Capítulo II — Las coronas vacías #3
El nombre hizo que Alaric tensara todo el cuerpo.
—¿Qué hizo?
—Lo que nadie debía hacer.
Pausa.
—Decidió que no iba a esperar.
—¿Esperar qué?
—A la Médium.
Silencio.
Ian miró a Alaric.
El muchacho continuó:
—Eleonora pertenecía a la familia real Fae.
Alaric quedó inmóvil.
—¿Familia real?
—Era la heredera del reino.
Snow parpadeó.
—Eleonora era la heredera.
—Sí.
Alaric soltó una risa sin humor.
—Por supuesto.
El joven continuó.
—La profecía de la Médium existía desde mucho antes que cualquiera de nosotros. El Consejo Férico la consideraba sagrada.
—¿Sabían cuándo aparecería? —preguntó Ian.
—No.
—¿Quién sería?
—No.
—Entonces, ¿qué sabían?
—Que no debía ser forzada.
Snow entendió.
—Pero Eleonora lo hizo.
El joven asintió.
—Utilizó magia prohibida.
Alaric se quedó quieto.
—Magia negra.
—Sí.
Ian escribió aquellas dos palabras.
—¿Para qué?
El muchacho tardó en contestar.
—Para alterar lo que debía ocurrir.
—¿Cómo?
El joven levantó la mirada.
—Eligiendo al hombre del que necesitaba quedar embarazada.
La pluma de Ian se detuvo.
Alaric palideció.
Snow miró al rey.
—¿Estás diciendo que Eleonora…?
—Forzó las condiciones necesarias para concebir a quien ella creía que sería la Médium.
Silencio.
—No quería esperar a que la profecía se cumpliera.
El muchacho tragó saliva.
—Quiso crearla.
Alaric apretó los puños.
—Agatha.
—Agatha fue el resultado.
El rey avanzó.
—No hables de mi hija como si fuera un experimento.
El joven sostuvo su mirada.
—No estoy diciendo lo que ella era.
Pausa.
—Estoy diciendo lo que Eleonora hizo.
Aquello detuvo a Alaric.
Snow intervino.
—¿Y el Consejo Fae lo descubrió?
—Sí.
—¿Qué hicieron?
La expresión del muchacho se endureció.
—La despojaron de todo.
Ian volvió a escribir.
—¿De la sucesión?
—De su posición. De sus privilegios. De cualquier derecho sobre el trono.
Snow preguntó:
—¿Su padre?
El joven la miró.
—Su padre apoyó la condena.
Silencio.
—Para la Corte, Eleonora no había cometido únicamente un crimen.
Una pausa.
—Había provocado una anomalía temporal.
Ian frunció el ceño.
—¿Alterado el futuro?
—Eso creía el Consejo.
—¿Lo hizo?
El joven negó lentamente.
—Nadie sabe hasta dónde.
Snow se cruzó de brazos.
—Pero la condenaron.
—A muerte.
Alaric levantó los ojos.
—¿Iban a ejecutarla?
—Sí.
—¿Y escapó?
El muchacho lo miró.
—No sola.
Silencio.
Snow comprendió.
—Ustedes.
El muchacho asintió.
—Nosotros.
Ian volvió hacia él.
—Los Desterrados.
—Todavía no nos llamaban así.
—¿Quiénes eran?
El muchacho tardó en responder.
—Los que creímos que ella tenía razón.
Alaric soltó una risa oscura.
El joven lo miró.
—Es fácil juzgarlo ahora.
—Mis hijas están muertas por esa mujer. Tengo derecho a juzgarla.
—A ella, sí.
El muchacho endureció el rostro.
—A nosotros quizá también.
Snow percibió la culpa.
—Creían en su causa.
—Creíamos en la Médium.
—No es lo mismo.
—Entonces lo parecía.
El joven respiró profundamente.
—La magia se debilitaba. Nuestro mundo se estaba apagando y la Corte seguía pidiendo paciencia.
—Eleonora les ofreció actuar —dijo Snow.
—Sí.
Ian preguntó:
—¿Aun sabiendo que utilizó magia prohibida?
El joven miró al suelo.
—Creíamos que había hecho lo necesario.
El silencio fue inmediato.
Snow giró lentamente hacia Alaric.
Él también había escuchado aquellas palabras.
Lo necesario.
Alaric endureció la expresión.
—No me compares con ella.
El joven levantó los ojos.
—No lo hice.
