LA MÉDIUM II Prólogo #2
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Prólogo #2

La anciana no respondió.

—¿Puedes salvarla?

Sus ojos fueron hacia Aeron.

—Yo no.

Algo dentro de él cayó.

—Entonces dime quién.

La anciana permaneció en silencio.

El hombre de cabello gris comprendió antes.

—No.

Ella lo ignoró.

—Hay una forma.

Aeron la miró.

—Hazlo.

—No has entendido.

—He entendido perfectamente.

—No. Porque todavía crees que estoy hablando de curarla.

Aeron bajó la mirada hacia Agatha.

Otra pequeña descarga dorada recorrió su mano.

Más débil que la anterior.

—Habla.

La anciana observó el cuerpo inmóvil.

—Su corazón ya no puede sostenerla.

—Entonces haz que vuelva a latir.

—No puedo.

Aeron levantó los ojos.

La mujer sostuvo su mirada.

—Pero otro corazón puede hacerlo.

El refugio quedó en silencio.

Aeron no preguntó qué significaba.

No hizo falta.

El hombre de cabello gris se adelantó.

—La cámara permanece sellada.

—Entonces ábrela —dijo Aeron.

—No.

Aeron lo miró.

—Ábrela.

—Sabes por qué fue sellada.

—Me da igual.

—Aeron…

—Ábrela.

La anciana golpeó una vez el suelo con el bastón.

Un sonido profundo respondió desde las entrañas de la montaña.

Todos callaron.

—Si cruzas esa puerta —dijo—, no habrá regreso.

Aeron miró a Agatha.

Su rostro estaba perdiendo el poco color que todavía conservaba.

Pensó en Astrid.

Pensó en todo lo que había perdido.

Después miró hacia la oscuridad que descendía bajo el refugio.

—Ya crucé una puerta sin regreso esta noche.

Ajustó a Agatha entre sus brazos.

—Muéstrame la siguiente.

· · ·

La cámara estaba debajo de la montaña.

Mucho más abajo de lo que Aeron recordaba.

Descendieron por una escalera estrecha tallada directamente en la roca. La anciana iba delante, sosteniendo el bastón con una mano y una pequeña esfera de luz con la otra. El hombre de cabello gris caminaba detrás.

Nadie más los acompañó.

Aeron no preguntó por qué.

Agatha pesaba cada vez menos entre sus brazos.

Aquello lo aterraba más que la sangre.

La magia seguía allí. Podía sentir pequeños estremecimientos recorriendo su cuerpo de vez en cuando, destellos dorados que aparecían bajo su piel y desaparecían antes de que pudiera comprenderlos.

Pero eran cada vez más débiles.

—¿Cuánto falta?

La anciana guardó silencio.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente para que dejes de desperdiciar fuerzas hablando.

Aeron tensó la mandíbula.

Continuaron descendiendo.

Las paredes cambiaron.

Primero desaparecieron las antorchas. Después los símbolos que había visto en el refugio. Incluso la piedra parecía distinta: más oscura, lisa y atravesada por vetas metálicas que reflejaban la luz del bastón.

Aeron conocía aquel lugar.

O creía conocerlo.

Había vivido entre los Desterrados durante años.

Había aprendido sus caminos, sus escondites y sus secretos.

Pero nunca había descendido tanto.

—Esto no estaba aquí.

La anciana siguió caminando.

—Siempre estuvo.

—Yo habría sabido de su existencia.

—Esa seguridad tuya siempre ha sido irritante.

El hombre de cabello gris soltó una exhalación que casi pareció una risa.

Aeron lo fulminó con la mirada.

—No es momento.

—Nunca lo es contigo.

La anciana se detuvo.

Frente a ellos había una puerta.

No tenía cerradura.

Ni bisagras.

Ni símbolos.

Solo una enorme superficie de piedra blanca incrustada en mitad de la montaña.

Y en el centro, una marca.

Dos círculos entrelazados.

Aeron la observó.

Algo en su interior reaccionó.

—¿Qué es?

La anciana tardó en responder.

Se acercó a la puerta y apoyó la palma sobre ella.

