LA MÉDIUM II Prólogo #4
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Prólogo #4

La ventana tembló.

La anciana no se movió.

Aeron respiraba con dificultad.

Tardó varios segundos en comprender lo que acababa de ocurrir.

Miró alrededor.

La sombra cubría las paredes.

Había respondido a él.

A una sola palabra.

La anciana esperó.

—Eso es exactamente lo que intento explicarte.

Aeron hizo desaparecer la oscuridad.

Lentamente.

—Tú tienes siglos de disciplina y acabas de perder el control por escuchar el nombre de Astrid. ¿Qué crees que ocurrirá cuando ella recuerde cómo murió?

Silencio.

—¿Qué ocurrirá cuando recuerde a Eleonora?

Aeron miró a Agatha.

—Basta.

—¿A Alaric?

—Basta.

—¿La espada atravesándola?

—He dicho que basta.

—¿Y lo que ocurrió después?

Aeron se volvió hacia ella.

—¡Basta!

Agatha se agitó.

Ambos callaron.

Un resplandor dorado recorrió el techo.

Después otro.

La piedra crujió.

Una grieta apareció sobre ellos.

Agatha seguía inconsciente.

Y había reaccionado a él.

Aeron cruzó hasta la cama.

—Tranquila.

No sabía si podía escucharlo.

Aun así, bajó la voz.

—No pasa nada.

El resplandor comenzó a desaparecer.

Aeron observó la grieta del techo.

Después a Agatha.

—¿Qué pasará si pierde el control?

—No lo sé.

Aeron levantó la vista.

—Quiero una respuesta.

—Podría destruir esta habitación.

—Eso puedo detenerlo.

—Podría destruir este nivel del refugio.

Aeron guardó silencio.

—Podría ser peor.

Afuera se escuchaban voces.

Niños.

Alguien volvió a reír.

Aeron miró hacia la puerta.

—Evacuaré esta zona.

—¿Y después?

—La llevaré lejos.

—¿Adónde?

Aeron apartó la mirada.

—No puedes esconderla del mundo eternamente.

—No necesito eternamente.

—¿Cuánto entonces?

—Hasta que aprenda a controlarlo.

La anciana lo observó.

—¿Cómo piensas enseñarle si no recuerda qué es?

Aeron contempló a Agatha.

—Empezando de nuevo.

La anciana permaneció muy quieta.

—Eso no es tan sencillo.

—Nada de esto lo es.

—No me refiero al entrenamiento.

Aeron levantó los ojos.

—Cuando sus recuerdos regresen, lo harán acompañados de las emociones que contienen.

—Entonces impediré que regresen hasta que esté preparada.

La anciana no respondió.

Aeron tardó un instante en comprender el silencio.

—Se puede hacer.

No era una pregunta.

Ella apartó la mirada.

—Se puede.

Aeron sintió que algo se cerraba dentro de él.

—¿Cómo?

—No.

—Acabas de decir que…

—He dicho que es posible. No que vaya a hacerlo.

Aeron se levantó.

—Necesito tiempo.

—Ella necesita su mente.

—Necesita estar viva.

—No tienes derecho.

La frase quedó suspendida entre ellos.

Aeron miró a Agatha.

—¿Derecho?

—Sus recuerdos le pertenecen.

—También le pertenece esa cicatriz.

La anciana guardó silencio.

—También le pertenecía la decisión de vivir. Y alguien decidió quitársela.

Su voz había cambiado.

Ya no había ira.

Eso era peor.

—No volverá a ocurrir.

—No puedes prometer eso.

—Sí puedo.

—Si pierde el control…

—La detendré.

—¿Y si no puedes?

Aeron guardó silencio.

La anciana se acercó.

—Escúchame bien. Este refugio no es tuyo. Aquí viven familias que han sobrevivido durante generaciones precisamente porque aprendimos cuándo una amenaza es demasiado grande para permitir que permanezca entre nosotros.

Aeron la miró.

—Ella no es una amenaza.

—Espero que tengas razón.

—La tengo.

—Pero si te equivocas…

La anciana dejó la frase incompleta.

No hacía falta terminarla.

Aeron sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.

—No.

—Aeron.

—No.

—Si vuelve a ocurrir lo de Arcadia y no puedes contenerla, alguien tendrá que tomar una decisión.

Aeron la miró.

La espada.

Volvió a verla.

Entrando en el cuerpo de Agatha.

La expresión de Alaric.

La sangre.

Aeron había llegado demasiado tarde para impedirlo.

Otra vez.

Siempre demasiado tarde.

—Nadie volverá a hacerle eso.

La anciana no retrocedió.

—Entonces asegúrate de que nunca tengamos que hacerlo.

Silencio.

La mirada de Aeron regresó a Agatha.

Durante mucho tiempo.

