La medida del tiempo La subasta #2
95%

La subasta #2

—Vamos, estará a punto de comenzar.

Accedieron a una sala en la que había apenas treinta sillas, dispuestas en semicírculo frente a una especie de escenario, con cortinajes de terciopelo rojo incluidos.

La mayoría de asientos ya estaban ocupados por hombres y mujeres vestidos con suma elegancia; querían mostrar de un vistazo el volumen de sus cuentas corrientes.

Supuso que formaba parte del juego. La luz era cálida, cuidada para iluminar el escenario con un brillo casi mágico, digno de la leyenda que en breve aparecería allí.

Se sentaron en la última fila y Carlota agradeció que Maxine no le soltase la mano; se sentía más segura con ella.

Su cuerpo buscó el calor de su acompañante y agradeció que las sillas se encontraran hacinadas, así podía estar más cerca sin necesidad de excusas.

Su respiración acompasada la fue calmando.

Maxine estaba concentrada en repasar las caras conocidas que había en la sala.

Se inclinó ligeramente hacia su oído, lo justo para que el murmullo no viajara más allá de su hombro.

—El de la segunda fila, con el traje gris —susurró—, es un coleccionista privado. Ha prestado piezas a mi museo en varias ocasiones, nunca sin condiciones.

—¿Es peligroso?

—Ambicioso —puntualizó Maxine—. Estoy segura de que apostará toda su fortuna. Y el de detrás, con el pañuelo verde, es Beltrán. Un marchante de arte. Le perdí la pista hace dos años; creí que estaba en Lisboa.

Un hombre tosió en la esquina. Un par de mujeres cuchicheaban frente a ellas, quizá haciendo un reconocimiento similar al suyo.

—A la izquierda —continuó Maxine con la voz cada vez más baja—. Esa es Clara, trabaja con…

Se detuvo. Carlota había dejado de escucharla y tenía la vista clavada en el remitente de la invitación que sostenía entre los dedos.

La apretaba con fuerza. El mundo se reducía al simple tacto de ese cartón y las letras con filigranas doradas que parecían burlarse de ella desde el papel.

Leyó el nombre varias veces, como si dudase de su propia capacidad y de lo que veían sus ojos.

Guillermina Palacios. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Se maldijo por no haber estado lo suficientemente atenta, por no haber visto las evidencias.

Por mucho que su bisabuela estuviera enferma, no justificaba tal descuido.

Arrugó el papel con rabia y Maxine, al percatarse de su tensión, se inclinó de nuevo hacia ella.

—¿Qué ocurre? —le susurró al oído.

—Nada —masculló entre dientes—. Espérame aquí.

Carlota se levantó de la silla como un resorte y salió de la sala con decisión antes de que Maxime pudiera seguirla.

Uno de los guardias de seguridad que se encontraban apostados en la puerta la detuvo poniendo una enorme mano en su hombro.

Ella alzó la barbilla con un arrojo inusual; la furia le quemaba en las entrañas.

El tipo debió de darse cuenta y dejó de tocarla.

—Voy al servicio —anunció entre dientes, tratando de sonar serena.

El guardia asintió levemente y Carlota continuó su camino.

Por descontado no pensaba dirigirse al aseo.

Agradeció conocer ese edificio para perder el menor tiempo posible.

No le costó imaginarla en uno de los camerinos que había en el ala derecha de la construcción, acicalándose para tamaño evento.

Qué ingenua, qué ilusa había sido… Carlota apretó los labios con tanta fuerza que se asemejaron al filo de un cuchillo.

¿La había usado todo ese tiempo? «Siempre va bien tener una amiga rica; nunca se sabe», le había dicho entre risas muchas veces.

Jamás habría imaginado que hubiera tanta verdad en sus palabras.

Pronto llegó al área de los camerinos. Fue abriendo una puerta tras otra, en una búsqueda frenética.

Le faltaba el aliento. Se dio cuenta de que había corrido por el pasillo, a pesar de los tacones.

Allí no. Allí tampoco. Los pomos estaban fríos, revestidos de oro.

Los asía con férrea determinación, como si quisiera arrancarlos cada vez que comprobaba que la habitación se encontraba vacía.

El frío se coló bajo su traje. Le temblaban los dedos, debía de ser la adrenalina.

Estaba a punto de soltar un grito de frustración cuando accedió a la última estancia.

La puerta golpeó contra la pared con un sonido seco.

Se quedó quieta en el umbral. Tenía los ojos muy abiertos, quería asegurarse de que la traición era real, de que no había ninguna otra Guillermina Palacios que se dedicara a las subastas.

Pero no. Allí estaba ella. Mina se acicalaba frente a uno de esos espejos redondos repletos de bulbos con luces, creyéndose una gran estrella dispuesta a hacer su debut aquella noche frente a un fervoroso público.

Llevaba un vestido colorido, fiel a su ecléctico estilo.

Se había recogido el cabello largo en una trenza y se estaba poniendo algo de color en los labios con una sonrisa satisfecha; debía pensar que había logrado algo inusitado.

