La Torre de Ravenshire
Cuando llegué al Hôtel du Léman, lo que encontré fue incluso más desolador que la primera vez que lo vi.
El establecimiento estaba perfectamente acondicionado tras la reforma, con unos elegantes ventanales, un acogedor suelo de madera, las paredes revestidas de un refinado papel pintado y el calor de un sistema de calefacción central.
Sin embargo, lo hallé vacío. No quedaba allí ni un alma, ni siquiera la fiel señora Friedrich.
Arthur, a pesar de nuestra discusión, me había hecho caso y había desalojado el lugar.
Suspiré con una mezcla de alivio y tristeza.
Los nazis no alcanzarían a la gente a la que habíamos protegido todo aquel tiempo, pero ya no podríamos ayudar a nadie más.
Nuestra actividad quedaría al descubierto pronto.
Sabía que, en cuanto monsieur Lemêtre no se presentara a nuestra cita, Herbert vendría a por mí.
Tomé aire y paseé entre esas paredes, tratando de despedirme.
No volvería a desayunar acompañada de las risas de los hijos de Edith, no habría charlas literarias, ni espacios para la pintura y la creación.
No me molesté en contener las lágrimas y dejé que cayeran libres por mi rostro.
Todo había terminado: los secretos, mi relación con Lawrence…
Lo único que me quedaba era la vida que crecía en mi interior.
Me acaricié el vientre y me dirigí al despacho.
Por lo menos, guardaría lo único que me recordaba el origen de todo; una leyenda que le contaría a mis nietos.
Abrí el cajón del escritorio y me sorprendió encontrar La hija del relojero .
Arthur no se lo había llevado, decidido a dejar el pasado atrás.
Cogí el cuento con manos temblorosas y me dirigí a mi habitación.
Abrí el armario y llené mi maleta con casi todos los vestidos que había usado durante esos dos años, un neceser con algo de maquillaje y el libro de Frankenstein o el moderno Prometeo .
Entonces comprendí por qué era el favorito de Lawrence.
Igual que el protagonista, había tenido un padre negligente, uno que había renegado de él.
Apreté la novela contra mi pecho, sintiendo que así podía abrazarlo a él.
Luego lo deposité en mi equipaje junto al cuento, cerré la maleta y me quedé un buen rato sentada en el suelo.
Debería haberme dado prisa y haber salido corriendo de allí, pero creo que una parte de mí quería que Herbert me encontrase y terminara con mi agonía.
Mi corazón estaba agotado. Solo tenía veintisiete años, pero me asaltaba la sensación de haber vivido demasiado, de haberlo perdido todo.
¿Qué quedaba para mí? Solo ese hijo que crecería entre mentiras, sin saber de su verdadero padre.
Me hice un ovillo y me abracé a mí misma en un vago intento de no sentirme tan sola.
De pronto, escuché ruidos en el exterior; conté los pasos de cuatro o cinco hombres.
Cerré los ojos y sonreí con pena por mí misma.
Sería capaz de reconocer los andares de un asaltante en cualquier parte y, en ese momento, no me cupo ninguna duda: Herbert había descubierto mi artimaña para salvar a monsieur Lemêtre y venía a por mí, a por los míos.
Pues que me encontrase. No me moví y, por primera vez en mi vida, me rendí.
Los hombres de Herbert echaron la puerta abajo y tomaron el hotel como si se tratase de una fortaleza enemiga.
Corrían y gruñían, enfrentándose a un ejército invisible.
Pero solo encontraron a una mujer sentada en el suelo en medio de una habitación.
Me miraron desconfiados, creyendo que todo formaba parte de una trampa.
No se acercaron a mí. Buscaron en las ventanas y en los armarios, tal vez esperando dar con una bomba o un poco de dinamita que nos hiciera volar a todos por los aires.
—No hay nada, señor —informó uno de ellos hacia el pasillo—. Solo ella.
Herbert entró en la habitación y me analizó con el ceño fruncido.
Después, les hizo un gesto a sus hombres para que nos dejaran solos.
Paseó a mi alrededor, como un pájaro carroñero dispuesto a alimentarse de una presa indefensa.
No levanté los ojos hacia él, tenía la mirada perdida por la ventana.
Si moría en ese momento, prefería hacerlo observando los abetos nevados que rodeaban el hotel, los mismos que había visto desde el tren cuando viajaba con Lawrence a mi lado. Cerré los ojos.
—No me gustan las mentirosas —dijo de pronto.
Noté algo frío contra mi sien. Luego escuché que amartillaba un revólver.
Contuve el aliento y conté hasta tres. «Uno, dos y tres».
Cuando escuché el disparo, grité. Sin embargo, enseguida me di cuenta de que no sentía dolor.