Snow intervino.
—¿Qué ocurrió cuando intentaron ejecutarla?
—Aparecimos nosotros.
—¿La liberaron?
—Sí.
—¿Y Aeron?
La expresión del muchacho cambió.
—Estaba con nosotros.
Ian tomó nuevamente la pluma.
—¿Desde el principio?
—Desde antes de que nos llamaran Desterrados.
Snow se inclinó hacia delante.
—Entonces Aeron ayudó a Eleonora.
—Todos lo hicimos.
No había orgullo en su voz.
—Nos enfrentamos a la Corte. La sacamos de allí. La protegimos.
Una pausa.
—Y cuando ya no había forma de regresar…
Miró las cadenas.
—la ayudamos a llegar a Arcadia.
Alaric se quedó completamente inmóvil.
—Ustedes la trajeron.
—Sí.
Ian dejó la pluma.
Snow vio cómo la rabia regresaba al rostro del rey.
Alaric dio un paso.
—Ustedes trajeron a esa mujer a mi reino.
—Sí.
Alaric agarró al joven por la ropa.
—¡Todo esto ocurrió porque ustedes la ayudaron!
—¡Y nosotros pagamos por ello!
—¿Pagaron?
Alaric tiró de él.
—¿Dónde están tus hijas?
Ian se levantó.
—Alaric.
—¿Dónde están enterradas?
—¡Alaric!
Ian consiguió separarlo.
El rey se revolvió.
—¡Suéltame!
—¡Déjalo hablar!
—¡Ellos la trajeron!
—¡Y quiero saber por qué!
Aquello consiguió detenerlo.
Ian lo soltó lentamente.
Snow esperó.
—¿Por qué Arcadia?
El muchacho levantó la mirada.
Algo parecido a vergüenza atravesó su rostro.
—Porque nadie los miraba.
Ian frunció el ceño.
—¿Qué?
—Los Fae.
Una pausa.
—Éramos arrogantes.
No intentó suavizarlo.
—Su reino no significaba nada para nosotros.
El rostro de Alaric se endureció.
—Los humanos envejecían demasiado rápido. Morían demasiado rápido. Sus reinos nacían y desaparecían mientras los nuestros seguían allí.
Snow cruzó los brazos.
—Éramos insignificantes.
—Sí.
Ian arqueó una ceja.
—Encantador.
—Preguntaron.
—Continúa.
El joven respiró.
—Por eso Arcadia era perfecta.
Alaric lo miró con odio.
—Perfecta para esconderse.
—Para empezar de nuevo. Para construir algo donde la Corte Fae jamás pensaría buscar.
Snow frunció el ceño.
—¿Construir qué?
El muchacho la miró.
—Lo que Eleonora quería que nuestro propio reino hubiera sido.
Silencio.
Ian empezó a comprender.
—La religión.
El joven asintió.
Snow palideció.
—Nuestra fe…
—Eleonora les dio una.
Alaric dio un paso atrás.
—No.
—Les dio símbolos. Ritos. Una figura sagrada.
Snow susurró:
—La Médium.
—Sí.
Ian quedó helado.
—Todo este tiempo…
—Su religión no apareció por casualidad.
Alaric negó.
—Mi padre creía.
El joven bajó la mirada.
—Su padre también.
—Y el padre de mi padre.
Nada.
—Generaciones.
La voz del rey apenas existió.
—Nos manipuló durante generaciones.
—Sí.
Alaric apartó la mirada.
Snow observó algo hundirse dentro de él.
No rabia. Algo peor.
Todo aquello que creyó conocer sobre su mundo acababa de moverse bajo sus pies.
Snow volvió hacia el muchacho.
—¿Y Astrid?
Él levantó los ojos.
—¿Qué pasa con ella?
—Arcadia creyó que Astrid era la Médium.
—Sí.
—¿Eleonora quería que creyéramos eso?
El joven tardó demasiado.
Snow lo notó.
—Responde.
—Sí.
Ian frunció el ceño.
—¿Por qué, si era a Agatha a quien necesitaba?
—Porque nadie debía mirar a Agatha.
Silencio.
Alaric levantó lentamente la cabeza.
—Mientras todos miraran a Astrid —continuó el joven—, Agatha podía ser llevada hasta donde Eleonora necesitaba.
Ian sintió frío.
—¿Hasta dónde?
—Hasta el límite.
Snow comprendió.
—La estaba provocando.
—Sí.
