La medida del tiempo Información
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Herbert fue la primera persona a la que vi cuando desperté.

Me incorporé asustada y con un grito ahogado, creyéndome todavía en aquel oscuro callejón, a su merced.

Por un instante, pensé que sacaría un arma de debajo de su americana para rematarme allí mismo.

Sin embargo, enseguida me percaté de las paredes blancas que me rodeaban, de la luz de uno de los fluorescentes que parecía querer dejarme ciega desde el techo.

También vi una mesa con algunos aparatos quirúrgicos y una silla al lado de la cama donde me encontraba.

Estaba en un hospital. Cuando recuperé la capacidad de respirar, entrecerré los ojos y devolví mi atención a Herbert, tratando de ignorar el dolor punzante que me atravesaba el brazo y el hombro derecho.

Se incorporó sobre mí y me inundó su característico olor a puro; me tensé todavía más, pero él se limitó a ahuecar los cojines sobre los que reposaba, como un amable enfermero.

Me sonrió y, por primera vez, ese gesto me provocó escalofríos.

Todo el mundo me había advertido sobre él, pero no fue hasta ese momento cuando me di cuenta de que era realmente peligroso.

¿Qué hacía a los pies de mi cama? ¿Por qué no estaba allí Lawrence?

¿Y Arthur? Mis ojos se pasearon nerviosos por la estancia, en busca de una cara conocida, de una salida.

—¿Cómo te encuentras, Alana?

Fruncí el ceño y tragué saliva. Estaba segura de que podía deducir la respuesta por mi tez mortecina, las ojeras y los labios pálidos que me había provocado la pérdida de sangre.

Tenía la cabeza embotada, como si alguien me apretase las sienes con fuerza para que no escuchara, ni viera, ni pensara con normalidad.

—He estado mejor. —Opté por una respuesta ambigua.

No tenía ni idea de hasta dónde sabía Herbert sobre mí, sobre mi misión ni sobre mi relación con Lawrence, así que debía ser precavida. Una mala contestación podía condenarnos a todos. Él torció el gesto y sacó una caja de tabaco de su bolsillo.

—No te importa que fume, ¿verdad? —Encendió el cigarro antes de que tuviese oportunidad de contestar. Dio un par de caladas y las lanzó al cielo; el humo se perdió en la luz cegadora del fluorescente—. Debería avisar al médico de que has despertado, pero me gustaría que hablásemos a solas primero.

Me lamí los labios, agrietados. Tenía una sed terrible. Miré hacia la mesita que había a mi lado y vi un vaso de agua. Herbert notó la dirección de mi mirada, pero no me lo acercó. Ahí fue cuando supe que estaba perdida.

Se sentó al pie de mi cama, como si fuese un amigo preocupado por mí.

Se quedó en silencio unos instantes y yo no pude más que sentir mi cuerpo llenándose de la misma adrenalina que antes del tiroteo.

Yo estaba viva, pero no sabía si Lawrence se encontraba bien.

Era él quien me había llevado al hospital, ¿no?

No podía estar segura. Había perdido la consciencia poco después de que arrancase.

¿Y si nos habían interceptado y lo habían matado?

La incertidumbre me quemó por dentro como la colilla de ese cigarrillo.

Herbert me miró. Sus ojos dorados se habían vuelto acerados como los tanques con los que su país pretendía invadir Europa.

—Debo admitir que me tenías bien engañado —habló sin quitarme la mirada de encima, disfrutando de mi desasosiego—. Sabía que eras inteligente desde el principio, pero jamás hubiese imaginado que fueras capaz de tanto.

Apreté los labios y noté la lengua seca, ajena, en mi boca.

Él se metió la mano en el bolsillo y pensé que, entonces sí, sacaría un revólver para volarme los sesos.

Pero aquello era peor. Lo que apareció entre sus dedos fue un reloj, abrió la tapa y mi corazón se saltó un latido cuando reconocí Le Nocturne Astronomique.

¿Qué significaba eso? ¿Se lo había quitado a Lawrence? ¿Cuándo?

—La de cosas que pueden esconderse en un lugar tan pequeño, ¿verdad? —Abrió el compartimento donde yo sabía que Lawrence guardaba mensajes cifrados para sus contactos y cerré los ojos.