¿Tan inocua era la muerte? Escuché un cuerpo desplomarse.
Abrí los ojos y volví a chillar cuando descubrí a Herbert con un impacto de bala en mitad de la frente y los ojos puestos en las vigas del techo, sin ver en realidad.
Alguien le había disparado a través de la ventana, que había estallado en mil pedazos.
Me arrastré unos cuantos pasos atrás, horrorizada, como si quisiera huir del charco granate que se apoderaba por momentos del suelo del hotel.
Te aseguro que la sangre es mucho más oscura de lo que creemos.
Me quedé atrapada en ese color, sintiendo que me encontraba de nuevo frente a madame Beatrice.
Le Nocturne Astronomique se resbaló del bolsillo del chaleco de Herbert, queriendo tomar parte en esa escena macabra.
Lo miré, pero no me atreví a tocarlo. Mi cuerpo temblaba y aguardé a que viniera alguno de sus soldados a rematar la faena.
No obstante, comencé a escuchar pasos apresurados, gritos y más tiros.
Alguien había entrado en el edificio, implacable.
Me cubrí los oídos con las manos y apreté los labios.
Cerré los ojos con fuerza para intentar escapar del horror.
Pasaron segundos.
Minutos.
Ya no se oía nada.
—Alana. —Alguien me tocó el brazo y abrí los ojos muy poco a poco.
Lawrence estaba arrodillado frente a mí.
Tenía una pistola en la mano, humeante todavía.
Su rostro y su ropa se encontraban llenos de sangre, pero no era de él.
Se secó la mejilla con la manga, percatándose de lo letal que parecía así, y guardó el arma en su chaleco.
Luego me abrazó con fuerza. Notaba su corazón, desbocado, contra mi pecho.
Me aferré a él y lloré angustiada. Sostuvo mi rostro entre sus manos y me miró a los ojos con dureza.
—¿Por qué has hecho eso? —quiso saber—. ¿Por qué seguías aquí? ¿Por qué te has rendido?
—No puedo. —Yo seguía llorando—. No voy a poder vivir sin ti; prefiero la muerte. Huyamos juntos, Lawrence. Adónde sea, no me importa.
Él me besó con desesperación, sabía que mi petición era una locura. Se separó de mí, pero no me soltó; quizá temía que, de hacerlo, terminara con mi vida de cualquier forma.
—Una vez te reproché que lo eligieras a él —murmuró con la voz ronca.
Dolía demasiado hablar de Arthur.
—Me equivoqué —mascullé.
—No. Ahora sé que lo hiciste por mí. No querías que llevase una vida llena de peligros y miserias. —Suspiró—. Tal vez ese sea mi destino, pero tú todavía estás a tiempo. Elige la vida, Alana. Hazlo por mí, por nuestro hijo.
Lo miré con los ojos muy abiertos. Balbuceé, incapaz de articular una palabra coherente por unos segundos, y me dedicó una mirada triste.
—¿Lo sabes?
—Conozco cada forma de tu cuerpo —susurró muy cerca de mis labios—. Hubiera estado ciego si no me hubiese dado cuenta.
Rompí a llorar de nuevo.
—Juntos no podremos darle una vida digna —insistió—. Pero él sí.
—No me pidas esto…
—Acabo de matar a cinco hombres —replicó—. Me van a perseguir. Por mucho que el MI6 respalde mis actos, acabo de poner una diana en mi espalda. No quiero que ese niño termine siendo un huérfano como nosotros. Cuídalo por los dos, dale la vida que yo no pude tener.
Me besó de nuevo y nuestras lágrimas se mezclaron.
—No, Lawrence… No puedo.
—Eres la mujer más valiente que conozco, claro que puedes. Solo te pido una cosa.
—¿Qué? —musité con la voz quebrada.
—Algún día, cuéntale quién fue su padre. No me olvides, Alana.
Lloré abrazada a él como si me estuviera arrancando el corazón del pecho.
No sé cuánto tiempo pasamos así, pero sentía que no podía separarme de él.
Al final, fue Lawrence quien demostró tener más fuerza de voluntad y me alejó con cuidado.
Vi que también tenía los ojos rojos e hinchados.
Me llevé la mano al vientre. No debía pensar solo en mí.
De lo contrario, me hubiera lanzado a sus brazos de nuevo, le habría prometido amor eterno y hasta le habría propuesto sacrificarnos por la causa si era necesario, pero juntos.
—Vuelve con Arthur —me pidió sin rencor, y eso fue incluso peor—. Ten la vida que mereces, Alana, y no la de una fugitiva.
Me temblaron los hombros por culpa del llanto. Lawrence se acercó a Herbert y se agachó a su lado. Cogió Le Nocturne Astronomique del suelo y se lo guardó en el bolsillo. Me miró una última vez y estuve a punto de arrastrarme a sus pies para detenerlo.
