La subasta #3
—Haced que se calle, por Dios —replicó con cara de asco—. Me va a espantar a los clientes.
Entonces, uno de ellos le asestó un terrible puñetazo que la tiró hacia atrás. Carlota sintió la frialdad del suelo de mármol en la espalda un instante antes de perder la conciencia.
—¡Carlota! —escuchó una voz en la lejanía, como si la llamaran desde una cueva.
Abrió los ojos con dificultad, sobre todo el izquierdo, que sentía hinchado.
Tardó unos segundos en situarse. Lo primero que vio fue un techo lleno de molduras y, poco a poco, la realidad fue abriéndose paso entre sus pensamientos.
La subasta. La traición. Una figura borrosa se encontraba inclinada sobre ella.
¿Era Mina? No. Era rubia, etérea, amable…
—Maxine… —musitó, incorporándose con lentitud.
Se llevó la mano a la sien y se la frotó. De pronto, tenía un tremendo dolor de cabeza, parecía que alguien se estuviera divirtiendo a base de dar martillazos en su cráneo. Maxine le sostuvo el rostro entre las manos y la observó con preocupación.
—Tu ojo… ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
—Sí —contestó sin demasiada convicción.
Por un instante, creyó que todo había sido una pesadilla fruto de su vívida imaginación, pero entonces reconoció el camerino y el lugar donde Mina había confesado su traición sin ni siquiera despeinarse.
Sentía un nudo atenazando su garganta y apenas podía hablar, estaba demasiado dolida. Porque en el fondo tenía razón.
—¿Qué ha pasado? —insistió Maxine sin dejar de observarla.
La sostuvo con cuidado y la ayudó a levantarse. No la soltó, quizá temía que se desvaneciera allí mismo si lo hacía.
—Es Mina.
Maxine la miró desconcertada.
—¿Tu amiga? ¿Qué pasa con ella?
—El Círculo no existe —masculló como pudo—. Ella lo ha orquestado todo.
Maxine se quedó muda y estudió su rostro con atención, puede que calibrando la dimensión de los daños.
Le acarició la mejilla con cuidado y Carlota miró hacia el suelo, avergonzada por todo lo que había dicho Mina.
Era consciente de que sus hirientes palabras tan solo buscaban hacerle daño, pero lo había conseguido.
Siempre había estado desorientada, nunca había sabido realmente lo que quería.
Ni siquiera había sido capaz de confesarle a Maxine lo que sentía por ella.
¿La convertía eso en alguien mediocre? ¿En cobarde, quizá?
Maxine puso un par de dedos en su barbilla y la obligó a alzar la cara hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.
—No sé qué te ha dicho esa bruja, pero si ha sido ella la que te ha dejado el ojo morado, pienso cogerla de los pelos. —Carlota no pudo evitar reírse. No se imaginaba a Maxine peleándose con nadie—. Y ahora, vamos a recuperar Le Nocturne Astronomique.
Maxine le tendió la mano, Carlota la aceptó y se la estrechó con fuerza.
—Aunque te queda bien —susurró contra su oído—, te da un aire de malota.
Carlota contuvo una carcajada y se dio cuenta de que lo único que pretendía Maxine era arrancarle del pecho la desazón que le había provocado una traición así. Se prometió tener una conversación seria con ella cuando todo terminase. Se lo debía. A ella, a las dos.
Corrieron de nuevo hasta la sala, pero enseguida se percataron de que un par de guardias de seguridad custodiaban la puerta.
Se ocultaron tras una de las columnas y Maxine la miró con desesperación.
Si no lograban acceder al recinto, corrían el riesgo de que alguien se llevase el reloj antes que ellas.
—Sígueme —le pidió Carlota, que agradeció de nuevo conocer el edificio—. Hay entradas laterales.
Se escabulleron en la oscuridad de los pasillos hasta una de las puertas que se encontraban detrás del escenario.