La mujer que yacía en aquella cama había perdido todo.

Su hogar.

Su familia.

Su mundo.

Incluso su propia sangre había sido utilizada contra ella.

Y ahora él estaba considerando quitarle algo más.

Aeron cerró los ojos.

No.

No quitar.

Guardar.

Solo hasta que pudiera soportarlo.

Solo hasta que pudiera controlar aquello que Eleonora había despertado.

Después se lo devolvería.

Todo.

Y Agatha podría odiarlo.

Podría marcharse.

Podría no volver a pronunciar su nombre.

Pero estaría viva para hacerlo.

—¿Cuánto tiempo?

La anciana no respondió.

Aeron abrió los ojos.

—¿Cuánto tiempo puedes mantenerlos dormidos?

—No deberías preguntarme eso.

—Pero puedes hacerlo.

—Sí.

—¿Sin destruirlos?

Ella lo estudió.

—Sí.

—¿Sin cambiar quién es?

—Los recuerdos forman parte de quién es.

—No fue lo que pregunté.

La anciana suspiró.

—No desaparecerán. Quedarán detrás de una barrera. Podrían filtrarse en sueños, sensaciones, imágenes. La magia siempre encuentra grietas.

Aeron observó el rostro inmóvil de Agatha.

—Bien.

—No he aceptado.

—Lo harás.

—No.

Aeron levantó la mirada.

—Entonces enséñame.

La anciana quedó inmóvil.

—No sabes lo que estás pidiendo.

—Sí.

—Manipular una mente no es como cerrar una puerta.

—Aprenderé.

—Podrías dañarla.

Eso lo hizo callar.

La anciana vio la duda.

Aeron volvió a mirar a Agatha.

Sus dedos descansaban abiertos sobre las sábanas.

Recordó aquella misma mano sujetando la suya.

Recordó su voz.

Recordó la forma en que lo había mirado.

Después vio la espada.

—Hazlo tú.

—Aeron…

—No para siempre.

—Eso es lo que todos dicen antes de cruzar una línea que juraron no cruzar.

Él levantó los ojos.

—Hasta que pueda controlar su magia.

—¿Y quién decidirá cuándo está preparada?

Silencio.

La respuesta era evidente.

La anciana negó lentamente.

—Eso es lo que me preocupa.

Aeron se acercó a la cama.

Se sentó junto a Agatha.

No la tocó.

Durante unos segundos simplemente la observó respirar.

—Cuando despierte, ¿sentirá que falta algo?

—Sí.

Aeron tensó la mandíbula.

—¿Sufrirá?

—Probablemente.

—¿Tendrá miedo?

—Sí.

Cada respuesta hacía más difícil la siguiente.

—¿Vivirá?

La anciana lo miró.

—Tendrá una oportunidad.

Aeron bajó la cabeza.

Una oportunidad.

Eso era más de lo que había tenido unas horas atrás.

—Hazlo.

La anciana permaneció inmóvil.

—Mírame.

Aeron levantó los ojos.

—Si hacemos esto y algún día descubre que fuiste tú quien tomó esta decisión, puede que nunca te perdone.

Él sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Puede odiarte.

—Lo sé.

—Puede marcharse.

Algo se tensó en su rostro.

Pero su voz no cambió.

—Lo sé.

La anciana guardó silencio.

Aeron miró nuevamente a Agatha.

Esta vez permitió que sus dedos rozaran los de ella.

Apenas.

El segundo pulso apareció dentro de él.

Débil.

Vivo.

—Que me odie cuando pueda sobrevivir a odiarme.

La anciana dejó caer los párpados.

Cuando volvió a abrirlos, ya había tomado una decisión.

Acercó una silla.

—Necesitaré tu ayuda.

Aeron frunció el ceño.

—¿Por qué?

La anciana miró las manos unidas.

—Porque después de lo que hiciste en esa cámara, su magia puede no dejarme entrar.

Aeron observó a Agatha.

—Pero a mí sí.

—Exactamente.

La anciana comenzó a preparar los símbolos.

Aeron no soltó la mano de Agatha.

Afuera, la magia continuaba despertando.

Las luces se multiplicaban en el refugio.

Los antiguos símbolos volvían a arder.

Las sombras recuperaban voces olvidadas.

Dos mundos acababan de cambiar para siempre.

Y mientras todos celebraban el regreso de aquello que habían perdido durante siglos, Aeron se preparó para hacer exactamente lo contrario.

Enterrarlo.

Dentro de ella.

Solo por un tiempo.

Eso se prometió.

Solo hasta que estuviera preparada.

Solo hasta que pudiera defenderse.

Solo hasta que nadie pudiera volver a decidir que el mundo estaría más seguro sin Agatha en él.

Aeron cerró los dedos alrededor de su mano.

—Hazlo.

La primera runa se encendió.