Solo tenemos el ahora #2
—Lo siento, Arthur —le dije con suavidad, y mis lágrimas acompañaron a las suyas. Él alzó su mirada acuosa hacia la mía—. Pero Lawrence es mi Émilie. No puedo abandonarlo a su suerte. ¿Dónde está?
Mi voz había sonado suplicante, rota. Él apretó las mandíbulas.
—Creo que se aloja en el Beau-Rivage; ni siquiera sé por qué me dio esa información a mí.
—Quizá sabía que me lo dirías. Después de todo, es tu…
—No repitas esa blasfemia.
—No podrás ignorar para siempre la verdad. Lawrence solo quería recuperar el reloj porque lo acercaba a Émilie. No puedes culparlo por ello.
—¿No era más fácil contarme la verdad? —escupió entre dientes.
—Lo abandonaste, Arthur —dije con suavidad—. A él y a su madre. ¿Qué esperabas?
Enterró la cara entre sus manos.
—Y eso me perseguirá siempre. —Miró por la ventana, cabizbajo, y se quedó callado unos minutos. Yo no me atreví a interrumpir su introspección—. ¿Es suyo? ¿El niño es suyo?
Tomé aire.
—Sí.
Cerró los ojos como si alguien le hubiera clavado un puñal en el estómago.
—Nunca he creído en Dios —terminó diciendo—. Ahora pienso que tal vez sí exista y esta sea su forma de hacerme pagar por mis pecados, por haber sido un miserable con ella.
—Lo lamento, Arthur. —Apreté los labios, incapaz de contestarle otra cosa.
Me hizo un gesto con la mano.
—Márchate y ponle fin a esa historia si quieres volver a casa. —Me mordí el labio para tragarme las lágrimas. Él se puso en pie y pasó por mi lado—. Avisaré a los huéspedes para trasladarlos a un lugar seguro. Te esperaré en el Hotel Richemond; si es que decides regresar a mi lado.
Cuando cerró la puerta, me derrumbé abrazada a mi vientre incipiente.
Esa misma noche subí a mi automóvil y me dirigí al Beau-Rivage sin que nadie me viera.
Tardé mucho más de lo habitual, pero no quería dar un paso en falso.
Miraba a cada esquina, en cada calle y, si veía a alguien extraño, daba una vuelta innecesaria con tal de despistarlo y asegurarme de que no me seguían.
No pensaba poner en riesgo la seguridad de Lawrence.
Cuando llegué a ese hotel, pensé que era un buen escondite.
Era tan lujoso que nadie lo buscaría ahí, por lo descarado de la situación.
Me acerqué a la recepción con el corazón bombeando en el pecho.
Me resultó evidente que no se habría alojado como monsieur Dubois ni como Lawrence Blackmore.
Era demasiado arriesgado usar ninguno de esos dos nombres por si alguien se dedicaba a revisar las listas de huéspedes.
La muchacha me miró con una sonrisa tensa.
Eran más de las doce de la noche y yo tenía pinta de haber salido de la guerra: pálida, despeinada y con un vestido que me había puesto de cualquier manera antes de salir del Hôtel du Léman.
Dirigió un rápido vistazo a seguridad y, por un instante, creí que me iban a echar.
Sin embargo, me erguí y recordé quién se suponía que era. Tan solo contaba con una oportunidad.
—Vengo a ver a monsieur Laurent Favre. —La muchacha frunció el ceño un instante y supe que había acertado, así que seguí con entereza—. Me está esperando.
No me dio el número de habitación directamente, sino que se marchó a un cuarto trasero y descolgó un moderno teléfono. No pude escuchar lo que decía, pero habló con alguien. Imaginé que Lawrence había elaborado un buen dispositivo de seguridad.
La joven regresó con una sonrisa mucho más amable que antes y me hizo un gesto hacia las escaleras.
—La espera en la habitación 117.
Asentí y me dirigí hacia el piso superior, con el corazón en la garganta.
Tenía muy claro lo que había ido a hacer allí: asegurarme de que se encontraba bien y terminar con esa relación imposible, que tan solo nos llevaría a la ruina o, peor, a la muerte.
No obstante, mi corazón me gritaba otra cosa; anhelaba quedarse a su lado para siempre e ignorar todo lo demás. Mi alma era suya y lo sería siempre.
Llamé a la puerta con un golpe tan suave que, por un momento, pensé que no me habría escuchado.
