La medida del tiempo El precio del tiempo
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El precio del tiempo

Estábamos jugando con fuego. Cada noche que acudía al Grand Café Léman, acababa en su apartamento.

Nos rendimos a un amor que parecía querer arrasarlo todo, como aquella guerra.

Tal vez nos volvimos imprudentes, pero no podíamos contenernos.

Lo deseaba con una intensidad imposible de controlar; de verdad quería alejarme de él, volver a ser la condesa con una reputación intachable.

Pero no podía. Bastaba una mirada suya para que lo dejara todo.

Lawrence se convirtió en mi vida, en el único motivo por el que mi dolorosa existencia había valido la pena.

Fui feliz, Carlota. A pesar de las misiones encubiertas, de los secretos, del miedo.

Sabía que cuando terminaba el horror, lo tenía a él.

Yo sabía que Lawrence sentía lo mismo, aunque jamás nos lo dijéramos con palabras.

Ni él era dado a los romanticismos ni yo tampoco.

Éramos dos personas pragmáticas, dos supervivientes que, contra todo pronóstico, se habían enamorado perdidamente el uno del otro.

Los dos sabíamos que lo nuestro no acabaría bien, pero intentábamos no pensar en ello; y cuando uno de los dos trataba de expresar sus dudas, el otro lo acallaba a base de besos.

Lo peor venía con los amaneceres, cuando yo debía salir del refugio de su piso franco y regresar al Hôtel du Léman.

Si Arthur sospechaba algo, lo disimuló durante mucho tiempo.

Quizá no se atrevía a preguntármelo directamente; puede que, tras sus continuos rechazos, le pareciera bien que tuviese un amante.

En esa época nada le importaba más allá de sus artistas y su mecenazgo.

De todos modos, fui discreta. No solo por mi marido, sino por Herbert.

En esos dos meses, nuestra supuesta relación se había afianzado y fui capaz de mantener su atención.

El nazi llevaba todo ese tiempo esperando su oportunidad: si no era el período, era un inoportuno dolor de cabeza o una indisposición.

Mis excusas para no acostarme con él eran de lo más variopintas y, aunque comenzaba a impacientarse, lo calmaba a base de insustanciales besos e informaciones falsas que empecé a acordar con monsieur Lemêtre.

Por el momento, habíamos desbaratado el plan de compra de wolframio y Herbert había dejado de tratar con los ministros españoles.

Huelga decir que Lawrence detestaba que fuera a su castillo o a cualquiera de sus cenas.

No le contaba cada vez que Herbert me besaba, y él había aprendido a no preguntar al respecto.

Se podría decir que tenía una falsa sensación de control sobre mi vida, a pesar de las circunstancias.

Hasta esa noche.

No pensé que la cena a la que Herbert me había invitado en el Château des Ombres Alpines fuese a ser muy distinta de las anteriores.

De hecho, parecía igual que todas, con varios hombres soltando información con tal de darse ínfulas mientras yo lo registraba todo mentalmente.

Los confidentes de Herbert ya se habían acostumbrado a mi presencia e incluso algunos de ellos me trataban con familiaridad, como si creyesen que, acercándose a mí, se acercaban a él.

Y en parte era cierto, porque Herbert valoraba mucho mi opinión.

Estábamos sentados a una mesa llena de candelabros y de una ingente cantidad de comida.

Éramos pocos en esa ocasión y me pregunté qué harían después con las sobras; seguro que no se las daban al servicio ni a los más necesitados.

Apreté los labios y me concentré en el filete que tenía delante.

Yo no solía disfrutar de esos manjares porque, con los nervios, se me cerraba el estómago.

Acostumbraba a poner algo en el plato para disimular y le daba vueltas distraídamente con el tenedor mientras escuchaba las conversaciones a mi alrededor.

—Estamos avanzando en Europa —apuntó un oficial alemán al que no había visto antes. Por lo que había entendido, se trataba de un viejo amigo de Herbert que acababa de llegar de Alemania— y, aun así, seguimos lidiando con sombras.

Herbert frunció el ceño y lo miró.

—¿A qué sombras se refiere, herr Krüger?

—El hombre del que me habló. —Torció el gesto y miró al resto de comensales, inseguro de seguir con la conversación.

Me incliné hacia adelante, interesada. Su lenguaje corporal me hacía pensar que se trataba de algo confidencial.

