LA MÉDIUM II Prólogo #3
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Prólogo #3

La magia atravesó su brazo.

Agatha se arqueó.

Otra vez.

El corazón de Aeron golpeó contra sus costillas.

La luz dorada penetró en el pecho de Agatha.

Y entonces…

Un latido.

Débil.

Tan débil que Aeron creyó haberlo imaginado.

Se quedó inmóvil.

Otro.

Bajo su palma.

—Otra vez —susurró.

Aeron no apartó los ojos de Agatha.

—Hazlo otra vez.

Como si pudiera escucharlo.

El corazón de Agatha volvió a latir.

Aeron dejó escapar el aire.

Algo parecido a una risa rota salió de su garganta.

—Eso es.

Otro latido.

Más fuerte.

—Vuelve.

Otro.

La magia explotó.

La cámara desapareció bajo una luz negra y dorada.

Aeron sintió que algo atravesaba su pecho.

Después nada.

· · ·

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba tendido en el suelo.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Intentó incorporarse.

El dolor lo obligó a detenerse.

—No —advirtió la anciana.

Aeron la ignoró.

—Agatha.

Se levantó.

Llegó hasta la plataforma.

Agatha seguía allí.

Aeron apoyó dos dedos en su cuello.

Esperó.

Un latido.

Cerró los ojos.

Otro.

Regular.

Firme.

Viva.

Aeron inclinó la cabeza.

Desde que había atravesado el Velo respiraba a medias. Esta vez dejó que el aire le llenara por completo los pulmones.

Entonces sintió otro golpe.

Frunció el ceño.

Se llevó una mano al pecho.

Su corazón latía.

Normal.

Después…

Otro pulso.

Más tenue.

No dentro de su pecho.

En alguna parte que no supo nombrar.

Miró a Agatha.

El corazón de ella volvió a latir.

Al mismo tiempo.

Aeron quedó inmóvil.

La anciana se acercó lentamente.

—Está hecho.

Aeron seguía mirando a Agatha.

—¿Cuánto durará?

La expresión de la mujer cambió.

La respuesta le bastó a Aeron para entender que había formulado la pregunta equivocada.

—No es una curación.

Él miró las líneas negras y doradas que todavía brillaban débilmente sobre sus manos.

—Entonces, ¿cuándo termina?

La anciana sostuvo su mirada.

—Cuando uno de los dos deje de existir.

Aeron volvió los ojos hacia Agatha.

Ella no se movió.

Pero respiraba.

Y por aquella noche, eso tendría que bastar.

· · ·

Agatha no despertó.

Aeron permaneció junto a ella mientras la anciana cerraba la última de las cortinas.

La habitación que les habían dado estaba en una de las zonas más antiguas del refugio, lejos de las viviendas principales.

Una cama estrecha ocupaba el centro, cubierta por una manta de lana áspera.

Había una mesa, dos sillas y una ventana excavada directamente en la roca desde la que podía verse parte del valle.

La humedad había oscurecido las esquinas y cada corriente traía olor a lluvia encerrada entre piedra.

Nada más.

No era una habitación destinada a recibir invitados.

Era una habitación destinada a ocultarlos.

Aeron lo sabía.

Y lo agradecía.

Agatha llevaba horas inmóvil.

La sangre había desaparecido de su piel. La anciana había limpiado la herida, retirado los restos de tela y colocado sobre ella una pasta oscura que olía a hierbas y metal.

Pero la cicatriz permanecía.

Aeron no conseguía dejar de mirarla.

Una línea violácea atravesaba su piel allí donde la espada había entrado.

Allí donde habían decidido matarla.

Sus dedos se cerraron lentamente.

Sintió una pulsación que no pertenecía a su cuerpo.

Agatha.

Aeron cerró los ojos.

Todavía no se acostumbraba.

Cada pocos segundos aquella presencia aparecía en algún lugar dentro de él.

Un latido.

Una respiración.

Frío.

Dolor.

Después nada.

Y entonces volvía.

Como si su cuerpo necesitara recordarle constantemente lo que acababa de hacer.

