02.17h
Carlota tenía el aliento contenido y Maxine observaba a la anciana desde una de las butacas con un gesto devastado.
Aunque se había perdido en algunas partes de la narración por culpa de su deficiente español, había captado la crudeza de la historia.
Alana, que había estado mirando por la ventana de la biblioteca mientras les contaba el final de ese capítulo de su vida, sostenía todavía Le Nocturne Astronomique contra el pecho.
Se giró hacia su invitada y le dedicó unas palabras con cara de circunstancias:
—Siento que te enteres así de cómo murió Herbert.
Maxine la observó con expresión seria.
—Tal vez fue lo mejor para mi familia —replicó con un marcado acento.
Alana asintió con solemnidad. No tenía ni idea de si el alemán maltrataba a su esposa. Quizá ese niño del que Lemêtre le había hablado una vez habría crecido mejor sin un padre tan cruel.
—¿Se lo dijiste al abuelo Charles? —quiso saber Carlota.
Alana sonrió con tristeza.
—Sí, poco después de que Arthur muriera, y se lo tomó relativamente bien, a decir verdad, aunque no tuve el valor de revelarle toda mi historia como he hecho contigo.
Carlota se acercó y puso una mano en su hombro para mostrarle apoyo.
—Creo que ha llegado el momento —dijo entonces su bisabuela, y alargó la mano hacia la mesa auxiliar sobre la que reposaba la carta sellada que Lawrence le había dejado en esa caja suiza.
Para Alana.
Pasó los dedos arrugados por la edad y la artrosis sobre las letras manuscritas del que había sido su gran amor.
Uno por el que su corazón había latido durante décadas en una espera casi infinita.
Siempre había tenido la esperanza de volver a verlo, de que él le hiciera saber qué había sido de su vida. Y lo había hecho, a su manera.
Abrió la carta con manos temblorosas, rompiendo el lacre. Carlota se percató de que se le llenaban los ojos de lágrimas casi desde el principio. Eso, y la ausencia de sus gafas, le dificultaba la tarea. Al final, le tendió el papel a su bisnieta.
—Léela para mí, por favor.
Málaga, noviembre de 1980
Querida Alana:
He intentado escribir esta carta demasiadas veces y todavía no sé por dónde empezar.
A estas alturas de mi vida he aprendido a mentir con precisión, a sostener una mirada sin pestañear mientras destruyo una vida entera, a desaparecer sin dejar rastro y a vivir bajo nombres que ya ni recuerdo.
Pero sigo sin poder hablarte sin que me tiemble el pulso.
No sé si cuando leas esto seguiré vivo. Los médicos han intentado ser amables, pero hay silencios que hablan por sí solos: hay una enfermedad creciendo dentro de mí con la paciencia de un verdugo. No tiene cura y me queda poco tiempo.
No sé si es la certeza de la muerte, pero no puedo dejar de pensar en ti.
Han pasado más de cincuenta años desde la primera vez que te vi en aquel barco.
Aún recuerdo el color de tu abrigo, insuficiente para el frío del Atlántico, el vapor saliendo de las chimeneas y esa forma tuya de mirarme.
Tardé en acercarme a ti porque me dabas miedo.
Siempre me lo diste, es como si desde el principio hubiera sabido que te apoderarías de mi alma si lograba que me mirases una única vez.
El resto ya lo sabes. Me enamoré de ti con una pasión que no he vuelto a sentir por nada ni por nadie.
Fuiste toda mi vida y, cuando nos separamos, todo perdió sentido.
Seguí viviendo por inercia, porque te lo debía.
Yo te había pedido lo mismo y me hubiera resultado deshonesto no cumplir con mi parte.
Entré oficialmente en el MI6 pocos meses después de salir de Suiza.
Para entonces ya había aceptado que mi destino no volvería a pertenecerme.
Londres, Berlín, Estambul, Praga, Moscú…
ciudades distintas, hoteles parecidos y rostros que olvidaba al día siguiente.
Aprendí idiomas, códigos, venenos y hasta métodos de interrogatorio.
Me enseñaron cómo hacer desaparecer a un hombre y cómo convertir a otro en traidor.
Resulté ser extraordinariamente bueno en ello.
¿Y sabes por qué? Porque nunca tuve miedo.
Todos a mi alrededor creían que era valentía y admiraban mi sangre fría, la forma en que me ofrecía voluntario para las operaciones más suicidas.
Había hombres que apostaban cuánto tardaría en morir.
Yo mismo lo hacía algunas noches. Pero la verdad era mucho más simple y mucho más triste: vivir sin ti se había convertido en una forma lenta de agonía, así que corría riesgos innecesarios con la esperanza de que alguien terminara el trabajo por mí.
Una detonación bajo un coche en Beirut, un disparo desde una ventana en Varsovia, una copa envenenada en Viena.
.. Me daba igual. Cualquier final me parecía más misericordioso que despertar cada mañana sabiendo que tú nunca estarías a mi lado.
Con el tiempo me convirtieron en agente doble.
Ni siquiera ahora puedo escribir ciertos nombres; la costumbre del secreto, supongo.
Viví años enteros fingiendo lealtades, caminando sobre una cuerda tan fina que bastaba una palabra mal dicha para terminar con una bala en la nuca o flotando en algún río extranjero. No tuve esa suerte.
Nunca volví a amar, Alana. Cada vez que se me acercaba una mujer, por muy hermosa, inteligente o peligrosa que fuera, sin poderlo evitar la comparaba contigo.
Todas perdían. Sé que era injusto para ellas y cruel para mí, pero es que nadie me provocaba como tú, ninguna pronunciaba mi nombre igual y no conseguían ni por un instante que olvidara quién era, como habías hecho tú.