Carlota arrastró a Maxine hacia el interior y se quedaron ocultas tras la cortina de terciopelo rojo, con las respiraciones contenidas.
Trató de concentrarse en lo que ocurría sobre la tarima, pero la proximidad de su acompañante apenas la dejaba pensar. Y ese perfume afrutado…
—Mira —susurró Maxine muy cerca de sus labios.
Carlota desvió la vista hacia donde le indicaba. Un foco se había encendido en la sala y apuntaba al fondo. Unos pasos firmes resonaron entre las paredes de mármol y una figura apareció desde la otra punta de la estancia, primero oculta entre las sombras y luego avanzando hacia la luz.
Carlota dejó de respirar.
Mina hizo todo el camino en silencio y subió al escenario con una sonrisa arrebatadora, haciéndose dueña del lugar al instante.
Sostenía unas tarjetas en la mano con calma profesional mientras paseaba sobre la tarima, como si quisiera degustar ese momento de triunfo.
Ella tenía algo que todos los allí presentes deseaban, algo por lo que estaban dispuestos a entregar una fortuna. Algo que le había robado.
Mina hizo que un asistente entrase en escena con una leve palmada.
Llevaba una pequeña caja, que colocó dentro de la vitrina dispuesta sobre la tarima.
La habitación se llenó de un murmullo indistinguible.
Todos querían levantarse y ver el legendario reloj, pero los guardias de seguridad apostados a la puerta se aseguraron de que nadie cometiera una imprudencia.
Mina sostuvo la atención del público con una enigmática sonrisa.
—Buenas noches, damas y caballeros. Como todos saben, nos encontramos hoy aquí para subastar Le Nocturne Astronomique, una legendaria joya de la relojería moderna, creada en 1912 por Auguste Favre, y que ha estado desaparecida durante décadas.
Se acercó al expositor donde se encontraba el preciado tesoro, lo miró un instante y se dirigió de nuevo a sus invitados:
—¿Quién será el próximo propietario de este reloj único? Está en sus manos. —Barrió la sala con la mirada—. Empezamos en diez millones de euros.
Hubo un segundo de pausa. Un silencio tenso. ¿Se atrevería alguien a entrar en ese juego estratosférico?
Una mano se alzó en la tercera fila.
—Diez.
—Diez millones —repitió ella—. ¿Quién da más?
—Doce —dijo otro de los allí presentes.
—¡Quince! —exclamó una señora justo delante de ellas.
Las cifras comenzaron a subir con una facilidad obscena y Carlota no podía apartar la vista del reloj, con la rabia corriendo por sus venas.
Era de su bisabuela, de su familia, de Lawrence.
No podía perderlo. Movió el brazo para lanzarse hacia la vitrina.
Sin embargo, Maxine detuvo su movimiento apretando su mano con fuerza.
Negó por lo bajo y Carlota la miró sin comprender.
—Veinte millones —pujó alguien al fondo.
Un leve murmullo de aprobación recorrió el semicírculo.
—Veintidós.
—Veinticinco.
Carlota tragó saliva. Mina alzó una ceja, disfrutando del ritmo imparable de la subasta.
—Veinticinco millones a la una…
Un golpe seco interrumpió la frase. Todos pensaron que procedía del escenario; sin embargo, Mina no se había movido.
Carlota frunció el ceño ante el segundo golpe y Maxine sonrió por lo bajo.
Sonó un tercer golpe que venía de la puerta.
Otro golpe, más fuerte. Los guardias de seguridad salieron de la sala.
Afuera se escucharon ruidos fuertes, gritos.
Las cabezas de los asistentes giraron en dirección al problema.
Carlota tenía la respiración contenida. No podía dejar de mirar tras ella, pero tampoco se atrevía a perder de vista Le Nocturne Astronomique.
¿Y si era una artimaña de alguien para robarlo?
De repente, la puerta se abrió de par en par.
—¡Policía!
