La medida del tiempo La subasta
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La subasta

Alana no había soltado la fotografía que tenía con Lawrence durante toda la narración. Carlota hizo una mueca cuando se detuvo. La notaba agotada, sin aliento, y por mucha curiosidad que sintiera por saber cómo terminaba la historia, no iba a presionarla.

Tuvo la sensación de que los ojos negros de Alana estaban húmedos, pero retiró la mirada antes de que pudiera estar segura y la dirigió a la carta que seguía sobre la mesa, como si la estuviera llamando; sin embargo, no hizo ademán de leerla.

Tal vez lo haría cuando la dejara a solas.

Pero, ¿y si le impactaba demasiado? Su corazón estaba delicado y temía una recaída por culpa de tantas emociones.

Alana suspiró, parecía que estuviera leyendo sus pensamientos.

—No la leeré ahora —le confesó con la voz atascada—. No estoy preparada. No puedo…

Alana se levantó y se marchó a su habitación bajo la mirada preocupada de Carlota. Se preguntó si debía ir tras ella y consolarla de algún modo, pero le daba la sensación de que su bisabuela le cerraría la puerta en las narices.

Carlota pasó los siguientes días vagando por la Torre de Ravenshire sin saber muy bien qué hacer.

Alana se había encerrado en su cuarto y apenas salía de la cama, salvo para comer algo de lo que la asistenta le preparaba o para escuchar el gramófono en la biblioteca.

Cada vez que trataba de entablar una conversación con ella, se escabullía con excusas de lo más variopintas.

Tenía los ojos rojos e hinchados, y sabía que no era por la tensión arterial elevada.

Estaba segura de que se pasaba las noches llorando aferrada a la fotografía, atrapada en aquel último baile con Lawrence.

A pesar de las décadas que habían pasado, parecía que se hubieran separado de nuevo, y no sabía qué hacer.

Su bisabuela siempre había sido todo un carácter, no tenía una naturaleza melancólica como la que mostraba en esos momentos.

No quería ni imaginarse cómo le afectaría leer aquella carta, que seguía sellada sobre la mesa.

Esas últimas palabras, intactas, quizá terminarían por destruirla.

De esa forma, transcurrieron tres semanas que se le hicieron eternas.

Carlota se convenció de que la única forma de devolverle la fuerza que la distinguía era recuperar Le Nocturne Astronomique, así que, cuando llegó el día de la subasta, se vistió con un elegante traje de gala azul marino que se había traído de casa.

Bajo la americana llevaba un top lencero plateado, a conjunto con unos tacones que estaba segura de que terminarían por tirarla al suelo.

No es que le gustara especialmente disfrazarse con atuendos tan distinguidos, pero no quería llamar la atención entre los millonarios compradores que asistirían al evento.

Carlota pensó que lo mejor sería avisar a su bisabuela de que se ausentaría unas horas, así que se presentó en la biblioteca, donde sabía que llevaba horas refugiada. En cuanto abrió la puerta, Alana recorrió de arriba abajo su figura y sonrió.

—¿Tienes una cita con Maxine?

Carlota se puso roja y estuvo a punto de decirle que sí, pero decidió contarle la verdad.

—Maxine se ha enterado de que van a subastar el reloj —le confesó—. Vamos a ir a buscarlo.

Alana frunció el ceño.

—Puede ser peligroso —replicó—. No quiero que…

Carlota puso una mano sobre la de su bisabuela y notó que estaba fría.

—No sufras por nosotras. Te devolveremos lo que Lawrence dejó para ti.

No podía dejar pasar la última oportunidad de recuperar Le Nocturne Astronomique.

Alana la observó con los ojos llenos de una tristeza profunda, tal vez ya no lo creía posible.

Carlota miró de reojo el reloj que coronaba una de las paredes de la biblioteca.

Eran las ocho de la tarde y apenas contaba con una hora para llegar a su casa, donde la estaría esperando Maxine.

No tenía claro cómo iban a acceder a la subasta con una sola invitación que, además, no iba a su nombre.

—No tardaré en volver —le aseguró.

Alana la retuvo un momento agarrándola por la mano.

—Ten cuidado, niña —le pidió—. La gente codiciosa es capaz de hacer mucho daño por dinero.

Llegó justo a tiempo. Maxine esperaba en el coche, que había estacionado frente a su edificio.

Carlota entró en el vehículo con el corazón agitado, parecía que, en vez de conducir desde la Torre de Ravenshire, hubiese hecho el recorrido a pie.

Nada más sentarse, se percató de que su acompañante había optado por un vaporoso vestido dorado que resaltaba su cabello rubio y sus facciones etéreas.

Tragó saliva y se esforzó por que sus ojos no recorrieran sus piernas ni el ligero escote que se adivinaba.

Fijó la vista al frente y tuvo la sensación de que Maxine la miraba con aire divertido, como si se hubiera dado cuenta de su absurda lucha.

—¿Cómo vamos a entrar?

Maxine se inclinó sobre ella un instante y pudo oler su perfume floral. Carlota apretó los labios mientras la chica trasteaba en la guantera. Al fin, sacó un sobre de color crema con ribetes dorados.

