La medida del tiempo La elección #2
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La elección #2

Carlota le sonrió.

—Gracias.

Maxine se acercó y depositó un suave beso en su mejilla, que le quemó sobre la piel. Carlota sintió el reflejo de agarrarla del brazo, de pedirle que se quedase con ella un rato más, de devolverle el gesto de un modo mucho más efusivo. Pero se quedó inmóvil y la vio marcharse.

—Joder —dijo para sí misma en cuanto cerró la puerta, y enterró la cara entre las manos.

Cuando se serenó, se levantó del sofá y metió algo de ropa en la maleta, un par de libros y su portátil.

Sabía que su estancia en la Torre de Ravenshire iba a alargarse unos cuantos días.

Entonces miró la carta que Lawrence le había dejado a Alana, junto a la fotografía, aguardando sobre uno de los aparadores de su apartamento.

Con la desaparición del reloj no había tenido ocasión de llevárselas y decidió que quizá era un buen momento para hacerlo.

Llegó a casa de Alana un par de horas más tarde y tuvo la sensación de que seguiría en la cocina. Su bisabuela solía tomarse un buen rato para el desayuno, era su momento sagrado del día. Sin embargo, la estancia estaba vacía.

De pronto, escuchó una melodía que procedía de la biblioteca. Era Moonlight Serenade . Se imaginó a Alana en una de sus butacas, mirando por la ventana con ese aire melancólico que la asaltaba siempre que se ponía el gramófono y, en especial, esa canción.

En cuanto entró, Alana detuvo la música, como si fuese algo privado para sus oídos.

Carlota se dio cuenta de que había estado llorando y eso la sorprendió.

En ocasiones, parecía que su bisabuela tuviera un corazón de piedra; sin embargo, sabía que contarle su historia debía de estar atormentándola.

De ahí sus pesadillas. ¿Y si aquello estaba afectando a su salud?

¿Y si había sufrido ese infarto por su culpa?

—No me mires así, que tú también has llorado —le soltó Alana. Carlota se envaró y se llevó las manos a las mejillas en un acto reflejo—. ¿Otra vez el imbécil de Yago?

—No, Yago ha pasado a la historia —se escuchó decir y se dio cuenta de que, por fin, era cierto.

—Ah. Pero conozco la mirada del desamor —replicó Alana. Carlota tomó asiento junto a la butaca de damasco que ocupaba su bisabuela—. ¿Qué es lo que tanto te atormenta, querida?

—Hay una persona —confesó. Alana sonrió y apoyó la barbilla entre los dedos en un gesto de renovado interés—. Pero no es… Bueno, no es alguien en quien yo pensaba que me fijaría.

—¿No te corresponde?

—Sí. Creo. Tampoco es amor, ni nada de eso… Es muy pronto y…

Alana casi se echó a reír al verla ponerse tan nerviosa.

—¿Cuál es el problema?

—No todo el mundo lo aprobará.

Su bisabuela arqueó las cejas.

—Estamos en el siglo XXI , cariño.

—Es una mujer —soltó con una tos.

Se quedaron en silencio unos segundos. Alana asintió.

—No seas tonta, Carlota. No cometas el mismo error que yo. Lucha contra lo que haga falta, pero elígela. Elígela siempre.

Alana puso la mano sobre la de Carlota y sintió su caricia como una bendición.

—Hay algo más —murmuró con la boca pequeña.

—¿Qué pasa ahora?

—Esa mujer… es Maxine von Eberhardt.

—Niña, ¿quieres matarme? —Se llevó la mano al pecho y Carlota se sintió imbécil por provocarle tal disgusto. Quizá debería haberse callado, pero ya le había mentido durante demasiado tiempo.

—Maxine me ayudó a encontrar Le Nocturne Astronomique —le confesó—. Estuve con ella en Suiza.

Alana la miró con incredulidad, quería poner el grito en el cielo, pero no le salían las palabras ante tal enfado.

Entonces fue el turno de Carlota de explicarle su historia.

Su bisabuela atendió a su narración con el ceño fruncido y los labios apretados; era evidente que desaprobaba su mentira.

Sin embargo, cuando le contó los últimos acontecimientos, pareció relajarse un poco.

—También encontramos esto —Carlota buscó en su bolso y sacó la carta de Lawrence y la fotografía.

Alana las cogió con las manos temblorosas. Soltó una especie de sollozo cuando vio la instantánea. Pasó el dedo índice sobre el rostro de Lawrence y negó; no podía creer que estuviera viéndolo después de tantos años.

—Tenía una foto igual que esta —murmuró—, Arthur nos la hizo al poco de conocernos. En ese entonces le tenía tanta rabia que la quemé. Cuántas veces me habré arrepentido, y ahora…

Apretó la fotografía contra su pecho y cerró los ojos con fuerza, como si así pudiese abrazar un ente al que nadie más podía ver.

Carlota la observó con el corazón encogido y no le pasó por alto que había dejado la carta sobre la mesa; no se debía sentir capaz de leer esas últimas palabras en ese momento.

—Esa Maxine —dijo de pronto, volviendo sus ojos vidriosos hacia su bisnieta—. ¿Confías en ella?

—No es como Herbert —le aseguró Carlota.

Alana la miró con escepticismo, pero no la contradijo. Eso ya era una victoria. Por lo menos no le había echado toda la caballería; tal vez su carácter, como su salud, se estuviera debilitando, y eso la preocupó.

—Hablando de Herbert…