—Puedes dejar de comprobarlo.

Aeron abrió los ojos.

La anciana estaba guardando pequeños frascos dentro de una bolsa.

—¿Qué?

—Si respira.

Aeron volvió la mirada hacia Agatha.

—No estaba comprobándolo.

—Claro.

Él no respondió.

La anciana terminó de guardar sus cosas.

—Deberías descansar.

—Estoy bien.

—Te desmayaste hace menos de una hora.

—He estado peor.

—Esa respuesta comienza a aburrirme.

Aeron la ignoró.

Se acercó a la ventana.

El refugio podía verse parcialmente desde allí.

Las luces continuaban encendiéndose.

Una después de otra.

Azules.

Doradas.

Blancas.

La magia recorría nuevamente aquellas piedras después de siglos.

A lo lejos alguien gritó.

Después se escucharon risas.

Aeron observó una llamarada elevarse sobre uno de los patios antes de desaparecer.

Los Desterrados estaban descubriendo de nuevo lo que podían hacer.

Debería haber sido una celebración.

No lo era.

—Está en todas partes —murmuró.

La anciana se acercó.

—Sí.

—Nunca la había sentido así.

—Porque nunca conociste el mundo antes de que desapareciera.

Aeron observó sus propias manos.

Una sombra fina recorrió sus dedos.

No había tenido que llamarla.

Simplemente estaba allí.

—¿Esto era normal?

—No.

Aeron levantó los ojos.

La anciana miraba hacia el exterior.

—La magia ha regresado con demasiada fuerza.

—¿Demasiada?

—Durante generaciones apenas quedó suficiente para mantener abiertas ciertas puertas, sostener algunos encantamientos, conservar aquello que no podía permitirse morir. Ahora ha vuelto de golpe.

Aeron miró a Agatha.

—Por ella.

La anciana guardó silencio.

Un destello dorado apareció bajo la piel de Agatha.

Duró apenas un segundo.

Pero Aeron lo vio.

También lo sintió.

La magia dentro de él reaccionó.

La sombra de sus dedos se extendió hasta la muñeca.

La anciana observó ambas cosas.

—Eso es lo que me preocupa.

Aeron cerró la mano.

—¿El vínculo?

—Ella.

El aire de la habitación cambió.

Aeron volvió lentamente la cabeza.

—Ten cuidado.

—No me amenaces dentro de mi propia casa.

—Entonces elige mejor tus palabras.

La anciana sostuvo su mirada.

—No dije que ella fuera peligrosa.

Aeron miró hacia la cama.

—Lo pensaste.

—Sí.

Aquella sinceridad consiguió enfurecerlo más.

La anciana caminó hacia Agatha.

Aeron se interpuso sin pensarlo.

Ella se detuvo.

Lo miró.

Después miró la distancia que Aeron había colocado entre ambas.

—Esto va a resultar agotador.

—Habla desde ahí.

—Necesito examinarla.

—Ya lo hiciste.

—Antes del ritual.

—Y sigue siendo la misma persona.

La anciana guardó silencio.

Aeron comprendió demasiado tarde.

—¿Qué?

—Eso espero.

La oscuridad apareció alrededor de sus botas.

—Explícate.

—Aparta esa magia de mí y quizá lo haga.

Aeron respiró lentamente.

La sombra desapareció.

No por completo.

La anciana arqueó una ceja.

—Es lo mejor que vas a conseguir.

—Encantador.

Aeron se apartó.

Ella llegó hasta la cama y colocó dos dedos sobre la frente de Agatha.

Cerró los ojos.

Durante varios segundos no ocurrió nada.

Después Agatha frunció ligeramente el ceño.

Aeron dio un paso.

La anciana levantó una mano.

—No.

—Está sintiendo dolor.

—Lo sé.

—Entonces detente.

—Aeron.

Algo en su voz consiguió frenarlo.

La anciana mantuvo los dedos sobre la frente de Agatha.

Un resplandor dorado apareció alrededor de sus sienes.

Agatha se agitó.

El miedo de Agatha lo atravesó.

