La medida del tiempo La elección
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La elección

—No moriste, claro —dijo Carlota sin quitar los ojos de la carretera.

Llevaba casi una hora conduciendo y apenas se había dado cuenta de que llegaban a la Torre de Ravenshire, enfrascada en la historia que Alana le estaba contando. Su bisabuela sonrió con tristeza.

—Mala hierba nunca muere.

Carlota negó y estacionó el coche en el aparcamiento subterráneo, donde se encontraban unos cuantos automóviles casi tan antiguos como su bisabuela; decía que era su colección particular y adivinó que entre ellos se hallaba el ejemplar con el que había recorrido tantas veces el lago Lemán.

—¿Era este? —le preguntó, señalando un Bugatti negro ubicado en un lateral.

Era el más elegante de todos y, a pesar de estar en perfecto estado, había signos de uso en su tapicería, sobre todo en el asiento del copiloto.

—Sí —le confirmó—. Me llevó horas quitar la sangre.

Alana se quedó mirando el vehículo con fijeza, como si pudiera ver a Lawrence y a sí misma aquella fatídica noche. Suspiró.

—Me gustaría descansar —le pidió con un gesto para que la ayudara a caminar. Carlota corrió a su lado y le tendió el brazo para que se apoyara; no terminaba de acostumbrarse a verla tan débil.

Subieron las escaleras hasta las habitaciones y la ayudó a tumbarse en la cama. Le acomodó unas cuantas almohadas tras la espalda y le sonrió.

—No me mires como si fuese una viejecita inválida —la amonestó.

—Pero eres mi viejecita inválida.

Alana le dio un golpe en el brazo con menos fuerza de la que pretendía y se enfurruñó.

—No te preocupes por mí. Con una noche de sueño reparador estaré como nueva. Puedes marcharte a casa tranquila.

Carlota se negó.

—Deberías estar ingresada —se quejó—, lo mínimo que puedo hacer es quedarme contigo.

Su bisabuela soltó un lamento.

—Puedo valerme por mí misma perfectamente.

—Quizá. Pero me instalaré unos cuantos días de todos modos.

Alana llevó los ojos al cielo, pidiendo clemencia.

En cuanto se levantó a la mañana siguiente, Carlota corrió a comprobar que su bisabuela seguía bien. Se la encontró tomando té en la cocina, tan arreglada como siempre, aunque sus ojeras y la tez inusualmente cetrina la delataban. Por mucho que se hiciese la valiente, no mostraba buen aspecto.

—Deberías estar descansando —la regañó—, es muy temprano.

—He tenido una pesadilla.

Carlota contuvo el aliento.

—¿ Madame Beatrice?

—Lawrence.

El silencio invadió la estancia. Alana dio un sorbo de su té y se quedó con la mirada perdida en la ventana. Le dio la sensación de que tenía los ojos vidriosos, como si las lágrimas se hubieran cristalizado tras tantos años de contenerlas.

—Voy a ir a buscar algo de ropa a mi apartamento —anunció Carlota. Pensaba ir más tarde, pero le daba la sensación de que su bisabuela agradecería algo de tiempo a solas; tal vez lo necesitaba para descargar un poco el dolor de su alma—. Vuelvo en un rato.

Alana asintió, pero no la miró. Continuó observando el jardín; parecía que allí se hubieran congregado los fantasmas del pasado.

Condujo lo más deprisa que pudo sin cometer ninguna imprudencia.

No le hacía mucha gracia ausentarse demasiado tiempo.

¿Y si el corazón de Alana se debilitaba?

Dudaba que pudiera resistir un segundo infarto y, por lo que le habían dicho los médicos, su estado era muy delicado.

Resopló ante la cabezonería de su bisabuela.

Si algo le ocurría en casa por haberse marchado demasiado pronto del hospital…

Zarandeó la cabeza para quitarse esas ideas de encima y bajó del coche.

Se dirigió al portal de su edificio, pero detuvo sus pasos en seco cuando reconoció la figura de Maxine en la puerta.

Tenía los brazos cruzados, no sabía muy bien si era para protegerse del frío o si consistía en una de esas poses defensivas que se adoptan antes de discutir.

Habían terminado mal; muy mal. ¿Qué demonios hacía en su casa?

Ya le había dicho todo lo que quería, incluso más.

Sin embargo, esa mujer siempre lograba sorprenderla. ¿Qué quería ahora?

En cuanto la vio acercarse, Maxine se recolocó el cabello revuelto por el viento. Lo llevaba suelto, algo inusual, parecía no haber tenido tiempo de arreglarse. Cuando se acercó, comprobó que tampoco llevaba maquillaje y que se había puesto unos sencillos tejanos y una camisa; elegante, eso sí.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Carlota sin saludarla.

Maxine la miró unos instantes con esos ojos brillantes como el sol, pero que habían demostrado ser una trampa; una tela de araña en la que se había quedado atrapada.

—Tenemos que hablar.

—Ya te dije todo lo que quería decirte.

Maxine miró a un lado y al otro de la calle y se acercó a Carlota. La agarró del brazo, a riesgo de que rechazase el contacto, pero ella se limitó a fruncir el ceño.

—¿Podemos subir?

Carlota se tensó. Trató de mirar bajo el abrigo de Maxine.

¿Y si tenía un arma? Se quitó esa idea de la cabeza, la historia de Alana la estaba haciendo ver peligros donde no los había.

