Château des Ombres Alpines #2
Di un par de pasos hacia él buscando proximidad; así, con un poco de suerte, pensaría con menos claridad y me daría tiempo.
Hacía días que me había dado cuenta de que von Eberdhart era un tipo listo y que, por mucho que estuviera embriagado por mis encantos, un solo fallo me costaría la vida, quizá la de Arthur y quizá la de los refugiados en el Hôtel du Léman.
—No estaba incómoda —me apresuré a aclarar—, pero mi padre siempre me decía: «si no tienes nada que aportar, es mejor estar callada».
—¿Y considera que no tiene nada que aportar?
Me encogí de hombros.
—Me he sentido algo abrumada ante tanta gente inteligente, si le digo la verdad —comenté, usando ese tono sincero que sabía que le gustaba. Sospechaba que despertaría el paternalismo que yo tanto detestaba pero que, en esa ocasión, necesitaba para salir del castillo sin que me descubrieran.
—No se haga la tonta conmigo, condesa. —Me dedicó una sonrisa torcida—. Es usted más inteligente que todos ellos juntos.
Lejos de parecerme un halago, lo sentí como una declaración peligrosa. Herr von Eberdhart se acercó mucho a mí y me tomó de la cintura. Me miró a los ojos y, por un instante, temí que pudiese ver hasta el fondo de mi alma, mis intenciones.
—¿Se fía de los ministros españoles? —me preguntó de repente.
Arqueé las cejas. Ese hombre buscaba en mí a una asesora.
Lo mismo que Lemêtre había visto lo estaba viendo él: una mujer que podía inmiscuirse en los negocios sin apenas ser percibida y darle la información que necesitaba.
Tomé aire y decidí mentirle. Aunque sabía que los españoles pretendían venderle el wolframio, si le hacía desconfiar de ellos, ganaríamos tiempo.
—No.
—¿Por qué?
—Los he oído cuchichear en español.
—¿Sabe español?
—Por supuesto que no —repliqué, como si su sugerencia fuera un absurdo—, pero considero una enorme falta de educación hablar en su idioma estando aquí. Eso significa que querían ocultar algo, ¿no le parece?
Von Eberdhart asintió.
—Eso he pensado.
Volvió a mirarme, sin aflojar su agarre de mi cintura. Yo apenas era capaz de moverme bajo su escrutinio. Me sentía en una cuerda floja de la que estaba a punto de caer.
—Podríamos hacer grandes cosas juntos —susurró muy cerca de mí—. Usted tiene acceso a la aristocracia inglesa y, por lo tanto, a contactos militares y gente poderosa. Además, veo que goza de un talento innato para calar a las personas.
Me lamí los labios, no por seducción, sino por puro nerviosismo.
Las cosas se estaban complicando por momentos.
Entonces vi una sombra al fondo del despacho, saliendo de debajo del escritorio.
Fruncí el ceño un instante y estuve a punto de gritar cuando me percaté de que era la figura de un hombre.
El intruso se dio cuenta de que lo había visto y tropezó con la pata de la mesa, emitiendo un sonido quedo.
Me miró desde la lejanía y hubiera podido morir en el instante en que sus ojos azules se cruzaron con los míos.
¿Qué diablos hacía Lawrence en el despacho de von Eberhardt?
«Lo tengo todo controlado». Si la situación no hubiera sido tan crítica, me hubiera echado a reír.
Von Eberhardt no era sordo, por supuesto.
En cuanto escuchó el ruido, comenzó a volverse.
Lawrence todavía no había logrado esconderse y no se me ocurrió otra cosa que agarrar a mi anfitrión de las solapas de su asqueroso uniforme y acercarlo a mí bruscamente.
Nuestros labios no se encontraron con suavidad, sino con fuerza.
Al parecer, mi decisión le gustó tanto que se olvidó de lo que ocurría a sus espaldas.
Lo cogí de las mangas y lo apreté más contra mí, evitando que se moviera hacia ninguna otra parte.
Él no se contuvo y deslizó las manos en dirección a mis nalgas.
Enterró la cabeza en mi cuello y aproveché para mirar hacia el escritorio.
Lawrence me observaba horrorizado, con un arma en la mano apuntando a la espalda de von Eberhardt.
Por un instante pensé que le dispararía.
Le hice un gesto imperceptible con la cabeza hacia la ventana.
Si provocaba un tiroteo, la gente del salón subiría.
Los dos estaríamos muertos antes de que terminara la noche.
Insistí, le grité en silencio y él me miró sin entender nada.
Primero vi el desconcierto en sus ojos, luego la furia.
Pensó que von Eberdhart me gustaba, que estaba disfrutando de cada uno de sus besos.
Tuve la certeza cuando apretó el puño alrededor el revólver.
Después, negó con la mandíbula tensa, se guardó el arma bajo el chaleco y abrió la ventana con cuidado mientras el alemán seguía con sus avances por mi cuerpo.
Me miró un instante antes de saltar, tal vez en un último intento de hacerme recapacitar.
Pero volví a gesticular para que se marchara.
Lawrence frunció los labios. Fue sigiloso y cerró al salir.
Contuve el aliento cuando lo vi saltar de tan arriba.
Devolví mi atención al hombre que seguía con la cabeza enterrada en mi cuello.
