LA MÉDIUM II Prólogo
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LA MÉDIUM II

LA MÉDIUM II

Por Alessandra Eiko Yoshinaga Takayama

© inepub.com

Prólogo

La sangre recuerda aquello que la mente puede olvidar.

El corazón de Agatha dejó de latir entre sus brazos.

Aeron lo supo antes de atreverse a comprenderlo.

Un latido.

Otro.

Después, nada.

Se detuvo en mitad del sendero.

La oscuridad que los rodeaba parecía respirar.

Aeron bajó lentamente la mirada hacia la mujer que sostenía contra su pecho.

—Agatha.

Ella no respondió.

Su cabeza descansaba contra su hombro, vencida hacia un lado.

La trenza de combate se había deshecho y el cabello castaño, lacio, se pegaba a su mejilla; entre los mechones oscuros, las hebras color perla parecían casi blancas bajo la luna.

La sangre había empapado la tela de su vestido y alcanzado los puños y el cuello abierto de la camisa negra de Aeron, pegándosela a la piel.

También cubría sus manos, sus brazos y parte del pecho.

Una línea oscura descendía desde la comisura de los labios de Agatha hasta perderse bajo su barbilla.

Aeron buscó su pulso.

Nada.

—No.

Presionó dos dedos con mayor fuerza contra su cuello.

Esperó.

Nada.

El vacío le entró por el pecho como una hoja.

No fue dolor.

Todavía no.

Fue algo peor: la ausencia inmediata de todo lo que un instante antes había estado allí. Y con ella llegó una imagen que no pertenecía a aquel sendero.

Astrid.

Aeron cerró los ojos.

No.

Una vez.

Solo una maldita vez había permitido que sus sentimientos pesaran más que aquello que creyó que debía hacer.

Y todavía cargaba con lo que aquella elección había costado.

Abrió los ojos.

—No voy a perderte también.

Volvió a levantar a Agatha contra su cuerpo y echó a andar.

Más rápido.

El mundo al otro lado del Velo se extendía alrededor de ellos como algo que hubiese permanecido dormido durante siglos.

Árboles negros se elevaban a ambos lados del camino, tan altos que sus ramas desaparecían entre una niebla violácea. Bajo sus raíces, pequeñas luces se encendían y apagaban como estrellas enterradas. Las montañas del horizonte parecían demasiado grandes, demasiado próximas.

Y sobre ellas había dos lunas.

Aeron no levantó la mirada para contemplarlas.

Conocía aquel mundo.

O lo había conocido.

Pero algo era diferente.

La magia.

Estaba en todas partes.

En la tierra.

En el aire.

Dentro de él.

Después de tanto tiempo sobreviviendo con restos, aquella fuerza regresaba ahora con una violencia casi dolorosa. Aeron podía sentirla recorriendo sus venas, respondiendo a cada respiración, despertando cosas que había aprendido a mantener dormidas.

Pero de Agatha no llegaba nada.

—Quédate conmigo.

Apretó el paso.

A lo lejos apareció la primera luz.

Después otra.

Y otra.

Antorchas.

El refugio.

Aeron continuó caminando.

Entonces una pulsación atravesó su palma.

Se detuvo.

Miró a Agatha.

Nada.

Durante un instante creyó haberlo imaginado.

Hasta que volvió a sentirlo.

No provenía de su corazón.

Provenía de ella.

Una descarga débil.

Desesperada.

Magia.

Agatha seguía allí.

Todavía.

Aeron levantó la vista hacia las luces del refugio.

Y echó a correr.

· · ·

Aeron no recordó haber gritado.

Solo supo que las puertas se abrieron.

Dos hojas enormes de piedra negra se separaron con un estruendo que hizo temblar el sendero bajo sus botas. Las antorchas apostadas a ambos lados de la entrada ardieron al mismo tiempo, una tras otra, como si algo invisible hubiese corrido entre ellas.

Una figura apareció en lo alto de la muralla.

Después otra.

Y otra.

—¡Abrid paso!

Esta vez sí reconoció su propia voz.

Las sombras comenzaron a moverse.

Aeron cruzó las puertas sin detenerse.

Hacía años que no pisaba aquel lugar.

Nada había cambiado.

Y, al mismo tiempo, todo era distinto.

El refugio se extendía en el interior de la montaña, construido sobre ruinas mucho más antiguas que cualquiera de los reinos que todavía reclamaban aquellas tierras como propias.

Puentes de piedra atravesaban el vacío entre las paredes.

Escaleras estrechas ascendían hacia galerías excavadas directamente en la roca.

Había viviendas, talleres, patios de entrenamiento.

El aire húmedo olía a hierro, piedra mojada y humo de hornos que nunca llegaba a encontrar el cielo.

Un pequeño reino que se negaba a llamarse reino.

Durante generaciones, aquel lugar había sobrevivido ocultándose.

Esa noche había despertado.

Lámparas que llevaban generaciones sin emitir más que una luz miserable ardían ahora con llamas azules. Símbolos grabados en las columnas brillaban bajo capas de polvo. En algún lugar profundo de la montaña, algo emitió un sonido grave.

Como si la propia piedra respirara después de un sueño demasiado largo.

Los Desterrados habían salido de sus habitaciones. Algunos llevaban túnicas de lana remendadas; otros, piezas de cuero endurecido que conservaban marcas de antiguas batallas. Nadie parecía haberse detenido a vestirse por completo.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Todos miraban sus manos.

Algunos lloraban.

Otros reían.

Un anciano mantenía una pequeña esfera de luz flotando sobre la palma mientras la contemplaba como si hubiese vuelto a encontrar a alguien a quien enterró hacía mucho tiempo.

La magia había regresado allí también.

Aeron apenas los vio.

—Necesito un sanador.