—Presionándola.
—Sí.
—Rompiéndola.
El joven volvió a bajar la mirada.
—Sí.
Alaric se acercó lentamente.
Ya no gritaba.
—¿Por qué?
—Porque no bastaba con que la Médium naciera.
Silencio.
—Tenía que despertar.
Ian recordó todo.
Cada pérdida. Cada miedo. Cada cosa que había empujado a Agatha un poco más.
—Nada fue casualidad —murmuró.
El joven lo miró.
—No.
—¿Todo?
—No puedo saber cuánto controlaba realmente.
Una pausa.
—Pero mucho más de lo que cualquiera de nosotros comprendió.
Snow sintió un escalofrío.
—Fuimos piezas.
El muchacho bajó la mirada.
—Todos.
Alaric soltó una risa vacía.
—Mi reino.
Una pausa.
—Mi familia.
Otra.
—Mi religión.
Su rostro se quebró.
—Mis hijas.
Ian se acercó.
—Alaric…
—Piezas.
El joven no dijo nada.
Snow volvió hacia él.
—¿Cuándo lo descubrieron?
Silencio.
—Dijiste que la apoyaban.
—Sí.
—Entonces algo tuvo que cambiar.
Los ojos del muchacho se oscurecieron.
—Mayara.
Ian frunció el ceño.
—¿Quién?
—La hermana de Aeron.
Snow guardó silencio.
—Mayara fue la primera de nosotros que comprendió lo que Eleonora estaba haciendo con Agatha.
—¿Qué descubrió? —preguntó Snow.
—Que no estaba esperando a que Agatha despertara.
Una pausa.
—La estaba llevando deliberadamente hacia el punto en que no tendría otra opción.
Snow apretó los labios.
—Mayara intentó detenerla.
—Sí.
Alaric preguntó:
—¿Y qué hizo Eleonora?
El muchacho tardó varios segundos.
—La mató.
Silencio.
Ian dejó la pluma.
Snow palideció.
—Mató a la hermana de Aeron.
—Sí.
—¿Por proteger a Agatha?
—Por intentar impedir que completara lo que había comenzado.
Alaric miró hacia la nada.
—¿Y Aeron siguió ayudándola?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Ahí terminó todo para él.
Snow entendió.
—La muerte de Mayara hizo que Aeron se volviera contra Eleonora.
—Le hizo comprender que nosotros también habíamos sido utilizados.
Una pausa.
—Que no éramos sus aliados. Éramos herramientas.
Ian preguntó:
—¿Y Astrid?
El joven soltó una respiración.
—Después de Mayara, Aeron entendió algo más.
—¿Qué?
El muchacho miró a Alaric.
—Que para Eleonora sus hijas tampoco eran hijas.
El rey quedó completamente inmóvil.
—Eran partes del plan.
Ian sintió náuseas.
—Astrid…
El joven continuó:
—Si Aeron no hubiera matado a Astrid…
Alaric dio un paso.
—Cuidado.
—Eleonora lo habría hecho.
—No sabes eso.
—Sí.
—¡No hables de mi hija!
—Alaric —dijo Ian.
Pero el rey no apartó los ojos del muchacho.
—¿Por qué Astrid tenía que morir?
El joven tragó saliva.
—No sé si su muerte era obligatoria.
Una pausa.
—Pero sí sé que Eleonora necesitaba que Agatha creyera que lo había perdido todo.
Silencio.
Aquello fue peor. Mucho peor.
Snow llevó una mano a su boca.
La pluma se le escapó de los dedos a Ian.
—Necesitaba dolor —continuó el muchacho. Miedo. Pérdida. Necesitaba llevarla al límite.
Snow miró al suelo.
—Para que perdiera el control.
—Sí.
—Y despertara a la Médium.
El joven corrigió:
—Para que despertara como la Médium.
Nadie habló durante un largo rato.
Finalmente Alaric abrió los ojos.
Ya no había lágrimas.
—Entonces Eleonora ganó.
El joven lo miró.
—No.
Alaric soltó una risa.
—Agatha despertó. La magia regresó. Astrid murió. Mayara murió.
Señaló alrededor.
—Mira Arcadia.
Su voz se endureció.
—Dime cómo demonios eso no es ganar.
El muchacho sostuvo su mirada.
—Porque Agatha sigue siendo la anomalía que Eleonora nunca pudo controlar por completo.
Silencio.
Snow levantó lentamente la cabeza.