Capítulo 17
Argyre
Argyre olía a polvo caliente y desinfectante.
Serah había esperado algo más solemne.
Una instalación capaz de alterar tres siglos de historia debería haber olido, en su opinión, a piedra antigua, metal o quizá miedo.
En cambio, olía como cualquier laboratorio que había sobrevivido demasiado tiempo gracias a reparaciones sucesivas.
—No pongas esa cara —dijo Maela.
Serah dejó la bolsa sobre la mesa de preparación.
—¿Qué cara?
—La de decepción arquitectónica.
—No tengo una cara de decepción arquitectónica.
—La tienes desde que entramos.
Serah miró alrededor.
La sala principal de Argyre estaba excavada directamente en la roca del borde norte de la cuenca.
Los primeros módulos habían sido construidos casi dos siglos antes y después ampliados sin un plan visible.
Una pared estaba recubierta con paneles médicos recientes.
La opuesta conservaba conducciones antiguas protegidas por carcasas transparentes.
Nada combinaba.
Eso probablemente explicaba por qué Aonia confiaba en el lugar.
—Esperaba más historia —dijo.
Maela se quitó la chaqueta.
—Hay una pared que tiene ciento ochenta años.
—Eso es infraestructura.
—Para ti todo se convierte en historia cuando envejece lo suficiente.
—Es una definición bastante funcional.
Maela no respondió.
Serah la miró.
Aquello seguía ocurriendo.
Una frase que antes habría producido una sonrisa.
Ahora, nada.
No hostilidad.
Precaución.
Serah se volvió hacia la sala.
Cinco días no habían arreglado nada.
No había esperado que lo hicieran.
Habían trabajado juntas.
Comido juntas dos veces.
Revisado los archivos fundacionales.
Discutido secuencias.
Maela había respondido a todas las preguntas relacionadas con la investigación.
A ninguna que empezara por ellas.
Serah empezaba a comprender que aquello no era castigo.
Era una frontera.
Y que no tenía derecho a decidir cuánto debía durar.
—¿Serah?
Levantó la vista.
Nira estaba al otro lado de la sala.
—¿Sí?
—Necesito tus credenciales para el repositorio.
—Ya las tiene Maela.
Nira miró a Maela.
Maela sacó dos módulos de identificación.
—Separadas.
—Gracias.
Nira tomó ambas.
—Cada acceso queda registrado con persona, hora y conjunto consultado.
—Lo sé —dijo Serah.
—No lo decía por ti.
—Eso es todavía peor.
—Probablemente.
Maela casi sonrió.
Serah lo vio.
No dijo nada.
La sala empezaba a llenarse.
Keira Sol había llegado primero y llevaba más de una hora comprobando el equipo clínico.
Dos técnicas de Argyre preparaban los escáneres.
Amara estaba junto a una estación biomecánica revisando parámetros con una concentración que Serah encontraba ligeramente inquietante.
Parecía feliz.
Muy feliz.
Vespera estaba cerca de la entrada.
Sin terminal.
Sin insignia visible.
Sin nada que indicara que podía cerrar dos salas de Aonia apoyando un dedo.
Aquello era deliberado.
Serah lo supo.
También sabía que no bastaba para que dejara de ser Coordinadora.
El poder no desaparecía porque una se quitara el símbolo.
Lyra todavía no había entrado.
Eso parecía importar.
Todas hablaban menos.
Nadie había ordenado silencio.
Serah miró el reloj.
07:58.
La puerta interior se abrió.
Lyra entró sola.
Llevaba ropa cómoda, oscura, el cabello recogido y una pequeña bolsa bajo el brazo.
Nada en ella parecía ceremonial.
Serah agradeció eso.
Lyra se detuvo.
Miró la habitación.
A todas.
Después el equipo.
—Bien —dijo—. Esto sigue pareciendo una idea horrible.
Amara sonrió.
—Podemos cancelarla.
—Eso ha sido sospechosamente correcto.
—He practicado.
—Se nota.