La palabra cayó como una losa en mitad de la sala. Durante un segundo, nadie se movió. Luego, se desató el caos. Sillas arrastrándose, voces superpuestas, alguien intentando salir por una puerta lateral que ya estaba bloqueada… Los agentes entraron con rapidez y tomaron el sitio con autoridad.
Carlota sintió que se le congelaba la sangre en las venas.
Lo último que necesitaba era que la acusaran de asistir a una subasta ilegal de un reloj que, en realidad, pertenecía a su familia.
Se removió sin saber muy bien qué hacer.
¿Salir corriendo? ¿Esconderse debajo de una mesa?
¿Abalanzarse sobre Le Nocturne Astronomique antes de que a alguien se le ocurriera robarlo?
De lejos, vio que un agente impedía esa última posibilidad y cogía el reloj con sumo cuidado de la vitrina.
Maxine, al contrario que el resto de asistentes, permanecía escondida tras la cortina con una calma envidiable.
La agarró del brazo y la mantuvo a su lado.
—Tranquila, la situación está controlada.
Carlota torció el gesto.
—¿Esto te parece controlado? —De pronto, lo comprendió todo. Abrió mucho los ojos—. ¿Los has avisado tú?
Maxine rio por lo bajo y se llevó el dedo índice a los labios.
—Estoy un poco cansada de que la gente ande robando tesoros que deberían estar en museos —replicó en un susurro que solo alcanzó sus oídos—, aunque la verdad es que esto lo he hecho por ti.
Maxine le cogió la cara con las manos y le plantó un beso que no dejaba lugar a dudas.
Carlota sonrió contra sus labios y deseó seguir con ese intercambio, resguardadas como estaban; sin embargo, su acompañante tenía una idea distinta y decidió salir de su escondite en ese instante.
La siguió. Puede que estuviera dispuesta a seguirla hasta el fin del mundo, a esas alturas.
En el escenario, Mina había dejado de sonreír.
Sus ojos recorrían la sala con rapidez, en busca de una ruta por la que poder huir del caos que se había formado.
Entonces su mirada se encontró con la de Carlota.
El reconocimiento la golpeó de lleno. Abrió la boca, como si la posibilidad de que estuviera allí —y no inconsciente en un camerino— no hubiera entrado en ninguno de sus cálculos.
Un agente de policía se lanzó sobre Mina y llevó sus manos a la espalda.
Mientras la esposaba, ella no dejaba de mirar a Carlota con un gesto lleno de rabia.
—Lo siento —murmuró Maxine, buscando de nuevo su mano.
Carlota negó.
—Supongo que esa es mi condena —se lamentó, viendo cómo se la llevaban a un coche patrulla—, que me traicionen. Primero Yago, ahora Mina…
Maxine pasó una mano por su espalda. Seguían escuchándose golpes, gritos, detenciones. Aun así, por un instante solo la vio a ella: sus ojos dorados, las pecas sobre el puente de la nariz, los labios pequeños y carnosos.
—Déjame demostrarte que yo soy diferente —le pidió Maxine—. No sigas alejándome de ti.
Carlota cerró los ojos y suspiró, como si así pudiera limpiar el dolor de su pecho.
Maxine se acercó y depositó otro beso, suave, en sus labios.
Un carraspeo las interrumpió. Al separarse, se dieron cuenta de que la calma había regresado a la sala.
Todavía quedaban algunos detenidos a su alrededor, pero ya habían evacuado a la mayoría.
—¿Es usted Maxine von Eberhardt? —preguntó un agente.
Ella asintió, pero miró a Carlota en busca de ayuda. Su español seguía siendo bastante deficiente. Estuvieron hablando con el policía durante más de una hora, esclareciendo los hechos y revisando cada uno de los detenidos para ponerles nombres y apellidos.
—No podremos hacer mucho contra el público que estaba hoy aquí —se disculpó el oficial—, pues nadie había efectuado ninguna compra todavía. Pero les aseguro que Guillermina Palacios pasará un tiempo a la sombra por el robo y venta ilegal de una obra de arte.