En ese pequeño impasse , von Eberhardt me había quitado la chaqueta y había logrado bajarme el tirante de mi camisa interior.
Sentía su lengua sobre mi piel y sus manos por mis pechos, mis muslos, mis brazos.
.. Cerré los ojos para no llorar. Metió las manos por debajo de mi falda y, de pronto, se detuvo.
Yo estaba aturdida, con el corazón encogido de terror.
—¿Qué ocurre? —Había notado mi tensión.
Me miró fijamente, buscando en mis pupilas algo que le descuadrara de esa situación. Me subí el tirante y me bajé la falda. Notaba el maquillaje corrido y mi cabello despeinado. Apenas lograba respirar.
—Estoy en esos días —mentí.
Él arqueó las cejas y dio un paso hacia atrás, como si acabara de confesarle que tenía sífilis. Casi me hizo gracia su reacción y agradecí que no se molestara en comprobarlo.
—Quizá en otra ocasión, pues. —Carraspeó.
—Debo marcharme —dije, bajando la mirada para fingir vergüenza; en realidad, me abochornaba lo que había estado a punto de ocurrir.
Me sentía sucia y confieso que nunca me he quitado esa sensación de encima.
—Claro —se resignó—. ¿Pensará en lo que le he dicho? ¿En colaborar conmigo?
Le sonreí.
—Por supuesto que colaboraré con usted.
—Tal vez después de esto podemos tutearnos, entonces. —Se pasó la mano por el pelo para recolocarse el flequillo, rubio.
Fingí ser la mujer más feliz del mundo y asentí.
—Claro, Herbert.
Me dispuse a marcharme, pero él me detuvo.
—¿Cuándo volveré a verte? —Detecté una nota de anhelo en su voz, pero no contesté—. ¿Vendrías a otra cena? En quince días, aquí.
Comenzaba a sentir la espalda sudada. Me mordí el labio. Mi fuero interno me gritaba que me negara, que saliera corriendo de esa situación, aunque mi deber me lo impidió.
—Aquí estaré.
Me agarró el rostro y depositó un beso efusivo sobre mis labios. Le dediqué una sonrisa antes de salir.
Cuando subí al coche, estuve unos cuantos minutos sin arrancar, tratando de recuperar la respiración y ordenar mis ideas.
Por un lado, acababa de llegar a un acuerdo con Herbert para colaborar y no tenía ni idea de lo que eso supondría para mí; por otro, Lawrence se había colado en su castillo y por poco no lo habían descubierto.
Pensé en regresar al Hôtel du Léman, a la seguridad de mi cama y a la serenidad de Arthur.
Sin embargo, sería incapaz de dormir en ese estado de agitación en el que me encontraba.
Así que, en vez de conducir hasta mi casa, me dirigí al centro de Ginebra con toda la discreción de la que fui capaz.
De tanto en tanto miraba por el retrovisor para asegurarme de que no había nadie detrás; temía que uno de los hombres de la fiesta, o incluso el mismo Herbert, me estuviera siguiendo.
Estacioné el vehículo en la calle de atrás del apartamento de Lawrence, para que nadie nos relacionara.
Caminé con la cabeza gacha y miré a un lado y al otro antes de llamar al timbre.
No contestó. Por un instante, pensé que quizá se había matado saltando de la dichosa torre; el despacho de Herbert estaba bastante alto.
Cerré los ojos para quitarme esa imagen de la cabeza y volví a llamar con tanta insistencia que creí que algún vecino saldría para gritarme cuatro cosas. Al final, Lawrence bajó a buscarme.
Me abrió la puerta con la mandíbula tan apretada como la mía.
Era difícil decir quién de los dos estaba más furioso con el otro, pero fuimos capaces de subir al ático en un silencio tenso, sin gritarnos.
En cuanto Lawrence cerró la puerta de su apartamento, nos quedamos en el salón, con los cuerpos enfrentados y las miradas cargadas de fuego.
—¿Qué demonios hacías en el despacho de Herbert? —gruñí.
—¿Tenías que ir a la maldita fiesta? —inquirió él al mismo tiempo.
Se aflojó la corbata, desesperado. Creo que ambos sabíamos que esa sería una larga discusión.
Aunque en la calle hacía frío, me sentía acalorada; Lawrence tenía una estufa encendida y la sala se encontraba caldeada.
La sangre me hervía en las venas. Me quité el abrigo y la chaqueta.
Él desvió la mirada, no quería fijarse en mi cuerpo.
—Yo he preguntado primero —dije.
Cerró los ojos, como si deseara volver a tirarse de la torre antes que seguir hablando conmigo. Me fijé en que se había hecho algunos rasguños en la cara, en las manos e incluso en el cuello. La caída no debía de haber sido limpia, por muchos arbustos que hubiera debajo.
—Conseguir información para mis jefes —replicó—. ¿No es evidente? La cuestión es qué hacías tú allí.
—Lo mismo.
—No es lo que me ha parecido —gruñó—. ¿Te gusta?
—¿Qué? —exclamé.
—Por Dios, te has abalanzado sobre él.
Me eché a reír de pura indignación.
—¿Lo estás diciendo en serio? ¡He tenido que hacerlo solo para salvarte, imbécil!
Él negó con la cabeza y se pasó las manos por la cara.