Capítulo II — Las coronas vacías #2
—Estás hablando de personas que ni siquiera conocemos.
—Estoy hablando de una amenaza que ya conocemos demasiado bien.
—No sabes si todos son responsables.
Alaric se acercó.
—¿Puedes distinguirlos?
Ian calló.
—¿Puedes decirme cuál de ellos destruirá otra ciudad y cuál no?
—No.
—Yo tampoco.
Ian negó.
—Eso no te da derecho a condenarlos a todos.
—Me da la obligación de proteger a mi reino.
Snow se acercó.
—Majestad.
Alaric la miró.
—Quien oculte a un ser mágico después del amanecer será considerado traidor.
Ian sintió que algo se hundía dentro de él.
—Alaric.
El rey miró a su pueblo.
—Y la traición será castigada con la muerte.
Silencio. Absoluto.
Ian lo observó.
—Retira esa orden.
Alaric giró.
—¿Quieres discutir conmigo aquí?
—Si es necesario.
—No lo es.
—Estás condenando personas por algo que todavía no entendemos.
Los ojos del rey se volvieron helados.
—Precisamente.
Ian frunció el ceño.
—¿Qué?
Alaric señaló los dos féretros.
—Mira lo que nos costó no entenderlo.
Ian guardó silencio.
Alaric volvió hacia Arcadia.
—Tienen hasta el amanecer.
Snow lo miró.
—¿Para qué?
—Para hablar.
Alaric recorrió la multitud con la mirada.
—Quien posea información sobre magia, criaturas, rituales o personas relacionadas con los acontecimientos de aquella noche podrá entregarla hoy sin ser acusado de ningún delito.
Una pausa.
—Cuando salga el sol…
Su rostro se endureció.
—…se acabará mi misericordia.
Las campanas comenzaron a sonar.
Alaric se volvió.
No hubo aplausos.
Solo miedo.
Snow se acercó a Ian.
—Acaba de iniciar una cacería.
Ian observó al rey caminar detrás de los féretros.
—Lo sé.
—Mañana alguien denunciará a su vecino porque una vela se encendió sola.
Ian no respondió.
—Alguien acusará a una mujer porque cura demasiado rápido. A un niño porque asegura haber visto algo que los demás no vieron. A cualquier extranjero con un aspecto diferente.
Ian miró a la multitud.
Ya estaba ocurriendo.
Personas que minutos antes lloraban juntas ahora se observaban.
—Tenemos que detenerlo —dijo Snow.
Ian miró los féretros.
—Hoy enterramos a Astrid.
Snow endureció la expresión.
—Y mañana, si no hacemos algo, empezaremos a enterrar a otros.
ARCADIA
CRIPTAS REALES
Abajo no había pueblo. No había Consejo. No había discursos.
Solo piedra. Velas. Y una tumba abierta.
El sacerdote terminó sus palabras.
Alaric apenas pareció escucharlas.
Cuando los hombres se acercaron al féretro de Astrid, levantó una mano.
—Esperen.
Todos se detuvieron.
El rey caminó hasta ella.
Apoyó ambas manos sobre la madera.
Durante varios segundos no hizo nada.
Después sacó la pequeña cinta de su bolsillo.
La contempló.
—Siempre perdías estas cosas.
La voz apenas existió.
Ian apartó la mirada.
Snow también.
Alaric dejó la cinta sobre el féretro.
Después se inclinó.
Apoyó la frente contra la madera.
Sus hombros temblaron.
Una vez.
Solo una.
—Perdóname, pequeña.
Ian cerró los ojos.
Alaric se incorporó.
Asintió.
Los mecanismos comenzaron a moverse.
El féretro descendió.
Piedra contra piedra.
Alaric lo observó hasta que desapareció. El humo del incienso se enredaba bajo las bóvedas y el olor dulzón de las flores no conseguía ocultar el frío mineral de la cripta.
Después llegó el sonido final. La losa cerrándose. Seco. Definitivo.
El rey dio un paso atrás.
Ian lo sujetó antes de que perdiera el equilibrio.
Esta vez Alaric no protestó.
Durante unos segundos permitió que otro hombre lo sostuviera.
—Respira —murmuró Ian.
Alaric obedeció.
