Capítulo II — Las coronas vacías
Capítulo II
Las coronas vacías
«Un reino no siempre pierde solo a sus herederos. A veces pierde con ellos al hombre que lo sostenía.»
ARCADIA
PALACIO REAL
Las campanas comenzaron antes del amanecer.
Una. Luego otra. Y otra.
El sonido descendió desde las torres de la Catedral Real y se extendió por Arcadia como una herida abierta.
Nadie durmió aquella mañana.
Las tiendas permanecieron cerradas. Las ventanas amanecieron cubiertas con telas negras y los estandartes de la Corona colgaban a media asta sobre las murallas. La cera de cientos de velas se había endurecido sobre los escalones y el aire olía a flores húmedas, humo y lluvia.
Durante la noche habían aparecido flores frente a las puertas del palacio.
En los escalones. En las fuentes. En las calles. Miles de ellas.
Ian permanecía frente a una de las ventanas cuando la siguiente campanada hizo vibrar los cristales.
Llevaba el uniforme negro de la Guardia sin abrochar, con el cuello vencido y los bordados plateados apagados bajo tres días de polvo y vigilia.
La barba incipiente endurecía sus facciones y las ojeras revelaban todo lo que su postura todavía intentaba ocultar.
Desde allí podía ver la plaza.
Personas. Miles.
Habían comenzado a llegar antes de que terminara la noche.
Algunos desde aldeas tan lejanas que habían caminado durante horas. Otros cargaban niños dormidos entre los brazos. Muchos llevaban flores. Algunos no llevaban nada.
No importaba. No importaba desde dónde hubieran llegado ni qué llevaran entre las manos.
Arcadia despedía a sus princesas.
Ian cerró los ojos.
Llevaba tres días durmiendo apenas unas horas.
Cada vez que lo conseguía, la sangre regresaba antes que el sueño pudiera volverse profundo.
Luz.
Gritos.
Astrid.
Después Agatha.
Abrió los ojos.
No.
Hoy no.
—Ian.
Reconoció la voz de Snow detrás de él.
—¿Qué ocurre?
—Han llegado representantes de las provincias del norte.
—Que entren con los demás.
—Ya lo hice.
Ian giró.
Katherine Snow vestía completamente de negro: pantalones de montar, botas manchadas de barro y un abrigo de lana hasta la garganta.
Era de estatura media y complexión firme; las líneas angulosas del rostro parecían endurecerse cada vez que guardaba una respuesta.
Llevaba el cabello en una trenza baja sin adornos; el tahalí de la espada era la única insignia que estaba dispuesta a conservar.
Sin más insignias. Sin joyas. Nada que recordara a la mujer que alguna vez había dirigido a los Disidentes.
Llevaba varios documentos entre las manos.
Ian los miró.
—No.
Snow arqueó una ceja.
—Ni siquiera sabes qué son.
—No me importa.
—El Consejo quiere saber cuándo podrá reunirse.
—Mañana.
—Los comerciantes quieren saber cuándo podrán reabrir las puertas de la ciudad.
—Mañana.
—La Guardia ha recibido denuncias.
Ian se quedó quieto.
Snow también.
—¿Qué clase de denuncias?
Ella tardó un segundo en responder.
—Magia.
La palabra quedó entre ambos.
Ian volvió hacia la ventana.
—Mañana.
—Eso llevo diciéndoles desde ayer.
—Entonces sigue diciéndolo.
Snow dejó los documentos sobre una mesa.
—No podremos decir mañana para siempre.
—No necesito para siempre.
Ian miró hacia la plaza.
—Necesito hoy.
Snow lo observó.
La dureza de su rostro desapareció por un momento.
—¿Has dormido?
Ian soltó una risa sin humor.
—¿Tú?
Snow guardó silencio.
No hacía falta.
—¿Dónde está Alaric? —preguntó Ian.
La expresión de Snow cambió.
Ian lo vio.
—¿Qué?
—Con ellas.
—¿Desde cuándo?
—Cuando llegué ya estaba dentro.