—Una promesa que nuestros antepasados decidieron que nadie debía volver a hacer.

Aeron bajó la mirada hacia el rostro de Agatha.

—Esta noche está llena de malas decisiones.

—No confundas desesperación con valentía.

—Nunca lo hago.

La anciana volvió la cabeza.

—Sí. Lo haces.

Aeron sostuvo su mirada.

Ella apartó la mano de la piedra.

—Pon la tuya.

Aeron obedeció.

Nada ocurrió.

—Sangre.

—Por supuesto.

El hombre gris habló detrás de ellos.

—Todavía puedes marcharte.

Aeron ni siquiera lo miró.

Sacó una pequeña hoja de su cinturón y abrió la palma.

La sangre brotó.

Presionó la mano contra la piedra.

La puerta respiró.

No hubo otra forma de describirlo.

La superficie blanca se hundió ligeramente bajo sus dedos y un pulso atravesó la montaña.

Uno.

Después otro.

Aeron sintió que su propio corazón respondía.

Las líneas de los círculos comenzaron a iluminarse.

—Retira la mano —ordenó la anciana.

Aeron lo hizo.

La puerta se abrió.

No hacia dentro.

La piedra simplemente desapareció.

Al otro lado había oscuridad.

La anciana entró.

Aeron la siguió.

La cámara era circular.

Vacía.

En el centro había una plataforma de piedra negra, rodeada por un círculo de símbolos grabados en el suelo.

No había instrumentos.

Ni frascos.

Ni libros.

Nada que pareciera capaz de salvar una vida.

Aeron miró a la anciana.

—¿Dónde está todo?

—Estás cargándolo.

Sus ojos descendieron hacia Agatha.

Después volvieron a él.

—Y tú has traído el resto.

Aeron entendió.

No le gustó.

Pero entendió.

Se acercó a la plataforma.

Durante un instante no pudo soltarla.

Sus brazos simplemente se negaron.

La anciana lo vio.

No dijo nada.

Aeron depositó finalmente a Agatha sobre la piedra.

Su cabello se extendió alrededor de su rostro.

La sangre había comenzado a secarse sobre su piel.

Parecía dormida.

Aeron sabía que no lo estaba.

Acercó los dedos a su cuello.

Nada.

—Empieza.

—Primero debes saber qué vas a hacer.

—No necesito una lección.

—Esta vez sí.

La anciana se colocó frente a él.

—Esto no es curación.

—Ya lo dijiste.

—Y todavía no lo comprendes.

Aeron levantó la mirada.

—Entonces haz que lo comprenda rápido.

El hombre gris se acercó al círculo, pero no lo atravesó.

—La unificación fue prohibida antes de que existiera el reino que conoces.

Aeron miró los dos círculos grabados en la puerta.

—¿Por qué?

—Porque una vida no debe pertenecer a otra —respondió la anciana.

Aeron volvió a mirar a Agatha.

—No pretendo que me pertenezca.

—El ritual no distingue tus intenciones.

Silencio.

La anciana señaló el pecho de Agatha.

—Su corazón ha dejado de sostener su magia. Su magia, sin embargo, se niega a abandonar el cuerpo.

Aeron había sentido exactamente eso.

—¿Por qué?

—No lo sé.

La respuesta lo sorprendió.

—Creía que ustedes lo sabían todo.

—Solo los jóvenes y los idiotas creen que los ancianos sabemos todo.

La anciana continuó.

—Hay demasiada magia dentro de ella. Demasiada para un cuerpo cuyo corazón ya se ha detenido. Por eso todavía permanece aquí.

Aeron miró los pequeños destellos dorados que aparecían bajo la piel de Agatha.

—Entonces su magia puede salvarla.

—No. Puede destruirla más lentamente.

Aquello bastó.

—Dime qué debo hacer.

—Darle un corazón que todavía quiera latir.

Aeron no apartó los ojos de Agatha.

—El mío.

—Sí.

No hubo vacilación.

—Hazlo.

—Aeron.

—Hazlo.

—Si comenzamos, debes terminar.

—Lo haré.

—No sabes qué significa terminar.

Él levantó la mirada.

La anciana se acercó hasta quedar frente a él.

