro lado.

El prisionero levantó la cabeza.

—No voy a ayudarlos.

Snow lo miró.

—Ya llegaremos a eso.

—No voy a traicionar a los míos.

—Bien.

Aquella respuesta lo desconcertó.

—¿Bien?

Snow asintió.

—No confío en alguien dispuesto a entregar a los suyos demasiado rápido.

Ian casi sonrió.

—Empiezo a recordar por qué los Disidentes te seguían.

Snow no lo miró.

—Yo nunca lo olvidé.

Volvió hacia Alaric.

—No podemos cruzar el Velo con un ejército.

—Todavía —respondió Alaric.

Snow lo señaló.

—Ese «todavía» es exactamente el problema.

Ian se acercó.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Snow lo miró.

—Nos convertimos en algo que conocemos mejor que ellos.

Ian entendió primero.

—Espías.

Snow asintió.

—Estrategas.

Miró al prisionero.

—Aprendemos sus nombres. Sus territorios.

Ian continuó:

—Sus jerarquías.

—Sus conflictos —añadió Snow.

Alaric permaneció en silencio.

Pero escuchaba.

—Sus enemigos —dijo finalmente.

Snow lo miró.

—Sí.

—Sus aliados —añadió Ian.

—Sus debilidades —terminó Alaric.

Snow tardó un instante.

—También.

El joven los observó.

—Hablan como si fueran a conquistar nuestro mundo.

Snow giró hacia él.

—No.

Se acercó.

—Hablo como alguien que ya perdió una guerra por no comprender suficientemente a las personas que tenía delante.

Silencio.

—No necesito tu magia.

Miró sus manos.

—Necesito tu memoria.

El joven frunció el ceño.

Snow arrastró una silla.

Se sentó frente a él.

—Vamos a empezar otra vez.

—Ya dije que no voy a decirles cómo llegar hasta los nuestros.

—Todavía no te he preguntado eso.

Snow cruzó una pierna.

—Quiero saber quiénes eran los Desterrados antes de convertirse en los Desterrados.

El muchacho la observó.

—Ya se lo expliqué.

—No todo.

—Lo suficiente.

—Eso también lo decidiré yo.

Ian se sentó junto a la mesa y tomó una hoja.

Alaric permaneció de pie.

Snow preguntó:

—Eleonora estaba condenada a muerte.

El joven asintió.

—Ustedes la rescataron.

—Sí.

—Aeron estaba con ustedes.

—Sí.

—La trajeron hasta Arcadia.

Los ojos del muchacho descendieron.

—Sí.

Snow se inclinó hacia delante.

—Y cuando finalmente comprendieron lo que realmente estaba haciendo, ya era demasiado tarde.

El joven levantó lentamente la mirada.

—Sí.

—Entonces quiero saber todo lo que ella sabe que nosotros ignoramos.

Silencio.

—Cada historia. Cada nombre. Cada ley. Cada error que cometieron siguiéndola.

El muchacho apretó la mandíbula.

Snow mantuvo su mirada.

—Porque si Agatha está viva…

Alaric tensó el rostro.

Snow no se detuvo.

—…quiero saber exactamente qué mundo tiene alrededor.

Después miró al rey.

—Y si está muerta…

Pausa.

—quiero saber quién merece pagar realmente por todo esto.

Alaric no respondió.

Ian mojó la pluma.

—Empieza por la Corte Fae.

El muchacho miró hacia él.

—Necesitará más papel.

Ian acercó otra hoja.

—Tengo un reino entero.

Snow se acomodó en la silla.

—Y toda la noche.

Alaric permaneció bajo la luz de las antorchas.

Su corona proyectaba una sombra oscura sobre sus ojos.

—Habla.

El joven los observó.

Un rey que había enterrado a una hija y creía haber matado a la otra.

Un hombre que todavía no sabía cómo dejar de sostener a todos para permitirse caer.

Una mujer que se negaba a dar por muerta a alguien sin mirar su cadáver.

Y él. Un Desterrado que acababa de descubrir que las historias que le contaron durante toda su vida ya no eran historias.

La magia había regresado.

Eleonora había conseguido lo que quiso durante siglos.

Pero quizá no de la forma en que había esperado.

Finalmente respiró.

—Si realmente quieren entender a Eleonora…

Ian preparó la pluma.

—Sí.

El muchacho levantó los ojos hacia Alaric.

—Entonces van a tener que entender primero a su padre.

El rey frunció el ceño.

Snow dejó de moverse.

Ian apoyó la punta de la pluma sobre el papel.

Esta vez ninguno de ellos hizo otra pregunta.

Escucharon.

Afuera, Arcadia continuaba llorando a sus princesas.

Las campanas seguían sonando.

Las velas continuaban ardiendo.

Y mientras un reino entero creía que acababa de cerrar la historia de sus herederas, bajo el palacio comenzaba a abrirse otra.

Una que había empezado mucho antes de que cualquiera de ellos naciera. Mucho antes de Arcadia. Mucho antes de la religión que habían aprendido a llamar suya.

Y quizá mucho antes de que Eleonora decidiera que una profecía podía dejar de ser destino… si alguien era suficientemente cruel para obligarla a cumplirse.