LA MÉDIUM II Capítulo I — Saekir Valdoren
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Capítulo I — Saekir Valdoren

Capítulo I

Saekir Valdoren

Hay cosas que la mente olvida y el alma se niega a soltar.

Lo primero que sintió fue un corazón.

No el dolor. Aunque estaba allí. Profundo. Concentrado en el pecho, exactamente donde cada latido parecía empujar contra una herida que todavía no había terminado de cerrarse.

Tampoco fue el frío de las sábanas ni el olor amargo de las hierbas que impregnaba la habitación.

Fue un corazón.

Lento. Firme. Distante.

Y lo extraño era que no era el suyo.

Intentó incorporarse.

El dolor le atravesó el pecho.

Se llevó una mano al corazón por puro reflejo y contuvo un gemido.

Había algo debajo de la tela.

Una herida.

Una cicatriz.

Pero todavía no estaba preparada para descubrirla.

Permaneció con los ojos cerrados. No sabía cómo podía escucharlo. Solo sabía que, mientras aquel corazón siguiera latiendo en algún lugar fuera de ella, no estaba completamente sola.

Un latido.

Otro.

Una pausa.

Después otro.

Frunció el ceño.

Había algo extraño.

No llegaba a través de sus oídos.

Lo sentía. En algún lugar debajo de su propia piel.

Inspiró lentamente.

Su pecho respondió con una punzada.

Abrió los ojos.

La luz la obligó a cerrarlos de nuevo.

Esperó.

Volvió a intentarlo.

Piedra.

Eso fue lo primero que distinguió.

Un techo oscuro atravesado por vetas plateadas que parecían emitir un resplandor muy tenue.

Giró la cabeza.

Paredes de roca. Una mesa. Una ventana estrecha. Dos pequeños recipientes de cristal suspendidos en el aire.

Parpadeó.

Seguían flotando.

Dentro de ellos ardían llamas azules.

No había cadenas. Ni soportes. Nada.

Debería haberle parecido imposible.

Sin embargo, la palabra imposible no llegó.

Solo curiosidad.

Intentó incorporarse.

El dolor explotó.

El aire abandonó sus pulmones.

—No.

La voz masculina llegó desde algún lugar a su izquierda.

Todo su cuerpo se tensó.

Había alguien allí.

Giró la cabeza.

Al principio solo distinguió una silueta junto a la ventana.

Después el hombre abandonó las sombras.

Alto. Hombros anchos. Vestido completamente de negro.

El cabello negro era corto, muy ondulado y estaba peinado hacia atrás, aunque algunos rizos ya volvían a caerle sobre la frente.

La luz azul acentuaba el tono oliváceo de su piel y las líneas severas de un rostro que parecía hecho para no revelar nada.

Una camisa negra de cuello abierto se ajustaba a su cuerpo y llevaba las mangas recogidas hasta los antebrazos; los pantalones, las botas gastadas y el cinturón de cuero carecían de emblemas.

Todo en él parecía elegido para moverse sin ruido y no deberle nada a ningún reino.

Pero no fue su tamaño lo que la inquietó.

Fueron sus ojos.

Grises, con un brillo de acero que parecía nacer detrás del iris.

Fríos. Demasiado atentos.

El hombre dio un paso.

—No intentes levantarte.

Ella retrocedió sobre el colchón.

—No te acerques.

Se detuvo en seco.

Eso la desconcertó.

Por algún motivo había esperado que no lo hiciera.

—¿Dónde estoy?

Su garganta ardió al hablar.

El hombre tomó un vaso de la mesa.

—Bebe.

—He preguntado dónde estoy.

—Y yo he dicho que bebas.

Lo miró fijamente.

Él sostuvo su mirada.

Pasaron varios segundos.

—Eres bastante desagradable.

Algo cambió en el rostro del hombre.

Apenas. Una contracción diminuta en la comisura de la boca.

Desapareció tan rápido que pudo haberla imaginado.

—Bebe.

Acercó el vaso.

Ella no lo tomó.

—¿Está envenenado?

—Si quisiera matarte, no habría pasado los últimos días evitando que murieras.

