Capítulo 27 #2
—Mis madres rechazaron una intervención hereditaria que habría eliminado un riesgo metabólico de mi línea. Siempre pensé que ese riesgo era el precio de que nadie hubiera decidido mejorarme antes de nacer.
Serah la miró.
—Y ahora sé que otras personas decidieron cosas sobre mi línea siglos antes. No sé qué hacer con eso.
Serah no intentó responder.
Maela lo notó.
—Gracias.
Silencio.
—Puede seguir importándote no ser modificada —dijo Serah al fin— aunque alguien antes lo fuera.
—Sí.
La palabra se quebró.
Serah sintió el impulso de acercarse.
—¿Quieres que me acerque?
Maela cerró los ojos.
—Sí.
Serah se sentó a su lado.
No la tocó.
Maela apoyó la cabeza en su hombro.
Serah esperó.
—¿Sí?
Maela soltó algo entre risa y llanto.
—Sí.
Serah la rodeó.
No reconciliación.
No perdón.
Un cuerpo junto a otro.
Era muchísimo.
* * *
A las 15:00 Hellas abrió una convocatoria general de Continuidad.
Seis propuestas.
Mantener todo hasta nueva revisión.
Suspender categorías genealógicas.
Abolir Continuidad.
Reinterpretar pureza desde la fundación.
Recuperar el principio original.
Y una sexta de veintinueve páginas que nadie entendía.
Naturalmente era la favorita de parte del Consejo.
Una médica habló:
—Mi objeción a la selección hereditaria no depende de creer que mis antepasadas nunca fueron modificadas. Depende de que no quiero que una institución decida que mi hija debe ser más dócil, fuerte o productiva antes de que nazca.
Silencio.
—Si esa era la razón de Continuidad, perder el mito de pureza no exige perder Continuidad.
La sociedad empezó a fracturarse en varias direcciones.
Quienes querían conservar reglas y abandonar genealogía.
Quienes querían conservar genealogía reinterpretándola.
Quienes querían abolir todo.
Quienes querían esperar.
Quienes estaban demasiado enfadados para formular nada.
Una sociedad.
No una respuesta.
A las 17:44 destituyeron a Maela.
REVOCACIÓN DE FUNCIÓN CUSTODIAL
Exportación no autorizada.
Quebranto de reserva.
Pérdida de confianza institucional.
Serah sintió rabia.
—¿Vas a recurrir?
Maela pensó.
—No sé.
Serah empezó a enumerar argumentos.
Se detuvo.
—Lo estoy haciendo otra vez.
—Un poco.
—¿Qué quieres?
Maela miró la notificación.
—No decidir hoy.
—Bien.
Maela tocó el lugar vacío de la insignia.
Después lloró una vez, como si el cuerpo hubiera cometido un error.
Serah preguntó:
—¿Sí?
Maela asintió.
Esta vez la abrazó primero.
* * *
A las 23:07 se aprobó la reforma.
No por unanimidad.
Ni cerca.
La cláusula central decía:
Continuidad se define como el deber intergeneracional de impedir que una generación determine deliberadamente características hereditarias de la siguiente con el fin de subordinarlas a objetivos políticos, económicos, productivos, militares o sociales ajenos a su propio bienestar futuro.
Debajo:
La pertenencia a Hellas no dependerá de la demostración de ausencia histórica de modificación hereditaria.
Siglos de genealogías convertidos en otra cosa.
No inútiles.
Historia.
Parentesco.
Memoria.
Ya no prueba de pureza.
Después llegó la declaración del sur.
Cinco enclaves.
No reconocían la reforma.
Mantendrían Continuidad genealógica.
Suspendían participación en el Consejo central.
No independencia formal.
Todavía.
Pero nadie necesitaba fingir.
Se estaban separando.
A las 23:19 una terminal de tránsito anunció:
VALIDACIÓN MANUAL PARA DESTINOS DEL SUR
No decía frontera cerrada.
No decía prohibido.
Solo validación manual.
