Solo tenemos el ahora
Pedí el alta voluntaria tan solo veinticuatro horas después. Los médicos pusieron el grito en el cielo, evidentemente; pero no me importó. Tenía que arreglar el lío en el que acababa de meterme y en el que había arrastrado a monsieur Lemêtre y a Arthur.
Lo primero que hice fue acudir al Hôtel du Léman.
No tenía claro si alguien me seguía y me daba pavor hacer cualquier movimiento en falso que pudiera llevarlos hasta Lawrence.
Lo cierto es que acercarlos al refugio alpino tampoco me hacía especial ilusión; temía que descubrieran lo que Arthur y yo llevábamos meses haciendo.
Me dije que tampoco podía esconderme bajo una piedra.
Tenía que actuar y compartir con mi marido el peligro al que nos enfrentábamos.
Debíamos desalojar a esas personas cuanto antes, no podíamos arriesgarnos a que Herbert lo descubriera todo por culpa de mis trabajos paralelos.
Subí a mi Bugatti, que me esperaba en el aparcamiento del hospital, tal y como me había dicho una enfermera antes de salir de la habitación, y miré de reojo las manchas de sangre seca del asiento del copiloto.
Quizá tendría que haber pedido un taxi, pero no había tiempo que perder.
Arranqué el motor y apreté el acelerador.
Me pasé el camino encogida sobre mí misma.
No del dolor, que ya no era más que una leve tensión en el pecho, sino por el nudo que se alojaba en la boca de mi estómago.
No sabía si se debía a los nervios de enfrentar a Arthur tras la noticia que me había dado el médico o si era, simplemente, por el embarazo.
Me llevé la mano al vientre e incliné la cabeza un segundo hacia atrás para tomar aire.
No podía creerme lo descuidada que había sido.
Tendría que haber tomado algún tipo de precaución; conocía infinidad de remedios.
Pero no había usado ninguno. Una lágrima cayó por mi mejilla.
Tal vez había sido igual de ilusa que Astrid, puede que me hubiera dejado llevar por ese amor que no dejaba de crecer y una parte de mí deseara formar una familia con Lawrence, por muy imposible que eso fuera.
No lo había intentado impedir. Él tampoco.
Comprendí que no podía decírselo. La situación era demasiado delicada y conocía lo suficiente a Lawrence como para saber que descubrir mi estado lo habría cambiado todo, habría cometido cualquier imprudencia con tal de estar conmigo y cuidar de la vida que crecía en mi interior.
«Yo nunca abandonaría a un hijo», me había dicho hacía mucho tiempo frente a Wetherby Hall.
Él no sería como Arthur, ahora entendía lo que me había querido decir.
Me mordí el labio y contuve el llanto para concentrarme en la carretera nevada y serpenteante que tenía frente a mí.
El Hôtel du Léman no era un lugar especialmente accesible en ese momento del año, y eso jugaba a mi favor.
Si Herbert había descubierto nuestra actividad, no lo tendría tan fácil para llegar.
«Cuento con algo de tiempo», me dije para intentar calmarme.
Primero salvaría a esa gente y luego ayudaría a monsieur Lemêtre para que no cayese en la trampa que yo misma le había tendido.
Estacioné el coche frente al hotel y bajé con una mueca.
La herida me molestaba ante movimientos bruscos; aun así, me erguí y caminé hacia la puerta como si mi cuerpo no hubiera recibido dos balazos una semana atrás, como si no hubiera estado entre la vida y la muerte.
Tomé aire cuando puse la mano sobre el pomo y, nada más entrar, supe que todo había cambiado para siempre.
Me topé con la señora Friedrich en la entrada.
La mujer, con la que había fraguado cierta amistad, bajó la mirada, apenada por mi situación.
No se atrevió a preguntar cómo me encontraba ni qué hacía allí tan pronto, sola.
Tragó saliva e hizo un gesto hacia un lado del pasillo.
—Lleva toda la semana sin salir del despacho —murmuró.
Suspiré y me encaminé a la puerta de la pequeña estancia en la que se había refugiado Arthur.
Tras siete años de matrimonio, sabía que cuando le daban una mala noticia su mecanismo de defensa era ese: encerrarse y huir del problema.
Sin embargo, en esa ocasión las cosas no serían tan fáciles.
Yo me había ocupado de complicarlo todo.
Me sentí mal por él, por haberlo engañado; se convertiría en el hazmerreír si la verdad llegaba a salir a la luz algún día.
Tanto cuidado por mantener mi reputación intacta y, de pronto, me daba cuenta de que eso ya no me importaba.
Lo único que quería era salvar a nuestros huéspedes, a Arthur. A Lawrence.
Abrí la puerta y me lo encontré de espaldas a mí, con la butaca vuelta hacia la ventana.
Vi tres o cuatro botellas de whisky sobre la mesa, vacías.
El lugar estaba cargado del olor acre del tabaco que no dejaba de fumar; apestaba a condensación y alcohol.
Contuve una náusea y cerré la puerta tras de mí.
—Arthur.