Decidí dejar cualquier precaución a un lado. No podía soportarlo más.

—¿Dónde está? ¿Qué le has hecho? —Mi voz sonó ajada, parecía que las balas también me hubiesen atravesado la garganta.

Sonrió y volvió a expulsar una bocanada de humo de entre sus labios, inundando la habitación con un olor acre que me provocó náuseas.

—¿El espía inglés? —Notaba los ojos llenos de lágrimas de preocupación. Si Lawrence estaba muerto, solo quería seguirlo—. ¿Lo dices por esto?

Zarandeó Le Nocturne Astronomique frente a mis ojos y me dio la sensación de que Herbert era un gato jugando con un ratón; en pocas ocasiones me he sentido tan pequeña, tan impotente.

Quería arrojarme a su cuello y estrangularlo hasta que hablase, pero ni siquiera podía moverme.

Mi cuerpo no me respondía; debían de haberme puesto montones de calmantes, puede que incluso morfina.

—Por favor —mascullé entre dientes—. ¿Dónde está?

Cerró la tapa del reloj y se lo guardó de nuevo en el bolsillo, deleitándose en mi impaciencia.

—Eso me gustaría saber. —No me molesté en ocultar mi alivio—. Es un tipo escurridizo, tengo que reconocérselo. En cuanto supo que me encontraba en el hospital, se marchó como una sombra. Puede que estuviera intentando no comprometerte, debió pensar que, si no lo veía aquí, nadie sospecharía de ti.

Estiró el brazo hasta mi rostro y me peinó ligeramente, como si estuviera mirando a su inocente enamorada. El gesto me puso los pelos de punta.

—Pobre iluso —remató—. Uno de mis hombres, el que sobrevivió al asalto en el callejón, me explicó con todo lujo de detalles lo que pasó. ¿De verdad interceptaste una bala por él? Qué romántico…

Apreté las mandíbulas. Una lágrima cayó por mi mejilla, y la noté caliente sobre mi piel fría.

—El silencio no te favorece nada —continuó, retirando la mano de mi cabello—. ¿Quién es él?

Aparté la mirada hacia la ventana. Herbert se puso en pie con brusquedad y apagó el cigarro contra las sábanas de mi cama. La ceniza manchó el blanco como una herida de muerte.

—Muy bien. No me costará encontrarlo de nuevo —gruñó entre dientes—, ya tengo a varios hombres apostados en cada esquina de Ginebra. No tardarán en dar con él y esta vez haré el trabajo yo mismo.

—No le hagas daño —le supliqué.

Herbert negó y rio por lo bajo, quizá no daba crédito a lo que estaba escuchando.

—Estoy dispuesto a negociar. —Volvió a sentarse.

—¿Qué quieres a cambio? Lo que sea menos él.

Sonrió y torció la cabeza.

—Eso ya me gusta más. ¿Para quién trabajas?

Tragué saliva.

—¿Cómo sé que puedo confiar en tu palabra?

—No puedes —replicó con desdén—, pero no te queda más remedio. ¿Para quién trabajas?

—¿Tenemos un trato? —insistí, ansiosa por salvar la vida de Lawrence.

—Lo tenemos, pero no insultes mi inteligencia, Alana. Una mentira y el inglés es hombre muerto.

Cerré los ojos y contuve la respiración. Sabía que me odiaría para el resto de mis días, pero no podía dejar de intentarlo.

—Para Gérard Lemêtre.

Herbert se levantó de súbito y soltó tal cantidad de insultos en alemán que me quedé congelada en la cama.

Apreté las manos contra el colchón, sintiéndome una sucia traidora.

Monsieur Lemêtre luchaba por un mundo mejor y yo acababa de delatarle por puro egoísmo, porque no concebía un mundo en el que Lawrence no viviera.

—¿Qué te pidió?

—Que te sedujera. —Me pareció ver un atisbo de orgullo herido en sus ojos.

—¿Con qué objetivo?