—Aquí tengo la invitación que me ha mandado el señor Meier —dijo, reincorporándose en el asiento, y le tendió la cartulina.

Carlota tardó unos segundos en ser capaz de dirigir su atención a lo que le indicaba. Se sentía estúpida; quizá eran los nervios. Era la primera vez que iba a hacer algo ilegal.

—No vas a ir a la cárcel por esto. Lo sabes, ¿no? —Maxine puso una mano sobre la suya, aunque el contacto no ayudó para nada a calmarla.

Se dio cuenta y enseguida retiró los dedos de los suyos para ponerlos al volante con un suspiro rendido.

Arrancó el motor y aceleró. Carlota observó su expresión seria.

¿Estaba molesta con ella por no tener claro lo que quería?

Lo cierto es que no se atrevía a dar el paso.

¿Y si Maxine la rechazaba por haber sido tan obtusa?

Dejó de pensar en eso y se centró en el objetivo que tenían.

—Diremos que eres mi asistente —propuso Maxine—. Seguramente haya algún conocido entre los invitados, así que daré mi verdadera identidad y mi cargo en el museo. Nadie se extrañará de verme ahí.

Asintió.

—Pero la invitación está a nombre del señor Meier —apuntó, leyendo la cartulina, y Maxine le sonrió por encima del hombro.

—Diremos que estamos colaborando y que me ha enviado a mí en su lugar.

—¿Se lo creerán?

—Haré que se lo crean.

Carlota admiró su seguridad. Ella no podía dejar de mover la pierna derecha arriba y abajo, como si quisiera salir por el techo del coche dando un brinco.

—Lo conseguiremos.

Maxine detuvo el vehículo frente a un edificio tan ostentoso como la propia invitación.

Era un recinto privado que se alquilaba para dar fiestas o celebrar eventos exclusivos.

Carlota tan solo había estado allí en una ocasión, en la que un cliente la había invitado al cumpleaños de su hija.

Pensó que eso jugaría en su favor porque, aunque no tuviera la más remota idea de quién se escondía tras esa misteriosa organización que se hacía llamar El Círculo, por lo menos se conocía la distribución del lugar.

Se lo comentó a Maxine, que asintió y le hizo un gesto para que bajara del vehículo.

Ella hizo lo mismo, y le entregó las llaves a un aparcacoches.

Carlota se recolocó la americana y alzó la barbilla para ocultar su ansiedad.

—¿Lista?

—No.

Maxine se echó a reír a su lado y Carlota le tendió la invitación.

—Habla tú, que se te da mejor.

Avanzaron hasta el portero, que buscaba en la lista el nombre de una pareja que se encontraba delante de ellas en la fila.

Hizo una marca junto al nombre con el bolígrafo y les hizo un gesto para que pasaran.

Entonces las miró a ellas. Carlota le dedicó una sonrisa tensa y Maxine dio un paso al frente para entregarle la invitación.

El tipo entrecerró los ojos en cuanto se percató de que, efectivamente, ninguna de ellas podía ser el señor Meier.

Maxine ladeó la cabeza con elegancia y se apartó la melena con delicadeza. Carlota estaba segura de que el gesto habría hecho que su perfume viajara hasta el pobre hombre, que a esas alturas la miraba embobado.

—Soy Maxine von Eberhardt —explicó en un perfecto inglés, que el portero apenas consiguió seguir—, la directora del Museo Patek Philippe. Colaboro con el señor Meier. A él le resultaba imposible acudir esta noche, así que me pidió por favor que viniese en su lugar.

El hombre la miró contrariado y revisó la lista. Tal vez alguien le había dado instrucciones estrictas de no admitir a nadie cuyo nombre no figurase entre los invitados.

—Puedo llamarle, si lo desea —se ofreció, sacando el teléfono de su clutch .

—No, no será necesario —concluyó el portero al final, apartándose un poco.

Maxine le dedicó una amplia sonrisa.

—Muchas gracias, Mario —contestó, leyendo su nombre en la placa.

—¿Y ella? —dijo de pronto mirando a Carlota.

Al parecer, la invitación era para solo una persona.

—Es mi asistente —replicó con ligereza—. No sé hacer nada sin ella.

Carlota le dedicó al hombre una sonrisa que se asemejó más a una mueca que a otra cosa. Estaba aterrada.

—Querida —la llamó con un tono que no solía emplear; de pronto, parecía una reina. Trató de no reírse—. ¿Nos quedan tarjetas?

Fingió buscar algo en los bolsillos de sus pantalones, mientras Maxine sacaba una pequeña cartulina de su bolso.

—Mira, aquí. —Le tendió una al muchacho—. Te dejo mi teléfono, por si alguien te pone trabas. Si vienes a Suiza, podríamos cenar juntos.

Maxine le guiñó un ojo y el hombre se puso nervioso.

Carraspeó, pero cogió la tarjeta. Les hizo un gesto con la cabeza y entraron las dos.

Carlota sentía el corazón en la garganta; se acercó mucho a su compañera, como si ella pudiera protegerla con su experiencia.

Sin poder controlarse, su mano buscó la de Maxine.

En vez de rechazarla como creía que haría, la rodeó con los dedos.