Ian se apartó de la ventana.
Snow lo siguió.
—Ian.
—¿Qué?
—No está bien.
Ian se detuvo.
—Sus hijas están muertas.
—No me refiero solamente a eso.
Él la miró.
Snow bajó la voz.
—Anoche hizo salir a todos los criados de sus habitaciones. Rompió una ventana. Cuando un guardia intentó entrar, casi hizo que lo arrestaran.
Ian endureció la mandíbula.
—¿Por qué nadie me avisó?
—Porque llevabas dieciséis horas intentando impedir que el Consejo se despedazara.
—Tú podías avisarme.
—Lo estoy haciendo ahora.
Ian continuó caminando.
—El funeral empieza en menos de una hora.
—Lo sé.
—Entonces consigamos que el rey llegue hasta él.
Snow bajó la mirada.
Ian caminó unos pasos más antes de escucharla.
—¿Y después?
Se detuvo.
No se volvió.
—Después veremos qué queda de él.
ARCADIA
CATEDRAL REAL
Ian encontró a Alaric sentado entre los dos féretros.
No en uno de los bancos. No en el asiento ceremonial que habían preparado para él. En el suelo.
El rey no llevaba corona.
Tampoco capa. El cabello, siempre impecable en público, estaba revuelto y la camisa ceremonial aparecía arrugada, abierta en el cuello. La tela negra del duelo se amontonaba alrededor de sus piernas como si hubiera dejado de importarle quién podía verlo en el suelo.
Entre las manos sostenía una pequeña cinta.
Ian la reconoció.
Había pertenecido a Astrid.
Alaric pasaba lentamente el pulgar sobre ella.
Una vez. Otra. Otra.
—Alaric.
No respondió.
Ian avanzó.
—Tenemos que prepararnos.
Nada.
—La plaza está llena.
—Que se vayan.
La voz hizo que Ian se detuviera.
—No se van a ir.
—Entonces que esperen.
Ian miró los féretros.
Uno guardaba a Astrid.
El otro estaba vacío.
Aquella era quizá la mentira más cruel de toda la ceremonia.
Arcadia necesitaba despedirse de sus dos princesas.
Necesitaba dos ataúdes. Dos coronas. Dos nombres.
Pero nadie había recuperado el cuerpo de Agatha.
Aeron se lo había llevado.
—Llevan horas esperando —dijo Ian.
Alaric miró la cinta.
—Yo llevo toda la vida esperando.
Ian frunció el ceño.
—¿Esperando qué?
Alaric soltó una respiración.
—Que crecieran.
Sus dedos se cerraron alrededor de la cinta.
—Que dejaran de pelear.
Una sonrisa rota apareció.
—Que volvieran a pelear cinco minutos después.
Ian bajó los ojos.
—Esperaba bodas.
Silencio.
—Nietos.
Alaric miró los féretros.
—Pensaba que tendría tiempo.
La garganta de Ian se cerró.
—Un padre siempre cree que tiene tiempo —murmuró Alaric.
Snow permanecía cerca de la entrada.
Por una vez no tenía nada que decir.
Ian se acercó.
—No tienes que ser rey ahora.
Alaric levantó los ojos.
—¿Cuándo entonces?
—Mañana.
—¿Cuando Astrid ya esté debajo de la tierra?
Ian calló.
Alaric se puso de pie.
—¿Cuando el Consejo empiece a preguntarse quién heredará mi trono?
—Nadie va a hacer eso hoy —dijo Snow.
Alaric la miró.
—Claro que lo harán.
—Entonces que piensen lo que quieran.
—Eso hacen mejor que obedecer.
Ian exhaló.
—Alaric.
El rey miró nuevamente los féretros.
—No quiero sacerdotes hablando de voluntad divina.
—No lo harán —respondió Ian.
—No quiero escuchar que están en un lugar mejor.
—No lo escucharás.
—Y no quiero que nadie me diga que todo ocurrió por alguna razón.
Ian sostuvo su mirada.
—No ocurrió por ninguna razón.
Alaric parpadeó.