Le conté todo lo que había estado investigando sobre él: la lista de bienes expropiados, mis movimientos para que abortara la compra del wolframio español, mis escuchas en todas las cenas… Lo vi apretar los puños con tanta fuerza que pensé que me estamparía uno en la cara. Se contuvo.

—¿Dónde os veis con el maldito Lemêtre?

—En el Grand Café Léman.

—Ese antro…

—¿Cuándo es vuestra próxima cita?

—¿No irás a…?

—Lo que vaya a hacer con él no es de tu incumbencia —me cortó—. ¿Quieres o no que hagamos ese trato?

Ya no me molestaba en fingir entereza. Las lágrimas rodaban por mi rostro como si hubiese abierto una compuerta.

—Nos citamos el tercer viernes de cada mes.

—Es un placer hacer tratos contigo, condesa —Me sonrió.

Se levantó y se dispuso a marcharse. Yo deseaba con todas mis fuerzas que abandonara mi habitación. Temía que fuese capaz de ver a través de mis ojos lo que tu bisabuelo y yo escondíamos en el refugio alpino.

—¿Sabe tu marido que tienes un amante?

Me recorrió un escalofrío. No dejaba de preguntarme dónde estaba Arthur.

—¿Qué le has hecho? —pregunté espantada, y él se rascó la barbilla; parecía divertirse con la situación—. ¿Por eso no está aquí?

—¿De verdad crees que quiere verte después de…? —Se echó a reír—. No eres más que una furcia.

Lo miré sin comprender, pero antes de que pudiese hacer más preguntas, se marchó dando un portazo.

Lo escuché alejarse por el pasillo, silbando una odiosa canción, como si estuviera contento.

Por supuesto que lo estaba, acababa de encontrar la forma de cazar a un importante miembro de la Resistencia. Gracias a mí.

Pensaba que el día no podía empeorar. Sin embargo, poco después de que Herbert se marchara, pasó a verme el médico.

Era un hombre pequeño y bastante delgado, tan mayor que me pregunté por qué no estaba retirado.

Me miró por encima de sus gafas redondas, con cierta gravedad, a tal punto que pensé que tal vez se me había infectado alguna de las heridas.

Lo acompañaban un par de enfermeras mucho más jóvenes.

—Lleva usted una semana en coma —me anunció el doctor.

Lo miré incrédula. Entonces entendí por qué, a pesar de la magnitud de la herida, no me dolía tanto como cabía esperar.

Habían pasado siete días con sus siete noches y mi cuerpo se había estado reponiendo sin que yo me percatase—.

Las heridas de bala eran aparatosas, pero se le hizo una transfusión de sangre y ha progresado sin complicaciones.

No obstante, el traumatismo que sufrió en la cabeza fue muy fuerte. Ha estado a punto de morir.

Me sentía sola y necesitaba a alguien que me aportara calma, que me dijera que todo estaría bien.

Arthur era experto en hacer eso, aunque no creía que me apoyara en esa ocasión.

¿Cómo se tomaría que hubiera delatado a Lemêtre?

Tenía que pensar en algo para salir de ese embrollo.

Por supuesto, no podía dejar al espía francés a su suerte, pero no se me ocurría cómo protegerlo sin poner en riesgo el trato que acababa de hacer con Herbert.

—¿Qué día es hoy? —quise saber.

—Catorce de enero.

Debía solucionarlo todo antes del viernes. Dos días. No podía pensar con claridad y estuve a punto de gritar de frustración, desbordada.

—¿Dónde está mi marido? —pregunté, aturdida.

El médico y las enfermeras se miraron entre ellos, incómodos.

—Se marchó cuando le dimos la noticia.

—¿Qué noticia?

—Está usted embarazada.

Abrí la boca.

—No se preocupe —me dijo una de las enfermeras—. A pesar de las heridas, el niño está bien.

—Algunos hombres se sienten algo abrumados por la responsabilidad —apuntó la otra, malinterpretando mi desazón—. Seguro que su marido vuelve enseguida.

Yo seguía incapaz de hablar. Me llevé la mano al vientre y lo acaricié con cuidado. Claro que Arthur se había marchado; hacía más de un año que no compartíamos lecho. Cerré los ojos al comprender que esperaba un hijo de Lawrence. Y que Herbert lo sabía.