Capítulo II — Las coronas vacías #4
—¿Qué significa eso?
—Eleonora forzó las circunstancias de su nacimiento.
Una pausa.
—Manipuló su vida. La llevó hasta el despertar.
Otra.
—Pero despertar la magia y controlar a quien la despertó no son la misma cosa.
Ian sintió un escalofrío.
—Agatha puede elegir.
El muchacho lo miró.
—Si todavía puede.
Alaric palideció.
Snow se acercó.
—¿Qué significa eso?
El joven dejó caer los párpados.
—No sé qué ocurrió después de que Aeron cruzara con ella.
Los abrió.
—Pero sé que no se la llevó por casualidad.
Alaric se tensó.
—¿Puede estar viva?
El joven lo miró.
—No lo sé.
Snow se volvió hacia Alaric.
—Ahí está.
El rey la miró.
—No.
—Alaric…
—Deja de decir tonterías.
La voz salió baja.
Pero hizo callar toda la habitación.
—No me hables de posibilidades.
Snow permaneció quieta.
—Yo estaba allí.
Alaric miró sus propias manos.
—Sabía que era Agatha.
Ian cerró los ojos.
El joven levantó lentamente la cabeza.
—No confundí su rostro.
—No creí que fuera otra persona.
La respiración de Alaric comenzó a romperse.
—Sabía exactamente quién estaba delante de mí.
Su voz descendió.
—Era mi hija.
Silencio.
—Y levanté la espada.
Snow perdió parte de la dureza del rostro.
—Alaric…
—La magia estaba fuera de control.
Sus ojos se perdieron en el recuerdo.
—Arcadia estaba cayendo.
—La gente huía.
—Los soldados no podían acercarse.
Una pausa.
—Y Agatha tampoco podía detenerlo.
Ian apretó la mandíbula.
Él lo recordaba.
El caos.
La luz.
El terror.
Alaric continuó:
—La miré.
Su voz comenzó a quebrarse.
—La miré a los ojos antes de hacerlo.
Snow bajó la mirada.
—Y tuve que tomar una decisión.
Silencio.
—Una que ningún padre debería tener que tomar.
Alaric respiró.
—Mi hija…
Una pausa.
—…o mi reino.
Ian sintió que algo se cerraba en su garganta.
—Y elegí Arcadia.
Una lágrima descendió por el rostro del rey.
—Elegí mi reino sobre mi bebé.
La voz se quebró.
—Sobre mi hija.
Nadie habló.
—Quizá Agatha no llevaba mi sangre.
Negó.
—Pero no necesito sangre para saber que era mía.
Ian bajó la cabeza.
—Yo la crié.
Otra lágrima.
—Yo la cuidé.
—La vi crecer.
Su voz tembló.
—Sabía cuándo mentía.
Una sonrisa rota apareció.
—Sabía cuándo decía que estaba bien solo para que dejáramos de preguntarle.
La sonrisa murió.
—Habría dado mi vida por ella.
Silencio.
—Sin pensarlo.
Miró la corona.
—Habría entregado esto.
—Mi nombre.
Una pausa.
—Todo.
Negó lentamente.
—Pero aquella noche no me pidieron mi vida.
Sus ojos volvieron hacia Snow.
—Me pidieron elegir entre ella y miles.
La mandíbula le tembló.
—Y elegí a miles.
Pausa.
—Maté a una.
La voz desapareció.
—A la mía.
Ian se acercó.
—Alaric.
El rey levantó una mano.
—No me digas que hice lo correcto.
Ian cerró la boca.
—No me digas que no tuve elección.
Silencio.
—Tuve una.
Una lágrima más.
—Y la tomé.
Alaric miró a Snow.
—Así que deja de decirme que puede estar viva.
Snow guardó silencio.
—Sentí la espada entrar.
Su mano fue hasta su propio pecho.
—Sentí cómo atravesaba su corazón.
Una pausa.
—Y la miré a los ojos mientras ocurría.
La voz se rompió.
—Así que no.
Negó.
—No quiero esperanza.
Snow respiró.
—No te estoy ofreciendo esperanza.
Alaric soltó una risa amarga.
—¿Entonces qué demonios estás haciendo?
Snow sostuvo su mirada.
—Negándome a enterrarla sin un cadáver.
Alaric cerró los ojos.
—La atravesé en el corazón.
—Lo sé.
—Nadie sobrevive a eso.
—Hasta hace una semana yo habría dicho que nadie podía atravesar una pared de luz y desaparecer.
Alaric abrió los ojos.
Snow señaló al joven.
—Habría dicho que la magia no existía.
—No es lo mismo.
—No sé si lo es.
Snow dio un paso.
—Y tú tampoco.
Alaric apretó la mandíbula.
—Yo vi suficiente.
—Yo también.
Algo cambió en la voz de Snow.
Ian la miró.
—Yo vi a Agatha mucho antes de todo esto.
Alaric permaneció quieto.
—La vi cuando los Disidentes la tuvieron.
El silencio se volvió diferente.
—La humillaron.
Snow tragó saliva.
—La golpearon.
—Hombres.
—Mujeres.
Sus ojos se perdieron en el recuerdo.
—Personas que se creían fuertes porque podían rodear a una chica sola.
Ian bajó la mirada.
Snow continuó:
—Recuerdo su cara.
Una pausa.
—Eso es lo que nunca pude olvidar.
Alaric la observaba.
—Tenía miedo.
Snow no intentó embellecerlo.
—Mucho.
—Sabía que podían matarla.
—Sabía que quizá nadie iba a entrar por aquella puerta para salvarla.
