Epílogo¿Te has quedado con ganas de más?
Epílogo
Carlota dejó un ramo de flores sobre la tumba donde había enterrado a su bisabuela tres meses atrás.
No descansaba junto a su hijo Charles ni con su nieto, pero estaba segura de que ella lo habría querido así.
Miró a Maxine, a su lado, con una sonrisa triste, y se levantó para observar mejor su lugar de reposo.
—Gracias —le dijo a su compañera—. Me consuela saber que ahora están juntos.
Tras la súbita muerte de Alana, mientras Carlota trataba de recomponerse del dolor de haber perdido a su referente en la vida, Maxine había realizado una exhaustiva búsqueda por todos los cementerios de la provincia.
Si Lawrence había escrito desde Málaga estando enfermo, debía de haber muerto allí.
No se imaginaba a nadie tratando de repatriar su cuerpo.
Así que, tras dos intensos días, había dado con la información que necesitaba: había un Lawrence Blackmore enterrado en el cementerio de Málaga.
Se lo había contado a Carlota de inmediato, que había llorado aferrada a ella mientras tomaba una decisión difícil: Alana no descansaría en el pabellón familiar, sino junto al gran amor de su vida.
Carlota se secó las lágrimas. Todavía le costaba hacerse a la idea y algunas noches se despertaba pensando que no era posible que se hubiera ido. Sin embargo, luego la asaltaba la realidad. «Tenía ciento diez años, es ley de vida», le decía la gente. Y, aun así, el vacío era devastador.
Maxine envolvió su espalda y le acarició el brazo para consolarla. Carlota asintió y miró su lápida una vez más. Había respetado el epitafio que Lawrence había elegido para sí mismo.
Solo tenemos el ahora.
Lawrence Blackmore (1912-1980)
Alana Montrose (1915-2026)
Carlota tomó aire y miró a su alrededor. Ya estaba atardeciendo y pronto cerrarían el cementerio.
—Tenemos poco tiempo —le dijo a Maxine.
—¿Crees que lo que vamos a hacer es ilegal?
—No lo sé. Tú vigila que no venga nadie.
Maxine asintió y merodeó por la zona en busca de algún intruso.
Entonces, Carlota se arrodilló junto a la tumba y comenzó a cavar en un rincón que había bajo un rosal.
Un espacio diminuto pero muy profundo. Tardó casi media hora en lograr la profundidad y el espacio que creía adecuados.
Sacó una pequeña caja del bolso y la abrió un instante.
Admiró Le Nocturne Astronomique por última vez y acarició las esferas que se habían detenido en el mismo momento en el que el corazón de Alana había dejado de latir.
Quizá se le había terminado la cuerda, pero le había parecido una señal.
Cerró el pequeño baúl con cuidado, lo depositó en el hueco y luego lo cubrió con la tierra, asegurándose de que no se notase nada.
—Esto os pertenece —susurró, poniendo una mano sobre el suelo húmedo, y se esforzó por contener una emoción que a veces la desbordaba. Al fin, se levantó y se sacudió la tierra de los pantalones—. ¿Vamos?
Maxine, que seguía vigilando, asintió. Mientras se perdían por el camino del cementerio, la tomó de la mano y depositó un suave beso en el dorso.
—¿Y nosotras?
Apenas habían hablado de la relación que habían iniciado entre besos, dudas y viajes.
—Quizá nosotras podamos aspirar a un para siempre.
FIN