Carlota sintió que el alivio inundaba su cuerpo.
—La señorita von Eberdhart nos envió los documentos del banco suizo que acreditan que Le Nocturne Astronomique pertenece a Alana Montrose.
Tengo entendido que es su bisabuela —continuó el policía, tendiéndole la caja a Carlota.
Ella asintió y cogió el pequeño cofre con las manos temblorosas—. Espero que pueda entregárselo.
Un par de horas más tarde, Maxine detuvo su vehículo frente a la Torre de Ravenshire. Carlota había insistido en que la acompañara, en que debía ser ella quien le diera el reloj a su bisabuela.
—¿Estás segura de que esto es una buena idea? —repitió todavía dentro del coche—. Mi bisabuelo se lo robó a Lawwrence Blackmore, después de todo.
—Por eso mismo —replicó Carlota con convicción—. Además, quiero que la conozcas.
Era la primera vez que veía a Maxine nerviosa.
—Tranquila, solo muerde un poco.
Se echaron a reír y, al fin, bajaron del automóvil.
Carlota la condujo por el camino de grava en dirección al interior de la casa, que estaba desierta a esas horas.
Ya era casi medianoche; sin embargo, nada más entrar, supo que Alana no dormía.
De nuevo aquella melodía. Cerró los ojos porque sabía que eso solo podía significar que seguía atrapada en ese estado melancólico.
Deseó con todas sus fuerzas que, en cuanto Maxine le entregara el reloj, pudiera animarse un poco.
Carlota asomó la cabeza por la puerta de la biblioteca y temió interrumpirla. Se encontraba junto a la ventana, con la vista perdida en el infinito. Se volvió hacia ella en cuanto sintió su presencia. Le dedicó una mirada de horror y se llevó una mano al pecho.
—¿Y ese ojo a la virulé? —Hizo ademán de levantarse, pero le fallaron las fuerzas y terminó en la misma posición.
—Estoy bien, no te preocupes —le dijo para calmarla—. Traigo visita.
Alana frunció el ceño y Carlota abrió la puerta del todo para que Maxine accediera a la estancia. La miró con inseguridad, sintiéndose una intrusa, así que le dio un leve empujón en la espalda para animarla. Al final, avanzó hacia la anciana, con la caja entre las manos.
Pudo escuchar cómo Alana tragaba saliva. No le quitó los ojos de encima a Maxine y la vio palidecer por un instante, como si estuviera viendo a un fantasma. No fueron necesarias las presentaciones.
—Te pareces a él.
Maxine bajó hacia el suelo sus ojos dorados, idénticos a los de Herbert.
—No soy él —replicó. Era algo que se había repetido a sí misma muchas veces.
Alana le dedicó una sonrisa triste.
—No —confirmó—. No eres él. Hay bondad en tu mirada.
Maxine alargó la caja hacia Alana y se la entregó.
—Espero que esto pueda enmendar parte del daño que él pudiera hacerle.
Alana sostuvo el cofre con dedos temblorosos; trató de abrir la cerradura con ciertas dificultades y Carlota estuvo a punto de acudir en su ayuda.
Sin embargo, lo logró sola. Miró el reloj durante varios minutos, sin atreverse todavía a sostenerlo; necesitaba convencerse de que no era una ensoñación.
Acarició la tapa redonda y al fin lo sacó de su cama de terciopelo.
Lo abrió con manos trémulas y ahogó un sollozo cuando observó sus manecillas en movimiento.
Maxine dio un paso atrás para darle intimidad y Carlota hizo lo mismo. No obstante, Alana las detuvo con un movimiento.
—Quedaos conmigo —les pidió, y su bisnieta detectó un tono de súplica en su voz—. Necesito recordar la última vez que lo vi, y no quiero estar sola cuando lo haga.