—Tu sangre entrará en ella. Tu magia encontrará la suya. Tu fuerza vital sostendrá aquello que su cuerpo ya no puede sostener.

—Bien.

—No hay nada bueno en esto.

Aeron permaneció inmóvil.

—Mientras el vínculo exista, algo de ti permanecerá en ella.

La anciana hizo una pausa.

—Y algo de ella permanecerá en ti.

Eso sí consiguió hacerlo callar.

Miró a Agatha.

La seguridad con la que había entrado en la cámara vaciló un instante.

No por sí mismo.

Por ella.

—¿Le hará daño?

—Sí.

Aeron cerró los ojos un instante.

—¿Sobrevivirá?

—Si eres suficientemente fuerte.

Los abrió.

—Entonces sobrevivirá.

La anciana golpeó el suelo con el bastón.

—De rodillas.

Aeron obedeció.

Los símbolos quedaron alrededor de ambos.

La anciana tomó la mano herida de Aeron.

La abrió sobre Agatha.

—Cuando comience, no podrás retirarla.

—Entendido.

—No importa cuánto duela.

—No la retiraré.

—No importa lo que veas.

Aeron frunció el ceño.

—¿Qué voy a ver?

—Eso dependerá de ella.

Antes de que pudiera preguntar, la anciana hundió la hoja en su palma.

Aeron no se movió.

La sangre cayó sobre el pecho de Agatha.

Una gota.

Dos.

Tres.

Nada.

Después la primera desapareció.

No resbaló.

No se secó.

La piel de Agatha la absorbió.

Aeron sintió un tirón bajo las costillas.

Inspiró bruscamente.

La segunda gota desapareció.

Después la tercera.

Los símbolos del suelo comenzaron a iluminarse.

Uno tras otro.

La magia se levantó dentro de él.

No como antes.

No obediente.

Esta vez algo estaba tirando de ella.

Arrancándola.

La oscuridad descendió por su brazo.

Agatha reaccionó.

Su espalda se arqueó violentamente sobre la piedra.

Aeron sujetó su hombro con la otra mano.

—Agatha.

Su cuerpo volvió a sacudirse.

Una luz dorada explotó bajo su piel.

El impacto lanzó a la anciana varios pasos hacia atrás.

—¡No entres en el círculo! —gritó ella al hombre gris.

Aeron apenas los escuchó.

Algo había entrado en su cabeza.

Una habitación.

No.

Un recuerdo.

Agatha estaba riendo.

La imagen desapareció.

Otra.

Sangre sobre nieve.

Otra.

Una niña corriendo por un corredor.

Otra.

Ojos.

Los de Agatha.

Mirándolo.

Después una voz.

Aeron.

Su nombre pronunciado de una forma que le hizo olvidar cómo respirar.

—No.

Intentó apartarse.

La magia lo sujetó.

La advertencia de la anciana regresó demasiado tarde.

No importa lo que veas.

Otra imagen.

Agatha llorando.

Otra.

Sus labios.

Otra.

Eleonora.

Después Astrid.

Aeron perdió el aire.

—¡No!

La cámara tembló.

La oscuridad estalló alrededor de él.

—¡Mantén la mano sobre ella! —gritó la anciana.

Aeron miró a Agatha.

Una lágrima descendía desde el rabillo de uno de sus ojos.

—Agatha.

La luz dorada de su cuerpo trepó por la mano de Aeron.

Entró en él.

El dolor fue inmediato.

Brutal.

Sintió como si algo hubiese atravesado su pecho desde dentro.

Cayó hacia delante.

Pero no retiró la mano.

—Eso es —dijo la anciana—. Déjala entrar.

La magia volvió a golpearlo.

Esta vez Aeron gritó.

La sangre comenzó a correr de su nariz.

Sus brazos temblaron.

La oscuridad y el oro se encontraron sobre el cuerpo de Agatha.

Durante un instante se rechazaron.

Después se entrelazaron.

Los símbolos cambiaron.

Dos círculos.

Dos pulsos.

Aeron sintió algo cerrarse alrededor de su corazón.

Y tirar.

Una vez.

Su corazón latió.