—Te querré siempre, aunque el mundo deje de girar.
Y se marchó.
Encontré a Arthur en el Hotel Richemond. Cuando pregunté por él, la recepcionista me dio su número de habitación. No sin primero mirarme de arriba abajo. Estaba despeinada, tenía la ropa manchada de sangre; los ojos y la nariz, congestionados.
No me importó. Entré en ese extraño estado de trance en el que todo a tu alrededor transcurre con lentitud, ajeno a ti.
Llamé a la puerta y Arthur abrió de inmediato.
Nos quedamos en ese pasillo del hotel, mirándonos de frente, quizá tratando de calcular el daño que nos habíamos hecho el uno al otro, pero me tendió la mano y yo se la cogí.
Cerró la puerta tras de sí y me acompañó hasta uno de los sillones que se encontraban junto a la ventana.
Creo que se percató de mi fragilidad. Me preparó un té caliente y lo dejó en una mesa auxiliar, delante de mí.
No preguntó por la sangre ni por las lágrimas.
Él era así. Prefería omitir los problemas y mirar hacia adelante; cada uno lidia contra el dolor como puede.
—Lo siento —me disculpé, sin saber muy bien por qué.
Por mi infidelidad, por amar a otro hombre con una intensidad que no me dejaba respirar. Arthur asintió y se sentó frente a mí, tomándome una mano con cautela.
—Los dos hemos cometido errores —dijo al fin—, y asumiremos las consecuencias juntos.
Miró hacia mi vientre por toda explicación y me emocioné al comprender que me estaba ofreciendo aceptar a mi hijo como suyo.
—Es sangre de mi sangre, después de todo —añadió con un carraspeo. Contuve un sollozo—. Es el precio que ambos pagaremos por nuestros pecados.
—El amor no es un pecado, Arthur.
Apretó las mandíbulas y tuve la sensación de que contenía las lágrimas.
—No, pero el abandono sí. —Tragué saliva. Él me soltó y se levantó; después, miró por la ventana, suspirando—. No quiero volver a hablar de esto.
Asentí y me quedé en silencio frente a un té que se enfriaba. Me sentía incapaz de comer o beber.
—No podemos quedarnos aquí —dijo un rato después—.
Nos hemos implicado demasiado en toda esta trama y es arriesgado para ti y para…
nuestro hijo. España también es un país neutral y tenemos una propiedad allí: la Torre de Ravenshire.
No tiene nada que ver con Wetherby Hall, pero el clima de Málaga es bueno y será un buen lugar para tener al bebé.
Nos trasladamos esa misma semana, casi con lo puesto.
Por suerte, la Torre de Ravenshire estaba en buen estado y bien acondicionada, por lo que tardé poco en sentirme como en casa.
Aproveché el embarazo para mantenerme ocupada con la decoración y la ropa del bebé.
Trataba de no pensar mucho en Lawrence, pero era imposible.
Se había metido bajo mi piel y sabía que jamás me dejaría; asumí que se había convertido en una parte de mí.
Me resigné a la nostalgia e intentaba pensar que él estaría bien allá donde se encontrara.
Era un hombre resolutivo, un superviviente; siempre se había referido así a nosotros.
Aun así, en las noches de tormenta me asaltaban terribles pesadillas.
Charles nació el 14 de julio de 1942. Tenía los ojos de color azul índigo, idénticos a los de Lawrence. El parecido podría haberme roto el corazón, pero pensé que era mejor así. Por lo menos no olvidaría su mirada; como si eso hubiera sido posible…
La guerra terminó en 1945 y te mentiría si te dijera que nunca lo busqué.
Pasé años tratando de saber qué suerte habían corrido los integrantes de la Resistencia y del MI6.
Incluso traté de localizar a monsieur Lemêtre con la esperanza de que tuviera alguna noticia sobre Lawrence, pero me resultó imposible dar con ninguno de los dos.
Me acostumbré a vivir con la incertidumbre.
Nunca supe si lo habían matado en la guerra, en una de sus peligrosas misiones o en un ajuste de cuentas.
Puede que al final hubiese dejado atrás todo aquello y hubiera rehecho su vida con otra mujer, una que no conocería su pasado. Quizá incluso hubiera tenido hijos.
Algunas veces, cuando paseaba por el jardín, creía distinguirlo detrás de los árboles.
Otras, habría asegurado que lo veía apostado en algún rincón de la Torre de Ravenshire.
En ocasiones, incluso me parecía reconocerlo en la calle, al doblar alguna esquina o a través del ventanal de una cafetería.
Sin embargo, solo eran fantasías; mi deseo de verlo una vez más, de que me estrechara entre sus brazos, de vivir una vida que nunca pudo ser.