LA MÉDIUM II Capítulo I — Saekir Valdoren #3
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Capítulo I — Saekir Valdoren #3

Saekir lo fulminó con la mirada.

—No te he preguntado.

—Eso nunca te ha impedido recibir una respuesta.

Otra vez.

Saekir entrecerró los ojos.

—Dices cosas así constantemente.

Aeron permaneció en silencio.

—Como si esperaras que yo entendiera.

Nada.

—Pero no entiendo.

La dureza de su voz disminuyó.

—No recuerdo nada.

Aeron apartó los ojos.

Saekir odió que aquello le doliera.

—¿Qué son los Desterrados?

Saevryn terminó de guardar sus cosas.

—Aquellos que abandonaron el reino.

—¿Por qué?

—Porque hubo quienes dejaron de estar dispuestos a obedecer a quienes lo gobernaban.

—¿Yo era una de ellos?

Aeron respondió:

—Sí.

—¿Por qué abandoné el reino?

Silencio.

—¿En qué creía?

Saekir esperó.

Necesitaba algo. Un motivo. Una razón por la que aquella mujer que supuestamente había sido estuviera dispuesta a combatir.

—Libertad —dijo Aeron finalmente.

La palabra quedó entre ellos.

—¿Libertad de qué?

—De arrodillarte ante alguien solo porque nació creyéndose con derecho a gobernarte.

Saekir sostuvo su mirada.

Aquello sí le provocó algo.

No un recuerdo. Convicción.

—Eso suena como algo que haría.

Saevryn miró a Aeron.

Él no respondió.

—¿Y perdimos?

—Sí.

—¿Nos persiguen?

Aeron se separó de la pared.

—Lo harán.

Saekir frunció el ceño.

—¿Lo harán?

—La magia ha regresado. Las protecciones que mantuvieron oculto este lugar durante generaciones están cambiando. Tarde o temprano nos encontrarán.

—¿Y cuando ocurra?

—Lucharemos.

Saekir miró sus manos.

—Pero yo no recuerdo cómo.

—No.

—Ni cómo usar esto.

Una pequeña luz púrpura apareció entre sus dedos.

Se sobresaltó.

La luz desapareció.

Aeron la observaba.

—No.

Saekir levantó los ojos.

—Entonces estoy indefensa.

—Por ahora.

Dos palabras. Suficientes.

—Enséñame.

Saevryn levantó la cabeza.

Aeron no reaccionó.

—No.

Saekir parpadeó.

—¿No?

—Acabas de despertar.

—Precisamente.

—No puedes mantenerte en pie.

—Me recuperaré.

—No sabes controlar tu magia.

—Por eso necesito aprender.

—No.

Saekir tensó la mandíbula.

—¿Porque no soy suficientemente buena?

—Porque todavía no estás preparada.

—¿Y cuándo lo estaré?

—Cuando yo lo diga.

Saekir soltó una risa incrédula.

—Ahora entiendo por qué quizá hice algo para que me odiaras.

Saevryn tosió.

Aeron la ignoró.

—Descansa.

Caminó hacia la puerta.

Saekir lo vio marcharse.

Algo dentro de ella se rebeló.

—Aeron.

Él se detuvo.

—Voy a entrenar.

No se volvió.

—No.

—Entonces encontraré a alguien que me enseñe.

Ahora sí giró.

Los ojos grises se encontraron con los púrpura.

—Nadie en este refugio va a entrenarte.

—¿También decides por ellos?

—En esto, sí.

—¿Por qué?

Aeron la observó durante un largo momento.

—Porque si pierdes el control, ellos no podrán detenerte.

Saekir sintió un escalofrío.

—¿Y tú sí?

La oscuridad comenzó a deslizarse lentamente alrededor de las botas de Aeron.

No era amenazante. Era natural. Como si las sombras simplemente supieran a quién pertenecían.

—Sí.

Saekir contempló aquel poder.

Después volvió a mirar al hombre.

Entonces entendió que la fuerza que había percibido en él no provenía únicamente de su tamaño.

Aeron era peligroso. Mucho.

Y algo dentro de ella… Confiaba en él.

Aquello no tenía ningún sentido.

—Entonces tú me entrenarás.

Aeron endureció la mandíbula.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Probablemente porque no recuerdo nada.

Saevryn dejó caer los párpados un instante.

Aeron la fulminó con la mirada.

Saekir cruzó los brazos.

—¿Qué?

—Nada.

—Bien.

Volvió a acomodarse sobre la cama.

—Entonces está decidido.

—Yo no he decidido nada.

—Claro que sí.

Aeron entrecerró los ojos.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Saekir señaló la puerta.

—Acabas de decir que nadie más puede detenerme.

Después lo señaló a él.

—Así que tendrás que enseñarme tú.

Silencio.

Saevryn recogió tranquilamente su bolsa.

—Me agrada su lógica.

—Nadie te preguntó —gruñó Aeron.

La anciana caminó hacia la puerta.

—Curioso. Hace un momento dijiste algo muy parecido.

Salió.

Saekir miró a Aeron.

Él la miró a ella.

El corazón compartido latió entre ambos.

Uno.

Otro.

Saekir todavía no sabía quién era.

No sabía qué había perdido.

Aquel hombre parecía incapaz de acercarse a ella sin sentir después la necesidad de huir.

Pero ahora tenía algo.

Un nombre. Saekir Valdoren.

Un pueblo. Los Desterrados.

Un enemigo que había intentado matarla.

Y una guerra que, aparentemente, todavía no había terminado.

Si quería recuperar aquello que había perdido, tendría que sobrevivir primero.

Y si Aeron la odiaba por algo que había hecho antes…

Tendría que vivir lo suficiente para descubrir qué había sido.

Los ojos púrpura volvieron a encenderse.

—¿Cuándo empezamos?

Aeron la observó desde la puerta.

—Cuando puedas golpearme sin caerte.

Saekir sonrió por primera vez.

—Eso suena como un reto.

Aeron dejó caer los párpados.

Como si aquella sonrisa fuese otra cosa que necesitaba mantener a distancia.

Cuando volvió a abrirlos, la frialdad había regresado.

—Duerme, Valdoren.

Y se marchó.

Saekir permaneció mirando la puerta cerrada.

Valdoren.

No le gustó cómo sonaba cuando él lo decía.

No sabía por qué.

Pero prefería Saekir. Especialmente en su voz.