Keira se acercó.
—Antes de empezar, vamos a repetir el procedimiento.
Lyra asintió.
—Ya lo he leído.
—Lo sé.
—Dos veces.
—Lo sé.
—Veintiocho páginas.
—También.
Lyra suspiró.
—Adelante.
Keira no sonrió.
Serah empezó a entender por qué Lyra la había elegido.
—Puedes parar cualquier prueba en cualquier momento.
—Sí.
—Parar una no cancela automáticamente las siguientes.
—Sí.
—Pero puedo cancelar todo.
—Sí.
—Sin explicar.
—Sí.
—Si pierdo capacidad de decidir por una emergencia médica, actúas solo para resolver la emergencia.
—Exacto.
—No para terminar una medición porque ya casi estaba.
Amara levantó una mano.
—Prometo contenerme.
—No estaba hablando contigo.
—Eso también ayuda.
Lyra sonrió.
Vespera no.
Serah vio su esfuerzo por permanecer quieta.
Keira continuó.
—Cada bloque requiere confirmación nueva.
—Sí.
—¿Quieres a alguien contigo durante el examen físico inicial?
Lyra miró alrededor.
Durante un instante Serah pensó que elegiría a Vespera.
No.
—Nira.
Vespera no reaccionó.
O casi.
Nira se acercó.
—Bien.
Keira señaló una puerta lateral.
—Entonces empezamos allí.
Lyra dio dos pasos.
Se detuvo.
Miró a Amara.
—No entras.
Amara asintió.
—Bien.
Después a Serah.
—Tú tampoco.
—De acuerdo.
A Maela.
—Tampoco.
—Sí.
Lyra miró a su madre.
Fue la más difícil.
—Tú tampoco.
Vespera tardó apenas un segundo.
—De acuerdo.
Lyra la observó como si hubiera esperado algo más.
Quizá también Vespera.
Después entró con Nira y Keira.
La puerta se cerró.
Amara respiró.
—Eso ha ido bien.
—Llevamos cuatro minutos.
—Por eso.
Serah se sentó.
No quería estar de pie esperando a que el cuerpo de Lyra empezara a producir información.
La frase mental la incomodó.
Producir información.
No.
La información ya estaba allí.
Ellas estaban midiendo.
Aquella diferencia parecía pequeña.
Después de todo lo ocurrido, ya no lo era.
Maela se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
Serah miró sus manos.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas eso.
Serah levantó los ojos.
Maela la estaba mirando.
—¿Qué cosa?
—Pensar algo sobre mí y decidir que es demasiado complicado para decirlo.
Serah sintió el golpe.
—Eso ha sido deliberado.
—Sí.
—Merecido.
—Probablemente.
Serah respiró.
—Estaba pensando que antes te habrías sentado más cerca.
Maela quedó inmóvil.
Serah se arrepintió de inmediato. Era cierto, pero quizá seguía intentando convertir observación en progreso.
—Lo siento.
Maela miró al frente.
—Antes también habrías tocado mi mano sin preguntar.
Serah no respondió.
—Ahora no.
—No.
—Eso no es necesariamente peor.
Serah sintió la frase.
—No.
—Bien.
La puerta se abrió.
Lyra salió.
Llevaba la misma ropa.
Serah sintió una gratitud absurda.
Había esperado bata clínica.
Exposición.
Algo que la convirtiera visualmente en paciente.
Keira parecía haber entendido que no hacía falta.
—Primer bloque —dijo—. Imagen estructural.
Lyra miró el escáner.
—Ese es el que parece una tumba.
Una de las técnicas de Argyre frunció el ceño.
—Nunca lo había pensado así.
—Ahora sí.
—Gracias.
Amara se acercó.
—El escaneo dura nueve minutos.
Lyra levantó una ceja.
—Keira.
Amara se detuvo.
Lyra la señaló.
—Ella dirige lo clínico.
Amara cerró la boca.
Keira respondió:
—Nueve minutos para la primera secuencia. Después puedes salir antes de decidir si hacemos las siguientes.