—Estamos en confianza —apuntó Herbert para que siguiera.

Miré al resto de invitados. En efecto, esa noche solo estaba su círculo más íntimo. Agarré la copa para disimular con un sorbo, fingiendo que esa información no me interesaba más que cualquier otra.

—Tal y como sospechaba —continuó entonces el hombre—, monsieur Dubois no figura en registros comerciales relevantes ni tiene cuentas significativas y, por supuesto, no trabaja para ninguno de los bancos suizos.

Se me resbaló la copa de entre los dedos y Herbert, que siempre se sentaba a mi lado, se levantó de golpe; le había mojado los pantalones. Soltó unas cuantas palabrotas en alemán.

—Lo lamento —me disculpé.

Me fulminó un instante con la mirada. Era un hombre orgulloso. Me ofrecí a limpiarlo, pero me apartó la mano. No fue brusco, aunque percibí su enfado. Tal vez no era conmigo, sino por lo que acababa de decirle su confidente.

Algo que cambiaba las cosas por completo.

Habían descubierto a Lawrence.

Me quedé inmóvil mientras ellos seguían hablando, con el corazón latiendo en mi garganta.

—¿Un espía? —preguntó Herbert, retomando la conversación con herr Krüger.

El tipo asintió.

—Se mueve entre oficiales y diplomáticos. Escucha, memoriza y desaparece.

—Por muy francés que sea su nombre, eso suena más a Londres que a París.

—En efecto, creemos que trabaja para el MI6.

Me comenzaron a temblar las manos y no tuve más remedio que apretarlas entre mis muslos para no mostrar mi nerviosismo.

—Como usted mismo nos indicó, frecuenta el Grand Café Léman —continuó—. Siempre el mismo día, a la misma hora.

—La rutina es un lujo peligroso.

—Para él, no habrá más rutinas.

Estuve a punto de echarme a llorar.

—Así que los de arriba ya han tomado una decisión —apuntó Herbert. Herr Krüger le dedicó un leve asentimiento que me dolió como un puñal—. ¿Van a detenerlo?

—No. Será… definitivo.

—Mejor. —Herbert dejó el tenedor en el plato con una sonrisa satisfecha—. Detesto que se rían de mí. ¿Dónde?

—Hoy mismo, en la calle de atrás de ese nido de espías. No se preocupe, será discreto y no habrá testigos.

Miré con disimulo el reloj que colgaba de una de las paredes del salón.

Eran las ocho y diez. Lawrence solía salir del Grand Café Léman a las nueve en punto.

Tuve que esforzarme por no vomitar sobre la mesa.

Estaban hablando del amor de mi vida. Iban a matarlo y seguían comiendo y bebiendo como si nada.

—Suiza no aprecia ese tipo de incidentes —me atreví a decir.

Herbert me sonrió con cinismo.

—Por eso nadie se enterará.

Ahogué un sollozo y me puse en pie. Me llevé la mano a la barriga y miré a Herbert. No tuve que simular mi palidez en esa ocasión.

—Me temo que vuelvo a estar indispuesta —mascullé.

—¿No debería verte un médico? —preguntó con genuina preocupación.

—Mañana —balbuceé—. Mañana iré.

Jamás he conducido tan deprisa. Crucé el lago Lemán como si me persiguiera la misma guadaña, porque así lo sentía. Si no llegaba a tiempo, si asesinaban a Lawrence, mi corazón dejaría de latir. No lo resistiría. Mi cuerpo no podía asumir una pérdida así.

Apreté el acelerador. El viento se oponía a mi avance y una tormenta de nieve comenzó a azotar el coche. El limpiaparabrisas apartaba los copos frenéticamente.

—Vamos, vamos… —mascullaba cada cierto tiempo.

Me dolían las manos de lo fuerte que estaba apretando el volante, y la carretera comenzaba a emborronarse por culpa de las lágrimas que acudían a mis ojos. Me las sequé con la manga, sorbí por la nariz y pisé el pedal con rabia, hasta el fondo.

Tardé cincuenta y dos minutos. Cuando bajé del coche no me molesté en apagar el motor, que sacaba humo, agonizante.

Llegaba tarde. Dos minutos tarde. Corrí hasta el callejón.

Notaba mis latidos en las sienes y la respiración agitada, parecía que hubiese hecho el trayecto a pie.