Una vez.
Otra.
—Ya está.
Alaric abrió los ojos.
—No.
Recuperó el equilibrio.
—Ahora empieza.
Snow lo entendió.
Ian también.
—Alaric…
El rey se apartó.
—Quiero al prisionero.
ARCADIA
MAZMORRAS DEL ALA ORIENTAL
El prisionero no parecía un monstruo.
Ian no sabía por qué aquello le molestaba tanto.
Quizá habría sido más fácil si lo fuera.
Parecía tener poco más de veinte años.
Cabello castaño, apelmazado por el sudor y lleno de pequeños rizos. Rostro joven. Una herida seca en la sien. Ropa rota por la persecución. Una de sus botas había desaparecido.
Y sus orejas…
Ian se detuvo.
Puntiagudas. Como las de Aeron.
El muchacho estaba sentado contra la pared con las manos encadenadas.
Alaric entró primero.
—Levántate.
No hubo respuesta.
—He dicho que te levantes.
El joven levantó la cabeza.
No obedeció.
Alaric hizo una señal.
Dos guardias lo pusieron de pie.
—Nombre.
Silencio.
—¿Me entiendes?
Nada.
Alaric caminó hasta él.
—¿Quién es Aeron?
La reacción fue mínima.
Pero existió.
Los ojos del joven cambiaron.
Alaric lo vio.
Ian también.
—Así que lo conoces.
El muchacho apretó la mandíbula.
—¿Tu líder?
Nada.
—¿Tu rey?
—No es nuestro rey.
Silencio.
Alaric inclinó ligeramente la cabeza.
—Así que puedes hablar.
El muchacho comprendió su error.
—¿Qué es entonces?
Nada.
—¿Qué son ustedes?
Silencio.
—¿De dónde vienen?
El joven apartó la mirada.
Alaric le agarró la mandíbula.
—Mírame cuando te hablo.
Ian dio un paso.
—Alaric.
El rey soltó al muchacho.
—¿Qué eres?
El prisionero sostuvo su mirada.
—Lo mismo que el hombre que está buscando.
—Eso no responde mi pregunta.
—Es la respuesta que tengo.
Alaric lo golpeó.
El muchacho cayó contra la pared.
Snow dejó caer los párpados.
Ian avanzó.
—Ya basta.
—Acabamos de empezar.
—No conseguirás respuestas así.
—Todavía no lo sabemos.
—Yo sí.
Snow se separó de la puerta.
—Y yo.
Alaric los miró.
—No recuerdo haber pedido consejo.
Ian se acercó.
—Entonces empieza a pedirlo.
Los ojos del rey se clavaron en él.
—Cuidado.
—¿Con qué?
—Con olvidar con quién estás hablando.
Ian sostuvo su mirada.
—Estoy intentando recordar con quién estoy hablando.
Aquello lo alcanzó.
Alaric guardó silencio.
Ian señaló al prisionero.
—El hombre que conozco no golpea a alguien encadenado.
Alaric miró al joven.
Después volvió hacia Ian.
—El hombre que conocías tenía dos hijas.
Ian quedó en silencio.
Alaric volvió hacia el prisionero.
—Él pertenece a quienes me las quitaron.
—No.
La voz del muchacho detuvo a todos.
Alaric giró.
—¿Qué has dicho?
—Nosotros no matamos a sus hijas.
Ian se tensó de pies a cabeza.
Snow se separó de la pared.
Alaric avanzó lentamente.
—¿Cómo sabes que están muertas?
El joven comprendió su error.
Demasiado tarde.
—Toda Arcadia lo sabe.
—Llevas encerrado desde aquella noche.
Nada.
—Nadie te ha dicho qué ocurrió.
Silencio.
Alaric se inclinó.
—Así que ya lo sabías.
Ian se acercó.
—¿Estabas allí?
El joven lo miró.
Y algo cambió.
—Tú.
Ian frunció el ceño.
—¿Me conoces?
Nada.
—¿Me viste aquella noche?
El muchacho no apartó la mirada.
—Con la Médium.
Ian se quedó inmóvil.
—Astrid.
El muchacho frunció el ceño.
—No.
Ian dio un paso hacia él.
—La Médium era Astrid.