Aquello consiguió silenciarla.

Miró el vaso.

Después a él.

—¿Días?

El hombre pareció darse cuenta de que había dicho demasiado.

Ella tomó el vaso.

Sus dedos rozaron los de él.

El corazón lejano golpeó.

Fuerte.

Retiró la mano.

Parte del agua cayó sobre las sábanas.

El hombre también se había quedado inmóvil.

Ella miró sus dedos.

Después los de él.

—¿Qué fue eso?

—Nada.

—Lo sentiste.

—Bebe.

—Lo sentiste.

Los ojos grises se endurecieron.

—Estás débil. Necesitas agua.

Otra evasión.

Bebió únicamente porque su cuerpo se lo exigía.

El agua estaba fría.

Terminó casi todo el vaso.

—Ahora dime dónde estoy.

—En un refugio.

—Eso no es una respuesta.

—Por ahora tendrá que serlo.

Ella dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Siempre eres así?

Esta vez él apartó la mirada.

—Sí.

No le creyó. La certeza llegó antes que cualquier explicación.

Observó al desconocido.

Había algo profundamente contradictorio en él.

Su voz era fría. Sus respuestas, cortas. Mantenía una distancia calculada entre ambos.

Y, sin embargo, llevaba días cuidándola.

Lo había dicho él mismo.

Además…

Volvió a sentirlo.

El corazón.

Miró su pecho.

Después el de él.

Un latido.

El hombre respiró.

Otro.

Ella contuvo el aire.

El siguiente tardó.

Abrió mucho los ojos.

—Eres tú.

Él no preguntó a qué se refería.

Eso confirmó la sospecha.

—Estoy sintiendo tu corazón.

Silencio.

—¿Por qué?

—Después.

—No.

Intentó incorporarse.

El dolor regresó.

Apretó los dientes y continuó.

—Quédate acostada.

—No.

—No estás en condiciones de levantarte.

—Eso lo decidiré yo.

Puso los pies sobre el suelo.

Estaba helado.

Se sostuvo del borde de la cama.

—No lo hagas.

Lo miró.

—¿Qué vas a hacer? ¿Obligarme?

Algo peligroso atravesó los ojos del hombre.

Por un instante pareció exactamente la clase de persona que podría hacerlo.

Pero no avanzó.

—No será necesario.

Ella se puso de pie.

Y sus piernas cedieron.

—Mierda…

El hombre se movió.

Demasiado rápido.

Un brazo rodeó su cintura antes de que alcanzara el suelo.

La otra mano atrapó su antebrazo.

Piel contra piel.

El mundo se rompió.

Oscuridad.

Un bosque.

Sangre.

Una mano.

Una voz.

Dolor.

Unos ojos grises demasiado cerca.

Calor.

Después una espada.

Un destello.

Rojo.

No.

Gritó.

La habitación respondió.

Las llamas azules se elevaron violentamente.

La ventana se abrió de golpe.

Una onda dorada recorrió las paredes y uno de los recipientes de cristal salió despedido.

El hombre la sujetó con más fuerza.

—Saekir.

La palabra atravesó el ruido.

Todo se detuvo.

No la habitación.

Ella.

Saekir.

No sabía qué significaba.

Su cuerpo, en cambio, sí lo sabía.

El corazón ajeno golpeó contra sus costillas.

Una vez.

Después otra.

—Saekir.

La voz del hombre cambió.

Seguía siendo firme. Pero había desaparecido el hielo.

—Mírame.

Ella levantó los ojos.

Gris.

Solo encontró gris.

—Respira.

Lo hizo.

—Otra vez.

Inspiró.

La luz dorada comenzó a desaparecer.

—Eso es.

Otra respiración.

Las llamas recuperaron su tamaño.

El cristal dejó de vibrar.

El hombre todavía la sostenía.

Y por algún motivo estar entre sus brazos se sentía… Familiar. Demasiado.

Eso la asustó más que la magia.

—Suéltame.

Sus brazos desaparecieron de inmediato.

Él retrocedió.

Un paso. Después otro. Como si tocarla hubiese sido un error.

Aquello dolió.

No comprendió por qué.