Él no respondió al instante. Pude adivinar su gesto de dolor al escuchar mi voz, como si hubiese salido de una pesadilla para atormentarlo con mi presencia. Al final, se volvió hacia mí.
Siempre fui consciente de nuestra diferencia de edad, pero nunca antes lo había sido como en ese momento.
Su tez se había apagado y tenía bolsas bajo los ojos.
El poco pelo negro que le quedaba se había vuelto blanco y su sonrisa se había evaporado bajo una barba inusualmente descuidada.
Me di cuenta del daño que le había hecho y me entraron ganas de llorar, de golpearme a mí misma.
Puede que ese hombre le hubiese fallado a Émilie, que hubiese cometido un error imperdonable en su juventud.
Pero, ¿quién no? Yo misma había matado a una mujer, así que no era nadie para juzgarlo.
Lo único que sabía era que él siempre se había portado bien conmigo, me había respetado, me había dado un hogar, un estatus.
Y yo le había traicionado de la peor manera posible.
—Pensé que no te atreverías a volver —soltó al fin. La voz le salió ronca.
—He venido para advertirte de algo.
Arthur soltó una risa indignada.
—No quiero escucharte.
—Herbert von Eberdhart me ha descubierto —le avisé, ignorándolo—. Es posible que me vigile y llegue a la conclusión de lo que hacemos aquí. Debes desalojar el hotel, Arthur. Márchate a un lugar seguro.
Se puso de pie con tanta brusquedad que di un paso atrás. Nunca había demostrado tener un gran temperamento, pero imaginé que incluso él tenía sus límites. Y yo los había rebasado todos.
—Si lo ha descubierto ha sido por tu imprudencia —escupió. Bajé la mirada, porque no le faltaba razón—. Has puesto en riesgo uno de los pocos lugares seguros de Europa y, ¿para qué? ¿para retozar con un nazi? ¡Eres una condesa, no una espía!
—Jamás me acosté con él —repliqué irritada.
—No, tienes razón. El hijo debe de ser del maldito señor Blackmore.
Se me heló la sangre. ¿Qué sabía Arthur de la implicación de Lawrence en todo eso? Mi cara era un poema, y él empezó a negar.
—No te hagas la ingenua, lo vi en cuanto llegué al hospital.
Han pasado años, pero reconocería al hombre que me robó en cualquier parte.
Tenía las manos manchadas de tu sangre y el gesto descompuesto.
Me resultó evidente que había estado llorando y que, si tú te morías, él lo hacía contigo.
—Me tembló el labio—. Lo eché de allí a patadas, como el perro que es, y le advertí que, si volvía a verlo cerca de ti, te quitaría todo lo que tienes, incluida tu asquerosa reputación, esa por la que tanto te has esforzado.
La misma que tú sola te has encargado de revolcar por el fango.
¿En qué estabas pensando, Alana? ¿¡En qué cojones estabas pensando? !
Me temblaron los hombros y traté de contener el llanto. Jamás lo había visto así.
—¿Dónde está?
Arthur alzó las cejas, indignado.
—¿De verdad tienes la desfachatez de preguntarme por él?
Me eché a llorar. No podía más con la incertidumbre. Necesitaba saber dónde se encontraba y asegurarme de que realmente Herbert no había logrado alcanzarlo. Arthur me miró con una mezcla de horror y lástima; no podía creerse que hubiese caído en las redes de un amor tan destructivo e imposible.
—Si ese nazi lo mata, le estaré agradecido —soltó con inquina—. Puede que incluso lo lleve hasta él para enmendar tu error.
Lo miré incrédula ante la aberración que acababa de decir.
—¡No! Quizá el señor Blackmore sea mi mayor error, pero también es el tuyo.
Arthur me miró como si acabara de confesarle que Europa era una isla tropical. Luego entrecerró los ojos y se quedó quieto, tratando de comprender de dónde había sacado yo esa idea. Inspiré profundamente para acompasar una respiración que me estaba resultando muy difícil de controlar.
—Lawrence es tu hijo, y de Émilie.
Arthur continuó observándome con una mezcla de dolor e incredulidad. Se dejó caer en la butaca, igual que si acabara de lanzarle una flecha directa al corazón. Se llevó las manos al pelo en un gesto que me recordó a Lawrence.
—No —replicó—. Eso no es posible. ¿Qué sabes tú de…?
Suspiré y tomé asiento en una de las sillas que había frente al escritorio, para acompañarlo en sus pecados.
—Lo sé todo —afirmé con más calma—. No te mentiría con algo así.
Arthur resopló.
—Me has mentido cada día durante los últimos dos años, Alana —escupió entre dientes—. Has tenido una aventura con él ante mis narices.
—¿Y tú? ¿No me has engañado tú? —solté con rabia. Arthur frunció el ceño. Jamás me había atrevido a hablarle así, pero ya no tenía miedo de perder mi estatus. Yo sola me había encargado de destruirlo todo—. Te casaste conmigo persiguiendo a un fantasma. Yo no soy ella.
—Lo sé muy bien —gruñó—. Ella jamás… Ella nunca habría…
Bajó la cabeza y se echó a llorar.