A veces pienso que todo lo que hice después de separarnos fue simplemente sobrevivir.
Cuando no soporté más la distancia, comencé a visitar Málaga con asiduidad.
Me torturaba vagando como un fantasma por las mismas calles por las que tú te movías; y empecé a hacerlo con tanta frecuencia que incluso mis jefes sospechaban que tenía contactos importantes en Andalucía.
Nunca supieron la verdad: que el hombre más temerario de su equipo cruzaba media Europa solo para ver a una mujer tomarse un café un sábado por la mañana.
Pedí un piso franco cerca de tu casa. Oficialmente era un punto de vigilancia para operaciones en el Mediterráneo.
En realidad, era un lugar desde cuya ventana podía verte regresar al atardecer.
Todavía recuerdo la cortina blanca de tu salón moviéndose con el viento, la maceta azul del balcón, la forma en que te recogías el pelo cuando estabas cansada.
Dios mío, Alana… cuántas horas pasé observando una vida que debería haber sido la mía.
Te vi convertirte en una mujer aún más hermosa con los años.
Más fuerte, también. Vi crecer a tu hijo con un amor que me desgarraba por dentro.
Nuestro hijo… Lo vi dar sus primeros pasos en el jardín, caer de una bicicleta y levantarse furioso, exactamente igual que había hecho yo cuando tenía su edad.
Lo vi entrar en la escuela con una mochila demasiado grande para su espalda.
Una vez, cuando tendría unos nueve años, se perdió unos minutos en el mercado y fui yo quien lo guio con discreción hacia donde tú lo buscabas desesperada.
Nunca supiste que estuve tan cerca que podría haberlo abrazado. Haberte abrazado a ti.
Y después regresaba al piso franco y me servía whisky hasta quedarme dormido, porque comprendía que aquel niño crecería sin saber mi nombre, mientras Arthur ocupaba el lugar que yo abandoné. Qué ironía, ¿no te parece?
Sin embargo, jamás sentí celos. Solo gratitud por la vida que os estaba dando: una limpia de peligros, amenazas y balas. Os protegí de mí mismo, Alana.
El mundo tiene una forma terrible de endurecer a las personas, pero tú conservaste tu esencia, tu indiscutible carácter, la luz de tus ojos.
No sé si me odiarás por escribir estas palabras después de tanto tiempo, por espiarte de un modo tan inquietante, sin atreverme a acercarme a ti; no quería destruir una vida en la que parecías feliz.
Tal vez toda esta carta sea un acto demasiado egoísta de un hombre que sabe que va a morir pronto y que anhela que su gran amor lo recuerde, aunque sea un último instante.
Mientras la enfermedad me atormenta, paso las noches soñando contigo, con la casa que nunca tuvimos: los desayunos juntos, las discusiones absurdas y tu mano sobre la mía mientras envejecemos frente al mar.
A veces sueño que entro por la puerta y simplemente me miras con una sonrisa y el pelo alborotado.
Entonces despierto y la habitación vuelve a estar vacía.
No le temo a la muerte. Sería ridículo después de tanto anhelarla. Lo único que lamento es no poder estar frente a ti una última vez, oír tu voz sin esconderme y decirte la verdad mirándote a los ojos. Que sostengas mi mano mientras exhalo ese último suspiro.
Solo eso.
He servido a hombres que ni siquiera recordarán mi nombre dentro de unos años, he cruzado fronteras con documentos falsos y sangre ajena en la ropa. Pero el único acto sincero que he hecho en toda mi vida ha sido amarte.
Si alguna vez piensas en mí, no recuerdes los momentos amargos.
Quédate con los besos que nos dimos en los Alpes, con las palabras de amor susurradas contra los labios del otro, con esa pasión que por un momento lo pudo todo.
Y si existe algo después de esta vida miserable, buscaré tu mano entre la multitud hasta encontrarte.
Siempre tuyo,
Lawrence
Carlota había tenido que tomar aire en varias ocasiones mientras leía.
Cuando terminó, dejó la carta sobre la mesa y tardó unos segundos en ser capaz de mirar a su bisabuela.
Sabía que esas palabras eran demasiado para un corazón tan débil como el suyo, pero Alana le había insistido en que siguiese cada vez que se había detenido.
Alzó la mirada hasta su bisabuela y, al contrario de lo que pensaba, no lloraba desconsolada. Sus lágrimas parecían más bien serenas, si es que eso era posible. Incluso sonrió.
—Sí que era él —susurró. Carlota frunció el ceño, sin comprender—. Cuando creía verlo en el jardín, en la calle. Era él. Nunca me abandonó.
Maxine se acercó a Carlota y le dio la mano un instante. La carta la había dejado más temblorosa que a Alana, como si descubrir un final tan amargo fuese más de lo que había esperado.
—Enciende mi gramófono, querida —le pidió de pronto Alana—. Ya sabes qué canción quiero escuchar.
Carlota obedeció al momento, se acercó al aparato y buscó Moonlight Serenade . Las notas musicales invadieron la estancia, que se había quedado en silencio. Alana sonrió y cerró los ojos mientras jugueteaba con el reloj, que todavía sostenía entre sus dedos.
—Ya está aquí —susurró tan bajo que casi no la escucharon—. Ha venido a buscarme por fin.
Carlota miró a Maxine, alarmada. Antes de que ninguna pudiera reaccionar, el brazo de Alana cayó inerte a un lado del reposabrazos. Le Nocturne Astronomique se escurrió de entre sus dedos y cayó sobre la alfombra con un sonido sordo. Marcaba las 2:17 de la madrugada.