LA MÉDIUM II Capítulo I — Saekir Valdoren #2
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Capítulo I — Saekir Valdoren #2

La puerta se abrió.

· · ·

Una anciana permanecía en el umbral.

Su cabello, casi blanco, descendía suelto por la espalda. Vestía varias capas de telas oscuras sujetas a la cintura y sostenía un bastón de madera pálida cubierto de pequeños símbolos tallados.

Sus ojos recorrieron la habitación.

La ventana abierta. El recipiente roto. Las marcas doradas que todavía brillaban débilmente sobre la piedra.

Después miró a Aeron.

—Supongo que despertó.

—Tu capacidad de observación sigue siendo extraordinaria.

La anciana ignoró el comentario.

Sus ojos se posaron sobre ella.

No había reconocimiento en ellos.

Resultaba evidente.

La estudiaba.

Como una curandera estudiaría una herida que no comprendía del todo.

—¿Quién es usted?

—Saevryn Saeltrik.

El nombre llamó su atención.

Saevryn Saeltrik.

Sonaba antiguo.

Más complejo que Aeron.

Pero extrañamente compatible con Saekir Valdoren.

—¿Me conoce?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces, ¿por qué está aquí?

—Porque soy quien ha mantenido tu cuerpo en condiciones de recuperarse.

Saekir miró a Aeron.

—Él dijo que fue él.

Saevryn dirigió una mirada seca hacia el hombre.

—Aeron tiende a atribuirse demasiadas responsabilidades.

—No dije eso.

—No hacía falta.

Había historia entre ellos.

Saekir podía sentirla.

No afecto necesariamente. Pero sí años.

Saevryn se acercó.

Saekir observó algo entre su cabello.

Una oreja.

Terminaba en punta.

Sus ojos buscaron a Aeron.

El cabello negro, corto y ondulado dejaba las suyas completamente visibles.

También puntiagudas.

Subió una mano hacia su propia oreja.

La tocó. Sus dedos recorrieron el borde. Hasta encontrar la punta.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué…?

Saevryn observó el gesto.

—¿Ocurre algo?

—Mis orejas.

Aeron no se movió.

Saekir tocó la otra.

Igual.

—¿Siempre fueron así?

Silencio.

Duró apenas un instante.

—Sí —respondió Aeron.

Saevryn asintió.

—Sí.

Saekir los miró.

No había razón para no creerles.

No recordaba otra cosa.

—Quiero verme.

Aeron se tensó.

Saevryn lo notó.

—Hay un espejo en el cajón.

—No es necesario.

Saekir volvió la cabeza.

—No recuerdo mi propia cara y tú decides que verme no es necesario.

—Estás alterada.

—Voy a alterarme mucho más si sigues intentando decidir todo por mí.

Saevryn abrió el cajón.

Sacó un pequeño espejo de metal pulido.

Aeron no la detuvo.

Saekir lo tomó.

Durante un instante tuvo miedo de mirar.

Finalmente lo hizo.

El rostro reflejado le pertenecía.

Lo supo.

Pero no lo recordaba.

Cabello castaño, lacio y enredado por los días en cama. Piel pálida. Hebras color perla atravesaban el castaño con una luminosidad casi metálica. Las orejas terminaban en punta.

Y sus ojos…

Saekir acercó el espejo.

Púrpura.

Completamente púrpura.

No violetas.

No oscuros.

Púrpura.

Y brillaban.

Una luminosidad tenue nacía detrás del iris.

—Mis ojos…

Miró a Saevryn.

—¿También?

La anciana no vaciló.

—Siempre.

Saekir buscó el rostro de Aeron.

—¿Es verdad?

Los ojos grises permanecieron sobre los suyos.

—Sí.

El resplandor púrpura aumentó.

Saevryn lo observó.

—Tus emociones están alimentando la magia.

Saekir bajó el espejo.

—¿Magia?

Saevryn miró a Aeron.

Él asintió apenas.

—Sí —respondió la anciana—. Magia.

Saekir volvió a observar sus ojos.

Extrañamente, esa palabra sí tenía sentido.

No despertaba recuerdos.

Pero tampoco parecía absurda.

—¿Puedo hacer magia?

Aeron respondió:

—Demasiada.

Saekir levantó una ceja.

—Eso ha sonado casi como un cumplido.

—No lo era.

Ahí estaba de nuevo.

Aquella maldita distancia.

Saekir dejó el espejo.

—¿Qué me ocurrió?

Saevryn se sentó frente a ella.

—Sufriste heridas graves.

—¿En la guerra?

La anciana miró brevemente a Aeron.

—Sí.

—Él dice que era una guerrera.

—Lo eras.

—¿Buena?

Saevryn guardó silencio.

Aeron respondió:

—No lo suficiente.

Saekir giró hacia él.

La frase dolió.

Él continuó antes de que pudiera responder.

—Si lo hubieras sido, no estarías aquí.

Saevryn endureció la expresión.

—Aeron.

—Quiere respuestas.

—Eso no te obliga a comportarte como un imbécil.

Saekir lo observó.

Aeron no se disculpó.

Por supuesto que no.

Pero algo en ella comenzó a comprender.

Tal vez aquello era.

Había fallado.

Quizá alguien murió por su culpa.

Quizá él había perdido a alguien.

Por ella.

La idea apareció sin ninguna prueba y, aun así, encajó demasiado bien.

—Perdimos la guerra —dijo.

—Sí.

—¿Por mi culpa?

Esta vez el silencio fue diferente.

Aeron avanzó.

—No.

—Pero hice algo.

—No.

—Entonces deja de mirarme como si estuvieras castigándome.

Él quedó inmóvil.

Saevryn bajó los ojos.

Saekir sintió el corazón de Aeron.

Dolor.

Tan profundo que durante un instante tuvo dificultades para respirar.

Su ira desapareció.

—Perdiste a alguien.

No era una pregunta.

Los ojos grises se volvieron de piedra.

Saevryn levantó lentamente la cabeza.

La reacción de Aeron confirmó que había acertado.

—Fue por mí.

—No.

—Aeron…

—He dicho que no.

La oscuridad de la habitación pareció moverse.

Saekir miró las sombras.

Después a él.

Aeron respiró lentamente y estas volvieron a su sitio.

—No vuelvas a preguntarlo.

La orden debería haberla enfurecido.

No lo hizo.

Porque ahora tenía una explicación.

Tal vez equivocada.

Pero suficiente.

Había ocurrido algo entre ellos.

Algo que él no estaba dispuesto a perdonarle.

Y ella ni siquiera podía recordarlo.

· · ·

Saevryn no permitió que se levantara otra vez.

Pasó casi una hora examinándola.

Sus ojos. Su respiración. La cicatriz. Su reacción a diferentes símbolos que dibujaba en el aire.

Saekir soportó los primeros minutos en silencio.

Después comenzó a hartarse.

—¿Cuándo podré salir?

Saevryn guardó uno de sus instrumentos.

—Cuando puedas caminar hasta la puerta sin desplomarte.

—Puedo hacerlo.

Aeron, apoyado contra la pared, respondió:

—No puedes.