Nadie respondió.

Entonces repararon en la mujer que llevaba entre los brazos.

El silencio se extendió rápidamente.

Una mujer dejó caer lo que sostenía.

Alguien murmuró algo.

Aeron siguió avanzando.

—He dicho que necesito un sanador.

—No.

La voz llegó desde delante.

Aeron se detuvo.

Un hombre descendía lentamente por las escaleras centrales.

Era alto, ancho de hombros y llevaba el cabello gris recogido en la nuca. No vestía armadura ni insignias. Solo una túnica oscura sujeta por un cinturón gastado y una espada que parecía demasiado antigua para seguir utilizándose.

Aeron lo reconoció.

El hombre también lo había reconocido a él.

Sus ojos recorrieron su rostro durante apenas un instante.

No hubo sorpresa.

Ni saludo.

Después miró a Agatha.

Y todo cambió.

—¿Qué has traído aquí?

Aeron apretó la mandíbula.

—Necesita ayuda.

El hombre descendió el último escalón.

—Eso no fue lo que pregunté.

Aeron avanzó.

El hombre se interpuso.

Fue un error.

La magia respondió antes que Aeron.

Las antorchas se apagaron.

Todas.

Un murmullo recorrió el refugio.

La oscuridad se reunió alrededor de Aeron como humo vivo. Trepó por sus botas, envolvió sus piernas y ascendió lentamente por su espalda.

Él la sintió.

Pura.

Obediente.

Hambrienta.

Durante demasiado tiempo había tenido que arrancarle a la magia hasta el último vestigio de poder.

Ahora bastaba con respirar.

Los ojos del hombre se estrecharon.

—Así que también volvió a ti.

Aeron lo miró.

—Apártate.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Entonces Agatha exhaló.

Un sonido diminuto.

Roto.

Pero suficiente.

Aeron bajó la mirada hacia ella.

—Agatha.

Sus párpados no se movieron.

El hombre también la había oído.

Se acercó.

Aeron retrocedió instintivamente.

—No la toques.

—Si quieres que viva, deja de comportarte como un animal.

Aeron levantó los ojos.

El hombre ignoró la amenaza y acercó dos dedos al cuello de Agatha sin llegar a tocarla.

Una luz tenue apareció entre sus dedos.

Duró menos de un segundo.

El hombre retiró la mano.

—No tiene pulso.

—Su magia sigue respondiendo.

—Eso no significa que esté viva.

—Para mí sí.

El hombre volvió a observarla.

Esta vez con más atención.

La herida.

Su rostro.

Después sus ojos descendieron hacia una de las manos de Agatha.

Una pequeña descarga dorada recorrió los dedos inertes.

El hombre quedó inmóvil.

Aeron vio cómo desaparecía el color de su rostro.

—No puede ser.

Aeron guardó silencio.

El hombre levantó lentamente la mirada.

—¿Quién es ella?

—No tenemos tiempo.

—Aeron.

Hacía años que nadie pronunciaba su nombre de aquella manera.

Como una advertencia.

—¿Quién es?

Aeron no apartó la mirada.

No quería decirlo.

Ni siquiera allí.

Pero el cuerpo de Agatha comenzaba a enfriarse entre sus brazos.

Y cada segundo importaba.

—La hija de Eleonora.

El efecto fue inmediato.

Varias personas retrocedieron.

Alguien desenvainó una espada.

La oscuridad alrededor de Aeron se expandió.

—Guarda eso.

El sonido metálico se detuvo.

El hombre de cabello gris no apartó los ojos de Agatha.

—Sácala de aquí.

Aeron creyó haber escuchado mal.

—¿Qué?

—No puede quedarse.

—Se está muriendo.

—Entonces morirá fuera de estas murallas.

Algo crujió.

Una de las columnas cercanas se partió.

No completamente.

Solo una línea negra que recorrió la piedra desde el suelo hasta varios metros por encima de ellos.

Nadie se movió.

Aeron tampoco.

—Vuelve a decirlo.

El hombre lo miró.

No había miedo en sus ojos.

Eso era lo que Aeron siempre había respetado de él.

—Sabes lo que Eleonora hizo.

—Ella no es Eleonora.

—No sabes qué es ella.

Aeron apretó más a Agatha contra su pecho.

—Sé suficiente.

—Entonces deberías tener más miedo que nosotros.

Aeron avanzó un paso.

—No vine a pedirte permiso.

La magia oscura se extendió por el suelo.

Varias armas salieron de sus fundas.

—¡Basta!

Una nueva voz atravesó el patio.

Una anciana apareció entre la multitud.

Era pequeña.

Demasiado pequeña para provocar el silencio que siguió a su llegada.

Caminaba apoyándose en un bastón de madera blanca. Su cabello caía completamente suelto hasta la cintura y sus ojos tenían un color tan claro que por un momento parecieron transparentes.

No miró a Aeron.

Miró a Agatha.

Y se detuvo.

El bastón tembló entre sus dedos.

—Acércala.

El hombre gris giró hacia ella.

—No.

—No te lo he preguntado a ti.

Aeron vaciló.

La anciana levantó los ojos.

—Si quisiera hacerle daño, ya estaría muerta.

Aeron observó a Agatha.

Después caminó hacia ella.

La anciana no tocó la herida.

Apoyó una mano sobre el centro del pecho de Agatha.

Cerró los ojos.

Durante un momento no ocurrió nada.

Entonces las runas de la montaña ardieron.

Todas.

La luz recorrió las paredes del refugio como una onda.

Las personas gritaron.

Aeron sintió que la magia dentro de él se agitaba violentamente.

La anciana retiró la mano.

Retrocedió.

Y miró a Agatha con algo que Aeron no esperaba encontrar en aquel rostro.

Miedo.

—¿Qué ocurre?