—¿Qué me llamaste?

El hombre se quedó inmóvil.

—Saekir.

—¿Qué significa?

Una pausa.

—Es tu nombre.

El mundo pareció quedarse en silencio.

—¿Mi nombre?

—Sí.

Buscó dentro de sí.

Saekir.

Nada.

No encontró una casa. Ni una voz llamándola. Ni un rostro. Solo aquella extraña reacción que había sentido cuando él pronunció la palabra.

—No lo recuerdo.

El hombre apartó la mirada.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras fueron distintas.

No frías. Dolorosas.

Ella lo estudió.

—¿Saekir qué?

Esta vez tardó más.

—Valdoren.

Repitió mentalmente.

Saekir Valdoren.

Nada.

—No siento que sea mío.

El hombre volvió a mirarla.

—Lo es.

La seguridad con la que lo dijo consiguió que dudara de sí misma.

—¿Y tú?

—Aeron.

Aeron.

Buscó nuevamente.

Nada.

Pero su cuerpo volvió a traicionarla.

Una sensación cálida apareció debajo del pecho.

No era un recuerdo.

Era familiaridad.

—¿Te conozco?

—Sí.

La respuesta fue demasiado rápida.

—¿De qué?

La frialdad regresó.

—Combatimos juntos.

Ella lo observó.

—¿Combatimos?

—Eras una guerrera.

Miró sus manos.

No parecían manos de una guerrera.

Aunque había pequeñas marcas sobre los nudillos.

Callos. Cicatrices.

—No recuerdo haber luchado nunca.

—No recuerdas muchas cosas.

Aquello la irritó.

—Ya me había dado cuenta.

Aeron se volvió hacia la ventana.

Otra vez aquella distancia.

—Debes descansar.

—¿Por qué me hablas así?

Se detuvo.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras estar en cualquier sitio menos aquí.

Aeron guardó silencio.

—Dices que me conoces.

Silencio.

—Que combatimos juntos.

Nada.

—Has pasado días intentando mantenerme viva.

El corazón que sentía dentro de sí cambió.

Más rápido.

—Pero apenas puedes mirarme.

Aeron giró lentamente.

—No necesitas que te mire. Necesitas recuperarte.

La respuesta dolió más de lo que debería.

Ella frunció el ceño.

¿Por qué le importaba?

Ni siquiera conocía a aquel hombre.

Supuestamente.

—¿Te hice algo?

La pregunta lo sorprendió.

Esta vez no consiguió ocultarlo.

—¿Qué?

—Antes.

—No.

Demasiado rápido.

—Entonces, ¿por qué me tratas como si lo hubiera hecho?

Aeron la miró durante varios segundos.

—Así trato a todo el mundo.

—No te creo.

Algo parecido a una sonrisa amarga apareció en su rostro.

—Eso tampoco ha cambiado.

Ella entrecerró los ojos.

Otra vez. Aquellas pequeñas frases. Como si una versión anterior de ella continuara existiendo únicamente en la cabeza de aquel hombre.

—¿Éramos amigos?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Algo se hundió inexplicablemente dentro de ella.

—Entiendo.

Aeron la observó.

Ella apartó la mirada.

Qué estupidez.

No tenía por qué importarle.

Quizá había sido peor.

Quizá ella había hecho algo.

Lo había traicionado.

Había abandonado a alguien.

Había fallado durante aquella guerra que ni siquiera recordaba.

Eso explicaría la dureza.

También explicaría por qué él se había quedado para salvarla, pero parecía incapaz de soportar su cercanía.

Culpa. Una deuda. Una obligación. Cualquier cosa menos afecto.

—¿Éramos enemigos?

Aeron cerró los ojos durante un segundo.

—No.

—Entonces esto va a ser complicado.

—¿Qué cosa?

—Descubrir qué demonios te hice para que me odies tanto.

El segundo corazón dio un golpe doloroso.

Ella se llevó una mano al pecho.

Aeron palideció.

—No te odio.

La intensidad de su respuesta la sorprendió.

Aquella frialdad, siempre tan firme, había desaparecido por completo.

—Saekir, yo no…