Sin embargo, me abrió enseguida, como si llevase horas aguardando tras ella.
Nos miramos durante una fracción de segundo.
Lawrence tampoco tenía buen aspecto. Su cabello negro, por lo general inmaculado, se veía revuelto, parecía que lo hubiese mesado durante horas.
Sus ojos azules estaban ligeramente hinchados, no sé si por la ausencia de sueño o por la vigilancia prolongada.
No tuve tiempo de más porque se lanzó sobre mí y me estrechó con fuerza entre sus brazos.
Enterró la cabeza en mi cabello y yo me aferré a él.
Deseé que ese instante no terminase jamás y que, si debía morir, fuese en ese mismo segundo.
Se separó al cabo de un tiempo y sostuvo mi rostro entre sus manos, convencido de que tenía frente a él un espejismo. Recorrió mis ojos, mi nariz, mis labios con besos rápidos y temerosos.
—Pensaba que te perdía —masculló, y me abrazó de nuevo—. La espera me estaba matando. En cuanto Arthur se presentó en el hospital tuve que marcharme. No pretendía manchar tu reputación, ni que ese maldito nazi descubriera que…
Lo agarré de la nuca y fui yo quien lo besó entonces. No quería que siguiera hablando de Herbert, ni de lo que le había tenido que contar para salvarlo. Necesitaba saber que él también estaba vivo y que, a pesar de todo, habíamos vuelto a salir indemnes.
Cuando calmé un poco mi desasosiego, me separé de él y examiné la habitación.
Poseía un par de ventanales enormes desde los que se veía el hermoso paisaje nocturno de la ciudad de Ginebra.
La cama, en el centro, era espaciosa, casi tanto como las de Wetherby Hall.
El estilo de la estancia era igual de lujoso que el de mi antiguo hogar.
Me fijé en el gramófono que había en un rincón.
Era el mismo que Lawrence había tenido en su piso franco, que debía haber abandonado a toda prisa.
Me acerqué y pasé los dedos por el plato, abstraída, incapaz de decirle que lo nuestro no podía seguir.
Tampoco que esperaba un hijo suyo. Ya había decidido que ese sería mi mayor secreto.
—Lo siento —dijo de pronto. Me volví hacia él, que permanecía de pie en medio de la habitación—. Esas balas no eran para ti.
Me acerqué y puse una mano en su pecho, a la altura de las cicatrices que sabía que tenía de su juventud en las calles.
—Tú ya recibiste bastantes.
Lawrence volvió a acunar mi rostro entre sus manos y me perdí en sus ojos de color índigo.
—No lo entiendes. Si no hubieras despertado, si hubieras…
Parecía incapaz de poner la magnitud de sus sentimientos en palabras. No podía culparlo. Le rodeé los dedos con los míos.
—¿Crees que yo hubiera soportado verte muerto?
Puso su frente contra la mía. Acerqué mi boca a la suya y me besó como si bebiera agua de un manantial.
Al principio con delicadeza y con mucha sed después.
Enredó la mano en mi cabello y sostuvo mi rostro para acercarlo más, como si me necesitara con la misma intensidad que yo a él.
Me bajó el tirante del vestido, pero lo detuve.
—No estoy aquí solo para asegurarme de que estás bien —confesé—: tengo que pedirte algo.
Él se apartó un poco para estudiar mi expresión y lo que vio lo puso en alerta.
—¿Qué pasa?
—Debes advertir a monsieur Lemêtre de que no acuda a la cita que tiene conmigo este viernes.
—¿Por qué?
—Herbert lo estará esperando. —Ambos sabíamos lo que significaba eso.
—¿Cómo lo ha desenmascarado? Siempre es muy cuidadoso…
Un segundo de silencio.
—Se lo he dicho yo.
Lawrence me miró como si acabase de darle un puñetazo y dio un paso atrás. Comprendí que lo hacía para comprobar que no le estaba apuntando con un arma. Me entristeció que ni siquiera pudiéramos confiar el uno en el otro. La vida nos había vuelto así.
—¿Por qué has hecho eso?
Le expliqué lo que me había encontrado cuando había abierto los ojos en el hospital. Él me escuchó horrorizado por el trato al que había llegado con Herbert, y vi que la furia le iba subiendo por el cuello, por las mejillas, por las orejas.
—¿Estás loca? —me increpó—. Ese tipo no tiene palabra.