No contestó, pero sacó la llave del bolso, abrió y sostuvo la puerta para que ella pudiera entrar.

Subieron por el ascensor en completo silencio y Carlota se dedicó a estudiar la botonera de aluminio con ahínco, como si jamás hubiera visto un trabajo igual.

Maxine la siguió y accedieron al apartamento.

En cuanto la puerta se cerró tras ellas, Carlota decidió enfrentarla de nuevo.

—¿Y bien? ¿Qué es eso tan importante?

Maxine apretó las mandíbulas, seguro que detestaba su tono y se estaba planteando dar media vuelta. Quizá fuera lo mejor.

—Esta mañana he recibido un email de un viejo conocido —le explicó Maxine.

Carlota resopló. No se le ocurría nada más irrelevante que un correo electrónico. Con toda probabilidad se trataría de spam . Sin embargo, el gesto serio de su interlocutora la obligó a callar.

—El mundo de la relojería es bastante pequeño y nos conocemos casi todos —le explicó—. La cuestión es que mi compañero quería saber si yo había recibido el mismo email .

Carlota la miró sin comprender adónde llevaba esa conversación.

—¿Y lo has recibido?

—No, pero mi amigo me lo ha reenviado.

—¿Qué dice?

Maxine suspiró ante sus preguntas cortantes, le dolía su actitud. Terminó sacando el teléfono de su bolsillo y se lo tendió.

—Léelo tú misma.

De: [email protected]

Para: [email protected]

Asunto:

Estimado señor Meier,

Nos dirigimos a usted en estricta confidencialidad por un motivo que, estamos seguros, sabrá apreciar en toda su magnitud.

Tras décadas envuelto en misterio, ha reaparecido Le Nocturne Astronomique, un reloj legendario cuyo paradero se desconocía. Su existencia ha sido objeto de especulación, estudio y deseo entre los círculos más selectos de la alta relojería. Hoy, esa historia da un giro inesperado.

Hemos tenido acceso directo a la pieza y organizamos una presentación privada seguida de una subasta restringida, concebida para un grupo muy reducido de coleccionistas cuidadosamente seleccionados.

El encuentro tendrá lugar el 1 de abril a las 21:00. Se facilitará la ubicación exacta tras la confirmación de asistencia, que deberá realizarse antes del 15 de marzo a este mismo correo.

Le rogamos máxima discreción. Esta invitación es personal e intransferible.

Esperamos contar con su presencia en este acontecimiento irrepetible.

Atentamente,

El Círculo.

Carlota llevó una mirada de horror hacia Maxine.

Cabía la posibilidad de que todo eso fuera una triquiñuela para simular inocencia, pero la verdad es que de tan elaborada parecía real.

¿Y si estaba en lo cierto y ella no tenía nada que ver con el robo?

Su compañera de investigación la estudiaba con atención, como si fuera capaz de leer lo que pasaba por su mente.

—Yo no me llevé el reloj, Carlota —insistió.

Cerró los ojos y se dejó caer sobre el sofá, con el teléfono de Maxine todavía entre los dedos.

Tenía la cabeza gacha, los hombros caídos y solo sentía ganas de llorar.

La vida se le había torcido en cuestión de días: la salud de su bisabuela pendía de un hilo, había perdido el reloj, no tenía claro qué sentía por otra mujer…

Desesperada, alzó la vista hasta Maxine y se rindió a lo que su instinto debería haber sabido desde el principio.

—El correo… —dijo con la voz entrecortada—. ¿Sabes quién está detrás de El Círculo?

—Suena a una de esas sectas de película americana —replicó Maxine con cara de asco. Se acercó a ella, pero se quedó de pie a su lado.

—Puedes sentarte.

Maxine tomó asiento y escondió las manos entre sus piernas, largas y bastante delgadas. Carlota cerró los ojos y soltó un soplido. Siempre le había costado pedir disculpas.

—Lo siento. —Se llevó las manos a las sienes y se despeinó la melena sin querer—. No he sido justa contigo.

—No —replicó Maxine—, pero no estás en tu mejor momento. ¿Cómo se encuentra tu bisabuela?

—Dice que bien, pero… —Maxine se inclinó hacia ella, con la intención de ofrecerle un hombro sobre el que apoyarse—. Creo que se apaga. ¡Y voy yo y pierdo lo único que me ha pedido nunca!

Carlota soltó un sollozo de rabia y comenzó a llorar. Maxine pasó la mano por su espalda con cuidado, como quien acaricia a un león. Al ver que no se quejaba, continuó con el movimiento en un vago intento de consolarla.

—Si fuese tú —terminó Carlota, con la voz rota y los ojos hinchados por el llanto—, no habría vuelto después de cómo te traté.

—¿Tan rencorosa eres?

—Ya lo creo.

Maxine se echó a reír. Le retiró el pelo de la cara y se lo acomodó tras la oreja. Carlota contuvo la respiración. Bajó la mirada para evitar sus ojos y se apartó. Tuvo la sensación de que Maxine se desinflaba.

—Voy a ayudarte —se ofreció tras un breve silencio—. Hablaré con el señor Meier. Tal vez pueda ofrecernos su invitación para la subasta a cambio de un par de piezas de mi museo, que lleva años pidiéndome.

—¿Eso es legal?

—Por supuesto —replicó casi ofendida—, tan solo será una cesión temporal.