—Bien.
Lyra miró a Amara.
—Ahora tú.
Amara tardó un segundo en entender.
—¿Qué?
—Puedes decir para qué sirve.
Serah vio algo en el rostro de Amara.
No satisfacción.
Algo más parecido a ser admitida.
—Reconstrucción ósea y tejido conectivo —dijo—. Quiero comparar proporciones, densidad, articulaciones y distribución de cargas con los modelos que ya tenemos.
—Sin imágenes externas.
—Sin imágenes externas.
—¿Cara?
—La primera secuencia incluye cráneo.
Lyra pensó.
—¿Necesario?
Amara miró a Serah.
Serah sintió el impulso de responder.
No lo hizo.
Amara volvió hacia Lyra.
—Para mi parte, no.
Serah habló cuando Lyra la miró.
—Para la comparación histórica podría ser útil, pero no necesario.
—Entonces no.
Keira modificó el protocolo.
—Cráneo excluido del primer bloque.
La técnica ajustó el equipo.
Serah sintió una punzada extraña.
Una parte de ella quería el dato.
Claro que lo quería.
Había reconocido el rostro de Lyra antes que ninguna otra cosa.
Pero el no de Lyra acababa de convertir una posible medición en una ausencia.
Y el mundo seguía funcionando.
Aquello también era información.
El examen avanzó despacio.
Mucho más de lo que Amara habría preferido.
Eso se hizo evidente durante la tercera pausa.
—Si agrupáramos las dos secuencias siguientes ahorraríamos diecisiete minutos.
Lyra estaba bebiendo agua.
—No.
—Bien.
—¿No vas a discutir?
—No.
—Eso también es inquietante.
—Estoy aprendiendo.
Vespera, sentada al otro extremo de la sala, soltó algo que podría haber sido una risa.
Lyra la miró.
—Tú tampoco.
—No he dicho nada.
—Tu cara.
—Eso es genético.
Nira levantó la cabeza de la terminal.
—Deja de robarme chistes.
Vespera sonrió.
El ambiente cedió un poco.
Serah estaba descubriendo que la mayor parte de un examen científico no tenía nada de dramático.
Esperar.
Recalibrar.
Repetir una medición porque el sensor se había desplazado.
Discutir si dos décimas de diferencia eran significativas o si Lyra simplemente había cambiado de postura.
Keira preguntando:
—¿Puedo tocar tu muñeca?
Lyra:
—Sí.
Después:
—¿Tu abdomen?
Una pausa.
—¿Para qué?
La explicación.
Entonces sí.
O no.
Cada vez.
No había una gran ceremonia alrededor del consentimiento.
Eso era precisamente lo importante.
Era tedioso.
Repetitivo.
Humano.
Serah se preguntó cuántos abusos habrían desaparecido de la historia si decir «¿puedo?» hubiera sido considerado una parte normal de cualquier procedimiento en vez de una concesión.
Pensó en Maela.
No quiso hacerlo.
Ya era tarde.
Durante la exploración biomecánica, Amara pidió acercarse.
Lyra estaba de pie sobre una plataforma de presión mientras varias líneas luminosas seguían su postura.
—¿Para qué?
—Quiero comprobar manualmente la rotación de la cadera.
Lyra la miró.
El recuerdo del hombro parecía estar entre ambas.
Serah no sabía exactamente qué había ocurrido en aquella terraza.
No necesitaba saberlo.
—¿Cómo? —preguntó Lyra.
Amara mostró el movimiento sobre sí misma.
Dos dedos junto a la cresta de la pelvis.
La otra mano no tocaría.
Lyra pensó.
—Sí.
Amara se acercó.
El contacto duró pocos segundos.
Clínico.
Preciso.
Serah observó la cara de Lyra.
No la mano de Amara.
Lyra sabía que Amara la deseaba.
Eso era evidente incluso para Serah.
Quizá precisamente por eso la claridad del permiso importaba tanto.
—Otra vez —dijo Amara.