—Murieron. No hay nada hermoso en eso. No hay nada que debamos convertir en una lección para soportarlo.
Alaric lo miró durante varios segundos.
Ian extendió una mano.
—Solo camina.
El rey observó aquella mano.
—Yo caminaré contigo.
Alaric no la tomó.
Pero pasó junto a él.
Antes de llegar a la puerta se detuvo.
—Mi corona.
Snow fue a buscarla.
Cuando intentó entregársela, Alaric negó.
Miró a Ian.
Ian comprendió.
Tomó la corona.
Se colocó frente a él.
Alaric inclinó ligeramente la cabeza.
Ian había hecho aquello muchas veces.
Ceremonias. Recepciones. Celebraciones.
Nunca la corona había pesado tanto.
La colocó sobre la cabeza de su rey.
Alaric levantó el rostro.
Ian sintió frío.
No parecía más fuerte.
Parecía vacío.
—Vamos —dijo Alaric.
ARCADIA
PLAZA DE LA CATEDRAL
Cuando las puertas se abrieron, Arcadia comenzó a arrodillarse.
Primero las personas más cercanas. Después las siguientes. Hasta que miles de cabezas quedaron inclinadas ante el rey.
Alaric apareció entre Ian y Snow.
Entonces salieron los féretros.
El primero llevaba el cuerpo de Astrid.
Sobre la madera descansaba su corona.
El segundo estaba cerrado. Vacío.
Pero nadie fuera de un pequeño grupo conocía aquella verdad.
Un sollozo colectivo atravesó la plaza.
Alaric se detuvo.
Ian acercó discretamente una mano a su brazo.
El rey no se apartó.
Los guardias colocaron los féretros frente a la catedral.
Una mujer gritó el nombre de Astrid.
Otra respondió con el de Agatha.
Después otra. Y otra. Hasta que los nombres de las dos princesas comenzaron a recorrer la plaza.
Alaric los escuchó. Todos.
Finalmente levantó una mano.
El silencio tardó varios segundos en imponerse.
El rey descendió.
No había preparado un discurso.
Se detuvo entre ambos féretros.
Una mano sobre cada uno.
—Estas eran mis hijas.
Su voz salió áspera.
—Antes de ser princesas.
Silencio.
—Antes de ser herederas.
Miró primero el féretro de Astrid.
Después el de Agatha.
—Antes de pertenecerles a ustedes…
Sus dedos se cerraron sobre la madera.
—…eran mías.
Ian bajó la mirada.
Alaric respiró.
—Y no pude protegerlas.
Alguien comenzó a llorar.
—Durante generaciones nos dijeron que la magia había desaparecido.
Un murmullo recorrió la plaza.
—Nosotros elegimos creerlo.
Alaric levantó los ojos.
—Nos equivocamos.
Silencio.
—La magia existe.
La palabra cayó sobre Arcadia como una sentencia.
—Y aquello que ignoramos acaba de demostrarnos que puede destruir todo cuanto conocemos.
Ian observó al rey.
Aquello no estaba preparado.
Snow también lo comprendió.
—Desde este momento, cualquier persona que posea información relacionada con la magia deberá presentarse ante la Guardia Real.
Snow levantó ligeramente la cabeza.
—Alaric…
Él continuó.
—Cualquier objeto, texto, símbolo o artefacto relacionado con ella será entregado a la Corona.
Ian avanzó un paso.
—Y cualquier ser mágico encontrado dentro de las fronteras de Arcadia será detenido.
El murmullo aumentó.
Alaric esperó.
—Quien esconda a uno de ellos…
Snow palideció.
—…quien le proporcione refugio, alimento o información…
—Ian —murmuró Snow.
Él ya se estaba moviendo.
—…será considerado enemigo de Arcadia.
—Alaric.
El rey giró apenas la cabeza.
Ian se detuvo frente a él.
—No.
Fue suficiente para que toda la plaza quedara en silencio.
Alaric lo miró.
—Apártate.
—No puedes hacer esto.
—Ya lo hice.