Reconocí la inconfundible figura de Lawrence, con su abrigo largo y su sombrero calado, entrando en la oscuridad de la estrecha travesía.

Entonces vi a un par de hombres acechándolo.

Los cañones de sus armas refulgieron bajo la luz de la luna.

Se acercaron a él, que detuvo sus pasos en cuanto los escuchó.

Se volvió con brusquedad. Era un tipo despierto; tan capaz como yo de olfatear el peligro.

Sabía que Lawrence siempre llevaba un revólver bajo el chaleco, junto a Le Nocturne Astronomique.

Sin embargo, también sabía que no le daría tiempo a sacarlo.

Tiré los tacones a un lado y noté la nieve helada clavándose en la planta de mis pies. Corrí. Corrí todo lo que alcanzaron mis piernas.

—¡No! —grité, entrando en el callejón sin que me importase nada más que distraer a sus asesinos.

Lawrence me miró con horror. Uno de los tipos me apuntó.

No tuve tiempo para nada más. Escuché el disparo antes de sentir un dolor lacerante en mi hombro derecho.

Otro en el brazo. Caí hacia atrás y me golpeé la cabeza contra la acera.

Se me nubló la vista. No era capaz de coordinar ni un solo pensamiento; tampoco mis movimientos.

Notaba la sangre manchando mi vestido, extendiéndose hacia la nieve sobre la que me había derrumbado.

Miré al cielo. Los copos caían sobre mi cara y me esforcé por no rendirme a la noche.

Oí un grito de rabia y más disparos. Uno, dos…

Perdí la conciencia unos segundos y, cuando abrí los ojos, lo hice sobresaltada.

Él. Tenía que salvarlo a él. Traté de incorporarme, pero solo conseguí que brotara más sangre de mis heridas.

Escuché forcejeos, gruñidos de dolor y golpes.

Luego, pasos alejándose, corriendo. El silencio que siguió fue aterrador.

¿Dónde estaba Lawrence? ¿Vendrían a rematarme?

Notaba las lágrimas de dolor congelándose en mis mejillas. «No habrá testigos».

—¡Alana! —Oí su voz en la lejanía, como si en vez de estar junto a mí se encontrara en otra dimensión—. No, no…

Lawrence se agachó a mi lado y me taponó la herida del hombro con urgencia. Le temblaban las manos. Me fijé en su rostro. Tenía un ojo morado, el labio partido y unos cuantos rasguños. Pero estaba vivo. Sonreí, sintiendo que una parte de mí se iba, aliviada.

—Dios mío —masculló. Tenía los ojos vidriosos—. ¡Ayuda!

Comenzó a gritar, pero nadie salió a buscarnos. La gente del local debía estar espantada por los disparos y no se atrevía a salir. Cerré los ojos un instante, notaba los párpados pesados. Lawrence puso una mano tras mi espalda para incorporarme.

—Mierda —lo escuché decir cuando su mano se empapó de sangre; al parecer, tenía una brecha en la cabeza por culpa de la caída.

Agachó su frente hasta la mía y sentí sus lágrimas sobre la piel.

—Quédate conmigo —me suplicó—. No me dejes solo. Te quiero, te quiero tanto…

Me besó con cuidado, capturando mi vida con sus labios.

—¡Ayuda! —gritó de nuevo, desesperado.

Pero nadie vino. Alzó la mirada en busca de una posible salvación, de cualquier cosa que pudiera retenerme a su lado.

Vio mi automóvil, todavía encendido. Cogió aire y tomó una decisión desesperada.

Me levantó del suelo con facilidad. Mascullé de dolor y apoyé mi cabeza contra su pecho.

Recuerdo que pensé que no me importaría morir allí, entre sus brazos.

—Lo siento, lo siento… —repetía contra mi cabello mientras corría hacia el coche.

Me acomodó con cuidado en el asiento del copiloto y me recosté contra la ventanilla, incapaz de sostenerme.

—Aguanta —me pidió.

Jamás había visto sus ojos llenos de tanta incertidumbre.

Quise decirle que todo iría bien, pero no podía hablar.

Mi mente estaba atrapada en una neblina que parecía querer arrastrarme a la oscuridad.

Cerré los ojos una vez más y dejé de sentir tanto dolor.

Me sumí en una inconsciencia dulce al principio. Opaca después.

Hasta el tiempo tiene un precio, y yo pensé que había llegado el momento de pagar por el que me había concedido junto a Lawrence.