No una emoción completa.

Un fragmento.

Una sensación sin imágenes.

Pero fue suficiente para que su propia magia respondiera.

—Basta.

La anciana retiró la mano.

Agatha volvió a quedarse inmóvil.

Aeron llegó hasta ella.

—¿Qué hiciste?

—Intenté tocar uno de sus recuerdos.

Él levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba saber qué ocurriría.

—Podrías haberme preguntado.

—¿Y habrías dicho que sí?

Aeron guardó silencio.

—Eso pensé.

La anciana volvió a mirar a Agatha.

—Su mente está protegiéndose.

—¿De qué?

—De todo.

Aeron frunció el ceño.

—Eso no significa nada.

—Significa que los recuerdos siguen ahí, pero no puede alcanzarlos.

—¿Por el ritual?

—En parte.

—¿Cuál es la otra parte?

—Ella.

Aeron miró a Agatha.

—No está eligiendo olvidar.

—No conscientemente. Hay mentes que ante un dolor suficientemente grande hacen lo mismo que un cuerpo ante una herida. Cierran aquello que no pueden soportar.

Aeron sintió que algo pesado descendía dentro de él.

—¿Volverán?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Puedes hacer que vuelvan?

La anciana levantó los ojos.

—Sí.

Aeron se quedó quieto.

—Entonces hazlo.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Por qué?

La anciana señaló la lámpara.

—Mírala.

Aeron lo hizo.

La llama estaba inclinada hacia Agatha.

No por el viento.

No había ninguno.

—Ahora la ventana.

Pequeños puntos de luz dorada se acumulaban sobre la piedra.

Las sombras de la habitación también parecían inclinarse hacia la cama.

Hacia ella.

Toda la magia de aquel lugar parecía estar escuchándola.

—Lo viste en Arcadia —dijo la anciana.

Aeron dejó de respirar.

La palabra bastó.

Arcadia.

Agatha en el centro del caos.

La magia.

Los gritos.

El miedo.

La sangre.

Astrid.

Alaric.

La espada.

Aeron apartó el recuerdo antes de que pudiera completarse.

—Eso fue diferente.

—Eleonora la estaba utilizando.

—Exactamente.

—Y Agatha perdió el control.

—No sabía lo que estaba haciendo.

—Exactamente.

La anciana señaló la habitación.

—Y ahora tiene más magia dentro de ella que entonces.

Silencio.

—También me tiene a mí.

La anciana soltó una exhalación.

—Ahí está.

Aeron frunció el ceño.

—¿Qué?

—Tu arrogancia.

—No es arrogancia.

—Crees que porque compartes su sangre y puedes sentir su corazón podrás detenerla.

—Puedo.

—No.

La palabra cayó entre ambos.

—No sabes de qué soy capaz ahora.

—Tú tampoco.

Eso lo detuvo.

La anciana señaló sus manos.

—Tu magia también acaba de regresar. Y acabas de introducir parte de la magia de esa mujer dentro de ti. No sabes qué eres capaz de hacer.

Después señaló a Agatha.

—Y mucho menos qué puede hacer ella.

Aeron volvió a mirarla.

—Cuando despierte…

—Estará confundida.

—Eso puedo manejarlo.

—Tendrá miedo.

—También.

—Y después comenzará a recordar.

Aeron guardó silencio.

—Primero quizá una habitación. Una voz. Un rostro. Después llegará algo más.

La anciana hizo una pausa.

—Arcadia.

Aeron tensó la mandíbula.

—No.

—No puedes escoger qué recuerda.

—Entonces que recuerde todo.

La anciana lo observó.

—¿Incluso a Astrid?

El nombre lo atravesó.

La habitación desapareció.

Durante un instante solo vio cómo él había matado a Astrid.

Después vio a Agatha descubriéndolo.

Su dolor.

Su culpa.

La magia respondiendo.

Aeron dejó caer los párpados.

—No uses su nombre.

—Tendrás que hacerlo.

—He dicho…

—Astrid.

La oscuridad explotó.

Las lámparas se apagaron.