—¡Iba a por ti! —mascullé con los ojos llorosos—. No sabía dónde estabas y…
Se pasó las manos por la cara, exasperado.
Me acerqué a él y lo agarré de los brazos, pero se zafó de mí.
Se me encogió el corazón. Podía vivir con el desprecio de Arthur, pero no con el suyo.
Lawrence se acercó a la ventana y se mesó el cabello una y otra vez; casi podía oírle pensar.
Se acercó al gramófono por el que yo había pasado la mano unos segundos antes y lo encendió.
Creo que usaba la música para calmarse. Las suaves notas de Moonlight Serenade empezaron a sonar, y yo ya no podía contener las lágrimas.
—No soportaba la idea de perderte —musité con la voz rota a través de la melodía.
Entonces él se acercó, más tranquilo, y me tendió la mano. Se la cogí y me abrazó. Comenzó a moverse muy lento, al ritmo de la canción. Notaba su respiración cerca del oído y cerré los ojos ante su contacto.
—Supongo que no puedo recriminártelo —confesó al final—. Yo hubiera hecho lo mismo.
—Estamos condenados —murmuré.
—Siempre lo hemos estado.
Rodeé su cuello con los brazos y me concentré en bailar. En esa ocasión, no detesté el movimiento, la cercanía. Al contrario, me arrimé a él y dejé que pasara las manos por mi cintura, por mi espalda. No aparté mis ojos de los suyos. Sabía que esa sería la última vez que estaríamos así.
—Solo tenemos el ahora, Alana —susurró contra mis labios.
Le toqué la cara y recorrí con los dedos las líneas que ya me conocía de memoria, sus cicatrices, sus cejas, su nariz.
Su boca. Él cerró los ojos un instante y apoyó de nuevo su frente en la mía.
No hizo falta que le dijera que lo nuestro debía acabar, que si seguíamos adelante, terminaríamos los dos muertos en un callejón; que nos llevaríamos a más gente por delante.
Cuando me besó, no lo hizo con urgencia.
Fue suave, contenido, como si quisiera detener el tiempo con los labios.
Mis manos buscaron sus brazos, su cuello, su pecho, recorriendo las formas que ya me eran familiares; deseaba llevarme su calor conmigo adonde fuera después.
Nos movimos hacia la cama sin separarnos, tropezando con cualquier obstáculo que se cruzara en nuestro camino, como habíamos hecho todos esos años.
Había una ternura feroz en cada roce, en cada pausa.
Él me miraba con anhelo mientras me desnudaba, y yo hice lo mismo cuando me deshice de su camisa y de unos pantalones inusualmente arrugados.
Cuando nuestros cuerpos se encontraron, lo hicieron con desesperación.
Me aferré a él en un infructuoso intento de impedir que el mundo nos reclamara a cada uno en su lugar, quería retenerlo allí, en ese instante suspendido.
Sentía su respiración contra mi cuello, irregular, cada vez más profunda, y me dejé llevar por esa cadencia que conocía tan bien.
—Te quiero —susurré contra su boca—. Te querré siempre.
Él me dedicó una mirada intensa, una mezcla de deseo y tristeza.
Me agarró de la nuca y profundizó el beso, aumentando el ritmo de sus movimientos en mi interior.
Parecía tratar de decirme todo lo que no cabía en palabras: lo que habíamos sido, lo que habríamos podido ser.
A veces abría los ojos solo para asegurarme de que seguía allí, de que no era ya un recuerdo.
Él hacía lo mismo, buscándome con una intensidad desoladora.
Cuando finalmente nos quedamos quietos, no nos separamos.
Permanecí con la cabeza sobre su pecho, escuchando su corazón, intentando acompasar el mío al suyo por última vez.
Afuera, la ciudad seguía durmiendo, indiferente a nuestro dolor.
No me dormí, y él tampoco. Dejamos que la noche transcurriera lentamente, robándole tiempo al tiempo.
El amanecer llegó con un brillo desgarrador y no me quedó otro remedio que vestirme. Lawrence no dijo nada, como si el silencio fuese el único modo de soportar la pérdida que a ambos nos suponía esa separación.
—Hablaré con monsieur Lemêtre. Tengo un teléfono seguro —me dijo, incorporándose tras de mí en la cama.
No me volví para mirarlo porque sabía que entonces sería incapaz de marcharme. Asentí y salí antes de que pudiera arrepentirme de mi decisión.