Château des Ombres Alpines #3
—Ya te dije que no necesito tu ayuda —insistió, dando un par de pasos hacia mí.
Mi cuerpo reaccionó acercándose al suyo.
—Claro, ya veo que lo tienes todo controlado —repliqué, sarcástica—. Si no llega a ser por mí, Herbert te habría pegado un par de tiros.
—¿Herbert? Qué confianza, ¿no?
—¿A ti qué te pasa? ¿Estás celoso?
Frunció mucho el ceño. Sus ojos quemaban sobre los míos.
—¡Pues claro que sí! Ya bastante jodido es imaginarte en sus brazos, ¿tenías que hacerlo delante de mí?
—No ha pasado nada entre nosotros —le aclaré, molesta, y negó de nuevo.
—Deja de atormentarme, Alana —me pidió, acercando su frente a la mía. Su olor, una leve mezcla a jabón, menta y sal, me devastó. Deseaba tanto que me abrazara… Y, al parecer, lo único que sabíamos hacer era discutir—. Aléjate de él, y de mí.
—No puedo —le confesé.
—Si es por la misión, hablaré con quien haga falta… —se ofreció.
—No es por la misión, es por ti. —Me miró sin comprender—. No puedo alejarme de ti, Lawrence.
Se quedó unos instantes en silencio; creo que quería comprender el alcance de mis palabras. Lo agarré de la camisa, arrugada y llena de barro tras su accidentada caída.
—No puedo… —susurré contra sus labios.
Él cerró los ojos como si sintiera un dolor físico.
—No me hagas esto —dijo, poniendo las manos sobre las mías.
Por un instante, pensé que se desharía de mi agarre y se apartaría de mí.
No obstante, su cuerpo parecía tener voluntad propia y se acercó un poco más.
Alcé el rostro hacia el suyo, dándole a elegir.
Podría haberme rechazado, pero no lo hizo.
Enterró una mano en mi cabello y, con la otra, me atrajo por la cintura.
Me besó con desesperación, como si mis labios fueran el aire que necesitaba para respirar, y yo me aferré a él con fuerza; en el fondo, temía que la razón terminara por imponerse entre nosotros.
Sin embargo, habíamos esperado demasiado, habíamos saboreado el peligro esa misma noche y estar tan cerca de la muerte te vuelve imprudente.
Me agarró el rostro con las manos sin dejar de besarme y me condujo hasta su habitación, alejada apenas unos metros del salón.
Me abracé a su cuello y caminé de espaldas, rindiéndome a sus labios.
Ya no me importaba nada. Solo lo quería a él, y todo lo que pudiera ofrecerme.
Lawrence se separó un instante de mí y creí que ese sería el momento en el que recuperaría la cordura.
Sin embargo, lo único que hizo fue observarme.
Sentí sus ojos ardientes como una caricia sobre mi cuerpo.
Tuve la sensación de que quería memorizarme, quizá pensara que eso no volvería a repetirse.
—¿Puedo? —preguntó, acercando su mano al bajo de mi camisa interior.
Asentí sin dejar de mirarlo. Me la quitó y contuvo el aliento.
Acercó sus manos a mis hombros y me acarició la piel con una lentitud que estuvo a punto de volverme loca.
Cerré los ojos cuando me besó el hueco del cuello, el pecho, el vientre.
Me quitó el sujetador y la falda. Yo apenas era capaz de coordinar mis pensamientos.
—Eres un sueño, Alana —susurró, llevándome hasta la cama—. Mi sueño y mi tormento.
Se inclinó sobre mí y me besó con profundidad.
Cuando sentí su lengua en mi boca no pude contener un gemido.
Él gruñó por toda respuesta y se quitó la corbata de un diestro tirón.
Busqué con urgencia los botones de su camisa.
Los desabroché con tanta torpeza que, al final, Lawrence terminó quitándosela de un rápido movimiento por encima de la cabeza.
Entonces fue mi turno de observarlo a mi antojo, inclinado sobre mí.
Paseé mis manos por su pecho, por su abdomen, y acaricié cada una de las cicatrices de su cuerpo; con mis dedos quería borrar el dolor que alguna vez le habían infligido.
Llegué hasta su cinturón; se lo quité deprisa y me enfrenté al cierre de su pantalón.
Podía apreciar su deseo a simple vista y me mordí el labio.
Jamás me había sentido así en brazos de un hombre.
Quería tantas cosas que ni siquiera sabía por dónde empezar.
Él detuvo mi avance y apresó mis manos para llevarlas a ambos lados de mi cabeza, con una mezcla de suavidad y firmeza que me hizo enloquecer.
Se tumbó sobre mí y casi llegué al éxtasis cuando sentí nuestros cuerpos en contacto, su piel cálida contra la mía.
—Todavía no… —me susurró al oído, y comenzó a colmar mi cuerpo de besos, de arriba abajo, en zonas a las que nunca nadie le había dedicado tanto cuidado.
Cuando llegué al clímax, me aferré a sus hombros y grité su nombre.
Entonces él no pudo contenerse más y me besó con un hambre voraz, como si quisiera beberse los gemidos que él mismo me había provocado.
Entró en mí con delicadeza al principio, pero en cuanto vio que yo le clavaba las uñas en la espalda y le pedía más, aumentó el ritmo.
Pensaba que moriría de placer solo de escuchar su respiración agitada contra mi oído y de sentir nuestros cuerpos moviéndose al unísono.
Si quedaba alguna máscara entre nosotros, se nos cayó aquella noche.