El Desertor lo observó por unos segundos.
No con burla. Con desconcierto.
—Eso era lo que ustedes creían.
Alaric levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué significa eso?
El joven guardó silencio.
Ian se acercó más.
—¿De quién estás hablando?
El muchacho lo miró directamente.
—De la mujer por la que la magia volvió a este mundo.
El aire pareció abandonar la celda.
Snow dejó de moverse.
Alaric no pestañeó.
Ian sintió un nudo en el estómago.
—Agatha.
El joven no respondió.
No hacía falta.
Ian negó.
—No. Astrid era la Médium.
—Para ustedes.
—¿Y eso qué demonios significa?
El joven levantó ligeramente la barbilla.
—Que utilizaron la misma palabra para esperar algo completamente distinto.
Snow se acercó.
—Explícalo.
—Para Arcadia, la Médium era sagrada. Una figura de su religión. Alguien que debía protegerlos. Guiarlos. Cumplir alguna promesa de sus dioses.
Snow entrecerró los ojos.
—Astrid.
—Sí. Eso era lo que ustedes creían de ella.
Alaric endureció la expresión.
—No hables de mi hija como si hubiera sido una estupidez.
—No dije que lo fuera.
El joven sostuvo su mirada.
—Dije que nosotros no esperábamos lo mismo.
Ian miró al joven, desconcertado.
—¿Quiénes son «nosotros»?
—Los Desterrados.
—¿Qué significaba una Médium para ustedes? —preguntó Snow.
El muchacho tardó un poco en responder.
—Un regreso.
Ian lo miró.
—¿Un regreso de qué?
Los ojos del joven descendieron hacia sus propias manos.
—De la magia.
Nadie habló.
Snow fue la primera en unir las piezas.
—Llevaban generaciones esperando esto.
—Sí.
Ian negó lentamente.
—Pero ustedes tampoco sabían que era Agatha.
—No.
Alaric frunció el ceño.
—¿Cuándo lo descubrieron?
—Cuando ya era demasiado tarde para ignorarlo.
—¿Cómo?
El joven levantó la mirada.
—Porque la magia no volvió alrededor de Astrid.
Silencio.
—Volvió alrededor de Agatha.
Ian recordó la luz.
La fuerza. El caos. Agatha en el centro de todo.
—Entonces para ustedes Agatha era la Médium.
El joven negó ligeramente.
—La reconocimos como tal.
Snow comprendió la diferencia.
—Porque cumplió aquello que sus historias atribuían a la Médium.
—Sí.
—Devolver la magia.
—Despertarla —corrigió él.
Snow asintió.
—Bien.
Se acercó un paso.
—Entonces empecemos por ahí.
El joven guardó silencio.
—¿Qué tenía que pasar para que la magia regresara?
Nada.
—¿Qué tenía que ver Agatha con todo esto?
El muchacho desvió los ojos.
—No pueden entenderlo.
Alaric soltó una risa amarga.
—Empiezo a cansarme de escuchar eso.
—Porque siguen haciendo las preguntas equivocadas.
Ian dejó sobre la mesa la pluma con la que había estado tomando notas.
—Entonces dinos cuáles son las correctas.
El muchacho lo miró.
Durante unos segundos pareció debatirse entre el silencio y algo que llevaba demasiado tiempo guardando.
Finalmente habló.
—Dejen de preguntarse por qué apareció la Médium.
Snow frunció el ceño.
—¿Qué deberíamos preguntarnos?
Los ojos del joven fueron hacia Alaric.
—Por qué nació.
Silencio.
Ian tomó nuevamente la pluma.
—Te escuchamos.
—No debería haber ocurrido así.
Alaric endureció el rostro.
—¿Agatha no debía nacer?
—No he dicho eso.
—Entonces habla con claridad.
El joven miró al rey.
—Las profecías Fae no son instrucciones.
Una pausa.
—Ese fue el principio de todo.
Snow se acercó.
—Explícate.
—La profecía mostraba algo que podía llegar.
Miró sus cadenas.
—No otorgaba a nadie el derecho de obligarlo a ocurrir.
Ian dejó de escribir.
—Eleonora.
El muchacho levantó los ojos.
—Sí.