Su voz descendió.
—Y entonces le cambió la mirada.
Ian levantó lentamente los ojos.
—No dejó de tener miedo.
Snow negó.
—Hizo algo más difícil.
Pausa.
—Decidió luchar teniendo miedo.
Algo se quebró en su expresión.
—Vi cómo cambió su postura.
—Cómo cerró las manos.
—Cómo empezó a buscar dónde golpear.
Una pequeña sonrisa triste.
—No sabía pelear como nosotros.
Negó.
—Pero no le importó.
Miró a Alaric.
—La tiraban al suelo y se levantaba.
Una vez.
—Otra.
Otra.
—Hasta que dejó de parecer una chica rodeada de personas que querían matarla.
Snow respiró.
—Y empezó a parecer alguien que había decidido que nadie iba a elegir por ella el momento en que dejaría de existir.
Alaric dejó caer los párpados.
—Esa es la Agatha que yo conocí.
Snow se acercó.
—No sé si está viva.
Pausa.
—Pero le debo algo a esa chica.
Alaric abrió los ojos.
—¿Qué?
Snow tardó en responder.
—No rendirme antes que ella.
Silencio.
—Así que hasta que vea su cadáver…
Su voz se endureció.
—…no voy a descansar.
Alaric la observó.
—Y si encuentras uno, ¿qué?
Snow sostuvo su mirada.
—Entonces la enterraremos.
No titubeó.
—Y después veremos qué queda de nosotros.
Ian respiró lentamente.
Alaric apartó la mirada.
—Ese día no murió solamente Agatha.
Ian se tensó.
El rey miró hacia la oscuridad.
—Murió Astrid.
El nombre cambió su rostro.
La furia desapareció.
—Mi pequeña.
Snow bajó la mirada.
—Mi dulce Astrid.
Alaric soltó una respiración rota.
—Nunca la dejamos brillar.
Ian levantó la cabeza.
—Alaric…
—Es verdad.
Miró hacia él.
—La vimos pasar su vida intentando ser aquello que otros esperaban.
—Una buena princesa. Una buena hija. Una buena creyente.
Su mandíbula se endureció.
—Siempre obedeciendo. Siempre intentando hacer lo correcto. Siempre preguntándose si sentir algo diferente estaba mal.
Ian no respondió.
—¿Y para qué?
La rabia volvió.
—¿Por una religión que ahora descubro que una mujer fabricó para manipularnos?
Snow permaneció en silencio.
—Entró en nuestras vidas. Nos enfrentó. Nos hizo creer. Nos hizo temer. Nos movió como piezas.
Alaric se golpeó el pecho.
—Y yo la dejé.
—No sabías —dijo Ian.
El rey giró.
—¡Estoy cansado de escuchar que no sabía!
Ian calló.
—Era el rey.
Alaric señaló la corona.
—Mi obligación era saber.
Silencio.
—Mi obligación era protegerlas.
Su voz se quebró.
—Y perdí a las dos.
Ian se acercó.
Alaric retrocedió.
—Ese día murió Astrid.
Una pausa.
—Ese día atravesé el corazón de Agatha.
Miró la corona.
—Y ese día también murió otro hombre.
Snow supo lo que venía.
—El antiguo rey de Arcadia.
Ian negó.
—No.
Alaric lo miró.
—Sí.
—Sigues siendo tú.
—No.
El rey tomó la corona entre las manos.
—El hombre que creía que todo podía resolverse escuchando.
Se la colocó.
—El hombre que perdonaba.
—El hombre que siempre buscaba otra salida.
Sus ojos se volvieron fríos.
—Ese hombre murió con mis hijas.
Snow sintió algo incómodo en el pecho.
—Alaric.
—No quiero magia en Arcadia.
El joven Desterrado lo observó.
—No quiero seres mágicos. No quiero artefactos. No quiero rituales.
Su voz se endureció.
—No quiero nada de ese mundo dentro de mis fronteras.
Snow avanzó.
—No puedes borrar algo porque lo odies.
Alaric giró.
—Puedo impedir que vuelva a destruir mi reino.
Ian se colocó entre ambos.
—¿Qué piensas hacer?
Alaric miró al prisionero.
—Aprender.
Snow frunció el ceño.
—Eso es exactamente lo que necesitamos.
—No por las mismas razones.
Silencio.
Alaric caminó hasta el joven.
—Si la magia tiene reglas, las aprenderé.
El muchacho sostuvo su mirada.
—Si tiene límites, los encontraré.
Una pausa.
—Si puede bloquearse…
Los dedos del joven se tensaron.
Alaric lo vio.
—Si puede drenarse…
Snow también vio la reacción.
—…encontraré cómo hacerlo.
—Alaric —advirtió Snow.
Él no se volvió.
—Y si debo aprender sus propias leyes para volverlas contra ellos…
Una pausa.
—lo haré.
El joven levantó la cabeza.
Alaric sostuvo su mirada.
—Si tengo que matar a cada ser mágico que amenace Arcadia, lo haré.
Ian quedó inmóvil.
Snow también.
—No importa lo que sea.
La voz del rey era helada.
—No importa qué reglas tenga su mundo.
—Las aprenderé. Las romperé. O jugaré con ellas hasta encontrar la forma de proteger el mío.
Snow lo observó durante varios segundos.
—Ese camino ya lo conozco.
Alaric frunció el ceño.
—¿Qué?
—El de los hombres convencidos de que pueden decidir qué debe desaparecer para que los demás estén seguros.
Silencio.
—Todos encuentran una buena razón al principio.
La mandíbula del rey se endureció.