Por supuesto que lo había hecho. La había engañado como nunca nadie lo había hecho, ni siquiera Yago.

Eran como hermanas. Habían llorado y reído juntas, habían explorado continentes, se habían sostenido en los malos momentos.

Pero, claro, Mina había tenido la oportunidad de su vida y había decidido aprovecharla.

¿Cómo no se le había ocurrido antes? Tenía las llaves de su casa y era la única persona aparte de Maxine que conocía el paradero de Le Nocturne Astronomique en el momento de su robo.

Pero no había querido verlo. Y entonces tuvo que arrancarse la venda de los ojos de un tirón.

Comprendió que no existía ningún Círculo y que Mina había usado sus contactos de la casa de subastas en la que trabajaba para convocar ese evento ilegal.

En cuanto escuchó su aliento contenido en el umbral del camerino, Mina se volvió hacia ella. Se le corrió un poco el pintalabios. Lo dejó de inmediato sobre la mesa de nácar, tan lujosa que las deslumbraba. Carlota negaba, incapaz de creer lo que sus ojos le mostraban.

Mina no le dedicó su sonrisa amigable ni su mirada cálida. Al contrario, se quedó inmóvil observándola, analizando sus intenciones. En un movimiento casi imperceptible, dirigió sus dedos hacia el teléfono móvil que se encontraba sobre el tocador, tal vez con la idea de llamar a seguridad.

—¿Cómo has podido? —La voz le salió rota; un millón de cuchillos se le clavaban en la garganta—. Somos… éramos amigas.

Mina le dedicó una sonrisa llena de desdén.

—Tú no tienes amigas, Carlota —escupió con una rabia que no reconocía en ella—. Eres una niña rica con la vida solucionada. Pero, en vez de disfrutar de ello y compartir lo que te ofrece tu posición, prefieres llorar por las esquinas por culpa de un hombre que te dejó hace dos años. Eres patética.

Carlota sentía que le temblaban incluso las piernas. ¿De dónde nacía esa crueldad? La Mina que ella conocía jamás le habría dicho algo así. Era despreocupada, divertida; su sostén.

—No te puedes imaginar la tortura que ha sido aguantarte estos años —continuó, parecía que su único objetivo fuera terminar de destruirla—. Lamento tras lamento, como si fueras el ser más desdichado del planeta mientras yo hacía jornadas de doce horas para poder llegar a fin de mes.

—Si tenías problemas económicos, podría…

—¿Qué podrías haber hecho, Carlota? ¿Prestarme dinero?

—Soltó una risotada sin ninguna pasión—.

¿Querías que te mendigara una cantidad que para ti es irrisoria para poder pagarme el alquiler?

No. Eso es una miseria. Yo quiero más. Quiero una vida llena de lujos, una que voy a saber aprovechar mucho mejor que tú.

—Mina, no… Este no es el camino —terminó diciendo con muy poca convicción—. Devuélveme el reloj.

Mina se inclinó hacia atrás en una carcajada sin alma, mientras seguía deslizando su mano por la pantalla del teléfono.

—No seas ridícula —replicó—. ¿De verdad crees que dejaría ese tesoro en manos de alguien como tú? Si ni siquiera sabes lo que quieres.

—Devuélvemelo —insistió Carlota con más rabia.

Dio unos cuantos pasos hasta la que había creído su amiga y se detuvo a escasos centímetros de ella, tratando de amenazarla con su proximidad. Sin embargo, Mina no se amedrentó.

—Está a muy buen recaudo —replicó, mirándose las uñas, como si Carlota tan solo fuese una presencia molesta—.

Y pienso sacar millones de euros por él.

Te aconsejo que te largues antes de que las cosas se pongan feas para ti.

¿Has venido con tu nueva amiga? Me asombra la velocidad con la que has conseguido un nuevo perrito faldero; claro que esta tiene más pasta que yo.

¿Por eso apenas me has llamado estos días?

¿Ahora te consuelas con ella? ¿O es que la metes en tu cama? Siempre supe que…

La bofetada sonó entre las cuatro paredes antes de que Carlota fuera consciente de lo que hacía. Le dio con tanta intensidad que se quedó paralizada unos segundos, observando la marca de sus dedos en la mejilla de Mina, que se llevó la mano hasta la zona con un gesto de indignación.

—Veo que he dado en el clavo —replicó con una risa que quiso arrancarle de otro golpe.

Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, escuchó unos pasos a su espalda. Se volvió espantada y descubrió que dos guardias de seguridad acababan de entrar en el camerino como toros dispuestos a embestir.

—Y ahora, si me disculpas, tengo trabajo que hacer.

—¡No!

Esos dos hombres se lanzaron sobre Carlota y la inmovilizaron.

—No le hagáis mucho daño —dijo Mina sin ni siquiera mirarla, corrigiéndose el labial frente al espejo—. Sería una faena que el asunto terminara en manos de la policía.

Mina pasó por su lado y, por un instante, pensó que la pisaría como a una colilla. Carlota no dejaba de patalear entre los brazos de aquellos brutos, que la mantenían contra el suelo, y comenzó a gritar.