Serah lo vio en la estación porque una mujer discutía con la operadora del primer andén. Llevaba una bolsa térmica y una chaqueta doblada sobre el brazo.
—Mi madre está en Neris. Salgo todos los jueves.
—Su identificación sigue siendo válida.
—Entonces déjame pasar.
—El enclave ha suspendido reconocimiento automático de sellos del Consejo.
—Pero acabas de decir que sigue siendo válida.
—Sí.
—Entonces.
La operadora miró la pantalla.
—Necesito validación de origen y de destino.
—¿Cuánto tarda?
No lo sabía.
El tren salió mientras seguían buscando a quién correspondía confirmar el segundo sello.
La mujer no gritó.
Se sentó sobre la bolsa térmica y llamó a su madre.
Detrás de ella, una empleada pegó una hoja de papel sobre el lector de sellos.
VALIDACIÓN MANUAL
La cinta no agarró bien a la primera.
En el andén de carga había tres jaulas esperando revisión de destino. Una llevaba filtros de agua. Otra, repuestos agrícolas. La tercera no tenía etiqueta visible.
Nadie discutía.
La gente enseñaba identificaciones, recibía un número y se apartaba.
Una niña preguntó por qué no podían coger el siguiente tren.
La mujer que iba con ella respondió:
—Porque ahora hay que comprobarlo.
No añadió nada.
Serah y Maela siguieron andando.
El sur seguía en el mismo sitio.
Llegar acababa de hacerse más difícil.
—No quería partir Hellas —dijo Serah.
Maela permaneció callada.
—Sabías que podía ocurrir.
—Sí.
—No exactamente así.
—No.
—Pero sabías.
—Sí.
Serah miró la declaración.
—Lo hice igual.
—Sí.
—Entonces, ¿qué diferencia hay con Mara?
Maela negó.
—No hagas contabilidad moral. No son el mismo acto. Tampoco necesitas que lo sean para aceptar el daño.
Serah miró al sur.
—Se están yendo.
—Sí.
—Eso es daño.
—Sí.
—Entonces.
—Que exista daño no demuestra que la decisión fuera incorrecta.
—Tampoco demuestra que fuera correcta.
—No.
—Entonces, ¿cómo sabemos?
Maela soltó aire.
—Quizá no sabemos.
—Es una respuesta horrible.
—Sí.
Serah la miró.
—Eres una Custodia terrible.
Ambas quedaron quietas.
Serah sintió horror.
Maela empezó a reír.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
—Acabas de perder el cargo.
—Precisamente.
Serah rió también.
Dolía.
Todo dolía.
* * *
A medianoche salieron a caminar.
Hellas parecía igual.
Eso era ofensivo.
Una pantalla pública tenía mensajes superpuestos:
NO SOMOS UN ERROR DE ARCHIVO.
NUNCA LO FUIMOS.
CONTINUIDAD ES RECORDAR POR QUÉ DECIDIMOS NO DISEÑARNOS.
CONTINUIDAD ES NUESTRA SANGRE.
MI SANGRE NO ES UN ARGUMENTO.
Serah se quedó leyendo.
No había síntesis.
Perfecto.
Lyra escribió:
¿Estás viva?
Serah respondió:
Sí.
¿Hellas?
Serah miró la plaza.
También.
¿Segura?
Serah pensó.
No.
Lyra respondió:
Mejor.
Serah guardó la terminal.
Maela estaba detrás.
Se puso a su lado.
—Conseguí lo que quería —dijo Serah.
—Sí.
—Los archivos son públicos.
—Sí.
—Ya no pueden cerrarlos.
—No.
—La formulación falsa cayó.
—Sí.
Serah miró el indicador hacia el sur.
—Y rompí algo real.
Maela no dijo que no.
No dijo que ya estuviera roto.
No dijo que la verdad siempre mereciera el precio.
Solo extendió la mano.
No tocó a Serah.
Una pregunta.
Serah puso la suya encima.
Maela cerró los dedos.
Nada quedó arreglado.
Y siguieron caminando.